martes, 11 de junio de 2019

SAL Y LUZ

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El mundo tiene muchos problemas que parecen prolongarse en la vida sin posible solución. Hay muchos enfrentamientos entre unos y otros. Las familias son espacios de discordias y luchas por el poder de unos sobre otros, de las herencias a repartir, de las cualidades de unos y las de otros. Y así también los pueblos, pues son las familias las que forman los pueblos. Por lo tanto, si en las familias nace el foco de la pelea, en los pueblos habrá pelea.

La paz brilla por su ausencia, aunque aparentemente esté presente, porque donde tiene y debe habitar la paz es en el corazón del hombre. Y mientras no more ahí el conflicto está siempre en el límite de estallar y dar paso a la lucha y enfrentamiento. Hace falta luz para alumbrar el camino y hacer reflexionar sobre lo que nos sucede y nos hace romper la paz. No cabe duda que el plan de Dios es el ideal para establecer la paz. Un plan que se apoya en la misericordia y el perdón. Un plan que nos habla de compartir, de preocuparnos los unos por los otros, de no desear más que lo suficiente y necesario. Un plan de dominar nuestros egoísmos y de moderar nuestras ansias de ser más que otros y de satisfacer nuestras apetencias y caprichos aunque tengamos que pasar por encima de los demás.

Y ese plan que Dios nos propone, revelado por Jesús, su Hijo, tendremos que anunciarlo nosotros con nuestra vida y nuestras obras. Esas vidas y obras serán la sal y la luz que necesita el mundo ver y experimentar para que puedan establecer la paz y contagiarla con el sabor que da el buen gusto de hacer las cosas bien y gozar de esa dicha y armonía en convivencia pacífica. Es el resumen de ese ver como las comunidades impregnadas por la presencia de Dios y la acción del Espíritu Santo conviven y se aman.

Y todos comprendemos que esa es la solución a todos los problemas que la convivencia humana nos plantea, pero no terminamos de creérnoslo ni resistirnos a nuestros egoísmos y satisfacciones. Buscamos el placer inmediato que pronto nos deja vacío y volvemos a la misma situación. Nuestra luz es perecedera e inconstante y nuestra sal se pudre porque no llega a dar ese sabor gustoso. Es cuestión de plantearnos si realmente podemos ser sal y luz como el Señor nos propone. ¿Acaso el Señor si nos lo ha dicho y propuesto, no sabe que, contando con Él, podemos?

lunes, 10 de junio de 2019

DONDE SE ENCUENTRA LA PAZ

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Mt 5, 1-12
No se busca la paz donde realmente se encuentra, y por eso, a pesar de celebrar muchas convenciones o asambleas para tratar convenios de paz y de llegar a acuerdos para mantener la paz, no se logra y siempre termina rompiéndose. Porque, la paz no está en el poder, en la fuerza, en la venganza ni en la riqueza. Menos en el dominio o la imposición.

La paz se encuentra y se esconde en la misericordia, en la verdad, en la dignidad de la persona humana que viene de la filiación divina como hijos de Dios. La paz y el gozo de vivir con alegría y felicidad se esconde en el amor y el desprendimiento. Y eso se nota inmediatamente cuando una persona se da gratuitamente en ayuda y servicio al necesitado. Se habla muy bien de ella y se crea un clima de correspondencia y de paz. Se establece una corriente de amor apoyado en la verdad y la justicia.

Ese no es otro sino el plan de Dios. Las llamadas bienaventuranzas. Porque, son bienaventurados aquellos que se esfuerzan en vivir desde la pobreza y la humildad. Aquellos que están disponibles a entregar sus riquezas, tanto espirituales como materiales buscando el bien de los más necesitados. Aquellos que buscan y se esfuerzan en vivir en la verdad y la justicia. Aquellos que no se aprovechan de sus dones y capacidades, sino que las ponen para servicio de los más pobres y necesitados.

Son bienaventurados aquellos que entregan sus vidas de forma gratuita por construir un mundo basado en el amor, nacido en la verdad,  como servicio a los más pobres y necesitados. Son bienaventurados aquellos que trabajan por construir un mundo en paz, más justo y fraterno. Son bienaventurados los que entregan y ponen sus vidas al servicio de la justicia incluso a riesgo de perderlas.

En fin, a pesar de las adversidades y sufrimientos en la lucha por hacer realidad ese plan de Dios de las bienaventuranzas, sentirás gozo y satisfacción, pues llevar a Jesús dentro de ti y darlos a conocer a los demás, tanto de obras como de palabras te hará experimentar un gozo y una dicha que te hará bienaventurado.

domingo, 9 de junio de 2019

UNIDOS EN EL ESPÍRITU SANTO

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Jn 20,19-23
El Espíritu de Dios nos une y nos revela el amor de Dios. El Espíritu de Dios nos allana el camino y nos da sabiduría, fortaleza y paz para que podamos entendernos y permanecer unidos en la misma fe a un sólo Dios. La venida del Espíritu Santo es la confirmación de la promesa hecha por Jesús en el momento de su Ascensión: Pero yo os digo la verdad: os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, el Consolador no vendrá a vosotros; pero si me voy, os lo enviaré- Jn 16, 7-.

Hoy es el día que la Iglesia celebra ese acontecimiento. Un día vital y fundamental en la vida del creyente, porque sin el Espíritu Santo nada podemos hacer y hasta Jesucristo hubiese sido olvidado. Él sigue vivo y presente gracias a la acción del Espíritu Santo que con sus dones nos fortalece y nos capacita para transmitir el anuncio de la Buena Noticia. Los dones del Espíritu Santo son siete:  sabiduría, entendimiento, consejo, ciencia, piedad, fortaleza y temor de Dios (ver aquí).

Los dones espirituales son habilidades especiales que Dios regala a sus hijos para la edificación de su iglesia. Debemos usarlos para bendecirnos los unos a los otros y construir juntos una iglesia fuerte que honra a Dios.

Todos los cristianos tenemos por lo menos un don y el Espíritu Santo distribuye los dones según quiere: «Todo esto lo hace un mismo y único Espíritu, quien reparte a cada uno según él lo determina» (1 Corintios 12:11). Sin embargo, la Biblia nos dice también que podemos anhelar otros dones, y nos anima a pedirlos (1 Corintios 12:31).

sábado, 8 de junio de 2019

TRANSMITIR LA PALABRA

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Quizás no somos consciente de nuestro compromiso de Bautismo. Posiblemente, nuestro recorrido no haya sido el correcto o, al menos, el ideal. Nos han bautizado cuando niño como consecuencia de una tradición cristiana más que como causa de una fe vivida y practicada. Eso ha originado que nuestra fe se haya quedado en los pañales de nuestra primera comunión y que apenas conozcamos la Palabra. 

La pregunta nace por sí misma, ¿cómo sin conocerla vamos a transmitirla? Así, de padres a hijos, la fe se queda en pañales y todo se reduce a celebraciones tradicionales que consisten en celebrar una fiesta sin más interrogantes ni interpelaciones. Eso hace que no seamos conscientes, como decíamos al principio de nuestro compromiso bautismal, por el cual hemos sido configurados como sacerdotes, profeta y rey.

Indudablemente, somos herederos de un Tesoro incalculable que ha llegado a nosotros por el compromiso y la respuestas de esos primeros cristianos. Eso nos compromete, no sólo a conservar ese Tesoro de la Palabra de Dios, sino también a transmitirla a las siguientes generaciones. A transmitirla desde la vivencia de nuestra fe encarnada en nuestras vidas y testimoniada con nuestras obras.

Debemos ser conscientes del agradecimiento a aquellos primeros cristianos que, como Juan, han dado sus vidas para que la Palabra de Dios revelada llegue hasta nosotros. Hoy también, tú y yo tenemos muchas dificultades y problemas para, no sólo transmitirla sino para vivirla. Luchamos contra nuestras propias dificultades y obstáculos interiores como las pasiones, el egoísmo, la soberbia, la comodidad, la pereza...etc. Todo aquello que nacen dentro de nosotros y nos impiden darnos gratuitamente y de forma desinteresada, pero, sobre todo, que levantan barreras infranqueables para resistirnos y no escuchar la Palabra de Dios. 

En todo eso tiene mucho que ver nuestra libertad y voluntad para someterla no a la voluntad del mundo que nos tienta y nos seduce, sino a la Voluntad de la Palabra de Dios que nos libera y nos hace buscar el bien, la Verdad y la justicia.

viernes, 7 de junio de 2019

EL AMOR ES VERDADERO AMOR CUANDO DUELE

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Jn 21,15-19
Es difícil descubrir el verdadero amor cuando te sientes cómodo y a gusto. No estoy diciendo que estando a gusto y cómodo no se esté amando, pero eso nos gusta a todo y si el amor consistiese en eso a todo nos gustaría amar. O dicho de otra forma, nos sería fácil amar. El verdadero amor empieza a descubrirse cuando empieza a doler. No sé si fue la madre Teresa de Calculta la que dijo que el amor se descubre cuando verdaderamente duele, porque en el dolor es cuando amar cuesta y cuando las exigencias prueban tu verdadero amor. Por eso, no hay amor más grande que aquel que da la vida por otro.

Otra condición del amor es la gratuidad. El amor nos busca correspondencia, ni respuesta, ni pone condiciones. Sólo sabe dar gratuitamente sin pedir nada a cambio. Esa clase de amor es el que enseña Jesús. Lo hizo durante su vida pública en este mundo, y lo sigue haciendo ahora desde la derecha del Padre, donde se encuentra después de Resucitar y Ascender a los Cielos.

Es ahí, a la derecha del Padre, donde ruega por todos nosotros pidiéndole al Padre que nos enseñe a amar como Él, su Hijo, siguiendo su Voluntad. Por eso, Jesús, le pide a Pedro que si le ama tendrá que manifestar ese amor también a los demás. El va a ser el Primado y el responsable de mantener ese amor vivo para testimonio de los demás. Pero, también Jesús sabe de nuestras imperfecciones, de nuestras debilidades y de nuestros pecados. 

Y sabe que somos presa de nuestra naturaleza humana, débil y herida por el pecado. Por eso, deja en manos de Pedro y de sus apóstoles el perdón de nuestros pecados para que tengamos siempre la posibilidad de levantarnos y volver al camino del amor misericordioso.

jueves, 6 de junio de 2019

LA ORACIÓN DE JESÚS


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Jn 17,20-26
Jesús se implica en su ruego al Padre. Pide, no sólo por éstos, que han creído en Él, sino por  aquellos que por medio de su palabra han creído también en Él. y con el ruego para que todos sean uno. El Señor quiere que seamos uno como lo es Él con el Padre. Esa es nuestra referencia y nuestra meta, amarnos como se aman el Padre y el Hijo.

Y eso no lo podemos alcanzar por nuestra cuenta o por nuestras capacidades, sino injertados en el Padre y el Hijo por medio de los méritos del Hijo que nos ha revelado al Padre. Porque, esa es la única clave para que el mundo crea y ese fue el verdadero triunfo del Señor con su Pasión y Muerte en la Cruz. Se quedó sólo, pero esa soledad se convirtió en triunfo y logró la unidad de sus discípulos para que, amándose, el mundo creyera.

Y así ha sido. El testimonio de los apóstoles ha llegado a muchos otros que ha respondido al amor de Jesús en el Padre. Y al amor del Padre en Jesús. Sin lugar a duda el mundo descubre ese misterioso efecto del Espíritu de Dios que se derrama en cada ser humano. A veces me he preguntado que puede suceder para que el mundo, a pesar de estar tan deteriorado, pueda sostenerse todavía con la esperanza del amor, de la fraternidad, de la verdad y la justicia entre los hombres.

Ahora, que la Iglesia está siendo fuertemente y cruentamente perseguida. Ahora, que muchos ofrecen sus vidas con valor, valentía y hasta con gozo, podemos preguntarnos, ¿qué está pasando? ¿No es el resultado de la eficacia de la oración de Jesús al Padre? ¿No es que el hombre descubre en la profundidad de su corazón que la Palabra de Jesús es la Verdad, el Camino y la Vida que da la verdadera y única felicidad que el hombre busca erróneamente en el mundo? Sí, hermanos y hermanas en la fe, Jesús, el Señor, sigue con nosotros, no nos abandona. y ruega al Padre diciendo:

 «Padre, los que tú me has dado, quiero que donde yo esté estén también conmigo, para que contemplen mi gloria, la que me has dado, porque me has amado antes de la creación del mundo. Padre justo, el mundo no te ha conocido, pero yo te he conocido y éstos han conocido que tú me has enviado. Yo les he dado a conocer tu Nombre y se lo seguiré dando a conocer, para que el amor con que tú me has amado esté en ellos y yo en ellos».

miércoles, 5 de junio de 2019

LA INSISTENCIA DE JESÚS

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Jn 17,11b-19
Su Palabra es verdad y todo lo que dice lo cumple. Jesús, alzando los ojos al cielo, dijo: «Padre santo, cuida en tu nombre a los que me has dado, para que sean uno como nosotros. Cuando estaba yo con ellos, yo cuidaba en tu nombre a los que me habías dado. He velado por ellos y ninguno se ha perdido, salvo el hijo de perdición, para que se cumpliera la Escritura».


Ahora que ha subido al Padre no se olvida de ninguno de los que le ha sido dado por el Padre y ruega para que se mantengan unidos. La referencia es que como Él y el Padre son uno, así también seamos nosotros. Eso significa que tenemos que estar unidos, sin divisiones, sin separaciones y agrupados en comunidad que celebran una misma fe y un mismo bautismo.

Miran como se aman, como se quieren, como viven interesados el uno en el bien del otro. Esa unidad en torno a un sólo Dios es el testimonio que convence, que arrastra y contagia. Porque, la persona humana ha sido creada para amar y para buscar el bien y la verdad. Y la comunidad es la forma de realizarce en el amor y de luchar contra el mal del mundo. 

Por eso, Jesús continúa diciendo: «Pero ahora voy a ti, y digo estas cosas en el mundo para que tengan en sí mismos mi alegría colmada. Yo les he dado tu Palabra, y el mundo los ha odiado, porque no son del mundo, como yo no soy del mundo. No te pido que los retires del mundo, sino que los guardes del Maligno. Ellos no son del mundo, como yo no soy del mundo. Santifícalos en la verdad: tu Palabra es verdad. Como tú me has enviado al mundo, yo también los he enviado al mundo. Y por ellos me santifico a mí mismo, para que ellos también sean santificados en la verdad».

Vivimos entre lobos y grandes peligros:  mundo - demonio - carne, y necesitamos la asistencia, el auxilio y la fortaleza del Espíritu Santo para superar todas esas tentaciones que tratarán de desviarnos del camino hacia la Casa del Padre. Tenemos la Palabra del Señor y la promesa de su Padre.