jueves, 15 de enero de 2026

CERCANO Y COMPASIVO

Mc 1, 40-45

A Hermenegildo le costaba confiar. Los duros golpes recibidos en su vida le habían endurecido el corazón. Desconfiaba de todos y procuraba alejarse de quien le intimidara o le propusiera algo nuevo.

Las cosas del mundo acaparaban toda su atención. No tenía tiempo ni para escuchar ni para pensar. Sus anhelos estaban centrados en su propio ego y en su seguridad personal. Difícilmente entablaba relación con alguien.

En cierta ocasión, por necesidad y sin otra opción, tuvo que acercarse a alguien para pedirle un favor. Quedó sorprendido cuando aquella persona le respondió con amabilidad y ternura y, sin ningún interés, de manera totalmente gratuita, accedió a su petición.

Le costó darle gracias. Nunca había tenido que hacerlo de verdad. Él, que se jactaba de su indolencia y desconfianza, había recibido una lección inesperada: dar sin esperar recibir. Eso no entraba en sus cálculos ni en su forma de ver la vida.

Con cierta timidez, movido por la curiosidad y la sorpresa, se acercó de nuevo y se atrevió a preguntar:

—Perdone si mi pregunta es inoportuna, pero me ha conmovido su reacción ante mi petición de ayuda y, sobre todo, la manera en que ha actuado. ¿Hay algún motivo para haber reaccionado así?

La persona lo miró con ternura y cariño. Percibiendo la extrañeza de Hermenegildo, le respondió:

—No, ninguno en especial. Simplemente porque el verdadero gozo se esconde más en dar que en recibir. La experiencia me lo ha ido enseñando a lo largo de mi vida.

Algo confuso y perplejo, Hermenegildo replicó:

—¿Es que no ha tenido ningún contratiempo, desengaño o traición que le haga pensar que no se puede confiar en las personas?

Entonces, levantando las manos al cielo y con voz suave y segura, aquella persona dijo:

—Hay una Persona que nos ha enseñado a dar sin esperar nada a cambio. Se acerca a nosotros con compasión y ternura y nos regala la vida gratuitamente. Nos impulsa a que también nosotros hagamos lo mismo, de manera callada y silenciosa.

—No conozco a nadie así —respondió Hermenegildo—. Al menos, en mi vida no lo he descubierto.

Entonces, la misteriosa persona sacó de su bolsillo un pequeño evangelio y leyó en voz alta un pasaje del Evangelio según san Marcos:

Marcos 1, 40-45:

En aquel tiempo se acercó a Jesús un leproso, suplicándole de rodillas:
    «Si quieres, puedes limpiarme».

Compadecido, extendió su mano, lo tocó y le dijo:

«Quiero: queda limpio» …

Al terminar, lo miró con afecto y añadió:

—Es el Señor. A Él acudimos y de Él recibimos; y, una vez sanados, encontramos la fortaleza para intentar hacer lo mismo con los demás.

Interiormente, Hermenegildo sintió una sacudida. Tenía la sensación de que su corazón, endurecido por los golpes de la vida, comenzaba a ablandarse. Algo nuevo despertaba en su interior. Su rostro reflejaba la convicción de que amar implicaba confiar.

miércoles, 14 de enero de 2026

PRESENTE ENTRE NOSOTROS

Mc 1, 29-39

Gozaba de la vida y era feliz. Todo le venía rodado y no sabía nada de sufrimientos ni de problemas. Para él, la vida era alegría y pasarlo bien.

Para Juan Fernando, el tiempo consistía en buscar cómo disfrutar e inventar maneras de entretenerse. Apartaba de su camino todo aquello que le molestaba o entristecía. No reparaba en nada ni en nadie. Y menos aún le importaba quiénes tenían problemas o sufrían por diversas causas.

En su necedad llegó a pensar que siempre estaría así, que nada le impediría ser feliz. Pero le llegó el tiempo de la decadencia y la enfermedad, y el panorama cambió. Entonces su rostro empezó a transformarse. Ya no era el mismo: experimentó el dolor y el sufrimiento.

Un día, por prescripción facultativa, trató de dar un largo paseo. Llegó hasta un lugar donde sintió deseos de descansar. Apartó una silla y tomó asiento.

Pronto alguien muy diligente y amable se le acercó.

—Buenos días, ¿desea tomar algo el señor? —le dijo cortésmente Santiago, el camarero de la terraza.

—Buenos días, ¿podría usted traerme un refresco, por favor? —respondió Juan Fernando.

—Enseguida, señor —dijo Santiago, apresurándose a servirle.

Era uno de esos días en los que sientes el deseo de pasear y aspirar la brisa suave, mientras contemplas ese manto azul con el que se engalana el horizonte que se abre ante tus ojos.

La tertulia estaba animada. Justo en esos instantes en que había llegado Juan Fernando, el tema que se debatía versaba sobre el dolor.

—Cuando experimentas dolor, sufres, pero ese sufrimiento te hace pensar y darte cuenta de que tu vida no está en tus manos; se te escapa —decía Pedro.

—Es cierto —respondió Manuel—, y por medio de él te planteas la necesidad de buscar a alguien que pueda curarte. De otro modo, no darías ese paso.

En ese momento, el corazón de Juan Fernando, que escuchaba atentamente, dio un sobresalto. Le pareció escuchar una voz interior que le decía:

—¿Y tú, por qué no buscas también?

—¿A qué clase de búsqueda te refieres? —exclamó Pedro, algo extrañado por la opción que había planteado Manuel.

—Al único que puede curarte —respondió Manuel—. Al Señor Jesús, a quien le llevaban todos los enfermos y endemoniados (Mc 1, 29-39). La población entera se agolpaba a la puerta. Curó a muchos enfermos de diversos males y expulsó muchos demonios.

Todos se sobrecogieron y se miraron con asombro.

Mientras tanto, Juan Fernando había cambiado su semblante. Su rostro volvió a reflejar gozo y alegría: había encontrado a quien podía sanarle o, al menos, consolarle y llenarle de esperanza. Ahora la vida tenía otro sentido y otro camino.

martes, 13 de enero de 2026

ENSEÑANZA CON AUTORIDAD

Mc 1, 21b-28

La soberbia cierra nuestro corazón, tapa nuestros oídos y nubla nuestros ojos. Esa es la actitud de quien cree saberlo todo y no admite consejos ni sugerencias.

La mañana era espléndida. Una suave brisa y un sol cálido adornaban el día con el agradable perfume de las flores que, abiertas por el calor, desprendían sus vaporosos aromas.

La terraza invitaba a disfrutar de aquel hermoso momento. Al sabor de un buen café todo parecía mejor y hasta el corazón lo agradecía. Sin embargo, el ambiente empezó a enturbiarse cuando las palabras de Severino irrumpieron con fuerza.

—Todo lo que soy lo he logrado gracias a mi esfuerzo, voluntad e inteligencia. Me tengo en gran estima y no necesito consejos de nadie. Mi sabiduría me basta.

Así hablaba Severino a los tertulianos que lo escuchaban. Se jactaba de sus conocimientos, se creía en posesión de la verdad y blindaba su corazón y sus oídos a todo lo que viniera de otros.

Harto de tanta habladuría, Manuel levantó el brazo como señal de réplica y dijo:

—La autoridad no viene del que solo propone cosas con palabras, sino de aquel que vive lo que dice.

—¿A qué se refiere? —preguntó Severino, desafiante, frunciendo el ceño.

Manuel abrió el Evangelio y, señalando con el dedo, respondió:

—La Palabra de Jesús no solo se oye, sino que se cumple. Así lo leemos en Mc 1, 21b-28: En la ciudad de Cafarnaúm, un sábado entró Jesús en la sinagoga a enseñar; estaban asombrados de su enseñanza, porque les enseñaba con autoridad y no como los escribas…

Cuando terminó de leer, cerró el evangelio, miró con compasión a Severino y añadió:

—La gente se preguntaba: ¿Qué es esto? Una enseñanza nueva expuesta con autoridad. Incluso manda a los espíritus inmundos y le obedecen.

Y levantando los brazos hacia el cielo, con profunda convicción, exclamó:

—¡Jesús habla y cumple lo que habla!  

Pidamos al Señor un corazón dócil, capaz de escuchar su Palabra y ponerla en práctica cada día.

El rostro de Severino se enrojeció. Todas las miradas se dirigieron hacia él y, con un gesto, intentó ocultarse. Había comprendido que su arrogancia no era el camino correcto.

lunes, 12 de enero de 2026

CONVIÉRTETE Y CREE

Mc 1, 14-20

    Se preguntaba por qué sentía esa inquietud dentro de sí. No sabía decir qué es lo que realmente le movía, pero la realidad era que no estaba tranquilo y no descansaba.

    Era algo temprano y se decidió a salir. Pensaba que un buen paseo le tranquilizaría y calmaría sus nervios. Echó a andar a paso ligero y su respiración acelerada le marcaba el paso. Trataba de despejar su mente y cansar su corazón.

    Llevaba una hora con este trote cuando decidió descansar al pasar por una terraza. El olor al buen café y unas cómodas sillas le tentaron.

    —Buenos días —se oyó la agradable voz de Santiago. —¿Desea algo el señor?
    —Buenos días —respondió amablemente Gustavo—, un café, y agua, por favor.
    —Enseguida, señor —respondió Santiago.

    Al cabo de un breve rato. Gustavo volvió su cabeza ante las voces que le llegaban del otro lado de la terraza. Observó que un grupo de personas dialogaban sobre la inquietud de una realidad compleja, triste, que nos afecta… guerras, violaciones y matanzas que no parecen importar mucho al mundo en general que nos rodea.

    —El mundo parece dormido y no despierta ante los acontecimientos de lo que está pasando —era Pedro, que se lamentaba de la situación internacional.
    —Hoy, cuando los avances técnicos son más y se supone que debería haber más humanidad, resulta que es cuando más muertes, guerras y hambre hay —dijo Octavio, otro de los tertulianos que participaban en el debate.

    La conclusión era evidente: el mundo, según los acontecimientos, iba a peor cuando lo esperado era que mejorara y hubiese paz y concordia.

    Entonces, Manuel, que seguía el debate atento, decidió intervenir y poner el punto sobre la i.

    —Es una realidad que el mundo va para atrás cuando todos pensamos que mejoraría, pero la triste realidad es que es el resultado de haber dado la espalda a Dios.

    Muchos pusieron cara de extrañeza, como que discrepaban un poco. Otros se sonrieron irónicamente, y algunos guardaron silencio.

    Entonces Manuel, levantando una de sus manos y señalando el Evangelio de Marcos 1, 14-20, leyó:

    Después de que Juan fue entregado, Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios. Decía: «Se ha cumplido el tiempo y está cerca el reino de Dios, convertíos y creed en el Evangelio»

    Al terminar, miró con ternura a los tertulianos y cariñosamente dijo:

    —La vida se nos va casi sin darnos cuenta, pero la vida es un don del infinito amor de Dios, y es también el tiempo de verificación de nuestro amor por Él.

    En ese momento, Gustavo, que había pasado todo ese rato escuchando con mucha atención, se sobresaltó interiormente. Su inquietud se transformó en serenidad al oír las palabras con las que Manuel concluía su intervención:

    —Por eso, cada momento, cada instante de nuestra existencia es un tiempo precioso para amar a Dios y para amar al prójimo, y así entrar en la vida eterna. Estoy seguro de que todos coincidiremos en que el mundo cambiaría a mejor.

    El silencio daba la razón a Manuel. Las miradas hablaban por sí solas. Y resonaban esas hermosas palabras que Jesús dijo a Simón y Andrés: «Vengan en pos de mí y les haré pescadores de hombres».

domingo, 11 de enero de 2026

NECIO ES DE PERSISTIR EN «SU» VERDAD

Mt 3, 13-17

    Jerónimo se sentía seguro y dueño de sus propias convicciones. Siempre se erigía como el sabio, el que tenía la verdad y la razón y nada le hacía cambiar. Incluso, consideraba ceder como claudicar “ante” su sabiduría.

    Una mañana de esas en l

as que uno se siente pletórico, Jerónimo salió con la intención de compartir y dialogar con los amigos en actitud de mostrar sus conocimientos y sabiduría.

  La terraza estaba animada. Jerónimo conocía ese lugar y le agradaba tomarse un buen café. Había venido ya varias veces y hasta participado en alguna tertulia con la que se había encontrado. Hoy estaba ansioso por participar en alguna.

    —Me parece que la justicia exige que quien ha cometido algún delito, lo pague. ¿Están de acuerdo? —hablaba Francisco, un habitual tertuliano.
    —Completamente de acuerdo —respondió Pedro, aunque con ciertos matices.

    Con rostro de extrañeza y frunciendo el ceño, dijo Francisco:

   —¿A qué matices te refieres? No encuentro ninguna disculpa ni atenuantes. El delito cometido tiene que pagarse.
    De acuerdo, pero toda persona, incluso el que ha delinquido, tiene derecho a resarcirse, a regenerarse. Por lo tanto, debemos ayudarle a integrarse en la medida en que paga su culpa.

   En ese momento, Jerónimo, con aire de suficiencia y manteniendo su cabeza erguida como si su palabra fuese la última, dijo:

   —La justicia está siempre por encima de todo. Quien ha faltado a ella debe, prioritariamente, pagar su delito. Otra cosa es que luego se le brinde la oportunidad de arreglar su vida.

   Muchos asintieron las palabras de Jerónimo; otros pusieron gestos de extrañezas, sin estar muy conformes. 

    El ambiente, al parecer, condenaba al delincuente, y Jerónimo, una vez más, se exaltaba creyéndose una persona inteligente.

   En este contexto ambiental, cuando todos apenas se atrevían a susurrar, se oyó una voz que con serenidad y paz dijo:

    —Nuestra justicia dice que el que se equivoca paga, y así repara el mal que ha hecho. Pero la justicia de Dios, como enseña la Escritura (cf. Mt 3, 13-17), es mucho más grande.

    Era Manuel, que miraba a todos, sobre todo a Jerónimo, con ojos de misericordia y cariño. Hizo una pausa, tomó resuello y continuó:

    —No tiene como fin la condena del culpable, sino su salvación y su regeneración: volverlo justo, de injusto a justo.

    El silencio hablaba por sí solo. Todos enmudecieron, sobre todo Jerónimo y Francisco, y el ambiente quedó perfumado con el amor y la misericordia que las palabras de Manuel derramaban sobre el ambiente de la terraza.

    Entonces, Manuel, aprovechando el silencio y la atención de todos, dijo:

   —Es una justicia que proviene del amor, de esas entrañas de compasión y misericordia que son el corazón mismo de Dios, Padre que se conmueve cuando estamos oprimidos por el mal y caemos bajo el peso de los pecados y de nuestras fragilidades.

    Sobraban las palabras.  La expresión del rostro de Jerónimo dejaba al descubierto que lo grandioso no es la persistencia ni el inmovilismo, sino el saber ceder ante la verdad. Son precisamente las personas inteligentes las que saben y pueden cambiar de opinión.

    La verdadera conversión comienza cuando dejamos de defender “mi verdad” para abrazar la Verdad que nos libera.

sábado, 10 de enero de 2026

SE CUMPLE LA PROFECÍA

Lc 4, 14-22a

    No sabía cómo encasillar a José; le resultaba difícil entender cómo su palabra le tocaba el corazón y le animaba a motivarse y superarse como persona. A pesar de que le costaba reconocerlo, aceptaba su influencia.

    José era una persona aparentemente sencilla, sin complicaciones y abierta al diálogo razonado y comprensivo. Gozaba, sin pretenderlo, de simpatía entre sus amigos y su palabra era apreciada y tenida en cuenta.
    —Oye, José, ¿de dónde sacas tú esas palabras que llegan al fondo del alma? —le preguntó uno de los tertulianos que solía escucharlo.
    —No te lo puedo decir porque no lo sé. Eso sí, leo la Palabra de Dios y reflexiono sobre lo que me dice.

    Observó que los que le escuchaban se habían quedado indiferentes, con cara de no creer lo que decía. Entonces, tomando la palabra y con sus ojos fijos en ellos, les dijo:

    —No lo hago solo, me acompaña…

  El gesto de sus caras, reflejando una expresión de que ya se imaginaban que alguien le ayudaba, interrumpió a José.

    Hizo una pausa, y con una mirada serena y una voz suave dijo:

    —No hago nada sin estar en la presencia del Espíritu Santo. Incluso, sé que aunque no le invoque por olvido, Él está siempre presente en lo que sale de mi corazón.
    —¿Por qué crees estar tan seguro de eso? —le inquirió uno de los tertulianos.
    —Porque desde la hora de mi bautismo me acompaña. Igual que sucedió con Jesús en el Jordán con su bautizo, ese mismo Espíritu Santo está con todo aquel que se ha bautizado.

    Se paró, oteó a los tertulianos y añadió:

    —Como escuchamos hoy en el Evangelio de Lucas 4, 14-22a, se dice: … Le entregaron el rollo del profeta Isaías y, desenrollándolo, encontró el pasaje donde estaba escrito: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque Él me ha ungido…».

    Miró para todos con firmeza y dijo:

    —Y ese mismo Espíritu te guía y alumbra tus palabras. De ahí que no tenga nada por lo que vanagloriarme; todo es gracia del Espíritu Santo. Yo simplemente me limito a abrir mi corazón humildemente y recoger su Voluntad.

    No hubo respuesta ni tampoco indiferencia. Hubo miradas cruzadas y ante la realidad del efecto de las palabras de José; se hizo un largo silencio.

     Reinaba un buen ambiente y se respiraba serenidad, esperanza y paz.

viernes, 9 de enero de 2026

LA PARÁLISIS DEL MIEDO

Mc 6, 45-52

    Federico presumía de valiente y se vanagloriaba de hacer lo que otros, paralizados por el miedo, no se atrevían. Se jactaba entre sus amigos de ser el más fuerte y osado y alimentaba esa fama que le daban sus hechos de valor.

 Era un día de esos que pasan rutinariamente. Nada extraordinario sucedía; sin embargo, algo, a lo lejos, se movía con cierta majestuosidad. En principio no parecía nada temeroso, pero, a medida que se iba acercando, muchos empezaron a sospechar de algo extraño que no llegaban a conocer.

    Rápidamente cundió el pánico y, temiendo que podía suceder algo, se empezaron a retirar. Muchos corrían para ponerse a salvo y otros se escondían para no ser descubiertos. Todos miraron para Federico con la esperanza de que se enfrentara a ese aparente monstruo que se acercaba con paso firme e intimidatorio.

   Sin embargo, ante el asombro de todos, Federico fue uno de los primeros que corrió despavorido a refugiarse. Muchos le miraron con disimulo, pero con cierta ironía.

    Algunos pensaron: «¡Vaya valentía la de este!».

   Inesperadamente, hubo alguien que se quedó como escudo, con la idea de dar tiempo a los demás a refugiarse, y enfrentarse, con riesgo de su propia vida, a aquello que avanzaba y que, al parecer, ponía en peligro al pueblo.

   Pedro se parapetó detrás de una roca y, vigilando, observaba los movimientos de aquel trasto enorme. 

    No tanto por valentía, sino por responsabilidad.

   Cuando pudo distinguir su imponente silueta, empezó a darse cuenta de que no era sino la figura de un enorme tractor engalanado como un gigante. Su cara dibujó una enorme sonrisa al comprobar que posiblemente se trataba de alguna broma.

    Alguien había ideado la forma de probar esa valentía supuesta de la que presumía Federico.

MORALEJA:

   Hay muchos valientes que se esconden en la mentira, pero que huyen en la verdad. El miedo es una actitud que nos hace mal, nos debilita, nos empobrece e incluso paraliza. En tal medida que «una persona con temor no hace nada, no sabe qué hacer: es medrosa, miedosa, concentrada en sí misma para que no le suceda algo malo, algo feo». Por lo tanto, el miedo lleva a un egocentrismo egoísta y paraliza.

    Papa Francisco (reflexión sobre Evangelio Marcos 6, 45-52).