viernes, 23 de enero de 2026

NO SE TRATA DE VALER, SINO DE RESPONDER.

Mc 3, 13-19

No se sentía importante, pero a pesar de eso quería colaborar en lo que estuviese a su alcance. Estaba atento a si requerían su ayuda.

La tormenta arreciaba y el refugio estaba casi al completo. Sin embargo, seguían llegando personas necesitadas de acogida, de resguardo y calor, y sobre todo, de protección y alimentos.

Lorenzo, viendo la necesidad, se acercó y ofreció sus manos, sus fuerzas y todo lo que en ese momento podía dar. No le importó lo poco que daba; aun sintiendo lo insignificante que era, lo daba gratuitamente y con entusiasmo desde lo más profundo de su corazón.

—A ver, no se queden ahí —gritaba Julián con una voz potente y de mando—, pasen más adentro y júntense más. Todavía queda mucha gente afuera y el frío es intenso.

Todos se apiñaban a la entrada e impedían entrar. Fue entonces cuando Lorenzo se puso en medio, empujó a los que entorpecían la entrada y ordenó con más fluidez la acogida.

Muchos que observaban impotentes, sin saber cómo poner orden, se alegraron de la intervención de Lorenzo. Incluso, hasta Julián quedó sorprendido y exclamó:

—No se trata en muchos momentos de valer, sino de responder a las necesidades que piden el momento y las circunstancias.

Una persona, que estaba presente y había visto lo sucedido, respondió a Julián.

—A veces las apariencias engañan, pero, prescindiendo de eso, lo verdadero es que las fuerzas nos vienen de dentro y sabemos muy bien quién nos las da.

Todos quedaron algo confusos y extrañados; no se habían dado cuenta de la presencia de aquella persona de presencia misteriosa, ni tampoco entendían lo que quería decir.

Llamando la atención, levantó sus brazos, miró a todos con dulzura y serenidad, y dijo:

—El Señor elige a los que quiere. Y se vale de los pequeños y débiles para mostrar su fuerza. Lo que nos corresponde a nosotros es estar disponibles y dispuestos a responderle.

Sacando entonces de su bolso una Biblia, leyó en el evangelio de (Mc 3,13-19): En aquel tiempo, Jesús subió al monte y llamó a los que Él quiso; y vinieron donde Él. Instituyó Doce, para que estuvieran con Él, y …

Haciendo un breve silencio y cerrando su Biblia, agregó:

—También a nosotros nos querrá en algún lugar. Nuestra misión será descubrir dónde nos quiere.

Ahora todos lo entendían. Evidentemente, la acción de Lorenzo había iluminado a muchos que se limitaban a presenciar lo que sucedía.

jueves, 22 de enero de 2026

UNIDOS COMO LO ESTÁN EL PADRE, EL HIJO Y EL ESPÍRITU SANTO.

Mc 3, 7-12

A pesar de que vivimos en sociedad y nos es imprescindible estar unidos, nos dividimos en grupos o familias con diferentes creencias. Nos resistimos a unirnos y tendemos a la individualidad.

Hemos sido creados a imagen y semejanza de nuestro Creador. Y eso significa que, como Él es Uno y Trino, también nosotros estamos llamados a vivir unidos, como un solo pueblo. Pero nuestra realidad es muy diferente: permanecemos divididos y hasta, a veces, enfrentados.

No nos damos cuenta de la necesidad de ser un solo pueblo. Sin embargo, sí acudimos a Ti desde todos los lugares para pedirte curación y salvación. Una vez más, olvidamos lo fundamental para elevar a lo absoluto lo que no lo es.

«Prima la unidad y no la separación», pensó Manuel.

No entendía cómo nos empeñamos en descuidar a otros, e incluso a nosotros mismos, cuando el fundamento de tu venida, Señor, es el amor y la misericordia ofrecidos a todos.

Nos has dado un mandamiento nuevo: el amor. Nos has pedido que nos amemos como Tú nos amas y nos has enseñado a amar. Pero, al parecer, hacemos oídos sordos a tus palabras.

Tratemos de darnos cuenta de que solo el amor puede solucionar nuestros problemas: separaciones, egoísmos, ansias de poder, ambición, guerras y muertes. Y Tú, Señor, has venido a decírnoslo y a mostrarnos el Camino, la Verdad y la Vida.

Nuestro objetivo es la unidad: ser un solo pueblo en Dios Trino, como lo están el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

miércoles, 21 de enero de 2026

CORAZONES ENDURECIDOS

Mc 3, 1-6

Roberto luchaba por resistirse a ese sentimiento de envidia que experimentaba al comprobar las buenas acciones de su hermano Juan. Quería evitar tales resentimientos, pero la dureza de su corazón se lo impedía.

Por el contrario, Juan no advertía los celos de su hermano ni era consciente de lo que le podía estar pasando. Su buen corazón derramaba, una y mil veces, buenas obras sobre quienes lo necesitaban.

Cansado de su lucha interior, Roberto decidió buscar algún medio para desacreditar a su hermano. Buscó a alguien que, a cambio de algún favor, estuviera dispuesto a criticarlo y a afearle su buena acción.

Y así, puestos de acuerdo, prepararon la estrategia.

Era la hora del mediodía y, atraído por el buen aroma del café de la terraza, Juan sintió deseos de tomar uno. Se acercó, tomó asiento y, señalando al camarero, le hizo señas para que viniera.

—Buenos días —dijo sonriendo—, ¿me puede servir un café?

—Enseguida —respondió Santiago, el camarero.

En la mesa de al lado estaba sentado el cómplice, que había preparado la estrategia con Roberto para ridiculizar a Juan.

—Señor —dijo llamando a Santiago—, ¿no se ha dado cuenta de que llevo aquí un rato y usted no me ha atendido?

Santiago quedó sorprendido, pues no había visto a nadie en aquella mesa. Al no estar seguro, dijo:

—Perdone, pero no me he dado cuenta. Posiblemente me habré despistado.

—Pues debe tener usted más cuidado —respondió el cómplice, echando una mirada recelosa hacia Juan.

Al ver a Santiago algo preocupado, Juan quiso disculparlo. Dirigiéndose al señor que le había llamado la atención, procuró justificarlo:

—Perdone, señor, pero quiero pedirle disculpas por el camarero. Imagino que no lo habrá visto. Yo tampoco me he dado cuenta, pues de haberlo visto se lo habría dicho. Siento que haya ocurrido esto.

La ocasión se le brindó tal como había pensado. El cómplice aprovechó ese momento para ridiculizar a Juan.

—Con usted no va esto. No tiene que meterse donde no le han llamado. ¿O es que usted está siempre queriendo destacar y que vean sus buenas obras?

Juan quedó desconcertado. Sintió como una puñalada en el corazón. No entendía esa respuesta tan brusca y dura. ¿Cómo se podía contestar de esa forma?

Entonces, como movido por la compasión y la misericordia, lo miró suavemente y dijo:

—Perdone usted si le he importunado.

Se hizo un breve silencio en la terraza. Todos quedaron sobrecogidos y emocionados al escuchar la respuesta de Juan. Aquella actitud se convertía en una buena obra más en su haber.

En ese momento, se oyó una voz serena y con gran autoridad:

—Perdonen mi intervención, pero yo, afortunadamente, estaba aquí antes de que llegaran ustedes dos. He observado que este señor —señalando al cómplice— llegó después de usted, y miró complacido a Juan.

Hizo una pausa y, poniendo sus ojos en el cómplice, con cierta ira y dolor por su mala intención, concluyó:

—Hay momentos en que se hacen cosas sin fundamento, quizás movidos por la envidia u otras razones. Eternos enemigos llegan a unirse con tal de fastidiar al que, con su buen obrar, les molesta.

Todos lo habían entendido. Quienes trataron de ridiculizar el bien obrar, quedaron ellos mismos ridiculizados.

Más tarde, Juan abrió su Evangelio y meditó el pasaje de (Mc 3,1-6):

«En aquel tiempo, entró Jesús de nuevo en la sinagoga, y había allí un hombre que tenía la mano paralizada. Estaban al acecho a ver si le curaba en sábado para poder acusarle… En cuanto salieron los fariseos, se confabularon con los herodianos contra Él para ver cómo eliminarle.»

Su rostro reflejó un semblante de gozo y satisfacción. También el Señor había experimentado esas mismas situaciones.

martes, 20 de enero de 2026

¿NORMAS ESCRITAS O VIDA?

Mc 2, 23-28

Estaba obsesionado con su idea. Preparaba todo con gran cuidado y una exquisita atención. Su vida se derrumbaría de cometer algún fallo. No podía ni imaginárselo; todo tenía que ajustarse a sus normas.

Se quedó un rato parado, como pensativo, y se dijo:

«Primero mi idea, incluso antes que las personas». Su obsesión llegaba hasta ese extremo. Sus pensamientos, primeros que la humanidad.

Teodoro estaba firmemente convencido y no admitía otra forma de verla. Y satisfecho de su primacía, trató de relajarse dando un largo paseo. El día invitaba a hacerlo y la mañana adornaba tu camino como alfombra que suaviza tus pisadas.

Llevaba un buen rato cuando oyó a unos cuantos que, respetuosamente, dialogaban sobre las prioridades de la vida.

Atraído por lo que se debatía, tomó asiento y, señalando al camarero, pidió un café.

—La vida está en función del hombre —defendía Pedro—, de modo que todo debe estar mirando a su beneficio.

—¿Y qué lugar ocupa la ley? —respondió Octavio—. Ella regula las relaciones y convivencia entre los hombres y eso, aparte de necesario, es muy importante.

En ese momento, el rostro de Teodoro se iluminó con una grata sonrisa. Incluso miró a ambos lados de la mesa como queriendo llamar la atención. Él era partidario del cumplimiento de la ley.

Después de un breve silencio, cuando todo parecía paralizado y que ahí se iba a quedar, se erigió la figura de Manuel.

Con voz pausada, serena y tranquila, pero firme y segura de lo que decía, se pronunció:

—El hombre es el centro del mundo y todo lo que en él hay gira a su derredor.

Observó la acogida de sus palabras y, tras dar una breve pausa, prosiguió:

—Jesús, nuestra referencia, lo deja muy claro en Mc 2, 23-28:

—Un sábado, cruzaba Jesús por los sembrados, y sus discípulos empezaron a abrir camino arrancando espigas. Decíanle los fariseos: «Mira, ¿por qué hacen en sábado lo que no es lícito?»…

—La persona es el centro de todo porque el sábado, al fin y al cabo, se hizo para el hombre, y no al revés.

La figura de Teodoro parecía una estatua. Inmóvil, petrificado, permanecía impasible, sin capacidad de reacción. Su vida se había desmoronado repentinamente.  “Le costaba aceptar que la compasión y la misericordia ponían a la persona por delante de la ley.”

De repente, sintió como un leve tirón de orejas, como si alguien le moviera a aceptar que es más importante perdonar y amar que juzgar.

Oyó como una voz que interiormente le decía desde lo más profundo de su corazón:

«La vida está primero; es más importante que las normas escritas».  Y su cara empezó a tomar un cariz gozoso y alegre.

lunes, 19 de enero de 2026

LO QUE DEBE Y NO DEBE CAMBIAR

Mc 2, 18-22

Juan cumplía a rajatabla todo lo que las normas o preceptos ordenaban. No entendía hacerlo de otra forma y, además, le fastidiaba que otros no lo hicieran.

Un día, mientras ayunaba como lo mandaba la ley, le sentó muy mal ver a unos compañeros disfrutando y pasándolo bien con un invitado que les había visitado ese día.

—¿No saben que hoy es día de guardar ayuno? —les dijo molesto.

—Tenemos a un amigo que hacía mucho tiempo que no veíamos y hemos hecho una fiesta para recibirle y celebrarlo.

—Pero la ley está primero —respondió Juan con vehemencia.

Ninguno se atrevió a contestarle, pero tampoco le hicieron caso. Hicieron como que no oyeron y siguieron su celebración.

Juan refunfuñó airadamente y les lanzó insultos y críticas, comparándolos de forma despectiva con los inobservantes.

Algo desconcertados, el grupo de amigos se alejó en silencio y continuó su celebración en otro lugar. Entendieron que era mejor retirarse antes de entrar en discusión.

Sin embargo, sucedió algo extraño: un transeúnte que pasaba en ese momento observó la escena y, tras la retirada del grupo, miró a Juan y, replicándole su conducta, le dijo:

—Hace usted muy mal, amigo. La ley no está reñida con la alegría ni con la paz. Urge obedecer antes que sacrificar. Y la obediencia demanda acogida, servicio, celebración, libertad, amor y paz antes que mero cumplimiento.

—Pero la ley es… —quiso responder Juan.

—Para servir al hombre —le interrumpió el transeúnte—. Llegarán días en que lo necesario será sacrificarse.

Levantó el brazo y, con la palma de la mano, indicó a Juan que esperara. Luego sacó de su agenda el pequeño evangelio y dijo:

—Jesús lo deja muy claro en el pasaje de —Mc 2, 18-22— cuando dice:
«¿Es que pueden ayunar los amigos del esposo mientras el esposo está con ellos? …».

Hizo un silencio, miró a Juan con amabilidad y ternura, y añadió:

—Nos llama amigos y nos invita a relacionarnos con Él desde la alegría y la celebración. “No hay nada más triste que un cristiano triste”, especialmente cuando perdemos la paz por nimiedades, nos comparamos o criticamos a los demás.

Juan se quedó pensativo. Empezaba a reconocer que sus palabras y su enfado no eran la forma más adecuada de comportarse ni de corregir.

   Su semblante mostraba que su corazón se ablandaba y comprendía que el amor está por encima de todo cumplimiento.

domingo, 18 de enero de 2026

HACERSE A UN LADO

Jn 1, 29-34

Tenía la idea clara: todo servicio reclama un beneficio. Así definía Sebastián su objetivo: ayudar y servir, sí, pero a costa de sacar un rédito.

Con esta finalidad se mostraba atento, afable y servicial con todos aquellos que necesitaban ayuda.

Hacía unos minutos que Manuel había llegado a la terraza. En ese momento, un grupo de tertulianos iniciaba una disputa dialéctica sobre la actitud del servicio.

—Estoy convencido —afirmaba Domingo— de que todo aquel que presta un servicio reclama un beneficio. ¿Hay alguien en desacuerdo?

Pasaron unos segundos sin que nadie rechistara; sin embargo, cuando Domingo se disponía a seguir, alguien levantó la mano y dijo:

—Yo opino diferente —habló Sergio—: muchas personas, y de forma anónima, ayudan y sirven sin ninguna prestación. Lo hacen gratuitamente y sin darse importancia.

—No lo creo —respondió Domingo—; detrás de esa apariencia esconden deseos de recompensa y de ser premiados.

Hubo un cierto revuelo entre los que escuchaban. Unos asentían, de acuerdo con lo que había dicho Domingo; otros no parecían conformes con esa afirmación, y algunos mostraban simpatía por lo presentado por Sergio.

En medio de esta confusión y ligero alboroto, se levantó Manuel y tomó la palabra:

—Hay de todo en la viña del Señor. Pero es cierto que muchos dan su vida por servir sin pedir nada a cambio. Lo hacen gratuitamente y tratan de apartarse de toda alabanza y privilegio.

En ese momento, su mirada, como por presentimiento, se encontró con Sebastián. Hacía un rato que había llegado y escuchaba la disputa.

Sacó su Biblia y dijo:

—En el pasaje evangélico de Juan 1, 29-34, se dice:

«Al día siguiente, al ver Juan a Jesús que venía hacia él, exclamó:

“Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.

Ese es aquel de quien yo dije:

‘Tras de mí viene un hombre que está por delante de mí,

porque existía antes que yo…».

Entonces, poniendo su mirada en los que debatían y cruzando sus ojos con Sebastián, concluyó:

—Juan es un ejemplo de este espíritu de servicio, con su capacidad de hacer sitio a Jesús. Juan el Bautista nos enseña algo importante: la libertad respecto a los apegos.

Hizo una pausa, esperó a que asimilaran sus palabras y continuó:

—Sí, porque es fácil apegarse a roles y posiciones, a la necesidad de ser estimados, reconocidos y premiados.

Se detuvo, levantó los brazos para llamar la atención y concluyó:

—Y esto, aunque es natural, no es algo bueno, porque el servicio implica gratuidad: cuidar de los demás sin ventajas para uno mismo, sin segundos fines, sin esperar nada a cambio.

sábado, 17 de enero de 2026

AMOR Y MISERICORDIA INFINITOS

Mc 2, 13-17

A pesar de las apariencias, y aunque todos lo tenían por una buena persona, Félix sabía que estaba engañando a quienes se relacionaban con él. Sin embargo, disimulaba bien su verdadera personalidad soberbia y egoísta.

A veces solía pasar largo tiempo mirándose al espejo. Su bien parecido y su esbelta figura le ayudaban a caer bien entre los demás. Su postín y su carácter escondido le permitían parecer lo que realmente no era.

Se disponía a dar un paseo cuando, antes de salir, repasó su apariencia bien cuidada, asegurándose de que toda su figura cumplía con su representación de persona de bien. Eso le importaba hasta el extremo de cuidar hasta el más mínimo detalle.

Su elegancia al ritmo de sus cuidados pasos llamaba la atención por donde pasaba. Muchos le saludaban con cierta reverencia y admiración, lo que le llenaba de satisfacción y gozo.

Al pasar por un lugar, le llamó la atención lo concurrido que estaba. Incluso le molestó que su figura pasara desapercibida y que todos le ignoraran. Eso le enfadó y detuvo sus modélicos pasos.

Giró su cabeza hacia la concurrencia y, acercándose, descubrió que un grupo de personas debatía sobre la personalidad y autenticidad.

—Hay muchos —llevaba la voz cantante Pedro— que esconden sus mentiras bajo la apariencia de revestirlas de verdad. Prometen, hablan para luego dejar todo en palabras incumplidas.

—No descarto que eso suceda —respondió Fernando, uno de los tertulianos que debatía—, pero también hay muchos otros que viven lo que hablan y, aunque en algunos momentos fallan, no se esconden ni pretenden aparentar. Es más, reconocen sus fallos y procuran corregirse.

La mayoría de las personas que escuchaban atentamente irrumpieron con aplausos y aclamaciones que expresaban estar de acuerdo.

—Es posible —añadió Pedro—; sin embargo, son más los que no reconocen sus fallos e incluso tratan de imponerlos a los demás. Y con su obrar empeoran la vida de los demás.

Aquella réplica había dejado en el ambiente una atmósfera de incertidumbre y un pesimismo que entristecían a los allí congregados.

Fue entonces cuando se levantó Manuel, que como siempre mediaba en las tertulias. Llamó la atención de los tertulianos y, con cara compasiva y una suave sonrisa, dijo:

«No he venido a llamar justos, sino a pecadores», dijo Jesús en el evangelio de Marcos 2, 13-17. Y esto me consuela tanto, porque creo que Jesús ha venido por mí.

Hizo una pausa, miró a ambos tertulianos y, dando un rodeo con sus ojos a todos los que estaban presentes, entre ellos Félix, concluyó:

—¡Claro!, desde el momento en que me excluyo considerándome justo y no pecador, le impido a Jesús su perdón misericordioso.

Hizo una pausa. Esperó a que todos estuvieran atentos y se hiciera silencio. Entonces dijo:

 —Sería conveniente reconocer que todos somos pecadores, estamos manchados por el pecado original y necesitamos la misericordia que nos regala y ofrece el Señor.

Aquellas palabras resonaron como una sacudida en el corazón de Félix. Sintió que él era ese pecador que no reconocía su pecado. Por primera vez se vio a sí mismo sin disfraces.

   Experimentó vergüenza y deseos de arrepentimiento. Sus pasos ahora eran menos ensayados, su figura menos erguida y su cara mostraba un reflejo de humildad más que de arrogancia. Evidentemente, su corazón había cambiado.