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jueves, 26 de octubre de 2023

¿SE TE PLANTEAN TUS CONFLICTOS DESDE TU COMPROMISO BAUTISMAL O SON DERIVADOS DE TUS PROPIAS RELACIONES?

La cuestión está en plantearse que sucede en y con mi vida: ¿Nacen mis preocupaciones y conflictos como consecuencia y planteamientos de mi compromiso bautismal, o, por el contrario, derivan de mis relaciones fraternas con los que me rodean? Es decir, ¿mis conflictos derivan de mi compromiso con el Reino de Dios o vienen planteados en mis relaciones con los hombres?

Porque, en el primer caso es lo natural. El Reino de Dios trae problemas. Y en ese sentido Jesús trae fuego para que el mundo arda. No podemos quedarnos con un mundo acomodado a sus intereses, a sus egoísmos y al dominio de los más fuertes y poderosos sobre los débiles, marginados y pobres. Tenemos que hacerle frente con la Palabra del anuncio del Reino de Dios y, sobre todo, con la vivencia del amor misericordioso como Jesús nos lo da y nos lo ha enseñado con su Vida y Obras. Y eso, no hace falta explicarlo, trae conflictos y problemas.

Ahora, también se plantean otra clase de conflictos que nacen y palpitan dentro de mí nacidos de mis propias egoísmos y pecados. Y esos me corresponden a mí y tendré que aplacarlos yo. ¡Claro, siempre contando con la Gracia de Dios, porque yo solo no podré combatirlos!

Debemos discernir entre los problemas que nacen porque contradicen la Palabra y el Reino de Dios y los problemas que me plantea mis propios pecados. Unos son los propios que trae la proclamación de la Buena Noticia, mientras que otros nacen de mi propia lucha interior entre el bien y el mal. Ambos son conflictos pero, mientras unos son consecuencia del seguimiento a la Palabra de Jesús, nuestro Señor, otros están dentro de mí y responden a mi propia lucha personal por vencer la cizaña nacida en mi corazón.

domingo, 14 de agosto de 2022

EL FUEGO DEL AMOR

El amor quema, y quema porque amar exige en muchos momentos renuncias, sacrificios, ver tus propias ideas desde otro prisma diferente, hacerte pequeño, humilde, servicial y perdonar, incluso al enemigo. Amar, por tanto, supone prenderle fuego a tu vida y quemarte en muchos momentos que te exigen morir a ti mismo. Las palabras de Jesús son realmente verdad y claras: «He venido a encender fuego en el mundo, ¡y cómo querría que ya estuviera ardiendo!

Experimentas que tu vida se complica cuando decides amar. Porque, amar no es mirar para ti, sino mirar para el otro; porque, amar no es un sentimiento, sino un compromiso; porque, amar no es alcanzar el éxito y la fama, sino darte hasta el punto de quedarte en el último lugar. Es lógico que tu vida se complique y, sobre todo, tus más próximos: ¿Creéis que he venido a traer paz a la tierra? Pues os digo que no, sino división. Porque, de ahora en adelante, cinco en una familia estarán divididos, tres contra dos y dos contra tres. El padre estará contra su hijo y el hijo contra su padre; la madre contra su hija y la hija contra su madre; la suegra contra su nuera y la nuera contra su suegra».

De modo que, si decides amar puedes imaginar que te espera. Porque, el mundo no ama, se ama. Y cuando el resultado del amor es amarse a sí mismo, nace la confrontación, las diferencias extremas y violentas y, por supuestos, las guerras. Precisamente, es lo que vivimos cada día.

 

—Cuando se vive —dijo Manuel— de espaldas al amor, todo se complica y reina el mal, la mentira y la injusticia. Porque, amar contiene todo lo contrario: verdad, justicia y fraternidad.

—Esa es la realidad —respondió Pedro. Lo vemos todos los días. La disputa es carencia de amor. Cuando falta el amor aparece el enfrentamiento.

—Amar —dijo Manuel— prende el corazón, tal y como dice el Evangelio de hoy, y nos predispone misericordiosamente a luchar contra el desamor. Por tanto, necesitamos una fortaleza que solo la encontramos en adherirnos al Espíritu Santo.

—Precisamente —añadió Pedro. Para eso ha venido en la hora de nuestro bautismo.

 

Está claro, seguir a Jesús, que ha venido a amar, no es nada fácil. Exige dar una tuerca total a nuestra manera de pensar y de ver el mundo. Exige ponernos, como dice el Evangelio en conflicto con este mundo hasta arder plenamente de ese amor misericordioso como Jesús nos muestra. Ahora, seremos nosotros los que decidamos dejarnos quemar plenamente por ese Amor que Jesús nos trae y nos regala.

jueves, 22 de octubre de 2020

EL FUEGO DEL AMOR


La llama de la que Jesús habla es la llama del amor, porque, el amor es la llama que prende con fuerza todo lo que abraza. Amar compromete y, por Amor, Dios se ha comprometido con el hombre con el hombre hasta el punto de ofrecerle la Vida Eterna. Y, para ello, se ha encarnado en naturaleza humana, se ha hecho hombre y entregando su Vida ha pagado el rescate de nuestra vida por nuestros pecados.
 
Es por tanto, para seguir a Jesús, necesario quemarse de ese fuego de Amor que Él nos ofrece para también nosotros prender a todo aquel  próximo a nosotros. Porque, el amor que Jesús nos propone nos exige quemar todo ese hombre viejo del que estamos necesitado para renacer de nuevo al hombre nuevo, bañado y purificado en el agua del bautismo.

Indudablemente que da miedo pero, injertados, por el bautismo en el Espíritu Santo seremos fortalecidos para, no solo dejarnos quemar, por el Amor de Dios, sino para, también, resistir todos los obstáculos y batallas que nos impiden crecer en la fe y amor y, por supuesto, también prender a todos aquellos con los que nuestras vidas se cruza.

jueves, 24 de octubre de 2019

ESTAR ACTIVOS PARA AMAR

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Lc 12,49-53
No se trata de arder para destruir, sino todo lo contrario. Se trata de prender el fuego del amor. Un amor que se extienda por todas partes y prenda en el mundo haciendo el bien, proclamando la verdad y realizando la justicia. Un amor que enfrenta el bien contra el mal y que es la causa de muchos enfrentamientos familiares: padres contra hijos; hijos contra padres; madre contra hijos, hijos contra madres; suegros y suegras contra nueras y yernos y viceversa.

Jesús ha venido a prender fuego al mundo en ese sentido arriba descrito. Un fuego activo que arda desde dentro del corazón llenándolo de verdadero amor y haciendo el bien cada día. Un fuego avivado por el Espíritu Santo, que sopla y enciende el corazón de quien le abre la puerta y atiende sus impulsos. Hablamos de ese fuego que necesitamos avivar. Hablamos de esa lámpara de nuestro corazón que queremos mantener encendida y extenderla hasta quemar todo lo que está a nuestro derredor. 

Y lo queremos no por proselitismo o por un interés egoísta, sino para convertirlo en llama de amor también que haga el bien y viva en la verdad y la justicia del Reino de Dios. Buscamos el fuego de nuestro Señor, que nos abraza y nos invita a amar y a incendiar también otros corazones, quizás apagado por el agua impura de un mundo contaminado, vacío de valores y corrupto por las seducciones y sobornos del pecado. 

Un mundo que ha dejado de arder con ese fuego que nos provoca el deseo de amar y de proclamar la Vida Eterna que el Hijo de Dios, nuestro Señor Jesús ha venido a anunciarnos.

jueves, 26 de octubre de 2017

EL FUEGO DEL DESEO

Lc 12,49-53
No cabe ninguna duda que los deseos nos impacientan en la medida que su realización se lentifican o se atrasan. Y eso nos acalora y nos pone a arder. Echamos humo, solemos decir, cuando estamos nerviosos y desesperados por algo concreto que hemos pensado hacer y no sale.

Jesús viene a poner un mundo en movimiento, a darnos una Buena Noticia de Salvación, y se preocupa hasta tal punto que se expresa de esa manera: «He venido a prender fuego en el mundo, ¡y ojalá estuviera ya ardiendo! Tengo que pasar por un bautismo, ¡y qué angustia hasta que se cumpla! ¿Pensáis que he venido a traer al mundo paz? No, sino división. En adelante, una familia de cinco estará dividida: tres contra dos y dos contra tres; estarán divididos: el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra».

¿Y no nos pasa eso? Experimentamos en nuestras propias familias las divisiones que hay. Divisiones de credos y de fe. Experimentamos como por ambiciones se llega hasta el odio y como se ausenta el amor entre padres e hijos y demás familiares. Como se separan amigos, grupos y hasta comunidades por razones de creencia. En este sentido, el Señor nos dice que tenemos que estar siempre en activos, en movimiento, en camino, porque el que se para ha terminado y ha dejado de arder.

Nuestro fuego tiene que estar vivo siempre. Para eso ha venido el Espíritu Santo, para prender fuego a nuestro corazón y lanzarlo al camino del amor con verdaderos deseos de evangelizar, de dar la Buena Noticia de Salvación. Porque estamos salvados por esa hermosa Alianza que ha hecho el Señor con todos nosotros. Una Alianza derramada con su Sangre que nos perdona todos nuestros pecados y desidias.

No tardes, ponte ya en camino y muévete. Si, por el contrario estás parado, pide ayuda a la comunidad, al amigo que camina en buena dirección y a la Santísima Virgen, Madre de esperanza que nos anima a seguir adelante.

jueves, 20 de octubre de 2016

PONTE EN MARCHA Y PRENDE TU CORAZÓN DEL FUEGO DE AMOR

(Lc 12,49-53)
Esa es la consigna, caminar en la esperanza de que el mundo será mejor con tu aportación y tu pequeño y humilde trabajo. Pero, para eso tienes que arder, tienes que quemarte y quemar también toda esa parte del mundo que se te ha entregado. Quemarla de amor, de ganas de vivir, de deseos de perfección como Jesús nos ha dicho, Mt 5, 46-48.

Jesús tiene deseos de prender el mundo de ese fuego de amor. Arde en deseo de que la caridad habite entre los hombres y surja la inquietud por establecer la concordia y la fraternidad. En ese sentido Jesús nos inquieta y nos pone en movimiento. No trae la paz, sino que busca la guerra que haga surgir del corazón de los hombres el amor. El verdadero amor que ponga paz dentro y fuera de cada hombre, y, por supuesto, en la convivencia y fraternidad de los pueblos.

Esa es la pregunta que nos cuestiona el Evangelio de hoy. ¿Hay paz en nuestro corazón producto del deseo y la inquietud de amar y hacer el bien y que se cumpla la justicia? ¿Tratamos de vivir esa paz que nace del esfuerzo de nuestros corazones? Al menos, experimentándonos pobres, humildes y sin posibilidades de cambiar la trayectoria de este mundo, confiamos en el poder de nuestro Padre y se lo pedimos? ¿Rezamos y trabajamos en la medida de las posibilidades que cada uno tiene para que este mundo viva en la Voluntad de Dios.

Pidamos que nuestros corazones queden prendidos de ese fuego que Jesús prende al mundo y que, no sólo arda dentro de nuestro corazón, sino que también prenda en otros corazones. Confiemos en aquellas palabras con las que Jesús (Lc 18, 1-8), hace días, nos invitaba a hacer nuestras peticiones de forma insistentes y perseverantes.

jueves, 23 de octubre de 2014

LA IMPACIENCIA DE LA ESPERA

(Lc 12,49-53)

Hay momentos que me inquieto por, llegado el momento, encontrarme con Jesús. Creo y espero que sea la hora más apasionante de mi vida, pues es el momento esperado, y humildemente confieso que ardo en deseos de que llegue esa hora. Pasarla con nota sería entrar el gozo eterno de contemplar al Señor. No hay cosa más grande para un creyente que esa.

Pero también debo confesar que siento miedo. Un santo temor de conocer mi impotencia, mis incapacidades y mis innumerables fallos. Sé que no merezco por mis méritos alcanzar la gloria en la presencia del Señor, y todo estará confiado y esperanzado en la Misericordia del Señor. Espero y desespero, pero apasionado y confiado que el Señor ha muerto por mí que quiere salvarme. Sólo necesito esforzarme en vivir en su amor.

Y esa es la misión de cada día. Desespero porque me parece que siempre estoy por debajo del listón, y me tranquilizo cuando medito en el Amor y la Misericordia que Jesús, el Hijo de Dios, nos descubre respecto a la Bondad y Amor de su Padre. Y nos revela cuanto nos quiere hasta el punto de que su presencia entre nosotros responde a ese Amor del Padre.

Pidamos que nuestros corazones permanezcan encendidos. Exploten en verdaderas llamas de esperanza y amor a pesar de las diferencias y desencuentros familiares, amigos y vecinos. Seamos antorchas que den luz y alumbren la verdad a pesar de los vientos huracanados que amenazan con apagarlas. 

Mantén, Señor, mi corazón ardiente en fuego constante ante las adversidades, mentiras o rechazos que el mundo de mi propio entorno me azota y amenaza con apagar. Quiero permanecer inquieto, encendido y al rojo vivo hasta que Tú llegues a mi vida para apagarlo y llenarlo de paz, gozo y amor. Amén.