martes, 20 de enero de 2026

¿NORMAS ESCRITAS O VIDA?

Mc 2, 23-28

Estaba obsesionado con su idea. Preparaba todo con gran cuidado y una exquisita atención. Su vida se derrumbaría de cometer algún fallo. No podía ni imaginárselo; todo tenía que ajustarse a sus normas.

Se quedó un rato parado, como pensativo, y se dijo:

«Primero mi idea, incluso antes que las personas». Su obsesión llegaba hasta ese extremo. Sus pensamientos, primeros que la humanidad.

Teodoro estaba firmemente convencido y no admitía otra forma de verla. Y satisfecho de su primacía, trató de relajarse dando un largo paseo. El día invitaba a hacerlo y la mañana adornaba tu camino como alfombra que suaviza tus pisadas.

Llevaba un buen rato cuando oyó a unos cuantos que, respetuosamente, dialogaban sobre las prioridades de la vida.

Atraído por lo que se debatía, tomó asiento y, señalando al camarero, pidió un café.

—La vida está en función del hombre —defendía Pedro—, de modo que todo debe estar mirando a su beneficio.

—¿Y qué lugar ocupa la ley? —respondió Octavio—. Ella regula las relaciones y convivencia entre los hombres y eso, aparte de necesario, es muy importante.

En ese momento, el rostro de Teodoro se iluminó con una grata sonrisa. Incluso miró a ambos lados de la mesa como queriendo llamar la atención. Él era partidario del cumplimiento de la ley.

Después de un breve silencio, cuando todo parecía paralizado y que ahí se iba a quedar, se erigió la figura de Manuel.

Con voz pausada, serena y tranquila, pero firme y segura de lo que decía, se pronunció:

—El hombre es el centro del mundo y todo lo que en él hay gira a su derredor.

Observó la acogida de sus palabras y, tras dar una breve pausa, prosiguió:

—Jesús, nuestra referencia, lo deja muy claro en Mc 2, 23-28:

—Un sábado, cruzaba Jesús por los sembrados, y sus discípulos empezaron a abrir camino arrancando espigas. Decíanle los fariseos: «Mira, ¿por qué hacen en sábado lo que no es lícito?»…

—La persona es el centro de todo porque el sábado, al fin y al cabo, se hizo para el hombre, y no al revés.

La figura de Teodoro parecía una estatua. Inmóvil, petrificado, permanecía impasible, sin capacidad de reacción. Su vida se había desmoronado repentinamente.  “Le costaba aceptar que la compasión y la misericordia ponían a la persona por delante de la ley.”

De repente, sintió como un leve tirón de orejas, como si alguien le moviera a aceptar que es más importante perdonar y amar que juzgar.

Oyó como una voz que interiormente le decía desde lo más profundo de su corazón:

«La vida está primero; es más importante que las normas escritas».  Y su cara empezó a tomar un cariz gozoso y alegre.

lunes, 19 de enero de 2026

LO QUE DEBE Y NO DEBE CAMBIAR

Mc 2, 18-22

Juan cumplía a rajatabla todo lo que las normas o preceptos ordenaban. No entendía hacerlo de otra forma y, además, le fastidiaba que otros no lo hicieran.

Un día, mientras ayunaba como lo mandaba la ley, le sentó muy mal ver a unos compañeros disfrutando y pasándolo bien con un invitado que les había visitado ese día.

—¿No saben que hoy es día de guardar ayuno? —les dijo molesto.

—Tenemos a un amigo que hacía mucho tiempo que no veíamos y hemos hecho una fiesta para recibirle y celebrarlo.

—Pero la ley está primero —respondió Juan con vehemencia.

Ninguno se atrevió a contestarle, pero tampoco le hicieron caso. Hicieron como que no oyeron y siguieron su celebración.

Juan refunfuñó airadamente y les lanzó insultos y críticas, comparándolos de forma despectiva con los inobservantes.

Algo desconcertados, el grupo de amigos se alejó en silencio y continuó su celebración en otro lugar. Entendieron que era mejor retirarse antes de entrar en discusión.

Sin embargo, sucedió algo extraño: un transeúnte que pasaba en ese momento observó la escena y, tras la retirada del grupo, miró a Juan y, replicándole su conducta, le dijo:

—Hace usted muy mal, amigo. La ley no está reñida con la alegría ni con la paz. Urge obedecer antes que sacrificar. Y la obediencia demanda acogida, servicio, celebración, libertad, amor y paz antes que mero cumplimiento.

—Pero la ley es… —quiso responder Juan.

—Para servir al hombre —le interrumpió el transeúnte—. Llegarán días en que lo necesario será sacrificarse.

Levantó el brazo y, con la palma de la mano, indicó a Juan que esperara. Luego sacó de su agenda el pequeño evangelio y dijo:

—Jesús lo deja muy claro en el pasaje de —Mc 2, 18-22— cuando dice:
«¿Es que pueden ayunar los amigos del esposo mientras el esposo está con ellos? …».

Hizo un silencio, miró a Juan con amabilidad y ternura, y añadió:

—Nos llama amigos y nos invita a relacionarnos con Él desde la alegría y la celebración. “No hay nada más triste que un cristiano triste”, especialmente cuando perdemos la paz por nimiedades, nos comparamos o criticamos a los demás.

Juan se quedó pensativo. Empezaba a reconocer que sus palabras y su enfado no eran la forma más adecuada de comportarse ni de corregir.

   Su semblante mostraba que su corazón se ablandaba y comprendía que el amor está por encima de todo cumplimiento.

domingo, 18 de enero de 2026

HACERSE A UN LADO

Jn 1, 29-34

Tenía la idea clara: todo servicio reclama un beneficio. Así definía Sebastián su objetivo: ayudar y servir, sí, pero a costa de sacar un rédito.

Con esta finalidad se mostraba atento, afable y servicial con todos aquellos que necesitaban ayuda.

Hacía unos minutos que Manuel había llegado a la terraza. En ese momento, un grupo de tertulianos iniciaba una disputa dialéctica sobre la actitud del servicio.

—Estoy convencido —afirmaba Domingo— de que todo aquel que presta un servicio reclama un beneficio. ¿Hay alguien en desacuerdo?

Pasaron unos segundos sin que nadie rechistara; sin embargo, cuando Domingo se disponía a seguir, alguien levantó la mano y dijo:

—Yo opino diferente —habló Sergio—: muchas personas, y de forma anónima, ayudan y sirven sin ninguna prestación. Lo hacen gratuitamente y sin darse importancia.

—No lo creo —respondió Domingo—; detrás de esa apariencia esconden deseos de recompensa y de ser premiados.

Hubo un cierto revuelo entre los que escuchaban. Unos asentían, de acuerdo con lo que había dicho Domingo; otros no parecían conformes con esa afirmación, y algunos mostraban simpatía por lo presentado por Sergio.

En medio de esta confusión y ligero alboroto, se levantó Manuel y tomó la palabra:

—Hay de todo en la viña del Señor. Pero es cierto que muchos dan su vida por servir sin pedir nada a cambio. Lo hacen gratuitamente y tratan de apartarse de toda alabanza y privilegio.

En ese momento, su mirada, como por presentimiento, se encontró con Sebastián. Hacía un rato que había llegado y escuchaba la disputa.

Sacó su Biblia y dijo:

—En el pasaje evangélico de Juan 1, 29-34, se dice:

«Al día siguiente, al ver Juan a Jesús que venía hacia él, exclamó:

“Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.

Ese es aquel de quien yo dije:

‘Tras de mí viene un hombre que está por delante de mí,

porque existía antes que yo…».

Entonces, poniendo su mirada en los que debatían y cruzando sus ojos con Sebastián, concluyó:

—Juan es un ejemplo de este espíritu de servicio, con su capacidad de hacer sitio a Jesús. Juan el Bautista nos enseña algo importante: la libertad respecto a los apegos.

Hizo una pausa, esperó a que asimilaran sus palabras y continuó:

—Sí, porque es fácil apegarse a roles y posiciones, a la necesidad de ser estimados, reconocidos y premiados.

Se detuvo, levantó los brazos para llamar la atención y concluyó:

—Y esto, aunque es natural, no es algo bueno, porque el servicio implica gratuidad: cuidar de los demás sin ventajas para uno mismo, sin segundos fines, sin esperar nada a cambio.

sábado, 17 de enero de 2026

AMOR Y MISERICORDIA INFINITOS

Mc 2, 13-17

A pesar de las apariencias, y aunque todos lo tenían por una buena persona, Félix sabía que estaba engañando a quienes se relacionaban con él. Sin embargo, disimulaba bien su verdadera personalidad soberbia y egoísta.

A veces solía pasar largo tiempo mirándose al espejo. Su bien parecido y su esbelta figura le ayudaban a caer bien entre los demás. Su postín y su carácter escondido le permitían parecer lo que realmente no era.

Se disponía a dar un paseo cuando, antes de salir, repasó su apariencia bien cuidada, asegurándose de que toda su figura cumplía con su representación de persona de bien. Eso le importaba hasta el extremo de cuidar hasta el más mínimo detalle.

Su elegancia al ritmo de sus cuidados pasos llamaba la atención por donde pasaba. Muchos le saludaban con cierta reverencia y admiración, lo que le llenaba de satisfacción y gozo.

Al pasar por un lugar, le llamó la atención lo concurrido que estaba. Incluso le molestó que su figura pasara desapercibida y que todos le ignoraran. Eso le enfadó y detuvo sus modélicos pasos.

Giró su cabeza hacia la concurrencia y, acercándose, descubrió que un grupo de personas debatía sobre la personalidad y autenticidad.

—Hay muchos —llevaba la voz cantante Pedro— que esconden sus mentiras bajo la apariencia de revestirlas de verdad. Prometen, hablan para luego dejar todo en palabras incumplidas.

—No descarto que eso suceda —respondió Fernando, uno de los tertulianos que debatía—, pero también hay muchos otros que viven lo que hablan y, aunque en algunos momentos fallan, no se esconden ni pretenden aparentar. Es más, reconocen sus fallos y procuran corregirse.

La mayoría de las personas que escuchaban atentamente irrumpieron con aplausos y aclamaciones que expresaban estar de acuerdo.

—Es posible —añadió Pedro—; sin embargo, son más los que no reconocen sus fallos e incluso tratan de imponerlos a los demás. Y con su obrar empeoran la vida de los demás.

Aquella réplica había dejado en el ambiente una atmósfera de incertidumbre y un pesimismo que entristecían a los allí congregados.

Fue entonces cuando se levantó Manuel, que como siempre mediaba en las tertulias. Llamó la atención de los tertulianos y, con cara compasiva y una suave sonrisa, dijo:

«No he venido a llamar justos, sino a pecadores», dijo Jesús en el evangelio de Marcos 2, 13-17. Y esto me consuela tanto, porque creo que Jesús ha venido por mí.

Hizo una pausa, miró a ambos tertulianos y, dando un rodeo con sus ojos a todos los que estaban presentes, entre ellos Félix, concluyó:

—¡Claro!, desde el momento en que me excluyo considerándome justo y no pecador, le impido a Jesús su perdón misericordioso.

Hizo una pausa. Esperó a que todos estuvieran atentos y se hiciera silencio. Entonces dijo:

 —Sería conveniente reconocer que todos somos pecadores, estamos manchados por el pecado original y necesitamos la misericordia que nos regala y ofrece el Señor.

Aquellas palabras resonaron como una sacudida en el corazón de Félix. Sintió que él era ese pecador que no reconocía su pecado. Por primera vez se vio a sí mismo sin disfraces.

   Experimentó vergüenza y deseos de arrepentimiento. Sus pasos ahora eran menos ensayados, su figura menos erguida y su cara mostraba un reflejo de humildad más que de arrogancia. Evidentemente, su corazón había cambiado.

viernes, 16 de enero de 2026

MISERICORDIA Y NO SACRIFICIOS

Mc 2, 1-12

Justo hacía justicia a su nombre y exigía rectitud en todo momento. Quien se la hacía, la pagaba. Y satisfecha la condena, no había posibilidad de perdón, incluso aunque se manifestara arrepentimiento. Se quedaba señalado con esa marca condenatoria en su vida.

No era así el corazón de Felipe. Su pensamiento pedía justicia, pero una justicia que, satisfecha, daba la posibilidad de perdón. Su manera de impartirla llevaba la buena intención de rescatar el corazón endurecido del condenado y suavizarlo, dándole la posibilidad, la esperanza de una vida nueva.

En este contexto, la forma de pensar de Justo chocaba con la de Felipe.

Mientras el primero condena sin remisión, sin buscar la redención ni el arrepentimiento de la persona, sino que prioriza el castigo y la restitución.

El segundo busca, sin obviar la pena exigida y retributiva, el perdón y la misericordia del condenado, tratando de integrarlo y ofrecerle un nuevo comienzo.

Casualmente, ambos personajes, de forma personal e individual, se habían encontrado en un lugar donde se desarrollaba un debate, precisamente, sobre el verdadero sentido de la justicia.

—No cabe duda —decía Pedro— de que el delito demanda la exigencia de que sea reparado. Y esto exige que el culpable pague lo que la ley exige.

Y mirando para todos, con un tono desafiante y convencido, pedía a los demás su aprobación.

Entonces, Manuel, tomando la palabra, irguió su figura, extendió sus brazos y de forma expresiva, tratando de llamar la atención, dijo:

—Nada que objetar a que quien ha delinquido tenga que retribuir o pagar el mal hecho, pero la verdadera justicia, la que nos enseña con su Vida y Obras Jesús (cf. Mc 2, 1-12), busca la liberación total, definitiva del corazón del hombre.

Miró la reacción de todos, comprobando que muchos habían quedado confusos, extrañados y expectantes. Como pidiendo alguna explicación más clara.

Manuel hizo un breve silencio, bebió un poco de agua, carraspeó su garganta y dijo:

—El Señor no acepta que el ser humano consuma toda su existencia con este «tatuaje» imborrable, con el pensamiento de no poder ser acogido por el corazón misericordioso de Dios. Con estos sentimientos Jesús sale al encuentro de los pecadores, que somos todos.

Aquellos rostros algo extrañados cambiaron de faz. Ahora habían entendido que por encima de la justicia humana está la divina, la infinita misericordia de Dios, nuestro Padre.

De esta forma, los pecadores son perdonados. No solo son tranquilizados a nivel psicológico, porque son liberados del sentimiento de culpa, sino que Jesús hace mucho más: ofrece a las personas que se han equivocado la esperanza de una vida nueva.

Pidamos que también nosotros sepamos ser “camilleros” de misericordia para quienes caminan heridos por la culpa y el desaliento.

jueves, 15 de enero de 2026

CERCANO Y COMPASIVO

Mc 1, 40-45

A Hermenegildo le costaba confiar. Los duros golpes recibidos en su vida le habían endurecido el corazón. Desconfiaba de todos y procuraba alejarse de quien le intimidara o le propusiera algo nuevo.

Las cosas del mundo acaparaban toda su atención. No tenía tiempo ni para escuchar ni para pensar. Sus anhelos estaban centrados en su propio ego y en su seguridad personal. Difícilmente entablaba relación con alguien.

En cierta ocasión, por necesidad y sin otra opción, tuvo que acercarse a alguien para pedirle un favor. Quedó sorprendido cuando aquella persona le respondió con amabilidad y ternura y, sin ningún interés, de manera totalmente gratuita, accedió a su petición.

Le costó darle gracias. Nunca había tenido que hacerlo de verdad. Él, que se jactaba de su indolencia y desconfianza, había recibido una lección inesperada: dar sin esperar recibir. Eso no entraba en sus cálculos ni en su forma de ver la vida.

Con cierta timidez, movido por la curiosidad y la sorpresa, se acercó de nuevo y se atrevió a preguntar:

—Perdone si mi pregunta es inoportuna, pero me ha conmovido su reacción ante mi petición de ayuda y, sobre todo, la manera en que ha actuado. ¿Hay algún motivo para haber reaccionado así?

La persona lo miró con ternura y cariño. Percibiendo la extrañeza de Hermenegildo, le respondió:

—No, ninguno en especial. Simplemente porque el verdadero gozo se esconde más en dar que en recibir. La experiencia me lo ha ido enseñando a lo largo de mi vida.

Algo confuso y perplejo, Hermenegildo replicó:

—¿Es que no ha tenido ningún contratiempo, desengaño o traición que le haga pensar que no se puede confiar en las personas?

Entonces, levantando las manos al cielo y con voz suave y segura, aquella persona dijo:

—Hay una Persona que nos ha enseñado a dar sin esperar nada a cambio. Se acerca a nosotros con compasión y ternura y nos regala la vida gratuitamente. Nos impulsa a que también nosotros hagamos lo mismo, de manera callada y silenciosa.

—No conozco a nadie así —respondió Hermenegildo—. Al menos, en mi vida no lo he descubierto.

Entonces, la misteriosa persona sacó de su bolsillo un pequeño evangelio y leyó en voz alta un pasaje del Evangelio según san Marcos:

Marcos 1, 40-45:

En aquel tiempo se acercó a Jesús un leproso, suplicándole de rodillas:
    «Si quieres, puedes limpiarme».

Compadecido, extendió su mano, lo tocó y le dijo:

«Quiero: queda limpio» …

Al terminar, lo miró con afecto y añadió:

—Es el Señor. A Él acudimos y de Él recibimos; y, una vez sanados, encontramos la fortaleza para intentar hacer lo mismo con los demás.

Interiormente, Hermenegildo sintió una sacudida. Tenía la sensación de que su corazón, endurecido por los golpes de la vida, comenzaba a ablandarse. Algo nuevo despertaba en su interior. Su rostro reflejaba la convicción de que amar implicaba confiar.

miércoles, 14 de enero de 2026

PRESENTE ENTRE NOSOTROS

Mc 1, 29-39

Gozaba de la vida y era feliz. Todo le venía rodado y no sabía nada de sufrimientos ni de problemas. Para él, la vida era alegría y pasarlo bien.

Para Juan Fernando, el tiempo consistía en buscar cómo disfrutar e inventar maneras de entretenerse. Apartaba de su camino todo aquello que le molestaba o entristecía. No reparaba en nada ni en nadie. Y menos aún le importaba quiénes tenían problemas o sufrían por diversas causas.

En su necedad llegó a pensar que siempre estaría así, que nada le impediría ser feliz. Pero le llegó el tiempo de la decadencia y la enfermedad, y el panorama cambió. Entonces su rostro empezó a transformarse. Ya no era el mismo: experimentó el dolor y el sufrimiento.

Un día, por prescripción facultativa, trató de dar un largo paseo. Llegó hasta un lugar donde sintió deseos de descansar. Apartó una silla y tomó asiento.

Pronto alguien muy diligente y amable se le acercó.

—Buenos días, ¿desea tomar algo el señor? —le dijo cortésmente Santiago, el camarero de la terraza.

—Buenos días, ¿podría usted traerme un refresco, por favor? —respondió Juan Fernando.

—Enseguida, señor —dijo Santiago, apresurándose a servirle.

Era uno de esos días en los que sientes el deseo de pasear y aspirar la brisa suave, mientras contemplas ese manto azul con el que se engalana el horizonte que se abre ante tus ojos.

La tertulia estaba animada. Justo en esos instantes en que había llegado Juan Fernando, el tema que se debatía versaba sobre el dolor.

—Cuando experimentas dolor, sufres, pero ese sufrimiento te hace pensar y darte cuenta de que tu vida no está en tus manos; se te escapa —decía Pedro.

—Es cierto —respondió Manuel—, y por medio de él te planteas la necesidad de buscar a alguien que pueda curarte. De otro modo, no darías ese paso.

En ese momento, el corazón de Juan Fernando, que escuchaba atentamente, dio un sobresalto. Le pareció escuchar una voz interior que le decía:

—¿Y tú, por qué no buscas también?

—¿A qué clase de búsqueda te refieres? —exclamó Pedro, algo extrañado por la opción que había planteado Manuel.

—Al único que puede curarte —respondió Manuel—. Al Señor Jesús, a quien le llevaban todos los enfermos y endemoniados (Mc 1, 29-39). La población entera se agolpaba a la puerta. Curó a muchos enfermos de diversos males y expulsó muchos demonios.

Todos se sobrecogieron y se miraron con asombro.

Mientras tanto, Juan Fernando había cambiado su semblante. Su rostro volvió a reflejar gozo y alegría: había encontrado a quien podía sanarle o, al menos, consolarle y llenarle de esperanza. Ahora la vida tenía otro sentido y otro camino.