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miércoles, 12 de agosto de 2020

¡QUÉ FE TENEMOS?

Pin en Evangelio
Siempre debemos estar interpelándonos nuestra fe, porque la fe, sobre todo la nuestra, es frágil y propensa a desfallecer en cualquier momento. La fe necesita fortaleza, pues se trata de creer en Alguien a quien no vemos y que, al compartirla con otros, la fortalecemos. Es decir, la fe compartida se fortalece. Es, pues, evidente que necesitamos ir en comunidad y caminar comunitariamente.

Porque, sólo en la comunidad podemos probarnos al enfrentarnos al reto de amar a los otros. La vivencia de tu fe aislada te separa de la prueba del amor. ¿A quién vas a amar si tu fe está aislada? El hombre es un ser en relación y necesita de los otros para probar su capacidad de amar y, por supuesto, descubrir la medida de su fe. Creer en Jesús es sentirnos invitados a amar. Y amar, no de una manera cualquiera o como a nosotros nos guste sino como Él nos amó y nos sigue amando.

La fe necesita probarse cada día y, cada día, valga la redundancia, encontramos en el camino pruebas que nos invitan a descubrir y manifestar nuestra fe. Y eso, lejos de debilitarla, la fortalece cuando la compartimos con otros hermanos en la fe reunidos en torno a nuestro Señor Jesús. Él es la roca firme en la que nos apoyamos y, desde Él, animados por su Espíritu, fortalecemos nuestra fe y nos atrevemos a compartirla y a vivirla en comunidad.

martes, 25 de octubre de 2016

TODOS DESEAMOS AMAR, PERO BIEN AMAR

(Lc 13,18-21)

La palabra amar lleva implicito hacer el bien, pues no ama quien busca su propio bien. Eso no es amar sino valerse de la apariencia del amor para conseguir beneficio en provecho propio. Está claro, el amos sólo se entiende desde el ofrecimiento gratuito y desinteresado por buscar el bien del otro. Así nos lo transmitió Jesús con su Vida y Obras.

El amor tiende a crecer, porque el bien atrae y es querido por todos. Pero, el amor, necesita tiempo, paciencia, fortaleza y esperanza. Diríamos que está sembrado y apoyado en la tierra que se abona con la paciencia de cada día, virtud apoyada a su vez en la confianza y fe en el Señor.  Diríamos que también el amor necesita de la fortaleza de encajar y superar los contratiempos y los embates de las incomprensiones, las pasiones y egoísmos.

 Pero, sobre todo, la esperanza de quien nos ha amado hasta el punto de enseñarnos con su Vida y Obra a saber esperar, con paciencia y fortaleza, la respuesta del hombre al amor. Incluso dándose hasta el extremo de entregar su Vida por cada uno de nosotros. Sobre esta confianza y fe apoyamos nuestra pobre y humilde paciencia, fortaleza y esperanza.

Esperanza de, a pesar de no verlos, surjan los frutos de ese amor que sólo la verdad puede construir y aflorar, hasta el punto de que todos los hombres descansen bajo su cobijo y protección. El Reino de Dios emergerá del trabajo constante, paciente y esperanzado de todos aquellos que, apoyados en el Espíritu Santo, por la Gracia de Dios, abonen la tierra de este mundo, de donde surgirá los frutos que darán paso a los valores del Reino.

jueves, 3 de diciembre de 2015

MI FORTALEZA ES EL SEÑOR

(Mt 7,21.24-27)


Seguir al Señor no es cuestión de cierta disciplina y cumplimiento. Es verdad que ambas son necesarias, pero sólo por el mero hecho de cumplirlas no basta. Seguir a Jesús es comprometerse al esfuerzo diario de imitar el estilo de su Vida, y, por tanto, vivir en su Palabra cumpliendo su Voluntad. 

Sería disparatado tratar de hacer ese esfuerzo sólo desde mis propias fuerzas y capacidades, porque el mundo nos puede y nos somete a sus caprichos y pasiones, tentándonos frecuentemente y venciéndonos si optamos por enfrentarnos sin la asistencia del Espíritu Santo.

Jesús nos lo advierte hoy claramente en el Evangelio: «No todo el que me diga: ‘Señor, Señor’, entrará en el Reino de los cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre celestial. Así pues, todo el que oiga estas palabras mías y las ponga en práctica, será como el hombre prudente que edificó su casa sobre roca: cayó la lluvia, vinieron los torrentes, soplaron los vientos, y embistieron contra aquella casa; pero ella no cayó, porque estaba cimentada sobre roca.

Él es la Roca que nos fortalece y nos potencia para la lucha de cada día contra las adversidades y los obstáculos, tantos los que nos vienen del mundo, como los nuestros propios, aquellos que anidan dentro de nuestros corazones. Sin la Gracia del Señor quedamos a merced del príncipe de este mundo, y sometidos a su poder diábolico. Necesitamos la Gracia del Espíritu Santo para salir victorioso.

En y con el Señor encontraremos las fuerzas y la luz que nos alumbra el camino que nos conduce a la victoria, que nos alimenta y previene fortaleciéndonos contra las adversidades y obstáculos que nos impiden seguir y encontrarnos con el Señor.