sábado, 17 de enero de 2026

AMOR Y MISERICORDIA INFINITOS

Mc 2, 13-17

A pesar de las apariencias, y aunque todos lo tenían por una buena persona, Félix sabía que estaba engañando a quienes se relacionaban con él. Sin embargo, disimulaba bien su verdadera personalidad soberbia y egoísta.

A veces solía pasar largo tiempo mirándose al espejo. Su bien parecido y su esbelta figura le ayudaban a caer bien entre los demás. Su postín y su carácter escondido le permitían parecer lo que realmente no era.

Se disponía a dar un paseo cuando, antes de salir, repasó su apariencia bien cuidada, asegurándose de que toda su figura cumplía con su representación de persona de bien. Eso le importaba hasta el extremo de cuidar hasta el más mínimo detalle.

Su elegancia al ritmo de sus cuidados pasos llamaba la atención por donde pasaba. Muchos le saludaban con cierta reverencia y admiración, lo que le llenaba de satisfacción y gozo.

Al pasar por un lugar, le llamó la atención lo concurrido que estaba. Incluso le molestó que su figura pasara desapercibida y que todos le ignoraran. Eso le enfadó y detuvo sus modélicos pasos.

Giró su cabeza hacia la concurrencia y, acercándose, descubrió que un grupo de personas debatía sobre la personalidad y autenticidad.

—Hay muchos —llevaba la voz cantante Pedro— que esconden sus mentiras bajo la apariencia de revestirlas de verdad. Prometen, hablan para luego dejar todo en palabras incumplidas.

—No descarto que eso suceda —respondió Fernando, uno de los tertulianos que debatía—, pero también hay muchos otros que viven lo que hablan y, aunque en algunos momentos fallan, no se esconden ni pretenden aparentar. Es más, reconocen sus fallos y procuran corregirse.

La mayoría de las personas que escuchaban atentamente irrumpieron con aplausos y aclamaciones que expresaban estar de acuerdo.

—Es posible —añadió Pedro—; sin embargo, son más los que no reconocen sus fallos e incluso tratan de imponerlos a los demás. Y con su obrar empeoran la vida de los demás.

Aquella réplica había dejado en el ambiente una atmósfera de incertidumbre y un pesimismo que entristecían a los allí congregados.

Fue entonces cuando se levantó Manuel, que como siempre mediaba en las tertulias. Llamó la atención de los tertulianos y, con cara compasiva y una suave sonrisa, dijo:

«No he venido a llamar justos, sino a pecadores», dijo Jesús en el evangelio de Marcos 2, 13-17. Y esto me consuela tanto, porque creo que Jesús ha venido por mí.

Hizo una pausa, miró a ambos tertulianos y, dando un rodeo con sus ojos a todos los que estaban presentes, entre ellos Félix, concluyó:

—¡Claro!, desde el momento en que me excluyo considerándome justo y no pecador, le impido a Jesús su perdón misericordioso.

Hizo una pausa. Esperó a que todos estuvieran atentos y se hiciera silencio. Entonces dijo:

 —Sería conveniente reconocer que todos somos pecadores, estamos manchados por el pecado original y necesitamos la misericordia que nos regala y ofrece el Señor.

Aquellas palabras resonaron como una sacudida en el corazón de Félix. Sintió que él era ese pecador que no reconocía su pecado. Por primera vez se vio a sí mismo sin disfraces.

   Experimentó vergüenza y deseos de arrepentimiento. Sus pasos ahora eran menos ensayados, su figura menos erguida y su cara mostraba un reflejo de humildad más que de arrogancia. Evidentemente, su corazón había cambiado.

viernes, 16 de enero de 2026

MISERICORDIA Y NO SACRIFICIOS

Mc 2, 1-12

Justo hacía justicia a su nombre y exigía rectitud en todo momento. Quien se la hacía, la pagaba. Y satisfecha la condena, no había posibilidad de perdón, incluso aunque se manifestara arrepentimiento. Se quedaba señalado con esa marca condenatoria en su vida.

No era así el corazón de Felipe. Su pensamiento pedía justicia, pero una justicia que, satisfecha, daba la posibilidad de perdón. Su manera de impartirla llevaba la buena intención de rescatar el corazón endurecido del condenado y suavizarlo, dándole la posibilidad, la esperanza de una vida nueva.

En este contexto, la forma de pensar de Justo chocaba con la de Felipe.

Mientras el primero condena sin remisión, sin buscar la redención ni el arrepentimiento de la persona, sino que prioriza el castigo y la restitución.

El segundo busca, sin obviar la pena exigida y retributiva, el perdón y la misericordia del condenado, tratando de integrarlo y ofrecerle un nuevo comienzo.

Casualmente, ambos personajes, de forma personal e individual, se habían encontrado en un lugar donde se desarrollaba un debate, precisamente, sobre el verdadero sentido de la justicia.

—No cabe duda —decía Pedro— de que el delito demanda la exigencia de que sea reparado. Y esto exige que el culpable pague lo que la ley exige.

Y mirando para todos, con un tono desafiante y convencido, pedía a los demás su aprobación.

Entonces, Manuel, tomando la palabra, irguió su figura, extendió sus brazos y de forma expresiva, tratando de llamar la atención, dijo:

—Nada que objetar a que quien ha delinquido tenga que retribuir o pagar el mal hecho, pero la verdadera justicia, la que nos enseña con su Vida y Obras Jesús (cf. Mc 2, 1-12), busca la liberación total, definitiva del corazón del hombre.

Miró la reacción de todos, comprobando que muchos habían quedado confusos, extrañados y expectantes. Como pidiendo alguna explicación más clara.

Manuel hizo un breve silencio, bebió un poco de agua, carraspeó su garganta y dijo:

—El Señor no acepta que el ser humano consuma toda su existencia con este «tatuaje» imborrable, con el pensamiento de no poder ser acogido por el corazón misericordioso de Dios. Con estos sentimientos Jesús sale al encuentro de los pecadores, que somos todos.

Aquellos rostros algo extrañados cambiaron de faz. Ahora habían entendido que por encima de la justicia humana está la divina, la infinita misericordia de Dios, nuestro Padre.

De esta forma, los pecadores son perdonados. No solo son tranquilizados a nivel psicológico, porque son liberados del sentimiento de culpa, sino que Jesús hace mucho más: ofrece a las personas que se han equivocado la esperanza de una vida nueva.

Pidamos que también nosotros sepamos ser “camilleros” de misericordia para quienes caminan heridos por la culpa y el desaliento.

jueves, 15 de enero de 2026

CERCANO Y COMPASIVO

Mc 1, 40-45

A Hermenegildo le costaba confiar. Los duros golpes recibidos en su vida le habían endurecido el corazón. Desconfiaba de todos y procuraba alejarse de quien le intimidara o le propusiera algo nuevo.

Las cosas del mundo acaparaban toda su atención. No tenía tiempo ni para escuchar ni para pensar. Sus anhelos estaban centrados en su propio ego y en su seguridad personal. Difícilmente entablaba relación con alguien.

En cierta ocasión, por necesidad y sin otra opción, tuvo que acercarse a alguien para pedirle un favor. Quedó sorprendido cuando aquella persona le respondió con amabilidad y ternura y, sin ningún interés, de manera totalmente gratuita, accedió a su petición.

Le costó darle gracias. Nunca había tenido que hacerlo de verdad. Él, que se jactaba de su indolencia y desconfianza, había recibido una lección inesperada: dar sin esperar recibir. Eso no entraba en sus cálculos ni en su forma de ver la vida.

Con cierta timidez, movido por la curiosidad y la sorpresa, se acercó de nuevo y se atrevió a preguntar:

—Perdone si mi pregunta es inoportuna, pero me ha conmovido su reacción ante mi petición de ayuda y, sobre todo, la manera en que ha actuado. ¿Hay algún motivo para haber reaccionado así?

La persona lo miró con ternura y cariño. Percibiendo la extrañeza de Hermenegildo, le respondió:

—No, ninguno en especial. Simplemente porque el verdadero gozo se esconde más en dar que en recibir. La experiencia me lo ha ido enseñando a lo largo de mi vida.

Algo confuso y perplejo, Hermenegildo replicó:

—¿Es que no ha tenido ningún contratiempo, desengaño o traición que le haga pensar que no se puede confiar en las personas?

Entonces, levantando las manos al cielo y con voz suave y segura, aquella persona dijo:

—Hay una Persona que nos ha enseñado a dar sin esperar nada a cambio. Se acerca a nosotros con compasión y ternura y nos regala la vida gratuitamente. Nos impulsa a que también nosotros hagamos lo mismo, de manera callada y silenciosa.

—No conozco a nadie así —respondió Hermenegildo—. Al menos, en mi vida no lo he descubierto.

Entonces, la misteriosa persona sacó de su bolsillo un pequeño evangelio y leyó en voz alta un pasaje del Evangelio según san Marcos:

Marcos 1, 40-45:

En aquel tiempo se acercó a Jesús un leproso, suplicándole de rodillas:
    «Si quieres, puedes limpiarme».

Compadecido, extendió su mano, lo tocó y le dijo:

«Quiero: queda limpio» …

Al terminar, lo miró con afecto y añadió:

—Es el Señor. A Él acudimos y de Él recibimos; y, una vez sanados, encontramos la fortaleza para intentar hacer lo mismo con los demás.

Interiormente, Hermenegildo sintió una sacudida. Tenía la sensación de que su corazón, endurecido por los golpes de la vida, comenzaba a ablandarse. Algo nuevo despertaba en su interior. Su rostro reflejaba la convicción de que amar implicaba confiar.

miércoles, 14 de enero de 2026

PRESENTE ENTRE NOSOTROS

Mc 1, 29-39

Gozaba de la vida y era feliz. Todo le venía rodado y no sabía nada de sufrimientos ni de problemas. Para él, la vida era alegría y pasarlo bien.

Para Juan Fernando, el tiempo consistía en buscar cómo disfrutar e inventar maneras de entretenerse. Apartaba de su camino todo aquello que le molestaba o entristecía. No reparaba en nada ni en nadie. Y menos aún le importaba quiénes tenían problemas o sufrían por diversas causas.

En su necedad llegó a pensar que siempre estaría así, que nada le impediría ser feliz. Pero le llegó el tiempo de la decadencia y la enfermedad, y el panorama cambió. Entonces su rostro empezó a transformarse. Ya no era el mismo: experimentó el dolor y el sufrimiento.

Un día, por prescripción facultativa, trató de dar un largo paseo. Llegó hasta un lugar donde sintió deseos de descansar. Apartó una silla y tomó asiento.

Pronto alguien muy diligente y amable se le acercó.

—Buenos días, ¿desea tomar algo el señor? —le dijo cortésmente Santiago, el camarero de la terraza.

—Buenos días, ¿podría usted traerme un refresco, por favor? —respondió Juan Fernando.

—Enseguida, señor —dijo Santiago, apresurándose a servirle.

Era uno de esos días en los que sientes el deseo de pasear y aspirar la brisa suave, mientras contemplas ese manto azul con el que se engalana el horizonte que se abre ante tus ojos.

La tertulia estaba animada. Justo en esos instantes en que había llegado Juan Fernando, el tema que se debatía versaba sobre el dolor.

—Cuando experimentas dolor, sufres, pero ese sufrimiento te hace pensar y darte cuenta de que tu vida no está en tus manos; se te escapa —decía Pedro.

—Es cierto —respondió Manuel—, y por medio de él te planteas la necesidad de buscar a alguien que pueda curarte. De otro modo, no darías ese paso.

En ese momento, el corazón de Juan Fernando, que escuchaba atentamente, dio un sobresalto. Le pareció escuchar una voz interior que le decía:

—¿Y tú, por qué no buscas también?

—¿A qué clase de búsqueda te refieres? —exclamó Pedro, algo extrañado por la opción que había planteado Manuel.

—Al único que puede curarte —respondió Manuel—. Al Señor Jesús, a quien le llevaban todos los enfermos y endemoniados (Mc 1, 29-39). La población entera se agolpaba a la puerta. Curó a muchos enfermos de diversos males y expulsó muchos demonios.

Todos se sobrecogieron y se miraron con asombro.

Mientras tanto, Juan Fernando había cambiado su semblante. Su rostro volvió a reflejar gozo y alegría: había encontrado a quien podía sanarle o, al menos, consolarle y llenarle de esperanza. Ahora la vida tenía otro sentido y otro camino.

martes, 13 de enero de 2026

ENSEÑANZA CON AUTORIDAD

Mc 1, 21b-28

La soberbia cierra nuestro corazón, tapa nuestros oídos y nubla nuestros ojos. Esa es la actitud de quien cree saberlo todo y no admite consejos ni sugerencias.

La mañana era espléndida. Una suave brisa y un sol cálido adornaban el día con el agradable perfume de las flores que, abiertas por el calor, desprendían sus vaporosos aromas.

La terraza invitaba a disfrutar de aquel hermoso momento. Al sabor de un buen café todo parecía mejor y hasta el corazón lo agradecía. Sin embargo, el ambiente empezó a enturbiarse cuando las palabras de Severino irrumpieron con fuerza.

—Todo lo que soy lo he logrado gracias a mi esfuerzo, voluntad e inteligencia. Me tengo en gran estima y no necesito consejos de nadie. Mi sabiduría me basta.

Así hablaba Severino a los tertulianos que lo escuchaban. Se jactaba de sus conocimientos, se creía en posesión de la verdad y blindaba su corazón y sus oídos a todo lo que viniera de otros.

Harto de tanta habladuría, Manuel levantó el brazo como señal de réplica y dijo:

—La autoridad no viene del que solo propone cosas con palabras, sino de aquel que vive lo que dice.

—¿A qué se refiere? —preguntó Severino, desafiante, frunciendo el ceño.

Manuel abrió el Evangelio y, señalando con el dedo, respondió:

—La Palabra de Jesús no solo se oye, sino que se cumple. Así lo leemos en Mc 1, 21b-28: En la ciudad de Cafarnaúm, un sábado entró Jesús en la sinagoga a enseñar; estaban asombrados de su enseñanza, porque les enseñaba con autoridad y no como los escribas…

Cuando terminó de leer, cerró el evangelio, miró con compasión a Severino y añadió:

—La gente se preguntaba: ¿Qué es esto? Una enseñanza nueva expuesta con autoridad. Incluso manda a los espíritus inmundos y le obedecen.

Y levantando los brazos hacia el cielo, con profunda convicción, exclamó:

—¡Jesús habla y cumple lo que habla!  

Pidamos al Señor un corazón dócil, capaz de escuchar su Palabra y ponerla en práctica cada día.

El rostro de Severino se enrojeció. Todas las miradas se dirigieron hacia él y, con un gesto, intentó ocultarse. Había comprendido que su arrogancia no era el camino correcto.

lunes, 12 de enero de 2026

CONVIÉRTETE Y CREE

Mc 1, 14-20

    Se preguntaba por qué sentía esa inquietud dentro de sí. No sabía decir qué es lo que realmente le movía, pero la realidad era que no estaba tranquilo y no descansaba.

    Era algo temprano y se decidió a salir. Pensaba que un buen paseo le tranquilizaría y calmaría sus nervios. Echó a andar a paso ligero y su respiración acelerada le marcaba el paso. Trataba de despejar su mente y cansar su corazón.

    Llevaba una hora con este trote cuando decidió descansar al pasar por una terraza. El olor al buen café y unas cómodas sillas le tentaron.

    —Buenos días —se oyó la agradable voz de Santiago. —¿Desea algo el señor?
    —Buenos días —respondió amablemente Gustavo—, un café, y agua, por favor.
    —Enseguida, señor —respondió Santiago.

    Al cabo de un breve rato. Gustavo volvió su cabeza ante las voces que le llegaban del otro lado de la terraza. Observó que un grupo de personas dialogaban sobre la inquietud de una realidad compleja, triste, que nos afecta… guerras, violaciones y matanzas que no parecen importar mucho al mundo en general que nos rodea.

    —El mundo parece dormido y no despierta ante los acontecimientos de lo que está pasando —era Pedro, que se lamentaba de la situación internacional.
    —Hoy, cuando los avances técnicos son más y se supone que debería haber más humanidad, resulta que es cuando más muertes, guerras y hambre hay —dijo Octavio, otro de los tertulianos que participaban en el debate.

    La conclusión era evidente: el mundo, según los acontecimientos, iba a peor cuando lo esperado era que mejorara y hubiese paz y concordia.

    Entonces, Manuel, que seguía el debate atento, decidió intervenir y poner el punto sobre la i.

    —Es una realidad que el mundo va para atrás cuando todos pensamos que mejoraría, pero la triste realidad es que es el resultado de haber dado la espalda a Dios.

    Muchos pusieron cara de extrañeza, como que discrepaban un poco. Otros se sonrieron irónicamente, y algunos guardaron silencio.

    Entonces Manuel, levantando una de sus manos y señalando el Evangelio de Marcos 1, 14-20, leyó:

    Después de que Juan fue entregado, Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios. Decía: «Se ha cumplido el tiempo y está cerca el reino de Dios, convertíos y creed en el Evangelio»

    Al terminar, miró con ternura a los tertulianos y cariñosamente dijo:

    —La vida se nos va casi sin darnos cuenta, pero la vida es un don del infinito amor de Dios, y es también el tiempo de verificación de nuestro amor por Él.

    En ese momento, Gustavo, que había pasado todo ese rato escuchando con mucha atención, se sobresaltó interiormente. Su inquietud se transformó en serenidad al oír las palabras con las que Manuel concluía su intervención:

    —Por eso, cada momento, cada instante de nuestra existencia es un tiempo precioso para amar a Dios y para amar al prójimo, y así entrar en la vida eterna. Estoy seguro de que todos coincidiremos en que el mundo cambiaría a mejor.

    El silencio daba la razón a Manuel. Las miradas hablaban por sí solas. Y resonaban esas hermosas palabras que Jesús dijo a Simón y Andrés: «Vengan en pos de mí y les haré pescadores de hombres».

domingo, 11 de enero de 2026

NECIO ES DE PERSISTIR EN «SU» VERDAD

Mt 3, 13-17

    Jerónimo se sentía seguro y dueño de sus propias convicciones. Siempre se erigía como el sabio, el que tenía la verdad y la razón y nada le hacía cambiar. Incluso, consideraba ceder como claudicar “ante” su sabiduría.

    Una mañana de esas en l

as que uno se siente pletórico, Jerónimo salió con la intención de compartir y dialogar con los amigos en actitud de mostrar sus conocimientos y sabiduría.

  La terraza estaba animada. Jerónimo conocía ese lugar y le agradaba tomarse un buen café. Había venido ya varias veces y hasta participado en alguna tertulia con la que se había encontrado. Hoy estaba ansioso por participar en alguna.

    —Me parece que la justicia exige que quien ha cometido algún delito, lo pague. ¿Están de acuerdo? —hablaba Francisco, un habitual tertuliano.
    —Completamente de acuerdo —respondió Pedro, aunque con ciertos matices.

    Con rostro de extrañeza y frunciendo el ceño, dijo Francisco:

   —¿A qué matices te refieres? No encuentro ninguna disculpa ni atenuantes. El delito cometido tiene que pagarse.
    De acuerdo, pero toda persona, incluso el que ha delinquido, tiene derecho a resarcirse, a regenerarse. Por lo tanto, debemos ayudarle a integrarse en la medida en que paga su culpa.

   En ese momento, Jerónimo, con aire de suficiencia y manteniendo su cabeza erguida como si su palabra fuese la última, dijo:

   —La justicia está siempre por encima de todo. Quien ha faltado a ella debe, prioritariamente, pagar su delito. Otra cosa es que luego se le brinde la oportunidad de arreglar su vida.

   Muchos asintieron las palabras de Jerónimo; otros pusieron gestos de extrañezas, sin estar muy conformes. 

    El ambiente, al parecer, condenaba al delincuente, y Jerónimo, una vez más, se exaltaba creyéndose una persona inteligente.

   En este contexto ambiental, cuando todos apenas se atrevían a susurrar, se oyó una voz que con serenidad y paz dijo:

    —Nuestra justicia dice que el que se equivoca paga, y así repara el mal que ha hecho. Pero la justicia de Dios, como enseña la Escritura (cf. Mt 3, 13-17), es mucho más grande.

    Era Manuel, que miraba a todos, sobre todo a Jerónimo, con ojos de misericordia y cariño. Hizo una pausa, tomó resuello y continuó:

    —No tiene como fin la condena del culpable, sino su salvación y su regeneración: volverlo justo, de injusto a justo.

    El silencio hablaba por sí solo. Todos enmudecieron, sobre todo Jerónimo y Francisco, y el ambiente quedó perfumado con el amor y la misericordia que las palabras de Manuel derramaban sobre el ambiente de la terraza.

    Entonces, Manuel, aprovechando el silencio y la atención de todos, dijo:

   —Es una justicia que proviene del amor, de esas entrañas de compasión y misericordia que son el corazón mismo de Dios, Padre que se conmueve cuando estamos oprimidos por el mal y caemos bajo el peso de los pecados y de nuestras fragilidades.

    Sobraban las palabras.  La expresión del rostro de Jerónimo dejaba al descubierto que lo grandioso no es la persistencia ni el inmovilismo, sino el saber ceder ante la verdad. Son precisamente las personas inteligentes las que saben y pueden cambiar de opinión.

    La verdadera conversión comienza cuando dejamos de defender “mi verdad” para abrazar la Verdad que nos libera.