viernes, 5 de abril de 2019

HOY, DESPUÉS DE DOS MIL AÑOS TODO SIGUE IGUAL

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Jn 7,1-2.10.14.25-30
Hoy siguen cuestionando la identidad de Jesús. No niegan su vida, su presencia en la historia, pero ni creen que ha venido enviado por el Padre, ni que es Dios ni que ha muerto por nosotros para salvarnos y mucho menos que ha resucitado. Todo sigue igual tal y como lo dejaron aquellos judíos de su época. Mucha gente no cree y se empeñan en gobernar el mundo según sus criterios humanos, egoístas y heridos por el pecado de la soberbia, la ambición, la envidia y la prepotencia.

Nadie es profeta en su tierra. Lo dijo Jesús y es un hecho que todos hemos experimentados en nuestros propios ambientes. Conocían a Jesús y daban por sentado que al Mesías prometido no se le podía conocer su paradero. Jesús que oye estas murmuraciones les dice: «Me conocéis a mí y sabéis de dónde soy. Pero yo no he venido por mi cuenta; sino que me envió el que es veraz; pero vosotros no le conocéis. Yo le conozco, porque vengo de Él y Él es el que me ha enviado».

Recordamos como el Padre lo presenta en el Jordán cuando es bautizado por Juan el Bautista: En cuanto salió del agua vio que los cielos se rasgaban y que el Espíritu, en forma de paloma, bajaba a él. Y se oyó una voz que venía de los cielos: «Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco.» Mc 1, 7-11. 

Y todavía hoy sigue esta cuestión para muchos en el aire. No le reconocen o están esperando algo espectacular y grande. Algo grandioso que les deje con la boca abierta y les convenza. Y nada de eso sucederá, porque Dios ya ha realizado su Plan de salvación. Y lo ha hecho de la forma más sencilla, humilde y pequeña.

 Elegida una joven humilde y sencilla, y un barón justo y honrado, simple carpintero y un nacimiento humilde, en un pesebre, sin aplausos, ni trompetas ni ruidos. Todo en el Señor es muy normal, pues asumió su Naturaleza humana despojándose de todo para ser igual al hombre. Nos toca a nosotros despertar y abrir los ojos para ver, porque teniéndolo dentro lo buscamos afuera. Y, ¡claro!, no lo encontramos.

jueves, 4 de abril de 2019

RAZONES PARA CREER

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Jn 5,17-30
Para probar un hecho hace falta pruebas, y las pruebas las aportan los testigos. Los judíos exigían pruebas a Jesús siguiendo la objeción del Dt 19, 15 - Un solo testigo no bastará como prueba contra un hombre por cualquier culpa o delito, por cualquier delito que haya cometido: sólo por declaración de dos testigos o por declaración de tres testigos se podrá fallar una causa - para probar el valor de un testimonio.

Jesús ante la incredulidad de los judíos alega el testimonio de Juan el Bautista, que le anuncia como el esperado y prometido. El testimonio del Padre, que lo manifiesta en los milagros obrados por Él, y, finalmente, el testimonio de las escrituras. Sin embargo, estas pruebas externas no bastan, porque se nos olvidan o no las tenemos presentes. Ejemplos la liberación de Egipto y como rompen la alianza con el Señor; la actitud con nuestros padres que, a pesar de todo lo que han hecho por nosotros, no le correspondemos como se merecen.

No basta con rezar, ir a misa y cumplir. Se hace necesario amar y amar primero a Dios para luego, llenos de ese amor derramarlo en los hermanos. Y ese camino a través del Hijo, único mediador entre Dios y el hombre. Y ese amor exige estar abierto a la escucha de la Palabra y en total disponibilidad a la acción del Espíritu Santo. Porque, nuestra conversión es un don de Dios. Necesitamos pues, entregarnos en sus Manos y estar en total disponibilidad.

No podemos desfallecer, al menos en nuestra intención y disponibilidad. Exige perseverancia, voluntad y fiarse del Señor. Exige ser semilla que se hunde en la profundidad de la tierra para agarrarse a ello fuertemente y poder dar buenos y hermosos frutos. Sabemos que vendrán años de sequía, de tempestades, de heladas y de todo tipo de obstáculos que impedirán que la buena semilla dé frutos, pero confiados en la Gracia de Dios, los frutos saldrán.

miércoles, 3 de abril de 2019

EL PADRE Y EL HIJO

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El Misterio de la Santísima Trinidad es algo superior a nuestra capacidad, y nunca, salvo cuando estemos delante de Dios, Uno u Trino, podremos entenderlo por su Gracia. De cualquier forma, el Señor nos ha dado algunas razones que sí podemos entender. Tres Persona, Padre, Hijo y Espíritu Santo de la misma Naturaleza divina, pero diferentes naturalezas humanas. Desde ahí podremos entender que el Padre y el . Hijo, siendo iguales en Naturaleza divina, no lo son en la humana.

Por lo tanto, la Persona del Padre es el Padre y el Hijo está subordinado a Él en obediencia. Ha sido enviado por el Padre y hace la Voluntad del Padre. Todo lo que ha recibido lo ha recibido del Padre, hasta el poder de dar la vida: «En verdad, en verdad os digo: el Hijo no puede hacer nada por su cuenta, sino lo que ve hacer al Padre: lo que hace Él, eso también lo hace igualmente el Hijo. Porque el Padre quiere al Hijo y le muestra todo lo que Él hace. Y le mostrará obras aún mayores que estas, para que os asombréis. Porque, como el Padre resucita a los muertos y les da la vida, así también el Hijo da la vida a los que quiere. Porque el Padre no juzga a nadie; sino que todo juicio lo ha entregado al Hijo, para que todos honren al Hijo como honran al Padre. El que no honra al Hijo no honra al Padre que lo ha enviado. En verdad, en verdad os digo: el que escucha mi Palabra y cree en el que me ha enviado, tiene vida eterna y no incurre en juicio, sino que ha pasado de la muerte a la vida.»

El Hijo, como Él mismo nos ha dicho, es el Camino, la Verdad y la Vida y a través de Él encontraremos la Vida Eterna. No hay otro camino ni otro medio. Jesucristo, el Señor, es nuestra salvación. El Hijo se ha encarnado en Naturaleza humana y se ha hecho Hombre, por lo tanto es diferente al Padre, y como Hombre está subordinado a Él - Flp 3,6-8 -. Esto explica claramente lo que Jesús dice en Jn 14, 28. Se está refiriendo a esa Naturaleza Humana que le hace hombres como nosotros. Y ese ese sentido se ha despojado de sí mismo haciéndose esclavo y asumiendo semejanza humana.

Sí, Señor, ahora entiendo un poquito más tu rebajamiento, tu humildad, tu hacerte como yo para enseñarme el camino hacia tu Padre y el camino de mi salvación. Y tu invitación a convertirme y creer en Ti.

martes, 2 de abril de 2019

PARÁLISIS DEL CUERPO Y ALMA

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Jn 5,1-3.5-16
Puede ocurrir que tengamos un cuerpo bien formado, perfecto para el movimiento y fuerte para la destreza y la lucha, pero no así nuestra alma, sometida al pecado y a la esclavitud. O puede ocurrir al revés, un cuerpo débil, enfermo y con poca movilidad, pero un alma limpia, pura y llena de vida. En ambos casos necesitamos arreglo, o del alma o del cuerpo. Porque, nuestra salvación tiene que ser integral, pues no podemos gozar de un cuerpo saludable y una alma enferma, o al revés.

Necesitamos saludable tanto el cuerpo como el alma. Y eso no está a nuestro alcance, pues nuestro cuerpo es corrupto. Se deteriora con el tiempo y se corrompe. Se hace viejo y enferma. Y nuestra alma, aunque eterna, está herida por el pecado. Sometida a la esclavitud de las apetencias, de los apegos, de las limitaciones, de la envidia y soberbia. Esclavizada por el mundo, demonio y carne. Solos no podremos escapar del pecado al que estamos sometidos.

Necesitamos quien nos ayude a levantarnos y nos limpie de nuestras inmundicias liberándonos de la muerte del pecado y dándonos la vida del cuerpo con la Resurrección y el gozo del alma en la plenitud de la Gloria del Padre. Necesitamos al Señor, porque Él es el único Camino, Verdad y Vida y quien nos puede liberar de las ataduras del pecado. 

Tenemos nuestras parálisis que nos impiden caminar y avanzar hacia la conversión. Y necesitamos que el Señor nos levante de nuestras parálisis y nos acerque al agua que limpia y nos da nueva vida. Nos hace nuevos hombres y mujeres llenos de vida. Necesitamos llenarnos de esperanza y dejarnos tocar por la Gracia de Dios. Necesitamos ser perseverantes y esperar, no postrados, sino en activa escucha y atención a su Palabra y en plena disponibilidad para levantarnos y obedecerle en cuanto nos tienda su Mano.

Sí, necesitamos estar en actitud de espera, pero en constante movimiento abiertos a su Gracia y dispuestos a seguirle en cuanto nos llame. No permanezcamos con los brazos cruzados sino dispuestos a cruzar los caminos a pesar de nuestras parálisis. El Señor nos dará su Mano y nos ayudará a cruzarlos.

lunes, 1 de abril de 2019

LA FE NO SABE DE DISTANCIA

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Para el Señor no hay distancias ni lugar. Jesús puede curar cuando, donde y a gran distancia del lugar donde se haya la persona a la que se pide curar u otra cosa que se le halla pedido solucionar. Para el Señor no hay nada imposible, y si eso no fuera cierto, convendríamos en que no sería Dios. 

Eso da un sentido muy diferente a todo. Nos llena de esperanza y nos aclara que donde quiera que estemos y, por la Gracia de Dios, nuestras oraciones y nuestros actos pueden llegar a los que lo necesiten. Nuestras oraciones  porque para el Señor no hay barreras, oídas, Él nos lo ha prometido, su Poder actúa como, cuando y donde quiera solucionando lo pedido. Y nuestros actos solidarios llegan a través de las diferentes organizaciones o Cáritas, a las personas, por muy lejas que estén, que lo necesiten.

Pero, tanto de una forma como de otra, la fe es necesaria y vital. Sin fe no actúa a Gracia del Señor. Hay que creer y confiarse a Él depositando toda nuestra confianza. Así hizo aquel funcionario real, enterado de que Jesús había bajado a Galilea y de su poder de hacer milagros, acudió a buscarle para pedirle que fuese a curar a su hijo que estaba gravemente enfermo.

Con mucha frecuencia se repite esto. Acudimos al Señor cuando la gravedad está muy cerca de nuestra vida. Podemos preguntarnos, si aquel funcionario no llega a tener a su hijo gravemente enfermo, ¿hubiese buscado al Señor? Y más todavía, ¿se hubiese convertido él y su familia? Cada cual la tendrá que responderla si es capaz, primero, de planteársela.

Lo cierto es que experimentamos que muchas veces las circunstancias de la vida nos llevan a encontrarnos con Jesús. Pero, eso nos debe también descubrir que, a pesar de que todo vaya bien, nuestra vida camina hacia la muerte y, tarde o temprano, nuestro encuentro con Jesús es inevitable. Por lo tanto, tratemos de dejarnos encontrar por Él, porque es Él quien nos busca antes que nosotros. Nos ha creado, no para morir, sino para vivir eternamente y, por lo tanto, quiere darnos esa Vida Eterna.

domingo, 31 de marzo de 2019

UN PADRE MISERICORDIOSO

Resultado de imagen de Lc 15,1-3.11-32Si nos paramos a pensar en todo lo que han hecho nuestros padres por nosotros no encontraremos forma de pagárselo. Es impagable lo que nuestros padres nos han dado. Primero, porque a través de la vida que Dios nos ha regalado a través de ello, nos han protegido, nos han cuidado y, de forma gratuita, nos han dado todo lo que somos. Luego, nosotros hemos continuado nuestro desarrollo, pero sin nuestros padres no hubiésemos podido hacer nada.

Hago este pequeño preámbulo para destacar la importancia de los padres y también descubrir lo poco que lo valoramos en muchos casos hasta el punto de considerarlo normal y hasta una exigencia. Es posible que nuestra propia experiencia nos haga verlo como una exigencia, pero no lo es. O dicho de otra forma, es una exigencia desde el amor. Es decir, voluntaria y querida por amor, que no es lo mismo. Así nos quiere también nuestro Padre Dios. Simplemente por amor.

¿Y nosotros, los hijos?  Hijos hemos sido todos en una etapa de nuestra vida y hemos pasado por esta experiencia. Se nos olvida pronto lo que nuestros padres han hecho por nosotros y sólo lo recordamos en momentos puntuales. Y, aunque lo reconocemos, nuestra actitud, posiblemente por la esclavitud del pecado, no cambia mucho. Igual sucede en la parábola que hoy nos cuenta el Señor. Aquel hijo que se atrevió a pedir la herencia a su padre lo consideraba ya muerto. Poco le importaba, pues la herencia no se recibe sino cuando los padres mueren.

Y cuando se la ha gastado y empiezan las cosas a irle mal es cuando se acuerda de su padre. Pero, no porque le importe sino por lo bien que se está con él. Se acuerda de lo bien que comen sus criados mientras él, el hijo, pasa hambre. Creo que esa historia se repite hoy muchas veces en nuestro mundo, sin embargo son momentos muy importantes para acercarnos a Dios y para tener la actitud de levantarnos y reconocer que hemos pecado contra nuestro Padre con la actitud de arrepentirnos y reconducir nuestra vida según su Voluntad.

También nos ocurre como al hermano mayor. Nos  vemos reflejados en él, pues somos todos aquellos que dentro de la Iglesia nos parece que ya somos lo suficiente buenos y no necesitamos conversión. Vamos con frecuencia a misa y somos ya de la casa. Pero, al menor contratiempo perdemos la filiación con nuestro Padre y hasta nos vamos de su Casa. No reconocemos a sus hijos, nuestros hermanos porque la envidia, la soberbia y todos nuestros pecados nos lo impiden.

Por lo tanto, nuestras actitudes necesitan de conversión, tanto cuando suplantamos al hermano menor que cuando actuamos como el hermano mayor. Quien no cambia, por suerte para nosotros, es nuestro Padre del Cielo, que nos quiere profundamente y se olvida de todo lo que le hacemos mirando sólo por nuestra felicidad.

sábado, 30 de marzo de 2019

DIOS ES AMOR

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Con total seguridad, lo hemos oído muchas veces, "Dios es Amor", pero, quizás no hayamos tomado conciencia que el Amor es la esencia del gozo y la felicidad plena. Y, cuando tomamos conciencia de ello nos damos cuenta de nuestras miserias, pobrezas y limitaciones. Es entonces cuando tomamos conciencia de que, por nosotros mismos no podremos nunca superar nuestros pecados y liberarnos de nuestra esclavitud.

Luego, reconocemos que lograr nuestra libertad no está en nuestras manos y se nos plantea una disyuntiva, ¿qué hacer y qué camino tomar? En el libro del Deuteronomio, 30, 15-9 Dios nos plantea ya esa disyuntiva. Se adelanta a nuestros problemas y nos ofrece tomar alternativas: Nos presenta dos camino, la muerte o la vida. Una muerte que nos esclaviza, que nos somete y nos lleva a la perdición y sufrimiento. Una muerte que tras presentarnos como espejismo de gozo y felicidad los placeres y riquezas de este mundo nos sumerge en un vacío de soledad, de dolor y de sufrimiento.

Ante esta realidad descubrimos y reconocemos nuestra pequeñez, nuestra impotencia, nuestros pecados y la imperiosa necesidad de ser humildes y acudir a Ti, Señor. Porque, sólo Tú, Señor, por tu Inmenso Amor e Infinita Misericordia nos das la capacidad de amar como Tú nos amas. Y también nos regala gratuitamente el perdón de todos nuestros pecados, que nunca mereceremos por nuestros propios méritos.

Necesito, Señor, la Gracia de tu Sabiduría para redescubrir toda mi miseria cada día y darme cuenta que, cuanto más cerca estoy de Ti, más miserias y pecados descubro en mí. Y percibo con claridad que no soy mejor ni más bueno o valioso que nadie. Y, si por cualquier circunstancia me tienta esa posibilidad de creerme mejor que alguien, que sepa y tenga siempre presente, Señor, que nunca es por mis méritos sino por tu Gracia.