| Lc 12, 49-53 |
No se te van a pedir tus éxitos, sino el amor que hayas gastado en beneficio de los demás.
jueves, 23 de octubre de 2025
UNA NOTICIA DISRUPTIVA
miércoles, 22 de octubre de 2025
ADMINISTRADORES Y NO DUEÑOS
| Lc 12, 39-48 |
Pensó: «Nadie me ve. Puedo actuar como quiero».
Así narraba Alejandro lo sucedido en su empresa. Semanas
después, todo se había aclarado. El sujeto que intentó cambiar los documentos
olvidó, pese a tanta precaución, cerrar la gaveta.
—¡Vaya olvido! —dijo uno de la tertulia.
Al dejarla abierta, la empresa sospechó que alguien
había entrado en las oficinas. Ordenó un examen exhaustivo de todo lo que había
allí, al menos de lo que tuviera valor. Y así descubrieron que aquellos
documentos habían sido adulterados.
—Siempre florece la verdad —comentó otro
tertuliano—. El bien, a pesar de las dificultades, se impone al mal. Es la
historia que se repite en todas las películas.
—Es la historia de la vida —interrumpió Manuel, que
había escuchado atentamente el relato contado por Cipriano, uno de los
tertulianos más habituales.
—Los primeros días —prosiguió Cipriano, autor del
relato—, una vez descubierto el asalto a la oficina, parecía imposible saber
qué faltaba o qué había sido manipulado. No habían dejado huellas ni señales…
hasta que se fijaron en aquella gaveta. No estaba cerrada.
—Y, claro, eso levantó las sospechas —añadió Manuel—. La ambición y el deseo de apoderarse de lo que no te pertenece terminan siempre mal. Nos corrompemos tramando en la oscuridad mientras pensamos que nadie nos ve, engordando en el interior la imagen de un ego vanidoso que realmente no somos. En Lc 12, 39-42, Jesús lo deja muy claro: nos invita a estar vigilantes y preparados.
Dios, a través de la vida, nos ha confiado personas, capacidades y bienes que no son para usar según nuestro capricho, sino para ponerlos al servicio del Reino. No actuar así es el germen de toda corrupción, que se apropia de lo recibido para aprovecharlo en beneficio propio.
martes, 21 de octubre de 2025
EN CONSTANTE VIGILIA
| Lc 12, 35-38 |
Esa forma de entender la vida le preocupaba. Intuía que aquel no era el camino correcto y que, tarde o temprano, le pasaría factura.
Cuando Manuel llegó a la terraza, se encontró con Juan. Era uno de los tertulianos, si no frecuente, sí con cierta asistencia, y solía compartir inquietudes y temas de fondo.
—Buenos días. Sí, hoy coincidió que pasaba por aquí, y además quería compartir algo que me preocupa.
—Amigos, para eso estamos. Y sabes que lo puedes hacer con toda confianza. Todos respetamos esta tertulia, y lo que aquí se habla, cuando es íntimo o importante, no se comenta afuera.
—Sí, lo sé, y eso me anima a hablar. Se trata de mi hermano. Me preocupa su actitud ante la vida. Lo veo muy centrado en sí mismo; quiero decir, egoísta, pensando solo en satisfacerse a costa de lo que sea.
—Buscando —dijo Manuel— su propio bienestar, sin importarle los demás. Es la opción de aquellos que viven para sí, creyendo que solo ellos existen.
—Es la cultura de la inmediatez —añadió Manuel—. En ella buscamos la gratificación inmediata de nuestros deseos, pero tras esa primera capa de satisfacción se esconde una realidad menos idílica, que termina en vacío y empuja a buscar más y más, de forma compulsiva.
—Sí, creo que a eso va, y esa es mi preocupación —respondió Juan.
—En Lc 12, 35-38, Jesús llama bienaventurados a los que permanecen a la espera de la llegada del Señor, que, libre como es, se hace presente en el momento más inesperado. De ahí la necesidad de mantenernos atentos y expectantes, dispuestos en toda ocasión a comprometernos y ofrecer nuestras personas.
Juan comprendió que solo con paciencia, testimonio y oración podría ayudar al cambio de actitud de su hermano.
La atención y la espera son las actitudes que se nos piden en la vida cristiana, para que en ella se haga presente Dios, generando en nosotros alegría y esperanza.
lunes, 20 de octubre de 2025
NO ES CUESTIÓN DE TENER
| Lc 12, 13-21 |
domingo, 19 de octubre de 2025
NUNCA TE CANSES DE REZAR
sábado, 18 de octubre de 2025
LA MIES ES ABUNDANTE Y LOS OBREROS POCOS
| Lc 10, 1-9 |