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martes, 7 de mayo de 2024

UN PRÍNCIPE YA JUZGADO

Sí, aunque las apariencias nos engañen, el príncipe de este mundo está derrotado. Esa debe ser nuestra alegría de cada día. Tenemos un Padre que nos quiere con locura, envía a su Hijo en nuestro rescate y nos salva del peligro y amenaza de este mundo, de su príncipe – el demonio – y de las pasiones y tentaciones impuras de nuestra propia carne.

Esa es la evidencia que tenemos que tener los creyentes siguiendo y fiándonos de la Palabra de nuestro Señor Jesús. Es verdad que muchos no lo creen y se dejan llevar por la apariencia de lo que realmente está sucediendo en muchas partes del mundo. Parece – como si de espejismo se tratara – y realmente lo son desde nuestra fe en la Palabra del Señor, que el mal vence y que el príncipe piensa y cree que vencerá. Algunos se mofan de nuestras oraciones porque no se ve resultados inmediatos, pero todo llegará a su tiempo, cuando lo decida el Señor.

Caminamos apoyados en y por la fe que alimenta cada día nuestra esperanza. Jesús nos lo ha dicho y prometido, el Espíritu, que ha enviado su Padre, en la ausencia del Hijo, no de su presencia espiritual sino de la física de este mundo, está en nosotros y camina con nosotros, nos fortalece y en y por Él somos los vencedores.

Nos conforta y llena de esperanza sus últimas Palabras de este Evangelio: (Jn 16,5-11): En aquel tiempo, Jesús habló así a sus discípulos: «Pero ahora me voy a Aquel que me… en lo referente a la justicia porque me voy al Padre, y ya no me veréis; en lo referente al juicio, porque el Príncipe de este mundo está juzgado».

miércoles, 16 de mayo de 2018

NO SE PUEDE DECIR MEJOR NI MÁS CLARO

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Jn 17,11b-19
Hoy Jesús nos deja con la boca abierta. Se expresa de una manera meridiana y con una claridad deslumbrante que nos pone a todos bocarriba: «Padre santo, cuida en tu nombre a los que me has dado, para que sean uno como nosotros. Cuando estaba yo con ellos, yo cuidaba en tu nombre a los que me habías dado. He velado por ellos y ninguno se ha perdido, salvo el hijo de perdición, para que se cumpliera la Escritura». Y todo esto sucedió, y continúa hoy cuidando de todos nosotros en el Espíritu Santo, que ha venido en cuanto Él ha ascendido a los cielos. 

Y esa es nuestro objetivo, llegar a ser uno como Él y el Padre son uno. Eso deja entrever la necesidad y la exigencia de amarnos, porque para ser uno es ineludible que exista el amor. Un amor que se concreta en cuidarnos el uno del otro; en respetarnos; en no querer para el otro lo que no quieres para ti; en servirnos y ayudarnos. 

Y continúa Jesús diciendo: «Pero ahora voy a ti, y digo estas cosas en el mundo para que tengan en sí mismos mi alegría colmada. Yo les he dado tu Palabra, y el mundo los ha odiado, porque no son del mundo, como yo no soy del mundo. No te pido que los retires del mundo, sino que los guardes del Maligno. Ellos no son del mundo, como yo no soy del mundo. Santifícalos en la verdad: tu Palabra es verdad. Como tú me has enviado al mundo, yo también los he enviado al mundo. Y por ellos me santifico a mí mismo, para que ellos también sean santificados en la verdad».

Cristo y yo mayoría aplastante, porque en Él seremos más fuerte que los poderes del príncipe de este mundo, el Maligno, y superaremos todas las adversidades que el mundo nos presenta. Hemos sido enviado por el Hijo al mundo, tal y como Él fue enviado por su Padre. De la misma forma, nosotros hemos sido enviado por Él al mundo para cumplir una misión. La misión de proclamar el anuncio de la buena Noticia, que estamos salvados y aspiramos a una Vida grande, esplendida, maravillosa, gozosa y eterna. Levantemos la mirada y tengamos la verdadera aspiración para la que hemos sido llamados.

sábado, 9 de mayo de 2015

SEÑOR, SÁCAME DE ESTE MUNDO. NO QUIERO PERTENECERLE

Jn 15, 18-21


Es evidente que estoy  y vivo en este mundo. Un mundo que busca la felicidad mirándose a sí mismo y buscándose en su propio egoísmo. Un mundo que busca satisfacerse en el gozo de sus propias pasiones, en el poder, las riquezas, el sexo, el placer y la vida cómoda. Un mundo que antepone su propio bien al bien común. Un mundo al que no le importa que los pobres, los marginados y excluidos sufran.

Un mundo al que no le importa que cada día mueran centenares de miles de niños abortados y rechazados desde el vientre de sus madres. Un mundo donde los más débiles, los niños, y los marginados padecen hambre, sed y son explotados. Un mundo enfermo y destinado a morir perdido en la desesperación y el caos.

No quiero perteneces a este mundo, porque Tú, Señor no eres de este mundo. Tu mundo es un mundo de paz y de gozo. Un mundo de justicia, amor y verdad. Yo quiero ir donde Tú vas. Yo quiero estar Contigo y vivir en, por  y como Tú vives. Sé que, cómo Tú, me espera un camino difícil, de cruces, de renuncias y de tentaciones. Sé que Tú lo has recorrido, y a mí me pasará igual. No es el siervo más que su amo, me dices hoy, y si Tú has sido perseguido a mí me sucederá igual.

Sin embargo, dame Señor el gozo de saberme enviado en y por tu Nombre, y en tu Nombre proclamar tu Palabra y dar los frutos esperados por Ti. El mundo no nos aceptará como no te aceptó a Ti, y seremos perseguidos, porque tu Verdad molesta y señala a los que se guardan de no compartir ni distribuir las riquezas de forma justa y equilibrada. Se sienten descubiertos y señalados por tu Palabra Señor, que denuncia sus sistemas humanos con lo que someten y explotan a los débiles e ignorantes. Precisamente los preferidos tuyos, Señor. 

Porque Tú has venido a eso, a proteger a los pequeños, a los más pobres y marginados. A los indefensos que necesitan amor y precisamente se dejan amar. Por eso, porque precisamente nos esperan días difíciles y muy duros, debemos estar preparados. Y la mejor preparación está en permanecer en el Señor, unido a Él como el sarmiento a la vid.

Danos Señor la fuerza y el valor de permanecer, a pesar de la dureza y la obstinación de este mundo, constante y perseverante en tu Palabra. Y confiado a tu Gracia no desfallecer en la esperanza de que Tú estarás con nosotros para salvarnos del peligro.

martes, 20 de mayo de 2014

APARENTEMENTE SOLOS


(Jn 14,27-31a)

El Señor se va, nos lo dice para que no nos sorprenda su aparente ausencia cuando le echemos en falta. Nos deja su Paz y también la promesa de que volverá a nosotros, por eso lo de aparente soledad. Pero nos previene que vamos a estar frente al Príncipe del mundo y no debemos perder la paz, porque el Espíritu Santo estará asistiendo, impulsándonos y dándonos fuerza para superar la lucha.

El camino es de lucha y de cruz. El Maligno tiene permiso para atacarnos. Por el pecado estamos sometidos y tocados, pero no muertos. La Cruz, por los méritos de nuestro Señor Jesucristo, nos salva y en el Espíritu Santo tenemos nuestro mejor aliado para salir victorioso de los ataques de Satanás. El Señor se va, pero nos promete volver, y espera que le seamos fieles y nos da su Gracia para que podamos lograrlo.

Ahora se comprende todo. Nos ha invitado a pedir y prometido que se nos dará; en su nombre el Padre nos ha enviado al Espíritu Santo para que nos proteja, conforte y ayude; nos ha dejado su Iglesia en el colegio apostólico para que, unidos en Él, nos apoyemos y fortalecemos. 

Y, sobre todo, nos ha dejado su Paz para que injertados en Él nada nos turbe y nos pierda. Porque sólo Él tiene poder para vencer al Príncipe de este mundo.