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lunes, 23 de enero de 2023

CIEGOS Y CONDENADOS POR SÍ MISMOS

Mc 3, 22-30

Tendrás que liberarte primero, darte un baño de humildad, de pobreza espiritual y de reconocerte pobre y pequeño para, humildemente, dejar que tu corazón necesitado de ayuda se abra a la acción del Espíritu Santo y la Palabra del Señor. Si no dejas entrar al Espíritu en tu corazón, ¿cómo quieres acoger la Palabra de Jesús? Ese demonio, al que tú ahora dices  que está en Jesús, se encargará de sostenerte soberbio, engreído, prepotente y ciego para ver la Verdad y tu salvación.

Así de sencillo es nuestra vida. Dentro de nosotros está plantada esa semilla de la impronta de Dios, el Amor. Pero necesita ser cultivada, abonada y bien regada por la Gracia de los Sacramentos para dar frutos. Frutos de acogida, de apertura, de escucha y de disponibilidad a su Palabra y a dejarnos mover por la acción del Espíritu.

De no ser así, el espíritu del mal nos confunde y nos dispersa. ¿Acaso se puede entender que el demonio se expulse a sí mismo? ¿Acaso tiene sentido que una familia dividida pueda sostenerse en la unidad? ¿No nos damos cuenta de que, poseídos por el espíritu del mal, nuestra boca y corazón vomitan disparates? ¿Cómo podemos negar el Amor Misericordioso de Dios nuestro Padre? ¿Estamos ciegos?

¿No descubrimos esa chispa interior que vive dentro de nuestro corazón que nos mueve a sentir compasión, a ser solidarios y fraternos y a amar, incluso a los enemigos y desear ser eternos?  ¿Y quién ha puesto eso dentro de nosotros? ¿Podemos creer que tanto orden y perfección consecuencia de una inteligencia Infinita puede ser causa de una chispa, Big Bang o energía cósmica? Pero, al margen de eso que no es tan importante, ¿y la Persona de Jesús? ¿Es que su Vida, su Palabra y sus Obras no nos dejan suficientes testimonios para creer que es el Hijo de Dios. ¿Y su Resurrección? ¿Acaso tienes pruebas de que no ha Resucitado y por el contrario hay muchos testimonios de que sí?

viernes, 29 de abril de 2022

EN EL CAMINO DE LA HUMILDAD, ENCONTRARÁS AL SEÑOR

 
Mt 11,25-30
Hay solo un camino para llegar al encuentro con Jesús, la humildad. Un camino humilde, sencillo, y abierto a la acción del Espíritu Santo. Un camino difícil, porque la suficiencia, el orgullo y la soberbia de no ser menos que nadie, te confunden y te desorientan del camino humilde que te lleva al encuentro con Jesús. El ejemplo lo tenemos hoy en santa Catalina de Siena - ver aquí - como referencia para orientarnos en ese camino de humildad, sencillez y sabiduría, por la Gracia de Dios.

Son los humildes y sencillos los que se encontrarán con Jesús, el Señor. Su camino fue así, humilde – nacido en un pesebre – de condición pobre y sencilla; sin ninguna notabilidad hasta el punto de que Resucitó sin triunfalismos ni publicidad. Se apareció solo a sus amigos, a los que, precisamente, le esperaban y, a pesar de la dificultad, creyeron en Él. ¡Imagínate si se les aparece a los que le creían ni tendrían esperanza de que resucitara! Estaríamos de acuerdo en que, como en la parábola del rico epulón – Lc 16, 19-31 – no creerían ni a un resucitado.

Es el camino, hacernos pequeños y humildes. Hay que reconocer que el Señor es muy grande para nosotros. Inalcanzable, inefable, ininteligible…etc. Solo en esa humildad y condición de siervo, podemos llegar a encontrarnos con Él. Fue el camino de los apóstoles y discípulos, y también de Catalina de Siena. No hay nada más grande que recibir al Señor todos los días. Alimentarnos del su Cuerpo espiritualmente y pedirle su Gracia para alcanzar ese camino de humildad y caridad. ¿Se puede tener mayor aspiración en este mundo? ¿Se puede tener mayor esperanza de gozo y vida eterna? Porque, es una realidad que tú, como yo, queremos vivir siempre. Pregúntatelo.

sábado, 26 de marzo de 2022

¿ACASO TÚ NO TIENES PECADOS?

Lc 18,9-14
La inclinación natural es acallar nuestra conciencia. Y lo hacemos cuando tratamos de justificarnos, autoengañándonos y traicionando nuestra propia realidad. Distorsionamos la realidad para hacernos ver – autoengañándonos – que la realidad es otra. La cuestión es, simplemente, justificarnos y tranquilizar nuestra conciencia. Nos decimos que somos buenos y, en realidad, hacemos obras buenas.

Esa fue la oración del aquel fariseo delante del Señor: ‘¡Oh, Dios! Te doy gracias porque no soy como los demás hombres, rapaces, injustos, adúlteros, ni tampoco como este publicano. Ayuno dos veces por semana, doy el diezmo de todas mis ganancias’. Y, no está nada mal. Es correcta y buena. Pero, exenta de pecados. ¿Es que ese fariseo no tiene pecados para pedir perdón? ¿Acaso hace todo bien? Da gracias, pero ¿hace todo bien? Se descubre un aire de suficiencia, de exaltación de sus cosas buenas y de ser mejor que los otros. ¿Acaso Dios, Padre bueno, ¿ha hecho a algunos malos? ¿No es la maldad la consecuencia del pecado, libremente cometido por el hombre? Luego, el fariseo se exalta y se equivoca y, acallando su conciencia, la instala cómodamente para no inquietarse y, por supuesto, no crecer ni mejorar.

Sin embargo, aquel publicano, del que Jesús habla en la parábola, se humilla; no se atreve a presentar lo bueno que ha hecho y, por el contrario, reconoce sus errores, sus debilidades y pecados. Y, arrepentido y humillándose, pide perdón y misericordia al Padre bueno. Es evidente, esa es la oración que llega al corazón de nuestro Padre Dios, y, como nos ha dicho, nos perdona misericordiosamente. Porque, como termina el Evangelio de hoy: «todo el que se ensalce será humillado; y el que se humille será ensalzado».

viernes, 15 de octubre de 2021

SENCILLOS Y HUMILDES

Mt 11,25-30

La naturaleza humana es limitada y, por sí misma, incapaz de romper esa barrera que la limita y la esclaviza. Sin embargo, a diferencia de los animales, que tienen su vida determinada y de la que no pueden escapar, al hombre se le ha dado la capacidad de ser libre, de pensar, abstraer y relacionar sus pensamientos y de decidir su elección. Por tanto, es libre para tomar este camino o el otro; es libre para acoger, aceptar o rechazar. Y esa  libertad seducida en muchos momentos por el pecado, le ha llevado a darle la espalda a Dios.

Creyéndose como Dios o negando su Divinidad, el hombre, seducido por su propia vanagloria, ha negado la entrada en su corazón a la Palabra de Dios. Y, en consecuencia, la ha rechazado despojándose de toda humildad y sencillez. Ha, por tanto, imposibilitado que Dios entre en su corazón cerrándose a escuchar su Palabra. Y es que la condición sine qua non para acoger y escuchar la Palabra de Dios es la humildad. Sin humildad - que significa tomar conciencia de criatura - la Palabra del Creador - nuestro Padre Dios -  no anida en nuestros corazones.

Precisamente, la oración es el camino para que esa Palabra anide, crezca y se haga viva en nuestros corazones. Esa relación - a través del diálogo con nuestro Padre Dios - nos asemeja a cuando niños nos fiábamos de nuestros padres. Así, ahora, reconociéndonos criaturas del Creador - nuestro Padre Dios - caminamos confiados y asidos a su Mano.

sábado, 13 de marzo de 2021

ENALTECERSE, HUMILLARSE

 

Es cierto que todos hacemos cosas buenas, pero, no es menos cierto que también hacemos cosas malas. Por tanto, ¡para que enaltecerse! El resultado puede ser que enaltecido te creas mejor que otros e incluso, tan lleno de ti mismo, te olvides de dejarle el centro de tu corazón a Dios. Ocurre, pues, que el éxito, la fama y tantas cosas buenas que hacemos pueden llenar nuestro corazón y desplazar al Señor alejándolo de nosotros.

Entonces, sucede que, quizás sin darnos cuenta hemos sustituido a Dios por el orgullo y la soberbia de nuestro bien obrar y éxito. Conviene, pues, atajar nuestra exaltación y llenarla de verdadera humildad que no permita hacer un hueco para que sea Dios quien reine en nuestros corazones. Se hace necesario el despojo de todo aquello caduco, pernicioso y contamiante que nos separe del amor de Dios.

El Evangelio de hoy nos lo deja muy claro. No fue justificado el fariseo a pesar de sus buenas obras. Por el contrario, el publicano, humillado y reconociendo sus pecados, fue justificado ante Dios. Es momento ahora de sacar nuestras propias conclusiones y darnos cuenta que el éxito, la fama, el prestigio no sirven para mucho si no están en actitud de servicio y de buscar los últimos lugares para servir por amor. Porque, el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido.

martes, 1 de diciembre de 2020

HUMILDAD Y CARIDAD

Lc 10,21-24

 

Ser humilde te lleva a ser caritativo. La humildad y la caridad van de la mano. "La humildad y la caridad son compañeras inseparables. La una glorifica, la otra santifica" (San Pio de Pietrelcina).  De modo que el Evangelio, la Buena Noticia, no puede ser acogida sino para aquellos donde la humildad y la caridad se hacen presentes.

La fe, don de Dios, nos es dada gratuitamente, pero nos exige humildad. Sin ella no se nos abren los ojos para ver y para responder. Porque, si no vemos, tampoco respondemos. Si mi corazón no se abre a la humildad, mi soberbia, mi prepotencia y mi orgullo no la dejan entrar en mi corazón. Ser humilde me hace pequeño y receptivo a la Gracia de Dios. Por tanto, conviene apartarse de aquellos que se jactan de sabios, de inteligentes y viven subidos a la suficiencia y prepotencia.

Yo, Señor, quiero presentarme ante Ti, pequeño y humilde, porque sé quién soy, siervo tuyo y creatura de tu mano. Y me abro a tu Gracia para que, recibiendo el dono de la fe alcance a ver tu Infinito Amor y Misericordia.

viernes, 31 de julio de 2020

DIFÍCIL DESCUBRIR LA GRANDEZA ENTRE LO HUMILDE Y SENCILLO

Evangelio Mateo 13, 54-58 Del Santo Evangelio según San Mateo En ...
Mt 13,54-58
Nuestros pensamientos se elevan y esperan, no lo pequeño, sino lo grande. Esa es la lógica natural, tanto tú como yo aspiramos a cosas grandes y lo nacido de lo pequeño no nos despierta grandeza ni poder. Por eso, los contemporáneos de Jesús le rechazan, ¿cómo admitir a un Mesías esperado, nacido desde y entre ellos mismos? Imposible. 

« ¿De dónde le viene a éste esa sabiduría y esos milagros? ¿No es éste el hijo del carpintero? ¿No se llama su madre María, y sus hermanos Santiago, José, Simón y Judas? Y sus hermanas, ¿no están todas entre nosotros? Entonces, ¿de dónde le viene todo esto?».

¿No crees que a ti también te pueda ocurrir esto? Incluso, quizás ya te haya ocurrido, y por eso, como los contemporáneos de Jesús, piensas lo mismo. No nos imaginamos a un Mesías débil, pobre y a mercede del poder y la fuerza de los grandes y poderosos de su tiempo. ¿Cómo entonces nos va a liberar y salvar? No creemos sino en la fuerza y el poder del más fuerte. Y ese es el Mesías que nos imaginamos y queremos, y al que evidentemente esperamos.

Por tanto, nos resulta difícil creer en un Mesías como el presentado y anunciado por el Evangelio. Nos damos cuenta que, ineludiblemente, hace falta la fe para fiarnos y seguir a Jesús. Posiblemente, Jesús nos dirá lo mismo que les dijo a sus contemporáneos y no moverá un dedo si nosotros no nos abrimos al don de la fe. 

Para eso, nosotros hemos recibido, en nuestro bautismo, al Espíritu Santo, que nos asistirá, nos acompañará y nos auxiliará para que recibamos la fe - don regalado por nuestro Padre Dios - y abramos nuestro corazón a esa fe que nos pide Jesús y que necesitamos para creer en Él.

jueves, 9 de julio de 2020

SIN PODERES NI IMPOSICIONES

Comentario al evangelio del Domingo V del Tiempo Ordinario, 4 de ...
Mt 10,7-15
La Buena Noticia, la cercanía del Reino de Dios, ese deseo de paz, de justicia y de amor fraterno que todos los seres humanos buscan y desean, pues, no en vano, esta sellado en lo más profundo de sus corazones, es lo que Jesús propone y para lo que envía a sus apóstoles a proclamad: 
«Id proclamando que el Reino de los Cielos está cerca. Curad enfermos, resucitad muertos, purificad leprosos, expulsad demonios. Gratis lo recibisteis; dadlo gratis. No os procuréis oro, ni plata, ni calderilla en vuestras fajas; ni alforja para el camino, ni dos túnicas, ni sandalias, ni bastón; porque el obrero merece su sustento. En la ciudad o pueblo en que entréis, informaos de quién hay en él digno, y quedaos allí hasta que salgáis. Al entrar en la casa, saludadla. Si la casa es digna, llegue a ella vuestra paz; mas si no es digna, vuestra paz se vuelva a vosotros. Y si no se os recibe ni se escuchan vuestras palabras, salid de la casa o de la ciudad aquella sacudiendo el polvo de vuestros pies. Yo os aseguro: el día del Juicio habrá menos rigor para la tierra de Sodoma y Gomorra que para aquella ciudad».

La característica del anuncio es precisamente la propuesta humilde, libre y sin condiciones. Porque, el poder, la fuerza y la imposición anulan libertad e impide el amor. Y eso rompe la naturaleza humana que ha sido creada para vivir y decidir en plena libertad. Sería una contradicción emplear el poder y la fuerza. Por eso, Jesús pone esas condiciones que podemos resumir en humildad y gratuidad.

Y esa así como también nosotros debemos anunciar el Reino de Dios. La Buena Noticia lo es porque nos libera de la esclavitud del pecado y nos hace, precisamente libres. Libres para amar sin condiciones, sin mentiras, sin dobleces ni segunda intenciones que miran egoístamente nuestros intereses y someten a los demás. La Buena Noticia que nos salva, nos hace felices y eternos y que se propone desde la libertad y la gratuidad, sin venganza,  en caso de no ser acogida. Porque, el amor es paciente y espera que el hombre se dé cuenta de que sólo en Dios alcanzará la felicidad eterna que busca.

domingo, 27 de octubre de 2019

DESPRECIAR AL OTRO

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Lc 18,9-14
Los enfrentamientos son causas del desprecio de unos contra otros. Por naturaleza humana estamos inclinados a creernos unos mejores que otros. Y, quizás, sin darnos cuenta somos clasistas y despreciamos al que consideramos inferior y menos que nosotros. Es obvio que el ser humano se considera, frente a otros,  mejor y, enalteciéndose, les excluye y les considera inferiores y despreciables. Y todos sentimos en lo más profundo de nuestro corazón que eso no está bien

Sin embargo, la realidad nos hace ver y constatar cada día que el pecado está inserto en nuestra naturaleza. Somos pecadores de y por naturaleza, valga la redundancia, que condiciona nuestro actuar y nos limita hasta quedar sometidos y esclavizados por el pecado. Jesús, nuestro Señor, nos lo descubre hoy en el Evangelio y nos lo dice a través de esta parábola del fariseo y publicano. Por otro lado, no se nos esconde la realidad de experimentar rechazo hacia aquellos que no son como nosotros y le excluimos tratándolos como inferiores.

La parábola nos interpela y nos lleva a la reflexión. ¿Acaso no somos todos los hombres y mujeres iguales? ¿Acaso no somos todos hijos de Dios y no tenemos la misma dignidad? Luego, ¿a qué viene tanta exaltación de unos y desprecio de otros? Sería bueno y muy provechoso hacer un acto de humildad, tal hizo el publicano, y considerarme pobre y pecador, y nunca mejor que otros, pues siendo hijos del mismo Padre nadie es mejor que nadie.

Y nunca debemos olvidar las palabras con las que termina Jesús diciéndonos: Todo el que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado.

domingo, 22 de septiembre de 2019

HOMBRE RICO - HOMBRE POBRE

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Lc 16,1-13
Sin lugar a duda la pobreza te da cierta ventaja respecto a alejarte de la soberbia, porque, un pobre parece que pierde el derecho a ensoberbecerse. La soberbia parece ser propia de los ricos y, muy raramente, está en manos de los pobres. Por eso, y consecuencia de ello, está muy cerca y en manos de los pobres la humildad, y, por el contrario, del rico, aunque también tiene derecho, se aleja más.

Conocedor de esto Jesús, enviado por el Padre, se acerca a los pobres, porque son los pobres los que están más cerca de la humildad y, por supuesto, de la aceptación a permitir la conversión de sus corazones. Y es que, para convertirse y abrir tu corazón al Padre tienes primero que dejar entrar la humildad en tu corazón, y eso ocurre cuando tú corazón abraza la pobreza, que no es tanto y cuanto al dinero se refiere, sino a la pobreza de tu espíritu que se reconoce pecador y necesita de la Misericordia de Dios.

De ahí lo que dijo Jesús: Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que el que un rico entre en el reino de Dios -Mc 10, 25-. Se trata de despojar nuestro corazón de toda ambición y poder y en su lugar poner el Corazón de Jesús. Es cuestión de creerlo y de pedirlo; es cuestión de, abierto a la acción del Espíritu Santo, permitirle que vaya modelando nuestro corazón al estilo de Jesús e irlo transformando en un corazón como el Suyo.

jueves, 18 de abril de 2019

LA HUMILDAD DE AGACHARSE

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Jn 13,1-15
El pequeño sólo puede ser humilde ante otro más pequeño que él. Porque, la humildad exige que el grande se abaje ante el pequeño. No sería humilde un pequeño ante un grande; un pobre ante un rico, porque eso es lo natural. El pequeño no tiene otro remedio que presentarse humildemente ante el poderoso y grande. Jesús cambia los términos y por eso se hace humilde, porque se humilla ante sus siervos.

Él, el Maestro, se abaja ante sus discípulos y, como un siervo, se pone a lavarles los pies. Esa es la nota característica de la Santa Cena. Jesús se hace pequeño como nosotros sus discípulos y se pone a nuestra disposición. Nos está diciendo que nosotros tenemos que hacer lo mismo, darnos ante los demás, sobre todo los pequeños y más necesitados. Ponernos al servicio de los demás.

Es la noche de la promesa en la que nos dice que se quedará con nosotros bajo las especies de pan y vino. Es la noche grandiosa de la institución de la Eucaristía, donde podemos tocarlo y comerlo para que sea nuestro alimento espiritual y podamos amar como Él. Porque el amor que nos exige Jesús no está a nuestro alcance. Nosotros no podemos amar así, porque nuestra naturaleza no puede llegar a esa dimensión ni tiene esa capacidad. El amor pleno y gratuito es un don de Dios.

Por eso, se ha quedado con nosotros para enseñarnos a amar. Pero, eso exige estar a su lado, tomar su alimento y abrirnos a su Gracia para ir convirtiendo nuestro corazón endurecido, egoísta y soberbio en un corazón, suave, manso, generoso y entregado al servicio a los demás. Porque, en y la medida de esa entrega seremos felices. Sólo dándonos descubriremos esa paz y felicidad que buscamos.

Tengamos fe y sentemos a la mesa con Jesús. Celebremos esa Santa Cena a su lado y dispongamos nuestro corazón endurecido para que Él nos lo transforme en un corazón como el suyo.

sábado, 3 de noviembre de 2018

HUMILDAD


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Todos sabemos que la arrogancia y la desfachatez no es de buen gusto ni cae bien. Hay personas que por su suficiencia y desfachatez no son bien recibidas ni aceptadas. O mejor, caen muy mal entre los demás, e incluso en sus propios círculos. Siempre es mejor ser humilde y cae mejor.

Ser humilde es la mejor actitud y la que siempre se recibe bien y tiene buena acogida. Y la que nunca te deja mal. Ser humilde te da mucho más, aunque, en apariencias, resulte que te has quedado el último, porque los últimos serán los primeros. Esa es la oferta del Señor, serán primero aquellos que sirvan, aquellos que se queden en los últimos puestos, aquellos que en definitiva amen, porque, amar es precisamente servir.

Se vive de experiencias y muchas buscan aparentar lo que no son ocupando roles y puestos que no les corresponden, pero que sí le sirven para aparentar grandeza delante de los demás. Son actitudes farisaicas de filacterias y engaños para persuadir y aparentar lo que realmente no se es. Están faltos de humildad y de verdad. Es la humildad el único camino para llegar a encontrarse con Jesús.

Pero, esas actitudes de nada valen, porque al final se es lo que realmente se vive en verdad y justicia y no lo que se aparenta. Al final siempre emerge la verdad y nada sumergido y escondido en la mentira permanece. Tratemos de ser honestos y humildes. Humildad no es apariencia sino verdad. Es humilde quien vive y dice la verdad y se muestra tal es, y cada día trata de ir mejorando y mostrando su vida transparente y en la actitud y esfuerzo de buscar y vivir en la verdad.

lunes, 17 de septiembre de 2018

FE Y HUMILDAD

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Lc 7,1-10

No es nada fácil ser humilde. Es un ejercicio de abajamiento y de igualdad, mejor, de considerarte igual o menos que otro. Es un ejercicio de no creerte más que otro ni más dotado, ni superior en conocimientos o virtudes. Es sencillamente considerarte criatura de Dios y agraciado con todo lo que Él te ha dado gratuitamente. Por eso, la primera condición de tu humildad es ponerlo de la misma forma, es decir, gratuitamente en beneficio y provecho de los demás.

Y ese ejercicio de abajamiento, de humildad descubre tu fe. Porque, nadie es humilde si no cree en el amor, en la verdad y en la justicia. Si yo tengo ciertos poderes y autoridad para que otros me hagan caso, cuanto Tú, Señor, que curas, que sanas y nos rescata de la muerte volviéndonos a la vida. 

De alguna manera esa fue la manifiestación del aquel centurión. Si él era capaz de tener siervos disponibles a sus ordenes, ¡cómo no Jesús, del que había oído realizar grandes prodigios y milagros, tendría poder para con simplemente mandarlo sanar a su siervo! Su súplica contiene una fe sorprendente y firme, hasta el punto que Jesús la pone como modelo para Israel: «Os digo que ni en Israel he encontrado una fe tan grande».

Este testimonio, aunque lejano en el tiempo, debe servirnos para acrecentar nuestra fe. Porque, para el Señor nada hay imposible y todo lo puede, pero, como veíamos ayer, no se trata de encontrar el paraíso aquí en este mundo, sino llegar a él a través de este mundo cargando con la cruz que nos toca vivir. Pensemos que este camino es la gran oportunidad, no hay otra, que tenemos para lograr la curación, la libertad y la salvación, no de este mundo, sino para toda la eternidad.

miércoles, 18 de julio de 2018

CUANDO EL CORAZÓN DERRAMA GRATITUD

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En muchos momentos de nuestra vida hemos sido espontáneos y hemos experimentados que habla nuestro corazón. Es verdad que no nos atrevemos a dejarlas escapar y también que todas, o casi todas, mueren en el mismo lugar que nacen, dentro de nosotros. Sería bueno dejarlas escapar y que revoloteen a nuestro derredor y, ¿por qué no?, salgan a la luz y descubran nuestro corazón agradecido.

Hoy, Jesús, deja escapar una de esas oraciones espontáneas que le tocan el corazón. Experimenta que la escucha de la Palabra no es receptiva para aquellos intelectuales que presumen de sabérselo todo; experimenta que para escuchar hay que ser humilde y sencillo y eso no abunda en corazones orgullosos, suficientes y soberbios. No podrá crecer nunca la buena semilla entre abrojos, pedregales y tierra poco profunda, pero a pesar de eso, la Palabra será siempre sembrada porque está destinada a sembrarse en todas partes.

Pero, sólo la tierra buena, abonada con humildad y sencillez, permitirá hundir las raíces de la Palabra en sus senos y fertilizar sus profundos surcos de la Gracia de Dios transformando tu corazón humano en un corazón divino semejante al Señor. Por eso, necesitamos un corazón humilde y  sencillo para dejar que la Gracia del Señor nos transparente y la luz pueda reflejarse en nosotros y traspasarnos para llegar a otros.

También nosotros, en el Señor Jesús, damos gracias por tener esa actitud de querer convertir nuestro endurecido y humano corazón en un corazón semejante al Señor. Y, siguiendo sus pasos, nos postramos ante su presencia en gesto y señal de suplicar su sabiduría y su Amor.

viernes, 22 de diciembre de 2017

LA RESPUESTA DE MARÍA A SU PRIMA ISABEL

Ante la respuesta de Isabel al saludo de María, ésta irrumpe con el canto del Magnificat: "Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi salvador..." Leer el este canto y meditarlo nos hará mucho bien. Destaca la humildad y la acción de Dios en favor de los pobres. Su Misericordia es siempre recordada, porque por ella somos perdonados y salvados.

En María vemos las virtudes que la adornan. Virtudes que también debemos pedir nosotros y esforzarnos en vivirlas. No podemos sostener la mirada de Dios si no tratamos de ser humildes, ni tampoco, como nos dice el Papa Francisco, llegar a Él si no lo encontramos en los demás, especialmente en los pobres.

Dios se compadece de aquellos corazones necesitados que son humildes. ¿Qué significa eso? Significa que sólo los que reconocemos nuestros pecados, nuestras limitaciones, nuestra pobreza y necesidad de, en el Señor, alcanzar la limpieza y purificación, por su Infinita Misericordia, podremos encontrarnos con Él y recibir la salvación.

Estamos necesitados del Amor del Señor, pero, para eso es imprescindible reconocernos pecadores y, como María, esclavos agraciados por la Misericordia de Dios, porque todo se lo debemos al Señor. Es verdad que nos resulta imposible comprenderlo, y, en el fondo de nuestro corazón pensamos que tenemos algún derecho. Y que con nuestras obras podemos merecer algo. Está claro, necesitamos ser muy humildes para darnos cuenta de nuestra indignidad y comprender que todo es Gracia de Dios.

No es nada fácil aceptar nuestra humildad. Dentro de nosotros tenemos el germen del pecado que nos hace soberbios y engreídos. Es momento de cantar el Magnificat junto a María y darnos cuenta de la Misericordia de Dios y de la necesidad de nuestra humildad. Y, reconocer que sólo en Él podemos alcanzarla. Pidamos, pues, que el Señor nos dé su Gracia y nos llene de humildad. 

martes, 9 de mayo de 2017

REVESTÍOS DE HUMILDAD

(Jn 10,22-30)
Hay una condición imprescindible, la humildad, pues "la arrogancia acarrea deshonra; la sabiduría está con los humildes"- Pr 11,2 -. No podemos entender a Dios, y menos su Misterio. De entenderlo ya Dios no sería Dios, porque el hombre, su criatura, lo entiende y lo puede abarcar. Por lo tanto, lo normal y lo lógico es no entenderlo. ¿Cómo, pues, queremos creer en Él sin entenderlo? Es de sentido común que necesitamos la fe.

Y la fe es un don de Dios. Sólo la podemos obtener aquellos que Dios se la concede, y así poder creer en Él. Pero, se hace también necesario pedirla y confiar en que Dios nos la conceda. Ahora, se nos ha dicho por activa y pasiva que Dios nos quiere salvar, luego, también querrá darnos la fe, pues sabe que nos es imprescindible. Sin embargo, hay una condición: Dios exige para darnos la fe que seamos humilde, y mientras no estemos revestidos de humildad, la fe se nos resistirá.

Igual que vemos cuando se hace de día por la luz del sol. Se hace imprescindible tener los ojos abiertos para ver, pues, aun siendo de día, si los mantenemos cerrados, se hace la oscuridad y no vemos. De la misma forma, la fe es necesaria para creer y entender el Misterio de Dios. 

Y es la fe la que nos lleva a relacionarnos con Jesús y a mantener con Él una estrecha e íntima amistad, porque en ella descubrimos que nos ama y nos lleva al Padre. Las consecuencias de esta relación, durante nuestro camino en esta vida,  es la Vida Eterna junto a Él en la Casa del Padre.

Tratemos de preguntarnos menos, de querer alcanzar el fruto del árbol cuando está muy alto para nosotros. Y busquemos, humildemente, nuestra relación con el Señor en su Iglesia y por medio de los Sacramentos. En ella y en ellos encontraremos la respuesta a nuestra fe y, revestidos humildemente, alcanzaremos la fe para creer fielmente en el Señor.

sábado, 29 de abril de 2017

DESCANSADOS EN TI, SEÑOR

(Mt 11,25-30)
La sabiduría no está en este mundo, pero son muchos los que así lo creen y la buscan en él, incluso utilizando al Señor. Y es un grave error, porque aquí en este mundo no se encuentra. Todos esos esfuerzos van mal encaminados, son erróneos, confunden y dispersan.

Todo lo que hemos recibido nos viene de Dios, de lo alto y a quién Él se lo quiera dar. Se la esconde a los soberbios y se la da a los sencillos y humildes. Para Dios nada hay imposible, por lo que todo lo que haga y quiera se hará. Sin embargo, para nuestra razón sí. Luego, ¿cómo queremos entender a Dios y explicárnoslo con nuestra razón limitada? Ahí se esconde nuestra grave error.

Posiblemente, ese sea nuestro mayor pecado, querer dar razones del misterio de Dios con nuestra limitada razón. Necesitamos, por eso, la fe y la confianza en Dios, que nos salva. En Él descansamos y apoyamos, porque, Él, es nuestra sabiduría y nuestra esperanza. Todo nos es regalado, nos viene del Señor, pues a Él se lo ha entregado su Padre, a quien sólo conoce Él..

Se hace, pues, necesario descansar en el Señor, que es manso y humilde, y en el que nosotros, pobres pecadores, debemos mirarnos. Dejémonos iluminar por el Espíritu Santo, de donde nos viene toda Luz y Sabiduría. Y, abriéndonos aceptemos su Palabra llevándola a la vida, para, desde Él, ser también luz y camino para otros.

No busquemos la Luz en los libros ni en las palabras, y menos en los hombres. Busquemos en el Espíritu Santo poniéndonos en sus Manos, porque toda sabiduría nos es dada por el Señor, cuándo, dónde y cómo Él quiera y en quién Él quiera. Somos pobres, sencillos y humildes siervos y esclavos suyos, que estamos a su servicio y fieles a sus mandatos.

domingo, 23 de octubre de 2016

AVERGONZADO Y HUMILLADO EN TU PRESENCIA, SEÑOR

(Lc 18,9-14)
No es para menos cuando pienso que ha sido de mi vida. Hay momentos en los que paso vergüenza cuando pasan por mi mente los pecados cometidos. No me duele confesarlo, sino el haberlo cometidos. Sé que la Misericordia de Padre Dios me perdona. Sé que estoy perdonado, pero me duelo de haber desobedecido la Voluntad de Dios. Y me duelo y arrepiento avergonzado.

Lejos de desesperarme o de angustiarme, me consuela experimentar ese dolor, aunque sea de pecados pasados y ya perdonados. Y digo que me consuela porque ese dolor me sostiene humildemente, y como el publicano del Evangelio de hoy domingo, me siento avergonzado y postrado ante Dios incapaz de mirarle o levantar la cabeza.

¡Cuántos pecados de omisión a cada momento que late mi corazón! ¿Cuántas veces habré dejado de hacer tu Voluntad! Es posible que muchas por ignorancia, pero otras quizás por pereza, por comodidad o falta de compromiso. Sí, Padre nuestro, tengo que pedir perdón y sentirme avergonzado por todos mi pecados egoístas y de omisión. Y sólo tengo una palabra, perdón.

Pero, no basta sólo con eso. Tengo que levantarme y actuar. Actuar dando mi vida en conocerte mejor, en buscar espacios de escucha y silencio para oír lo que me dices, y el esfuerzo de ponerlo en práctica. Pero no dejes que me crea un suficiente, ni un fariseo ni un engreído o capaz, sino un siervo pobre y humilde, capaz de hacer pequeñas cosas en tu nombre y por la acción del Espíritu Santo. 

Eso quiero hoy adquirir como compromiso, descubrir que eres Tú quien actúas en mí y conviertes mi pobreza en riqueza y maravillas para tu Gloria. Y así me postro y me presento ante Ti, Señor. Ten misericordia de tu pobre siervo.

miércoles, 13 de julio de 2016

RODEADOS DE MISTERIOS


(Mt 11,25-27)

La vida está llena de misterios que el hombre anhela y quiere conocer. A lo largo del tiempo el hombre ha ido descubriendo posibilidades encerradas en la naturaleza que le han permitido avanzar técnicamente y mejorar sus formas de vida. Pero esos misterios, entre paréntesis, que el hombre va descubriendo y utilizando para su provecho y mejora no son comparados con los verdaderos misterios del origen de la naturaleza y la propia vida.

El hombre va encontrando respuestas a muchos interrogantes que componen la atmósfera y el sistema planetario; el hombre va avanzando en conocimientos científicos y en el descubrimiento del por qué de muchas enfermedades. Pero el hombre no llega a entender su propio misterio y el origen de la vida. El hombre no puede entender, si no le es revelado, el Poder de Dios.

Sin embargo, hay Uno, el que se llama a sí mismo el Hijo del Hombre, al que le ha sido revelado todo: En aquel tiempo, Jesús dijo: «Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a pequeños. Sí, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito. Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce bien al Hijo sino el Padre, ni al Padre le conoce bien nadie sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar».

Muy poquitas palabras, pero llenas de profundidad y sabiduría que nos hacen descubrir la grandeza y el poder de nuestro Padre Dios. Y es que la capacidad humana está limitada y es incapaz de conocer el misterio de Dios, que se nos revela en su Hijos Jesús y a quien Él quiere revelarlo.

Necesitamos abajarnos y llenos de humildad abrirnos a la acción del Espíritu de Dios que nos ilumina y nos llena de esa sabiduría que sólo a los humildes le es dada. Y es que para ver la luz necesitamos salir de la oscuridad, de la cual no salimos por luz propia, sino por la que recibimos del Espíritu Santo recibido en el Bautismo.

martes, 1 de diciembre de 2015

ESTAR AGRADECIDOS NECESITA LLENARSE DE HUMILDAD

(Lc 10,21-24)


No puede estar agradecido aquel que se siente fuerte y capaz de sostenerse por sí mismo. No pueden sentir agradecimiento quienes piensan que se bastan por sí mismo, porque en esa actitud no necesitan dar gracias a nadie. Dar gracias exige humildad y necesidad de ayuda. Es decir, experimentarte pobre y humilde.

Sólo el pobre acepta recibir, porque carece de mucho, y necesita ayuda. Y eso te hace humilde y evita que puedas ensoberbecerte. Así, de esa manera, tu corazón se abre a la Gracia de Dios, y se predispone en una actitud humilde a recibir.

Hoy, Jesús, al ver la alegría de los discípulos que regresan llenos de gozo y exultantes por la experiencia y resultados al proclamar la Palabra de Dios, se llena de alegría y gozo del Espíritu Santo y dijo: «Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra’» (Lc 10,21). 

No se puede proclamar desde la arrogancia ni desde la actitud de quien manda o sabe, sino desde la actitud de quien se considera un simple y humilde servidor y que, por la Gracia de Dios, su corazón agradecido es, en la asistencia y sabiduría del Espíritu Santo, instrumento de su Palabra para transmitirla a los demás. Sólo así se puede experimentar ese gozo del que hoy hablamos en los discípulos, y que movió a Jesús con alegría exultante dar gracias a su Padre del Cielo.

Nada mejor que unas palabras humildes de agradecimiento a todos los que nos acompañan y leen con inquietud, atención y entusiasmo estas sencillas reflexiones abiertas a la acción del Espíritu Santo, y dócil a su Palabra consciente de ser su humilde instrumento. Y rogarle que nos ayude a hacerlas vida en nuestras vidas.