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domingo, 7 de julio de 2024

INMOVILIZADOS DESDE NUESTRAS PROPIAS FAMILIAS Y ORÍGENES

La tradición y la propia familia actúan muchas veces como antídoto contra el crecimiento y maduración tanto humana como espiritual. En lugar de ser circunstancias y ambientes favorables para catalizar y permitir el crecimiento y madurez tanto humana como espiritual, resulta que actúan de forma contraria.

Una voz nueva que anuncia cosas nuevas, vino nuevo y para el cual pide odres nuevos, es rechazada y solamente ofrecido odres viejos. No salen de lo tradicional y acostumbrado y remiendan lo aparente nuevo con paños viejos. De esa manera, el anuncio de la Buena Noticia no llega, queda eclipsado y oculto por lo tradicional, lo acostumbrado y lo ya conocido. Viene de nuestros antepasados y se opone a lo nuevo. Y menos en boca de un desconocido que sabemos y conocemos de donde viene.

Ese fue el resultado de lo que sucedió con Jesús en su propia ciudad; en y con sus propios paisanos y familia. No fue escuchado ni atendido. Era uno de los suyos, el hijo del carpintero y de María, hermano de Santiago y José y Judas y Simón. Y sus hermanas, ¿no viven con nosotros aquí? ¿De dónde saca todo eso?

La conclusión: «No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa». Y, en consecuencia, Jesús no pudo hacer allí ningún milagro, y sucede lo mismo hoy aquí, en nuestros ambientes y en nuestras parroquias y pueblos. Nos falta la fe, la confianza en el Señor. Y a los que tenemos al lado los conocemos, ¿y qué nos van a decir?

Posiblemente no le damos ningún valor a aquellos que nos hablan y nos dan testimonio de su fe. Quizás esperamos cosas grandiosas que nos asombren y perdemos la oportunidad de descubrir que Dios está en lo sencillo, en la brisa suave o en las cosas pequeñas y débiles. Abramos los ojos.

domingo, 5 de octubre de 2014

¿SOMOS ADMINISTRADORES O DUEÑOS?

(Mt 21,33-43)
 
Vivimos en un mundo que nos hemos apropiado. No nos importa averiguar si nos pertenece o no. Se nos ha dejado para vivir nuestra vida y lo hemos tomado como nuestro. Ni siquiera nos preguntamos a dónde vamos o cual es nuestra meta. Simplemente tratamos de vivir bien y satisfacer nuestras apetencias, apegos y pasiones. Lo demás no parece importarnos.

Por descontado que no compartimos sino con aquellos que nos produzca algún interés o beneficio. Y no nos sentimos deudores de nadie. A nadie debemos de responder ni rendir tributos. La Viña nos pertenece y la administramos según nos convenga. Quizás nos parezca un cuento, pero es la realidad de lo que ha ocurrido en el mismo pueblo de Dios y lo que posiblemente ocurra en muchas parcelas de la Iglesia de hoy.

Hay divisiones y diferentes punto de ver las cosas. Vivimos en este momento un sínodo sobre la familia, porque hay muchos criterios diferentes o diferentes formas de interpretar la situación de la familia. ¿Qué hacer? ¿Dónde recurrir? ¿Cómo administramos la Viña que se nos ha dejado? Son preguntas que debemos, a la luz del Espíritu Santo tratar de responder.

La historia nos descubre que los enviados, profetas, han sido rechazados, incluso hasta con la muerte. Y su propio Hijo recibió el mismo trato. Hoy quizás no rechazamos al Hijo, pero, ¿hacemos su Voluntad? Esa es la pregunta que hoy el Evangelio nos interpela y nos lanza.

Tengamos presente las Palabras de Jesús: «¿No habéis leído nunca en las Escrituras: La piedra que los constructores desecharon, en piedra angular se ha convertido; fue el Señor quien hizo esto y es maravilloso a nuestros ojos? Por eso os digo: Se os quitará el Reino de Dios para dárselo a un pueblo que rinda sus frutos».