lunes, 27 de julio de 2020

EL CREYENTE VIVE EN LA ESPERANZA Y SABE QUE LLEGARÁ EL DÍA

Mateo 13, 31-35 | Grano de mostaza, Evangelio del dia, Evangelio
Nada podrá detener al cristiano porque, la muerte que era la que se suponía que acabaría con sus esperanzas, ha sido vencida y la Resurrección de Jesús, el Hijo de Dios, ha marcado el Camino, la Verdad y la Vida de todos los creyentes en Él. Por eso, un cristiano creyente en Jesús nunca desistirá de seguirle y de esperar en Él. Y, por eso, la Iglesia fundada por Jesús nunca será destruida, porque, la Iglesia vive en el corazón de cada creyente y, mientras haya un creyente, siempre habrá Iglesia.

Todo empieza por lo pequeño; Jesús nació pobre, de manera sencilla y sin llamar la atención. Desconocido y pobre pasó su infancia y juventud de manera desapercibida y en muy pocos momentos tuvo actos de cierta relevancia. Y, como un grano de mostaza, la semilla más pequeña, crece hasta convertirse en la más grande, así es el Reino de Dios, empieza de forma muy simple, pequeña y se hace grande hasta llegar a la plenitud. Nada ni nadie puede destruirlo.

Y en esa esperanza vivimos los cristianos creyentes. Es verdad que hay muchos momentos de cruces, pero, sabemos y esperamos que lleguen el momento de la Verdad Plena y con ella, la Felicidad Eterna. Por eso no nos desanimamos, y es más, no podemos desanimarnos, porque la esperanza fortalecida y apoyada en nuestra fe nos mantiene siempre esperanzados, firmes y sostenidos en el Amor y la Misericordia de nuestro Padre Dios.

El Reino de Dios puede tener una menguada apariencia, puede aparentar ser algo insípido, débil, pequeño y amenazado a desaparecer. Pero, nada más lejos de la realidad. El Reino de Dios está entre nosotros y seguirá entre nosotros hasta que, fermentando como la levadura en la masa, nos acoja a todos hasta que todo, valga la redundancia, fermente del Amor de Dios.

domingo, 26 de julio de 2020

¿BUSCAS TÚ TAMBIÉN UN TESORO?

Evangelio según san Mateo (13,44-52), del domingo, 30 de julio de 2017 |  Evangelio, Evangelio del dia, Lectura de hoy
Mt 13,44-52
Supongo que todos buscamos un tesoro que nos haga vivir felices, porque, todos buscamos la felicidad. Pero, para muchos el tesoro varía según sus deseos de felicidad y según su inmediatez de conseguirla. Muchos, y mirémonos si estamos nosotros entre ellos, se sienten felices con abundancia de dinero, con poder y con la satisfacción de satisfacer todos sus placeres y apetencias. Para ellos, su felicidad no tiene que pasar ninguna prueba ni cruz, sino satisfacerla, incluso a costa del esfuerzo y sufrimiento de otros.

Otros aspiran a mandar, pero, no solo mandar en un lugar o puesto concreto, sino a mandar sobre los otros hasta someterlos y esclavizarlos a su antojo. Depositan sus aspiraciones en ese objetivo y ese es su tesoro. Pero, hay otros que su tesoro lo ponen en la indiferencia y centran su vida en vivir para sí. Eso sí, aprovechan todo lo que pueden sacar de los demás sin ningún miramiento pensando solo en sí mismo. 

Sin embargo, quiero llamar la atención a que esos tesoros son tesoros, valga la redundancia, caducos y que se terminan en un tiempo limitado y todo queda en nada. Y, al mismo tiempo, la vida depositada en ellos se consume y termina perdida en la iniquidad y la desesperación. Por eso, ¿cómo llamar tesoro a esas cosas caducas y limitadas? Porque, un tesoro es algo tan valioso que llena totalmente la vida y la hace plena. Pero, ¿existe ese tesoro? Y si existe, ¿dónde está?

El evangelio de hoy nos describe y nos enseña donde realmente está el verdadero y único Tesoro y nos invita a dejar todo lo demás para quedarnos solo con Él. Porque, cuando te encuentras con el verdadero Reino de Dios, todo lo demás se empequeñece y aminora su valor, pues nada se puede comparar a encontrarse con Jesús, que encarna, es y anuncia el Reino de Dios. Y nos habla de un Padre - Abbá- que nos espera, nos abre los brazos para recibirnos en un Reino pleno de felicidad y eternidad.

sábado, 25 de julio de 2020

POR EL CAMINO DE SANTIAGO

MATEO 20, 20-28 | Imagenes cristianas de fortaleza, Versículos bíblicos,  Imágenes cristianas
Mt 20,20-28
Hay un camino que no es el camino. A ver si me explico. Quiero decir que recorrer el camino de Santiago no consiste en recorrerlo solo físicamente, sino en vivirlo como un camino que nos ayuda a acercarnos a Jesús, el único y verdadero Camino, Verdad y Vida. Así lo ha recorrido el mismo Santiago apóstol aprendiendo de su seguimiento a Jesús en el esfuerzo de ser manso y humilde como Él.

Porque, el seguimiento a Jesús se nota en la medida que tratamos de ser más tolerante y comprensivos con los otros; más abiertos a ver la verdad desde la profundidad del corazón de los otros y a despojarnos de esas nuestras ambiciones personales, a la que experimentamos inclinaciones naturales irresistibles y de las que nos sentimos esclavizados y sometidos. Esa es nuestra lucha de cada día y a la que la vida de Santiago nos puede ayudar siguiendo su camino.

Conocer que a Santiago, como también a los demás apóstoles, les costó enormemente despojarse de sus actitudes humanas y de aceptar y asumir que seguir a Jesús es pasar irremisiblemente por la cruz. Y que es único camino y no tiene alternativa. Por eso, a todos nos cuesta mucho y sin el concurso del Espíritu Santo, que recibimos en nuestro bautismo, no podemos encararlo, atrevernos o enfrentarnos a recorrerlo. 

Estar cerca de Jesús y seguir sus pasos nos ayuda a ir entendiendo su Palabra y cambiando, por su Gracia, las intenciones y deseos de nuestros corazones. Así lo hizo Santiago y, su corazón, fue asumiendo la cruz, el despojo de sus apetencias, ambiciones y egoísmos, el servicio a los demás, característica fundamental del amor a los demás. Esta es la actitud con la que hemos de recorrer el camino de Santiago. O dicho de otra forma, Santiago debe servirnos para encontrarnos también nosotros con Jesús y, abriendo nuestros corazones, dejarnos transformar por sus enseñanzas y su Palabra.

viernes, 24 de julio de 2020

PREOCUPADOS POR HACER Y DAR FRUTOS

La causa de nuestro pasotismo, muchas veces, está en que no valoramos lo que hacemos. Entendemos que dar frutos es hacer obras y conseguir solucionar muchos problemas. Luego, ¿qué ocurre? Ocurre que cuando los problemas son insalvables o no podemos encontrarles solución, no desanimamos y arriamos nuestra voluntad. Entendemos que nuestros frutos han sido estériles y nos apartamos de mantener y perseverar en la actitud de esforzarnos por dar buenos frutos.

MATEO 13 18-23 |
Mt 13,18-23
La cuestión es entender que el fruto que Jesús nos pide es el de aceptar su Palabra, escucharla y tratar de que, filtrada y purificada en nuestro corazones, vaya transformando nuestra vida conforme a vivirla según esa Palabra, sembrada y cultivada en nuestros corazones, nos mueve. Y no preocuparnos tanto de los frutos o resultados, sino de que nuestros actos tengan buena intención en ser vividos según Dios manda. Los frutos irán dando resultados cuando van acompañados de la acción del Espíritu Santo.

Porque, el verdadero fruto eres tú. Tu vida y tu actitud de ser fiel a la Palabra de Dios, y de actuar en consecuencia con ella. Eso significa que tratarás de ser sincero, defender la verdad y actuar en verdad. Ser justo de la misma forma que quieres que sean justo contigo. Preocuparte por ser solidario; por compartir; por buscar el bien, sobre todo a los más pobres y necesitados...etc. Y actuar lo más parecido a como actuó Jesús cuando, encarnado en Naturaleza humana, pasó por este mundo.

Esos son los frutos que se nos piden y cada cual con sus posibilidades y talentos recibidos. Y esa debe ser nuestra respuesta que, para muchos, será diferente o especial según lo que Dios disponga. Y de esos hay muchos ejemplos. Tratemos pues de escuchar la Palabra de Dios de cada día y esforzarnos en seguir cultivando esa siembra que, sembrada, valga la redundancia, en nuestros corazones la llevemos a la actuación de cada día en nuestra vida.

jueves, 23 de julio de 2020

PERMANECER Y DAR FRUTOS

Unidos a Jesús daremos mucho fruto. Lee, medita y comparte el ...
Juan 15, 1-8
Seguir a Jesús es permanecer en Él. Y permanecer en Él, es estar a su lado siempre. No un rato o unos momentos concretos y especiales, sino "Siempre". Porque, permaneciendo siempre en Él es la única forma de poder dar frutos, buenos frutos. Porque, no se trata de dar simplemente frutos, sino buenos y santos frutos. Y eso solo se puede conseguir permaneciendo en el Señor. ´

Él es la verdadera Vid, y su Padre es el Labrador. Solo con ellos podemos dar esos buenos frutos a los que hemos aludido y que se espera de cada uno de nosotros. Así nos lo dice el Señor: Lo mismo que el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid; así tampoco vosotros si no permanecéis en mí. Yo soy la vid; vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto; porque separados de mí no podéis hacer nada.

Nuestro camino y dirección ha quedado clara y concreta. Sin permanecer en Jesús, no solo nos será difícil, sino imposible dar frutos. Por lo tanto, la única solución es permanecer en el Señor, y eso nos descubre la necesidad de la oración, la necesidad de la Eucaristía, todo lo frecuente que podamos, y la necesidad de la reconciliación que, nuestras debilidades y pecados, nos demandan para estar unidos a nuestro Padre Dios.

Pero, también, la necesidad de ir junto a otros, en comunidad, compartiendo nuestra fe y fortaleciéndola, porque, al compartirla y escucharla, nuestra fe se fortalece. Y es cuando la siembra de nuestro corazón, abriéndose a la escucha de la Palabra, vislumbra sus propios frutos al darse, al ofrecerse, al despojarse y al ofrecerse generosamente y gratuitamente al servicio para el bien de los demás. 

miércoles, 22 de julio de 2020

¿A QUIÉN BUSCAS TÚ , A UN VIVO O A UN MUERTO?

Pin en reflexiones
Jn 20,1-2.11-18
Posiblemente, y sin darnos cuenta, también nosotros podemos estar buscando a un muerto, o a alguien que no existe, que, al menos para mí, sería peor que si fuese un muerto, pues dejaría todo en leyenda o falsa historia. Es verdad que la historia está ahí y, Jesús, aunque muchos quieran negarlo o adulterar su verdadera historia, el testimonio de los que vivieron y le acompañaron no da lugar a dudas.

Sin embargo, siempre estarán los que se apoyan en la mentira y tratan de adulterar y falsear la realidad. No obstante, y a pesar de los que otros quieran presentar, María Magdalena testifica y proclama que el Señor Jesús, a quien ella había conocido y conocía, valga la redundancia, el tono de su voz, ha Resucitado. Y lo proclama y comunica a los apóstoles porque ella lo ha visto.

Ella, no te extrañe, también buscaba a un muerto. Quizás lo mismo que nos sucede a ti y a mí, pero, por la Gracia de Dios y la manifestación de su amor a la Persona de Jesús, a quien había conocido y había cambiad su vida, Jesús se le muestra Resucitado. Y ese testimonio de ella es corroborado más tarde por todos los apóstoles y continúa ahora, en esta hora y en este momento que escribo, proclamado y corroborado por la Iglesia.

Por tanto, te sugiero que no busques a ningún muerto, porque, si se trata de Jesús, está Vivo. Y Vive en tu corazón y real y verdaderamente presente en el Santísimo Sacramento del Altar, donde tú y yo lo podemos recibir, real y verdadero, bajo las especies de Pan y Vino. Pero, hay más, también tú y yo, y todos los que en Él crean y hayan creído, a pesar de estar muertos, resucitaremos para volver a la Vida. Esa Vida Eterna de la que Jesús nos ha hablado y nos habla cada día a todos los que todavía caminamos de la Mano de su Espíritu hacia la Casa del Padre.

martes, 21 de julio de 2020

VÍNCULOS DE SANGRE - PARENTESCO ESPIRITUAL

Mateo 12, 46-50 | Evangelio del dia, La voluntad, Evangelio
Mt 12,46-50

Conocemos un parentesco que nos viene dado por vínculos de sangre y que constituyen nuestra familia natural. Sin embargo, por circunstancias de la vida, hay muchos parentescos que vienen constituidos, no por vínculos de sangre, sino por otras relaciones que la vida misma se encarga de unirlos en el vínculo familiar.

Desde el punto de vista espiritual hay un parentesco muy fuerte, que incluso supera al sanguíneo. Todos venimos al mundo dentro de un contexto familiar, al menos así ha sido pensado y dispuesto por Dios, que hace que tengamos una familia unida por vínculos sanguíneos. El hombre, rompiendo ya esa disposición de Dios, ha alterado esas relaciones, rompiendo la familia y alterando el orden natural de la misma. Sin embargo, lo más frecuente es lo más natural, la familia humana unida por vínculos de sangre.

Hoy, en el Evangelio, Jesús nos habla de unos vínculos diferentes y, quizás, mucho más fuerte que los propios vínculos sanguíneos. Se trata del parentesco espiritual. Porque, todos los que, por la fe, tratamos de adaptar nuestra vida a la Voluntad de Dios, conformándola y siguiendo sus enseñanzas y mandatos con sumisa, libre y total obediencia, constituimos una relación fraternal de hermanos, hermanas, padres, madres...etc. 

Porque, Jesús lo explica y enseña con claridad meridiana: « ¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?». Y, extendiendo su mano hacia sus discípulos, dijo: «Éstos son mi madre y mis hermanos. Pues todo el que cumpla la voluntad de mi Padre celestial, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre».

Supongo que cada cual puede y piensa libremente lo que entienda o quiera, pero, la más grande unidad está bendecida por el amor. Un amor que es el mandato que Dios, nuestro Padre común, nos revela en su Hijo Jesucristo. Por eso, viviendo en esa obediencia y Voluntad del Padre, todos somos hermanos.