domingo, 24 de agosto de 2025

LA PUERTA ESTRECHA

Lc 13, 22-30

   —Cuando la situación es difícil, solemos decir: «Hay que apretarse el cinturón». Eso significa ahorro y renuncia a algunas cosas. ¿Has oído decirlo alguna vez, Manuel?
    —Sí, me suena mucho. Y, aunque no con esas palabras, también yo he vivido momentos en que hubo que administrar mejor lo que teníamos. Eso obliga a renuncias y sacrificios.    
    —Se debe pasar mal en esas situaciones, ¿no?
   —Claro, a nadie le gusta privarse, sobre todo, de lo necesario. Pero a veces la vida te pone en esa tesitura si quieres salir adelante y alcanzar alguna meta.
    —¿Entonces las metas exigen esfuerzo?
    —Por supuesto. Sin esfuerzo no hay logro. La vida nos presenta dos caminos: uno bueno, que suele ser más exigente, y otro que, en apariencia, es cómodo, pero al final resulta ser malo.
    —¿De qué caminos hablas?
   —Jesús lo explicó muy bien cuando iba por ciudades y aldeas enseñando. Uno le preguntó: «Señor, ¿son pocos los que se salvan?». Y Él respondió: «Esforzaos en entrar por la puerta estrecha, porque muchos intentarán entrar y no podrán…». Si lo lees, entenderás lo que el Señor nos quiere decir.
    —¿La puerta estrecha es entonces el camino bueno?
    —Es el que nos propone Jesús.
    —¿Y qué significa esa puerta estrecha?
   —Nos habla más de calidad de vida que de cantidad. El simple cumplimiento de normas no es la garantía de salvación. Lo esencial es el amor y la misericordia que siembres en tu vida.
    —¿Ese es su verdadero sentido?
  —Sí. Eso es la puerta estrecha: la honestidad personal, la integridad, la generosidad con los empobrecidos, el agradecimiento al Señor por la vida. Ese es el camino que nos conduce a la salvación. 
     —Lo entiendo… y creo que así debe ser.
    —Porque no se trata de privilegios, ni de estatus, ni de creerse alguien por pertenecer al entorno cercano de Jesús. La salvación no llega por formar parte de un grupo selecto, sino por elegir un estilo de vida semejante al suyo.

sábado, 23 de agosto de 2025

¡CUIDADO, NORMAS Y LEYES!

Mt 23, 1-12
—La experiencia que tengo es que los de arriba mandan pero no cumplen. Son los que dictan las normas, pero ellos se arrogan el privilegio de no cumplirlas. ¿Qué piensas sobre eso, Manuel?
    —Que es un mal ejemplo. La autoridad empieza no solo por mandar, sino, sobre todo, por cumplir. Quien manda, pero no cumple, pierde autoridad.
    —Exacto. Dicen lo que hay que hacer, pero no hacen lo que dicen.
    —Sí, y eso deja mucho que desear. Son las mismas palabras que Jesús dirigió a la gente y a sus discípulos. Lo puedes leer en Mt 23, 1-12.
    —¿Qué dijo concretamente?
    —“Hagan y cumplan todo lo que les digan, pero no hagan lo que ellos hacen.” Se refería a los escribas y fariseos, que se habían sentado en la cátedra de Moisés.
    —¡Es verdad! Cuando dices una cosa, pero haces lo contrario, ¿qué ejemplo das?
    —De eso se trata: del testimonio. Los que te escuchan y ven se dan cuenta enseguida de tu mentira. Por eso decían de Jesús que tenía gran autoridad: porque su vida era plena coherencia entre palabra y obra.
    —¿Y cómo es que muchos no le creen?
    —Esa es la cuestión. A muchos les molesta la verdad, el sacrificio y la igualdad. Pero Jesús nos recuerda que tenemos un solo Padre, el del cielo, y un solo Maestro, el Mesías. Todos nosotros somos compañeros de camino, llamados a ayudarnos mutuamente mientras cultivamos la única adoración al Señor de la vida.
    —Entonces, el discípulo verdadero no se mide por lo que dice, sino por lo que vive.

viernes, 22 de agosto de 2025

UN MANDAMIENTO NUEVO

Mt 22, 34-40

—Estoy pensando que hay muchas leyes que, en lugar de aclarar, complican. ¿Estás de acuerdo, Manuel? —Ocurre que a veces no se encuentra respuesta para juzgar un caso concreto, o se presta a muchas interpretaciones. Creo que la cosa es compleja
—Y eso lleva a enjuiciar un mismo caso de diferente manera. ¿No te parece?
—Hay un refrán que lo expresa muy bien: «Todo depende según con el cristal que se mire». La sabiduría popular deja abiertas esas diversas interpretaciones con las que la ley juzga los hechos.
—Y eso evidentemente complica las cosas.
—¡Y tanto! Sin embargo, recurrimos a la Palabra de Dios y en ella encontramos luz y respuesta a estos interrogantes. ¿Te parece?
—A ver, ¿qué nos dice?
—En aquel tiempo, los fariseos, al oír que Jesús había hecho callar a los saduceos, se reunieron … Es un pasaje que corresponde al Evangelio de Mt 22, 34-40, conviene leerlo, nos da luz ante estos problemas.  
—¿Piensas que resuelve el problema?
—La ley es compleja, pero, por encima de ella está el amor a Dios. De eso habla ese evangelio. Todo se reduce a amar. Primero a Dios y, luego, al prójimo.
—Pero eso no resuelve nuestro problema.
—En el amor todo queda resuelto. Si lo meditas, convendrás que quien te salva es el amor. Todo se lo debes a tus padres, pero, primero a Dios. Por tanto, si tratas de hacer lo mismo con los demás, ¡problema resuelto!
—¿Así de sencillo?
—Así, de ahí la respuesta que Jesús da a aquel fariseo: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente». Este mandamiento es el principal primero. El segundo es semejante a él: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. En estos dos mandamientos se sostienen toda la Ley y los Profetas.
—No cabe que duda de que si nos amamos como el Señor nos enseña, todo queda resuelto.
—Evidentemente, Jesús con su Vida nos enseña el Camino, la Verdad y la Vida, y a amar con misericordia. Esa es la respuesta, vivir en Él y amar como Él nos enseña. No olvides que para eso recibimos al Espíritu Santo, para en Él, encontrar la Gracia de poder vivir en el amor.

jueves, 21 de agosto de 2025

INVITADOS AL BANQUETE DEL REINO

Mt 22, 1-14

     —Hay quienes creen bastarse a sí mismos —empezó Pedro—, pero basta una dificultad para descubrir lo frágiles que somos.
    —Totalmente —respondió Manuel—. El hombre es lo más necesitado de la tierra, y, aun así, presume de autosuficiencia.
    —¿De dónde viene esa prepotencia?
    —Del pecado. Al sentirse libre, el hombre se erige en su propio salvador. Pero tarde o temprano choca con sus límites.
    —Por eso digo que necesitamos ayuda divina. Nadie puede vencer la muerte. Y, sin embargo, todos llevamos dentro un deseo de eternidad.
    —Sí, nadie quiere morir.
    —Ahí entra Dios. Solo Él vence la muerte, y lo hace en su Hijo. Mira lo que dice Jesús en la parábola del banquete (Mt 22,1-14): todos fueron invitados, pero muchos rechazaron la llamada. Al final, la sala se llenó con buenos y malos.
    —¿Y el traje de fiesta?
    —Ese es el punto. No basta con entrar: hay que revestirse de caridad y justicia. Ese es el verdadero vestido del Reino.
    —Entonces, solo con ese traje podemos sentarnos a la mesa.
    —Exacto. El banquete es para todos, pero solo entra de verdad quien acoge el amor de Dios y lo vive en su corazón.

miércoles, 20 de agosto de 2025

GRATUIDAD, VERDADERA JUSTICIA

Mt 20, 1-16

       Fernando estaba muy enfadado. No comprendía cómo a él, que había trabajado más que nadie, le pagaban lo mismo que a otros que apenas habían colaborado. A sus ojos, aquello era una injusticia. Pedro, al escuchar las protestas de su amigo, no podía dejar de pensar: «No parece justo ese salario. Creo que se ha cometido una injusticia». 
    
    —¿De verdad te parece justo, Manuel, que a todos se les pague lo mismo, aunque unos trabajaron más que otros?—Lo justo, humanamente hablando, sería pagar según los méritos de cada uno.
    —Eso digo yo: no entiendo cómo a un amigo le han dado lo mismo que a otros, cuando él trabajó mucho más.
     —No conozco el caso, pero piensa esto: todo lo hemos recibido gratuitamente de Dios. Sé que puede parecer difícil, pero todos hemos nacido desnudos, sin nada. Todo lo que tenemos —salud, inteligencia, talentos, riqueza— lo hemos recibido gratis. Con eso hemos construido lo que hoy llamamos nuestra vida.
     —¿Y qué me dices con eso?
    —Pues que, si lo hemos recibido gratis, ¿no deberíamos también compartirlo gratuitamente, sobre todo con los más necesitados?
     —Sí, de acuerdo. Pero eso no justifica pagar igual al que hace menos.
     —Es cierto, y, sin embargo… ¿no crees que aquellos que hacen menos, muchas veces es porque recibieron menos? ¿No será justo que puedan tener lo necesario para una vida digna?
     —No termino de verlo.
    —Mira, hay una parábola que lo explica muy bien, está en el Evangelio de Mateo 20,1-16. Te invito a leerla con calma. Jesús cuenta que un propietario contrata obreros para su viña a diferentes horas del día, y al final les paga a todos lo mismo: un denario. Ese denario era el salario justo de un día, lo necesario para vivir. ¿Entiendes? La justicia de Dios no se mide por méritos, sino por amor. Lo importante es que a todos llegue lo suficiente para vivir.
    —Me dejas perplejo.
    —Así es. Todo en la vida lo recibimos gratuitamente, apoyados en el trabajo de otros, en el esfuerzo de nuestras familias, en la historia de tantos seres humanos. ¿No es justo que también nosotros arrimemos el hombro?
     —Creo que tienes razón.

    Y así es. La vida es un don de Dios. Solo la gratuidad ofrecida hace verdadera justicia a la gratuidad recibida, sobre la que se asientan nuestras vidas. Aunque nuestra razón busque méritos y obras, la verdad desnuda toda justificación: lo recibido gratis, darlo gratis. En eso se descubre la verdadera alegría del Evangelio.

martes, 19 de agosto de 2025

CAMINOS DE DESAPEGOS

Mt 19, 23-30

     —Si vuelves tu mirada al mundo, observas que todos buscan honores, poderes y bienes. En el camino, muchos se dan cuenta de que por ahí no encuentras lo que buscas, pero otros, posiblemente con los ojos vendados, siguen adelante.
     —La felicidad. Todos pensamos que con riqueza y honores somos felices, pero la vida pronto pone las cosas en su lugar. Sin darse cuenta, quedan atrapados en una espiral de deseos que no termina nunca. La ambición nunca queda satisfecha.
    —Entiendo. La puerta de acceso al Reino no deja pasar egos hinchados y envanecidos.
    —Exacto, solo pasan aquellos que caminan ligeros, despojados de vanidades y egos. Y eso exige negarse a uno mismo y renunciar a ganar la vida en este mundo para ganarla en la eternidad del otro.
    —Todos queremos más, lo dice la canción, y es verdad.
   —La felicidad no consiste en satisfacer tus egos. Se esconde en el desalojo de toda vanidad, en el compartir fraternal y solidariamente.
   —Reconozco que, en la medida que das, experimentas gozo y paz. Creo que es ahí donde está la felicidad.
    —Dices bien. La felicidad a la que todos aspiramos no está en las cosas que ofrece este mundo. Está en ese Reino del que nos habla Jesús. En Mt 19, 23-30, nos recuerda la dificultad de entrar en el Reino de los Cielos para un rico. Sus corazones suelen estar apegados a las riquezas y, por su avaricia, se olvidan de los que necesitan ayuda.
     —¡Entonces!, ¿están los ricos condenados?
    —Nada de eso. Solo si mantienen su corazón aferrado a lo vano y superfluo, les será más fácil a un camello pasar por el ojo de una aguja que a un rico entrar en el Reino de los Cielos. Con eso, Jesús deja muy claro la necesidad de despojarnos de la mochila de nuestros apegos.

    El deseo de felicidad que todos buscamos no está en las cosas de este mundo. Nunca, por mucho que acumules, estarás satisfecho ni tampoco seguro. Siempre habrá un deseo de más, de avanzar, y nunca pararemos hasta llegar a Ti, Señor. Lo dijo San Agustín: “Señor, nos has hecho para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti.”

lunes, 18 de agosto de 2025

ATRAPADOS ENTRE SEGURIDADES

Mt 19, 16-22

Aquel muchacho aparentaba aspirar a algo más. No parecía conforme con su situación, buscaba metas más altas y eso le intranquilizaba, le ponía en camino de búsqueda. Sucede que eso ocurre cuando alguien busca encontrar el verdadero destino para el que ha sido creado, trata de salir de sí mismo y preguntarse por la meta a conseguir.

Levantó la cabeza, puso sus ojos en el horizonte, y pensó: «La vida es un camino de búsqueda, y de no hacerlo, languidece, sumergida en la frialdad y tristeza».

—¿Qué te parece, Manuel?
—¿Me parece qué? No entiendo lo que me dices.
—Estaba leyendo un relato sobre un joven que aspiraba a metas más altas. No se conformaba con lo que había conseguido y buscaba algo más elevado que colmara sus aspiraciones a ser más.
—¿Más qué?
—Más feliz, más realizado. Las cosas de este mundo no te dan esa plenitud que el alma busca.
—Entiendo. El hombre ha sido creado para ser feliz. Y el verdadero sentido de su vida es buscar esa felicidad. No hacerlo te sitúa en la mediocridad y en la resignación. Por lo que me cuentas, ese joven perseguía alcanzar la plenitud.
—Eso es lo que he entendido, y por eso te lo pregunto.
—Hay una conversación de Jesús con un joven que se le acerca con esa misma inquietud. Está en —Mt 19, 16-22—. Le dice, Maestro, ¿qué tengo que hacer de bueno para obtener la vida eterna? Y Jesús le responde que uno solo es Bueno, y le invita a guardar los mandamientos: No matarás, no cometerás adulterio, no robarás … Su lectura te dará muchas pistas.
—¿Y todo se reduce a cumplir los mandamientos?
—Cuando el joven le responde que ya lo hace, Jesús le mueve a ir más allá: a ser perfecto, despojándose de todas sus ataduras —bienes, riqueza— dándolas a los pobres. Termina invitándole a seguirle.
—¿Y qué responde el joven?
El Evangelio dice: Al oír esto, el joven se fue triste, porque era muy rico.
—No sé, me quedo algo confuso.
—Las riquezas son ataduras que nos impiden ser libres. Si las pones en el centro de tu corazón, desplazas al Señor, y te haces esclavo de ellas.  Terminas abandonando tu vida a merced del mundo, priorizando el tener y tus seguridades, mientras la Voluntad de Dios queda relegada.  
—Creo que ahora lo entiendo mejor. Gracias.

Cuando nos aferramos a cosas y a apegos, corremos el riesgo de extraviar el Reino, siempre nuevo, que trae consigo libertad y alegría, mientras nos quedamos perdidos entre viejas seguridades y aburridos peajes de compromisos vacíos. Lo verdaderamente importante, y a lo que aspiramos todos, consciente e inconsciente, es a esa chispa que arde en nuestro interior: la felicidad eterna. Y eso solo lo conseguimos si seguimos a Jesús. Sería bueno preguntarnos: ¿Dónde están mis seguridades: en lo que poseo o en el Señor que me llama a seguirle?