martes, 25 de agosto de 2026

ESCONDIDOS EN LA MENTIRA PARA APARENTAR VERDAD

Mt 23, 23-26

—¿Qué concepto tienes de la hipocresía? —preguntó Pedro a Manuel.

Este, mirándolo sorprendido, respondió:

—El verdadero: La hipocresía es un veneno que va destruyendo la autenticidad de la persona. 

Hizo una pausa y, sin dejar de mirarlo, continuó:

—Cuando nos escondemos en las apariencias, corremos el peligro de, interiormente, estar llenos de mentiras y malas intenciones.

Pedro permanecía en silencio; su cara traslucía cierta aprobación de lo que decía Manuel. Es un gran peligro vivir en la hipocresía; contamina y destruye todo lo que toca.

Manuel se levantó y, mirando a todos los que escuchaban, comentó:

—El hipócrita se limita a cumplir con las normas de la ley, pero olvida lo más importante: la justicia, la misericordia y la fidelidad.

Cogió la Biblia y, abriéndola por Mt 23, 23-26, leyó:

—En aquel tiempo Jesús habló diciendo: «¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que pagáis el diezmo de la menta, del aneto y del comino, y descuidáis lo más importante de la Ley: la justicia, la misericordia y la fe!

Guardó un breve silencio y, observando sus reacciones, continuó:

 —Esto es lo que había que practicar, aunque sin descuidar aquello. ¡Guías ciegos, que coláis el mosquito y os tragáis el camello!

Tomó un breve respiro. Y alzando la voz concluyó:

—¡Hipócritas, que purificáis por fuera la copa y el plato, mientras por dentro están llenos de rapiña e intemperancia! ¡Fariseo ciego, purifica primero por dentro la copa, para que también por fuera quede pura!»

Había quedado claro. Jesús nos invita a evitar estas trampas de los ritos vacíos y las apariencias y a relacionarnos desde la compasión y la sinceridad, con coherencia y discernimiento, llamados a ser justos, compasivos y honestos.

lunes, 24 de agosto de 2026

INVITADOS AL ENCUENTRO

Jn 1, 45-51

Es notorio que la rivalidad siempre ha existido entre los pueblos cercanos. Aquel joven tenía la idea de que del pueblo vecino no podía salir nada bueno y menos importante.

Ocurrió que un buen amigo le invitó a visitarlo y allí conoció a otros amigos de los que quedó encantado. Su opinión fue tomando otro derrotero y se dio cuenta de que la realidad no era tal como él la veía.

—¿Te das cuenta —le dijo Manuel— de cómo las cosas no son como uno las piensa?

Jacinto agachó la cabeza y, algo avergonzado, respondió:

—Tienes razón, a veces nos apresuramos a juzgar y a criticar lo que no conocemos y sin ningún fundamento. Solo porque lo pensamos así y nos lo metemos en nuestras cabezas.

Manuel, mirándolo con compasión, añadió:

—Tienes razón, aunque nosotros juzguemos, rechacemos o desconfiemos, el Señor sigue saliendo a nuestro encuentro. Nada lo derrumba.

Entonces, abrió la Biblia por Juan 1, 45-51, y leyó:

—En aquel tiempo, Felipe encuentra a Natanael y le dice: Aquel de quien escribieron Moisés y la Ley y los Profetas lo hemos encontrado: a Jesús, hijo de José, de Nazaret. Natanael le replicó: ¿De Nazaret puede salir algo bueno? Felipe le contestó: Ven y verás. 

Cuando terminó de leer todo el pasaje, dijo:

—Aquel encuentro de Natanael con Jesús le despoja de sus prejuicios y vence su escepticismo. Su respuesta fue: «Rabí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel».

Hoy nosotros nos podemos preguntar también por nuestras propias barreras y recelos; parece que Jesús nos invita a dejarlos de lado.   

Detrás de cada instante de nuestra vida se puede esconder un encuentro con el Señor. Él nos espera. ¿Nos damos cuenta nosotros?

domingo, 23 de agosto de 2026

UNA RESPUESTA QUE COMPROMETE

Mt 16, 13-20

A la hora de identificar a alguien, nos surgen muchas dudas. Y, también, surgirán muchas opiniones.

La gente que lo conoce dará una opinión con la que podemos estar o no de acuerdo. Otros, que están más cerca, tendrán la suya propia, y otra será la que sale de lo más profundo de su corazón.

¿Con cuál de las tres me quedo? —preguntó Manuel a los tertulianos.

Tras un breve silencio, Pedro levantó la mano y respondió: 

—Lo que dicen los demás puede orientarte, pero nada sustituye a la experiencia personal». 

Manuel lo miró con cierta duda y comentó:

—Estoy del todo de acuerdo en que la opinión más válida e importante es la tuya propia…

Hizo una pausa y añadió:

—Pero la verdadera respuesta nace del encuentro personal desde la buena intención, pero también de la escucha, de la fe y de la búsqueda de la verdad… Si es consecuencia de la capacidad persuasiva de lo que piensan otros, tu opinión está manipulada y carece de valor. 

Muchos hicieron un gesto aprobando lo que Manuel había dicho. Sin embargo, otros mostraban su disconformidad. Había opiniones de todos los gustos.

Manuel tomó en las manos la Biblia, la abrió por Mt 16, 13-20, y sin más, leyó:

—Llegado Jesús a la región de Cesarea de Filipo, hizo esta pregunta a sus discípulos: «¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre?» Ellos dijeron: «Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías; otros, que Jeremías o uno de los profetas».

Hizo una breve pausa, los miró con ternura y siguió:

—Él les dijo: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?» Simón Pedro contestó: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo». Replicando Jesús le dijo: «Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque no te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. 

Guardó unos segundos de silencio y con voz firme y despacio, dijo:

—Y yo a mi vez te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella. A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos». 

Se les quedó fijamente mirándolos, y concluyó:

—Entonces mandó a sus discípulos que no dijesen a nadie que Él era el Cristo.

La cuestión es que cada cual se plantee y busque su opinión desde una experiencia personal venida de su quehacer cotidiano: el trabajo, la familia, los problemas de salud, el tráfico, la escuela, los servicios sanitarios, etc. Pero, siempre apoyado y abierto a la acción del Espíritu Santo.

Confesar que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios vivo, cambia el rumbo de nuestra vida.

sábado, 22 de agosto de 2026

NO HAGAN LO QUE ELLOS HACEN

Mt 23, 1-12

Hay un dicho que dice: “Todo depende del cristal con que se mire”. Y en la realidad sucede algo parecido. Son muchos los que dicen cosas buenas, pero luego hacen lo que les interesa.

Cada cual interpreta lo que ve según le parezca y le convenga. Al final caemos en la apariencia. Nos presentamos ante los demás de buenas maneras, pero malos hábitos.

La cuestión es clara. Se trata de ser coherente con lo que dices y haces. Y todo lo que se aleje de ahí huele mal.

Uno de los tertulianos se levantó y, con voz firme y decidida, dijo:

—Estoy de acuerdo, es de muy mal gusto decir una cosa y hacer otra. Esas personas pierden toda credibilidad.

Manuel, con una mirada agradable, añadió:

—No solo pierden la credibilidad, sino que para sostenerse en su estatus, continúan falseando su vida mientras puedan.

Y abriendo la Biblia por Mateo 23, 1-12, leyó:

—En aquel tiempo, Jesús dijo a la gente y a los discípulos: «En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y los fariseos. Haced, pues, y observad todo lo que os digan; pero no imitéis su conducta, porque dicen y no hacen. Atan cargas pesadas y las echan a las espaldas de la gente, pero ellos ni con el dedo quieren moverlas.

Tomó una breve pausa y observó la reacción de los que le escuchaban. Entonces siguió:

—Todas sus obras las hacen para ser vistos por los hombres; se hacen bien anchas las filacterias y bien largas las orlas del manto; quieren el primer puesto en los banquetes y los primeros asientos en las sinagogas, que se les salude en las plazas y que la gente les llame “rabbí”.

Hizo una pausa, los miró con entusiasmo y añadió:

—Vosotros, en cambio, no os dejéis llamar “rabbí”, porque uno solo es vuestro Maestro; y vosotros sois todos hermanos. Ni llaméis a nadie “padre” vuestro en la tierra, porque uno solo es vuestro Padre: el del cielo. Ni tampoco os dejéis llamar “guías”, porque uno solo es vuestro guía: el Cristo.

Y elevando la mirada al cielo, concluyó:

—El mayor entre vosotros será vuestro servidor. Pues el que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado».

El retrato había quedado completo. Muchos aparentan ser lo que no son. Viven en la mentira y tratan de revestirla falsamente con la verdad.

viernes, 21 de agosto de 2026

EL AMOR A DIOS SE HACE VISIBLE CUANDO AMAMOS AL PRÓJIMO

Mt 22, 34-40

Podemos visibilizar nuestras oraciones, nuestros sacrificios y privaciones, y hasta nuestro silencio contemplativo, pero nunca mostrar nuestro amor. Porque solo se hará visible con hechos y obras.

Y eso solo está al alcance de aquellos que demuestran su amor a Dios amando al prójimo. Por eso, el primero es el principal: Nos une al Señor, del que recibimos las fuerzas para amar. Y con el segundo, amando al prójimo, se confirma el primero.

—Se comprende y es fácil decirlo, pero se hace muy difícil cumplirlo y vivirlo —dijo Pedro— frunciendo el ceño y con cara de desafío.

Manuel lo miró con paciencia y añadió:

—Estoy de acuerdo, la tarea es casi imposible teniendo en cuenta nuestra naturaleza, pero eso solo nos descubre que sin el Señor nada podemos.

Hizo una pausa y siguió:

—De ahí que primero está el Señor y, después, con y por su Gracia, recibiremos las fuerzas para amar a los demás. Sobre todo a los que más nos cuesta.

Pedro, dándose cuenta de que lo que le decía Manuel tenía sentido y coherencia, levantó su dedo pulgar en señal de estar de acuerdo.

Entonces, Manuel abrió la Biblia y comentó:

—No son palabras mías, sino que las dice Jesús en Mt 22, 34-40: En aquel tiempo, los fariseos, al oír que Jesús había hecho callar a los saduceos, se reunieron en un lugar y uno de ellos, un doctor de la ley, le preguntó para ponerlo a prueba:

Guardó un breve silencio y, mirándolos, continuó:

«Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la ley?». Él le dijo: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente». Este mandamiento es el principal y primero.

Se incorporó, levantó la cara y, elevando la voz, prosiguió:

—El segundo es semejante a él: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”.

Entonces, alzó los brazos y, cerrando la Biblia, añadió:

—En estos dos mandamientos se sostiene toda la ley y los profetas.

Había quedado claro. Mientras haya un hermano o una hermana a la que cerremos nuestro corazón, estaremos todavía lejos de ser discípulos como Jesús nos pide.

jueves, 20 de agosto de 2026

INVITADOS A LA FIESTA DE LA SALVACIÓN

Mt 22, 1-14

Cuando somos invitados a una fiesta, la costumbre es corresponder con algún presente o ir vestido según la fiesta a celebrar. 

Y es también costumbre que todos tratemos de ir lo más elegantes que podamos. Nos llamaría fuertemente la atención si vemos a alguien que no lleva el vestido apropiado según la fiesta a celebrar.

La pregunta que les hago ahora es:

—¿Qué determinación tomarían con alguien que se presenta sin el vestido apropiado para la fiesta a la que ha sido invitado?

Varios de los presentes levantaron la mano y alguien, con voz firme, dijo:

—Lo echaría a la calle y le llamaría la atención.

Manuel se quedó con la mirada fija en el que habló y le preguntó:

—Pero, supón que esa invitación es una cuestión de vida o muerte, ¿qué harías?

Guardó silencio, su cara reflejó duda e indecisión, susurró:

—Creo que le condenaría.

Nadie se atrevió a decir nada. Tras un breve silencio, Manuel abrió la Biblia y dijo:

—En Mateo 22, 1-14, Jesús volvió a hablar en parábolas a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo, diciendo: «El reino de los cielos se parece a un rey que celebraba la boda de su hijo: mandó a sus criados para que llamaran a los convidados, pero no quisieron ir.

Hizo una pausa, tomó un poco de agua, los miró con ternura y continuó:

—Volvió a mandar a otros criados encargándoles que dijeran a los convidados: “Tengo preparado el banquete, he matado terneros y reses cebadas y todo está a punto. Venid a la boda”.

Los miró con cariño observando su reacción y, sin más, siguió:

—Pero ellos no hicieron caso; uno se marchó a sus tierras, otro a sus negocios, los demás agarraron a los criados y los maltrataron y los mataron.

Al terminar de leer el pasaje evangélico, Manuel dijo:

—Al final el rey entró en cólera, terminó con aquellos asesinos y prendió fuego a la ciudad. Entonces dijo a sus criados: La boda está preparada, pero los convidados no se lo merecían.

Levantó la cabeza, hizo una pausa y añadió con serenidad:

—Id ahora a los cruces de los caminos y a todos los que encontréis, llamadlos a la boda… Los criados salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos.

Nadie se movía. Todos estaban atentos y expectantes y ansiosos por saber qué pasaría.

Manuel, con paciencia, siguió:

—La sala del banquete se llenó de comensales. Cuando el rey entró a saludar a los comensales, reparó en uno que no llevaba traje de fiesta y le dijo: “Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin el vestido de boda?”

El Evangelio acaba diciendo: El otro no abrió la boca. Entonces el rey dijo a los servidores: “Atenlo de pies y manos y arrójenlo fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y el rechinar de dientes”. Porque muchos son los llamados, pero pocos los elegidos.

El traje de boda simboliza la misericordia que Dios nos ofrece gratuitamente. Pero necesitamos abrirnos a ella, acogerla y dejarnos revestir por su Gracia. 

Porque la Gracia no es algo que conquistamos con nuestros méritos: es un don de Dios que transforma nuestro corazón y nos permite avanzar en la vida cristiana.

Todo es Gracia. No basta con aceptar la invitación a seguir al Señor; hay que estar dispuesto a un camino de conversión que cambia el corazón. (Papa Francisco 11/10/2020).

miércoles, 19 de agosto de 2026

ÚLTIMOS QUE SERÁN PRIMEROS

Mt 20, 1-16

Hoy vivimos comparándonos con los demás. Ponemos nuestros objetivos según nuestras capacidades y tratando de alcanzar o superar a otros. Y, quizás sin quererlo ni darnos cuenta, vamos metiéndonos en el pozo de la envidia.

Los agravios que sentimos frente a los otros, nuestro sentido sobre el mérito y la recompensa subsiguiente, nos condicionan y distorsionan nuestra manera de ver la buena intención de otros.

Nos fastidia que alguien sea remunerado de la misma forma que nosotros habiendo trabajado menos. No lo entendemos y esa forma de actuar trastoca nuestra razón.

Manuel hizo una pausa, miró las caras de los tertulianos y preguntó:

—¿Por qué esas caras extrañas? ¿No están de acuerdo?

Muchos levantaron la mano y uno de ellos dijo:

—Sin ánimo de contradecir, pero no me parece justo que una persona que haya trabajado menos horas cobre lo mismo que el que ha trabajado toda la jornada completa.

Manuel se encogió de hombros y dijo:

—Yo lo veo igual, pero la Palabra del Señor (Mt 20, 1-16) pone patas arriba todas nuestras lógicas y expectativas sobre lo que es justo y la idea generalizada de a mayor trabajo, mayor salario… Solo atendemos a razones de mérito.

Guardó un breve silencio y, viendo sus rostros algo confusos, agregó:

—Es verdad que nos cuesta entenderlo, pero mucho cuidado porque nos molesta que Dios sea bueno incluso con aquellos que, a nuestros ojos, no han hecho los mismos méritos que nosotros… Mucho cuidado porque podemos caer en la envidia.

Entonces, dándose cuenta de que muchos discrepaban un poco, agregó:

—Jesús quiere hacernos contemplar la mirada de aquel jefe con la que ve a cada uno de los obreros en espera de trabajo y les llama a ir a su viña.

Suavizó un poco la voz y con ternura comentó:

  —Es una mirada llena de atención, de benevolencia, que llama e invita a levantarse, a ponerse en marcha porque quiere la vida para cada uno de nosotros.

Dios nos da la oportunidad a todos. Nos ha creado para que seamos felices eternamente, y a todos nos da la oportunidad de recibir el perdón de nuestros pecados y de levantarnos y vivir dignamente.

«Dios no mide como nosotros medimos; su misericordia no se reparte según nuestros méritos. Su mirada se fija en la intención de nuestros corazones. Y su Misericordia es infinita».