En Juan encontramos la referencia que nos alumbra a entendernos cultivadores de esa semilla que Dios, nuestro Padre, ha sembrado en nosotros. Él, simplemente, hizo de su vida una tarea de anunciar el Reino que estaba ya entre nosotros. Se entregaba a cultivar esa Palabra que ya, sembrada en nuestro corazones, Dios había puesto en nuestras manos con el propósito de cultivarla y colaborar de la actuación de Dios, nuestro Padre.
Los dos amigos habían
llegado a la conclusión, por la Gracia de Dios, a entender que a nosotros nos
toca, puestos en las manos de nuestro Padre Dios, cultivar esa semilla que Dios
ha sembrado en nuestros corazones. Luego, dependiendo de esa tierra – es decir,
de la libertad y escucha de su Palabra – dará frutos o no.