viernes, 31 de marzo de 2017

JESÚS SE PRESENTA DE INCÓGNITO

(Jn 7,1-2.10.14.25-30)
La cuestión está en conocer al Pastor, al verdadero Pastor. Saben de donde viene Jesús y conocen a sus padres, pero ignoran quien lo ha enviado. A ese no le conocen. Y en eso consiste y está el secreto. Ellos se han formado una idea del Mesías que ha de venir. Han sido instruido en eso, y esperan y saben que el Mesías prometido nadie sabrá de donde es.

Por lo tanto, éste, llamado Jesús, no es el Mesías, pues sabemos su procedencia. Sin embargo, están confusos, porque lo ven hablando con total libertad y nadie le echa mano. Se preguntan si los sumos sacerdotes se han dado cuenta que es el Mesías, y por eso le dejan hablar. Y en esta confusión, Jesús se identifica como el enviado por el que es veraz, a quien ustedes no conocen. Yo, dice Jesús, si le conozco y es Él quien me ha enviado.

Querían detenerle pero nadie le echó mano porque todavía no había llegado su hora. La hora en la que Jesús, el Señor, se revela plenamente como el Hijo de Dios Vivo. Revela su Divinidad y su Misión. Se hace necesario, pues, encontrarse con Jesús, saber quien es y conocer que es el enviado, el Hijo de Dios. Y en eso, todos, tenemos gran responsabilidad. No sólo de darlo a conocer, sino reflejarlo en nuestra vida y conducta.

Porque cuando tratas de transparentar el amor de Dios, y eso se concreta en la vivencia de tu seriedad, tu honradez, tu justicia y tu generosidad, tu mensaje de amor llega al corazón del otro. Porque amar no son palabras ni emociones o sentimientos. Ni incluso buenos modales o afectos, sino respuestas de justicia, igualdad y verdad. Respuestas que hacen sentir a los otros gozo, alegría, comprendidos, bien tratados y en la misma igualdad. Porque todos somos hijos de Dios y queridos con el mismo amor.

No confundamos la buena educación, lo suave, lo aparente y bien presentado con el verdadero amor. Ambas cosas son necesarias, gustan y son de aprecio y buen gusto, pero "amar" es, realmente, tratarse en la verdad y justicia con auténtica misericordia.

jueves, 30 de marzo de 2017

TESTIMONIOS SOBRE LA DIVINIDAD DE JESÚS

(Jn 5,31-47)
Sabemos que no vale hablar de uno mismo, pues no tiene valor. ¿Qué vamos a decir de nosotros? Lo lógico es que nos echemos flores. Por lo tanto, es de sentido común que sean otros los que den testimonio de Ti. En el Evangelio de hoy, Jesús trata este asunto. El tiene el testimonio del Padre, que lo presenta y nos invita a escuchadle y hacer lo que Él nos diga en el momento de su Bautismo en el Jordán.

Y también tiene el testimonio de Juan el Bautista, que lo proclama como el que viene detrás de él. Y también las Sagradas Escrituras que transmiten su Divinidad, sus Obras y su encarnación. Jesús queda revelado por sus Obras. Pasa por este mundo haciendo el bien y todo lo que hace es para provecho y bien del hombre. Jesús es el Mesías del que se habla en la profecía de Isaías - Is 9, 7 -.

También hay otra manifestación que el Padre manifiesta claramente en el monte Tabor. Allí, Pedro, Santiago y Juan presencia y oyen la voz del Padre que lo presenta como el enviado y predilecto, y nos invita a escucharle - Mt 17, 5 -. Jesús es el Rostro de Dios, y su Padre da testimonio de Él.

Sin embargo, el pueblo se rebela y no cree en Él. Presenta incoherencia, pues mientras habla y tratan de seguir la Ley de Moisés, no creen en Aquel de quien Moisés escribe y les habla. Por eso, en el Tabor aparece Jesús transfigurado con Moisés y Elías. Así nos dice Jesús: «Yo he venido en nombre de mi Padre, y no me recibís; si otro viene en su propio nombre, a ése le recibiréis. ¿Cómo podéis creer vosotros, que aceptáis gloria unos de otros, y no buscáis la gloria que viene del único Dios? No penséis que os voy a acusar yo delante del Padre. Vuestro acusador es Moisés, en quién habéis puesto vuestra esperanza. Porque, si creyerais a Moisés, me creeríais a mí, porque él escribió de mí. Pero, si no creéis en sus escritos, ¿cómo vais a creer en mis palabras?».

A veces decimos cosas que se esconden en la incoherencia y mentira. Decimos que creemos, pero luego vivimos como si no creyéramos. Tratemos de reflexionar y transformar nuestras incoherencia en respuestas de verdadera fe y amor.

miércoles, 29 de marzo de 2017

IGUALADO CON EL PADRE

(Jn 5,17-30)
Jesús se descubre igual al Padre, sin lugar a dudas: el Hijo no puede hacer nada por su cuenta, sino lo que ve hacer al Padre: lo que hace Él, eso también lo hace igualmente el Hijo. Porque el Padre quiere al Hijo y le muestra todo lo que Él hace. Y le mostrará obras aún mayores que estas, para que os asombréis. Porque, como el Padre resucita a los muertos y les da la vida, así también el Hijo da la vida a los que quiere. Porque el Padre no juzga a nadie; sino que todo juicio lo ha entregado al Hijo, para que todos honren al Hijo como honran al Padre. El que no honra al Hijo no honra al Padre que lo ha enviado. En verdad, en verdad os digo: el que escucha mi Palabra y cree en el que me ha enviado, tiene vida eterna y no incurre en juicio, sino que ha pasado de la muerte a la vida. 

Poco hay que decir a esto que nos comunica Jesús. Queda muy claro que Él y el Padre son uno mismo. Y no se puede decir ni mejor ni más claro. Los judíos entendían lo que decía y, por eso, querían matarlo, porque llamaba a Dios su Padre haciéndose igual a Él. Y ese rechazo de su pueblo es lo que le lleva a la Cruz.

Jesús y el Padre son uno mismo. Jesús no puede hacer nada que no vea hacer al Padre. Ambos están sincronizados, por decirlo de alguna manera, y, siendo Personas distintas, tienen la misma naturaleza divina. No se puede separar al Hijo del Padre. De ambos viene el Espíritu, que nos acompaña en nuestro camino hacia la Casa del Padre. Tres Personas en un sólo Dios.

Sin embargo, lo importante es quedarnos con esto, con lo que verdaderamente importa, porque es, en resumen, lo que queda y vale: «En verdad, en verdad os digo: llega la hora (ya estamos en ella), en que los muertos oirán la voz del Hijo de Dios, y los que la oigan vivirán. Porque, como el Padre tiene vida en sí mismo, así también le ha dado al Hijo tener vida en sí mismo, y le ha dado poder para juzgar, porque es Hijo del hombre. No os extrañéis de esto: llega la hora en que todos los que estén en los sepulcros oirán su voz y saldrán los que hayan hecho el bien para una resurrección de vida, y los que hayan hecho el mal, para una resurrección de juicio. Y no puedo hacer nada por mi cuenta: juzgo según lo que oigo; y mi juicio es justo, porque no busco mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado».

martes, 28 de marzo de 2017

SIEMPRE PENDIENTES DEL SÁBADO

(Jn 5,1-3.5-16)

Ponemos nuestro acento en la ley y permanecemos pendiente de su cumplimiento. Incluso, vigilamos por si algunos no la cumplen. Por el contrario no nos importa los sufrimientos de los que necesitan, incluso siendo sábado, aliviarse y ser curado. Los horarios matan el espíritu de la ley, porque más allá de la norma está la persona y sus problemas. Y la ley está puesta en orden para provecho y bien de las personas. Luego, se cae por su propio peso el prohibir curar cuando el hombre necesita cura.

Hoy no se comprende cómo, ayer, esa ley, mandaba sobre y antes que el bien del hombre. Sin embargo, hoy, también hay muchas leyes que les privan a los hombres de poder cumplir con sus deberes religiosos y sus necesidades espirituales y morales. Quizás no ocurre de forma directa, pero si, indirectamente, se mata el espíritu por el consumo y el bienestar. Todo prima antes que santificar el nombre de Dios.

Y, al contrario, que, antes, se impedía no hacer nada, hoy, se va tan de prisa que no hay tiempo para pensar, reflexionar y meditar sobre nuestra vida; sobre lo qué hacemos y a dónde vamos. Las cosas han cambiado, pero la sustancia sigue siendo la misma. Seguimos pendientes del sábado, pero ahora, de un sábado, llamado fin de semana, donde el tiempo se emplea para descansar y sastisfacerse alejado de Dios, porque nos alejamos también de los hermanos. 

Es algo así como si arrinconáramos a Dios hasta el lunes. Es como si le dijéramos a Dios hasta luego, hasta el lunes. Es como si el fin de semana fuera para nosotros y no compartirlo con nadie ajeno a nosotros. Sin embargo, Jesús acude a nosotros y se mete entre nosotros. Porque, también el sábado hay gente que le necesita y que padecen y sufren. Y le reprochan que haga estas cosas, justificándose que es sábado. Quizás detrás de todo eso hay un rechazo a sus buenas obras y a tener que aceptar su divinidad.

Porque cuando suceden esas cosas ponemos trabas y buscamos justificarnos. Todo menos aceptar que delante de ellos estaba el Hijo de Dios hecho Hombre. Y, como al ciego, también se le presenta y le dice: «Mira, estás curado; no peques más, para que no te suceda algo peor».

lunes, 27 de marzo de 2017

JESÚS CURA A DISTANCIA

(Jn 4,43-54)
En esta ocasión, Jesús, le dice al funcionario real: «Si no veis señales y prodigios, no creéis». Le dice el funcionario: «Señor, baja antes que se muera mi hijo». Jesús le dice: «Vete, que tu hijo vive».  El hombre se puso en camino, confió en la Palabra de Jesús, y, cuando bajaba, sus siervos le avisaron que su hijo vivía. Él preguntó a qué hora había sucedido esa mejoría y comprobó que coincidía con la hora que le había dicho Jesús. Entonces creyó él y toda su familia.

Me pregunto si eso no hubiese sucedido, ¿qué habría ocurrido con aquel funcionario real? ¿Habría creído en la Palabra de Jesús? Nuestra condición humana nos exige ver signos para creer. ¿Qué nos ocurre a nosotros? ¿Creemos sin más? ¿O también necesitamos alguna experiencia en la que sintamos la cercanía y la acción del Señor? Simplemente, deberemos aceptar que eso sucede y que también lo necesitamos. Y eso no es sino descubrir nuestra condición pecadora; nuestra condición de oscuridad, ciega y necia. 

Y, también necesitamos descubrir la necesidad de la Gracia de Dios. Porque sin Ella no se nos abren los ojos. Necesitamos esa saliva y barro que el Señor pone en nuestros ojos para abrirnos, no la vista física, sino la vista más profunda de nuestra alma para ver, ver su Gracia y experimentar su Amor.

Titulamos esta humilde reflexión: "Jesús cura a distancia", porque en esta ocasión, Jesús, envía al funcionario con su deseo realizado. Le dice que vaya tranquilo que su hijo ya está curado. Es decir, no va a personarse el mismo en el lugar donde está el enfermo, sino que lo sana a distancia. ¿Qué se nos ocurre a nosotros? Pues, que también, por la Gracia de Dios, nosotros compartimos nuestra fe a distancia y nos ayudamos y animamos a distancia.  Y, quizás, también levantamos la fe, por la acción del Espíritu Santo, a distancia a alguna persona que está necesitada de alguna palabra o empujoncito para continuar el camino. Demos, pues, gracias por este medio que nos pone en contacto.

Bien sabemos que no somos nosotros, válgame Dios, sino que es su Gracia que, valiéndose de nosotros, actúa y levanta el ánimo de los que le buscan y le escuchan. Dejemos actuar la Gracia del Espíritu en nosotros para que, por su acción, seamos levadura e instrumento de su Misericordia y Salvación.

domingo, 26 de marzo de 2017

LUZ DEL MUNDO

(Jn 9,1-41)
Sin Él hay oscuridad. Esa es la experiencia de nuestra vida. Lejos de Jesús experimentamos ceguera y oscuridad. Eso supone confusión, desvío, error, necedad y muerte. Sólo en Él encontramos Luz. Luz para caminar en la verdad, en la justicia, en la paz y el amor.

Nuestras debilidades e imperfecciones sirven para manifestar el poder de Dios, que hace el milagro de, no sólo sanarnos, sino de enderezar nuestros caminos. Tal es el caso que nos presenta hoy el Evangelio. Sin embargo, nos resistimos a aceptar esa nueva Luz que nos deslumbra y lo cambia todo. Nos resistimos porque miramos con nuestros ojos y no con los Ojos de Dios. Nos resistimos porque damos nuestra propia interpretación de los hechos desdes nuestra perspectiva y mentalidad.

Tratan de esconder su oscuridad justificándolo con la prohibición del sábado. Se le da más importancia a la Ley que a la persona. Se le da más importancia a la Ley que a la curación de un ciego. Se prefiere la oscuridad a la Luz. Se confunde la santidad con el cumplimiento de la Ley marginando la curación de los que padecen y sufren. Justifican que quien incumple la Ley no puede venir de Dios, y no se dan cuenta, pues están en la oscuridad, que importa más hacer el bien y curar a los que sufren que el cumplimiento de normas y preceptos huecos y lejos del amor.

¿Estamos también nosotros ciegos? Porque esa es la pregunta que subyace debajo de la sustancia de este Evangelio y humilde reflexión. ¿Justificamos también nosotros que ese Jesús que cura y hace el bien está incumpliendo la Ley? No damos crédito a las palabras de los que experimentan su bondad y misericordia y los expulsamos de nuestra vista?

Jesús se enteró de que le habían echado fuera y, encontrándose con él, le dijo: «¿Tú crees en el Hijo del hombre?». El respondió: «¿Y quién es, Señor, para que crea en él?». Jesús le dijo: «Le has visto; el que está hablando contigo, ése es». Él entonces dijo: «Creo, Señor». ¿Qué decimos nosotros? ¿Creemos en la Palabra del Señor? Testimonios no nos faltan, pero podemos dejarnos embaucar por la oscuridad y la ceguera y responder como aquellos fariseos.

sábado, 25 de marzo de 2017

LLENA DE GRACIA, EL SEÑOR ESTÁ CONTIGO

(Lc 1,26-38)
La máxima aspiración de un creyente en Jesús de Nazaret es ser revestido de la Vida de Gracia. Esa Vida de Gracia que nos hace santos e hijos de Dios Padre y herederos de su Gloria. No hay dicha mayor. Y, María, su Madre, es visitada por el Ángel Gabriel con esa noticia: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo». 

¡¡Cuán grande es María!! ¡La criatura elegida por Dios para ser la Madre de su Hijo! ¡¡No hay mayor Gracia ni mayor privilegio!! 

Supongo, espero y creo que Dios nos ha revestido a todos nosotros, sus hijos, de la Gracia necesaria para poder llegar a Él. No sería lógico ni de sentido común que no fuese así, porque, de no serlo, estaríamos perdidos y sin ninguna esperanza. Entonces nuestra vida quedaría a la deriva, sin rumbo y sin sentido. Tenemos, pues, lo necesario para, injertados en Él, llegar a Él.

María y Jesús, las mayores criaturas sagradas elegidas por Dios, inician, podemos decir, el camino de nuestra salvación. Por y con la encarnación, anuncio del Ángel Gabriel a María, da comienzo la obra plena de salvación del hombre. En el Vientre de María, Fuente de Gracia, Dios da el pistoletazo, en términos más coloquiales y humanos, su obra salvadora. El Hijo de Dios Vivo toma naturaleza humana para, abajándose y despojándose de todo privilegio, encarnarse en un hombre como nosotros menos en el pecado.

Es un acontecimiento milagroso observar como ya, en Isaías - 7, 10-14.8,10 - se proclama la señal de que la Virgen está en cinta. ¿No es esa una verdadera señal de la Divinidad de Jesús? ¿No es señal del poder de Dios el nacimiento de Juan el Bautista siendo su madre una mujer ya mayos? ¿Cómo es posible que muchos se resistan a reconocer en Jesús al Mesías e Hijo de Dios?

No fue, aunque en la lejanía nos parezca fácil, para María y José, creer en la Palabra de Dios. Los acontecimientos apuraron la situación y el camino se puso duro y costoso. Incluso, mucho más que para nosotros hoy, pues, por entonces, no había sido revelado el rostro visible en Jesús del Padre Dios. Precisamente, María, era la escogida a prestar su vientre para que el Hijo se encarnarse.

Y, a pesar de todo, María y José creyeron y confiaron en la Palabra de Dios. ¿Qué ocurre con nosotros? ¿También nosotros nos fiamos de la Palabra de Dios? Gastemos un poco de nuestro tiempo en reflexionar sobre eso.