| Mt 18, 15-20 |
Juan se había confesado a la comunidad. Había reconocido su error y, con humildad y arrepentimiento, solicitaba, desde el amor, la reconciliación a la comunidad.
En ese momento, Manuel levantó la mirada y preguntó:
—¿Cómo creen que debe actuar la comunidad ante alguien que reconoce su error y pide reconciliarse?
Pasaron unos segundos y nadie se atrevía a decir nada. Iba a continuar Manuel cuando Pedro levantó la mano y dijo:
—Creo que ese debe ser el último paso. Claro, todo depende de las circunstancias de cada caso.
Manuel, mirándole, le preguntó:
—¿Puedes explicarte mejor?
Entonces, Pedro, levantándose y alzando la voz, comentó:
—Lo que quiero decir es que, cuando alguien comete un error, incluso si nos parece grave, lo primero es hablar con él.
Hizo una breve pausa y, mirándolos, continuó:
—Si no le hace caso, llama a otro o a otros dos para que haya dos o más testigos… Y si incluso se resiste, acude entonces a la comunidad, como ya hemos visto.
Manuel, satisfecho con la respuesta de Pedro, abrió la Biblia y dijo:
Esto, en el evangelio de Mt 18, 15-20, es lo que Jesús nos dice. Y leyó:
—En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Si tu hermano peca contra ti, repréndelo estando los dos a solas. Si te hace caso, has salvado a tu hermano.
Si no te hace caso, llama a otro o a otros dos, para que todo el asunto quede confirmado por boca de dos o tres testigos. Si no les hace caso, díselo a la comunidad, y si no hace caso ni siquiera a la comunidad, considéralo como un pagano o un publicano.
Hizo una breve pausa y, con renovado ánimo, siguió:
—En verdad os digo que todo lo que atéis en la tierra quedará atado en los cielos, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en los cielos.
Os digo, además, que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre que está en los cielos. Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos».
Al acabar de leer, Manuel, cerrando la Biblia, añadió:
—Dos criterios para acercarnos a alguien que se daña a sí mismo o a otros: a) con un corazón que no sea duro (ante el otro, ante nosotros mismos, ante Dios).
b) Y desde el amor, que es la plenitud de la fe. Tengamos en cuenta que corregir no significa condenar. La corrección evangélica nace del amor y busca recuperar, no castigar.
El modo de actuar del Señor Jesús es suave, respetuoso, cordial… Se mueve desde el deseo de mejorar la vida de la otra persona, y nos invita a caminar hacia la reconciliación desde el amor, dialogando en la intimidad sin juzgar, animando, buscando la restauración.
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