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sábado, 9 de marzo de 2024

¿LLEGA MI ORACIÓN, SEÑOR, A TI?

Sucede con mucha frecuencia que nuestras oraciones se convierten en monólogos más que en diálogos. Ni escuchamos ni dejamos hablar al Señor. Y eso es así porque nuestra oración se convierte en una exposición de lo que hacemos y de lo que queremos recibir. Nos justificamos alegando nuestros éxitos y nuestras buenas obras, y pedimos lo que a nosotros nos parece mejor y conviene. Posiblemente esa oración no llegue a oídos de nuestro Padre Dios.

Me confieso de esos que, quizás porque no nos damos cuenta, oramos de esa forma. Y lo que intento es tratar de corregirme y darme cuenta de mis debilidades, fracasos y pecados. Si me confieso pecador debo ser consciente de que lo soy y mi oración debe convertirse en súplica de misericordia por mis pecados. Y si experimento algún avance de mejoría, tendré que dar gracias al Espíritu Santo, que me asiste y me convierte en mejor persona. Eso me da la clave de mi oración: siempre en actitud de humillación – porque no soy otra cosa – para, por la Gracia de Dios, ser enaltecido.

Pidamos que nuestra oración sea cada día más sincera, más humilde y más consciente de nuestras necesidades. Tratemos de escuchar al Señor y dejarnos guiar por el Espíritu Santo, pues es Él quien hace todo lo bueno que, a través de nosotros, le permitamos hacer. Reconozcamos nuestras limitaciones y sepamos que nuestra conversión será no por nuestros méritos, sino por la acción del Espíritu en nosotros. Eso sí, dependerá de nuestra libertad y elección, porque nuestro Padre Dios ha querido que seamos libre y decidamos por nosotros mismos. A partir de ahí, todo será obra del Espíritu Santo.

sábado, 29 de octubre de 2022

RECONOCE QUE TÚ NO ERES MEJOR

Lucas 14, 1. 7-11

Sucede que cuando eres invitado a cualquier acontecimiento o fiesta tratas de ir vestido con la intención de destacar, e incluso dar la campanada. Llevas dentro de ti la actitud de ser notado y ocupar un puesto principal, si no el más principal.  En el fondo tratamos de exaltarnos para ser más que el otro.

Eso fue lo que Jesús notó en aquella casa de uno de los principales de Jerusalén. Notaba que los convidados escogían los primeros puestos y, en base a esto, les propuso esta parábola: «Cuando seas convidado por alguien a una boda, no te pongas en el primer puesto, no sea que haya sido convidado por él otro más distinguido que tú, y viniendo el que os convidó a ti y a él, te diga: ‘Deja el sitio a éste’, y entonces… Lucas 14, 1. 7-11.

Ahora, teniendo en cuenta la audiencia del Papa Francisco de estas últimas semanas, tratemos de esforzarnos en discernir. ¿Qué me esta diciendo el Señor con esto de ocupar los últimos puestos? ¿Me estará pidiendo que sea humilde? ¿Querrá decirme que no trate de enaltecerme y que, al contrario, me esfuerce en humillarme, es decir, en tomar una actitud humilde que dará como resultado ser enaltecido.

Ahora, continuamos discerniendo: ¿Es esa nuestra actitud? O dicho de otra manera, ¿tratamos de ser humilde y buscar los últimos puestos? Es decir, se trata de estar disponible y abierto a servir, a estar en una actitud de disponibilidad y de servicio. Ser último no significa quedarte en último lugar o permanecer en la cola. Ser último, en mi humilde opinión, significa, al menor en el sentido evangélico, ponerse a la misma altura del pequeño, del necesitado y pobre y tratar de servirle.

Por tanto, la conclusión, después de nuestro discernir, sería: Tratemos de no enaltecernos y, sí, de humillarnos. Porque, quien se enaltece, será humillado, y el que se humilla será enaltecido.

domingo, 23 de octubre de 2022

SE TRATA DE ANUNCIAR LA VERDAD, LA BUENA NOTICIA. NO DE CONVENCER NI DE TENER ÉXITO.

Lucas 18, 9-14

Te corresponderá a ti decidir y tomar la opción – la vida o la muerte – según elijas. Pero, también corresponderá a creyente – misionero – proclamar esa Verdad y advertir de las consecuencias de rechazarla. Porque, la Buena Noticia es Noticia – valga la redundancia – de salvación. Nunca se impone, sino se propone con toda libertad. Pero, eso sí, se dice y se anuncia con amor misericordioso. Y se abre el corazón al arrepentimiento y a la conversión.

Muchas parábolas que nos dijo Jesús hablan de esa posibilidad de conversión y de misericordia. Precisamente, en el Evangelio de hoy domingo, nos habla del fariseo y del publicano. El uno se jacta de sus cumplimientos y de su diferencia con aquellos que no cumplen. Incluso con ese publicano que tiene a su lado. El otro, el publicano, humillado y avergonzado de sus faltas y pecados, no se atrevía ni a levantar la cabeza. Simplemente se limitaba a pedir compasión y misericordia.

Y, es evidente, digo esto porque es lo que todos sentimos y experimentamos desde lo más profundo de nuestros corazones. El humilde, el consciente de sus pecados, de su pobreza y limitaciones fue perdonado y exaltado por nuestro Padre Dios. Termina diciendo Jesús: «Porque todo el que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido» Y así sucedió.

Y sigue sucediendo en nuestra época. Nos cae mal y nos repele aquellos que se jactan de sus virtudes y cualidades e incluso miden sus talentos empequeñeciendo y humillando a los más pequeños, a los más limitados y pobres. Sin embargo, todo aquel que se presenta humilde, aún sabiéndose con talentos y cualidades importantes, y poniéndose al servicio de los más necesitados y pequeños, sientan bien y los ensalzamos. Y es razonable y evidente, porque somos semejantes a nuestro Padre Dios – una prueba más de que somos sus hijos – y como nos conoce, su Hijo Jesús nos lo descubre y revela.

Por tanto, moraleja: tratemos de ser humilde y abajarnos poniéndonos siempre a la altura de los más pequeños y pobres, porque de esa manera seremos ensalzados. Nunca nos creamos mejores y, menos, enaltezcámonos porque seremos humillados.

sábado, 13 de marzo de 2021

ENALTECERSE, HUMILLARSE

 

Es cierto que todos hacemos cosas buenas, pero, no es menos cierto que también hacemos cosas malas. Por tanto, ¡para que enaltecerse! El resultado puede ser que enaltecido te creas mejor que otros e incluso, tan lleno de ti mismo, te olvides de dejarle el centro de tu corazón a Dios. Ocurre, pues, que el éxito, la fama y tantas cosas buenas que hacemos pueden llenar nuestro corazón y desplazar al Señor alejándolo de nosotros.

Entonces, sucede que, quizás sin darnos cuenta hemos sustituido a Dios por el orgullo y la soberbia de nuestro bien obrar y éxito. Conviene, pues, atajar nuestra exaltación y llenarla de verdadera humildad que no permita hacer un hueco para que sea Dios quien reine en nuestros corazones. Se hace necesario el despojo de todo aquello caduco, pernicioso y contamiante que nos separe del amor de Dios.

El Evangelio de hoy nos lo deja muy claro. No fue justificado el fariseo a pesar de sus buenas obras. Por el contrario, el publicano, humillado y reconociendo sus pecados, fue justificado ante Dios. Es momento ahora de sacar nuestras propias conclusiones y darnos cuenta que el éxito, la fama, el prestigio no sirven para mucho si no están en actitud de servicio y de buscar los últimos lugares para servir por amor. Porque, el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido.