| Lc 6, 6-11 |
Muchas veces hemos presenciado, cuando no experimentado, que la vida se llena de enfrentamientos y tensiones provocadas por diversas posturas ante la realidad.
Tensiones relacionadas con intereses propios o con ideas sobre qué hacer y cómo actuar.
Y nos preguntamos: ¿Cómo respondemos a la realidad en lo cotidiano? ¿Qué está permitido en sábado: hacer el bien o el mal, salvar a uno o dejarlo morir?
Manuel, levantando los brazos, dijo:
—Lo lícito, lo bueno, lo útil, lo conveniente, lo humano es hacer el bien y no dejar morir a nadie…
Pero los problemas, las dudas, las dificultades concretas comienzan cuando pasamos a los medios: ¿Qué nos exige actuar así?
Pues nada más y nada menos que fijarnos en el otro, comprender sus necesidades, emplear nuestro tiempo, talentos y medios para socorrerlo.
Guardó un breve silencio y con suavidad continuó:
—Y, sobre todo, hacer que nuestra mentalidad vaya cambiando desde un egoísmo narcisista que piensa que yo soy el centro del mundo y los demás solo medios para mi felicidad o comodidad…
Hizo una pausa, los miró con ternura y siguió:
—Hasta un sentido de fraternidad que entiende algo tan difícil como que mi libertad no comienza cuando termina la del otro, sino cuando descubrimos que solo podemos ser verdaderamente libres cuando nos hacemos libres los dos.
Todos escuchaban en silencio y con gestos de aprobación. Se había entendido que esto es un verdadero proceso, a veces largo y doloroso, siempre costoso, de saber preguntarnos:
¿Por qué hago lo que hago? O, más exactamente, ¿por quién hago lo que hago?
Jesús, en el evangelio (Lc 6, 6-11) de hoy, descubre una sutil y peligrosísima corrupción de la religiosidad. En medio de la sinagoga, en sábado, día especialmente consagrado a Dios y sometido a unas estrictas normas religiosas, lanza la pregunta decisiva a los asistentes, poniendo en el centro de la sinagoga a un hombre que tenía paralizada una mano.
La cuestión fundamental es: ¿qué es más importante para Dios, el culto o la misericordia?
Y, más profundamente, ¿vamos al culto para comprometernos más en ser hijos de “ese” Dios y hermanos de los demás, o para tranquilizar nuestra conciencia o cumplir un precepto?
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