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viernes, 25 de septiembre de 2026

CUESTIÓN DE INDENTIDAD

Lc 9, 18-22

No estaba seguro de nada y todo le parecía confuso. Incluso, en algunos momentos, llegaba a dudar de sí mismo hasta el extremo de preguntarse: «¿Quién soy realmente?».

Fernando no comprendía qué le estaba pasando. Tomó asiento en aquella terraza y trató de tranquilizarse.

Después de unos minutos de desconcierto, Fernando empezó a sentirse mejor. El café pareció sentarle bien y, poco a poco, fue recuperando la claridad y el equilibrio que necesitaba.

Observó que, en la mesa de al lado, había un señor y, deseando compartir con alguien lo que le estaba sucediendo, se atrevió a dirigirle la palabra.

Lo miró con cierta preocupación y continuó:

Manuel, que era el señor que estaba sentado a su lado, lo miró con ternura y le respondió:

Fernando, admirado por lo que Manuel le decía, comentó:

Lo miró con cariño y añadió:

—Yo, en esas circunstancias, busco la solución en la Biblia

Abrió la Biblia por el Evangelio de Lucas, 9, 18-22, y leyó:

Al terminar de leer todo el pasaje, agregó:

El riesgo en el que muchos podemos caer es pensar que, con Jesús, vamos a solucionar todos nuestros problemas. Y no se trata de eso, sino de entender bien quién es y a qué viene el Señor. 

De ahí que Jesús quisiera guardar su identidad para que no se confundieran. No es el Mesías que tanto los apóstoles como el pueblo se habían imaginado y deseaban, sino el Mesías que viene a dar su vida por amor y para nuestra salvación.

viernes, 5 de abril de 2019

HOY, DESPUÉS DE DOS MIL AÑOS TODO SIGUE IGUAL

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Jn 7,1-2.10.14.25-30
Hoy siguen cuestionando la identidad de Jesús. No niegan su vida, su presencia en la historia, pero ni creen que ha venido enviado por el Padre, ni que es Dios ni que ha muerto por nosotros para salvarnos y mucho menos que ha resucitado. Todo sigue igual tal y como lo dejaron aquellos judíos de su época. Mucha gente no cree y se empeñan en gobernar el mundo según sus criterios humanos, egoístas y heridos por el pecado de la soberbia, la ambición, la envidia y la prepotencia.

Nadie es profeta en su tierra. Lo dijo Jesús y es un hecho que todos hemos experimentados en nuestros propios ambientes. Conocían a Jesús y daban por sentado que al Mesías prometido no se le podía conocer su paradero. Jesús que oye estas murmuraciones les dice: «Me conocéis a mí y sabéis de dónde soy. Pero yo no he venido por mi cuenta; sino que me envió el que es veraz; pero vosotros no le conocéis. Yo le conozco, porque vengo de Él y Él es el que me ha enviado».

Recordamos como el Padre lo presenta en el Jordán cuando es bautizado por Juan el Bautista: En cuanto salió del agua vio que los cielos se rasgaban y que el Espíritu, en forma de paloma, bajaba a él. Y se oyó una voz que venía de los cielos: «Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco.» Mc 1, 7-11. 

Y todavía hoy sigue esta cuestión para muchos en el aire. No le reconocen o están esperando algo espectacular y grande. Algo grandioso que les deje con la boca abierta y les convenza. Y nada de eso sucederá, porque Dios ya ha realizado su Plan de salvación. Y lo ha hecho de la forma más sencilla, humilde y pequeña.

 Elegida una joven humilde y sencilla, y un barón justo y honrado, simple carpintero y un nacimiento humilde, en un pesebre, sin aplausos, ni trompetas ni ruidos. Todo en el Señor es muy normal, pues asumió su Naturaleza humana despojándose de todo para ser igual al hombre. Nos toca a nosotros despertar y abrir los ojos para ver, porque teniéndolo dentro lo buscamos afuera. Y, ¡claro!, no lo encontramos.

martes, 20 de marzo de 2018

JESÚS: CAMINO, VERDAD Y VIDA

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A lo largo de toda nuestra vida se nos plantea la identidad de Jesús. Ponemos interrogantes y dudas que nunca dan respuestas concretas al misterio de la identidad de Jesús. Preguntar por la identidad de Jesús es, en mi humilde opinión, preguntarnos por la identidad de Dios. ¿Quién es Jesús? Sencillamente, tal y como respondió Pedro: El Hijo del Dios Vivo.

De la misma manera quiero responder yo. No quiero razonar la respuesta ni darle más vuelta. Sé que tengo razones, pero, también sé que hay dudas y misterios que nunca llegaré a entender en este mundo. Sólo, en la presencia del Señor, en el otro, la luz será total. Para entonces ya no tendrás otra opción que la de recibir lo que en este mundo hayas dado por amor gratuito y desinteresado.

Es absurdo querer seguir al Señor desde nuestras simples fuerzas. No podemos ni estamos preparados para ello. Él no corresponde a este mundo, porque, entre otras cosas, es el dueño del mundo. Nosotros sí, somos de este mundo y para ir al otro tendremos que ser llevado por Él. Le necesitamos y nos ponemos en sus Manos. Es verdad que estos momentos de Pasión son momentos difíciles y de tristeza. Son momentos de aparente derrota y de presunta muerte, y el entorno no invita a la alegría ni a la esperanza.

Jesús experimentó esa soledad de quien se queda sólo ante el peligro. Todo permanece en silencio y la oscuridad se apodera del ambiente. Es necesario este paso para que luego, cuando el Señor sea levantado, la Luz vuelve a la Vida y la salvación sea denominador común en la alegría de todos los hombres. Tú, Señor, eres Jesús, el Hijo de Dios Vivo, que has Resucitado de entre los muertos, y te has aparecido durante cincuenta días a tus amigos, discípulos y fieles.

Y has constituido tu Iglesia. Esa misma Iglesia que hoy, bajo la autoridad que le viene del Espíritu Santo, el Papa Francisco dirige con mano firme hacia tu Casa. Danos, Señor, la fuerza de perseverar, de seguir tus pasos y no desfallecer.

domingo, 24 de agosto de 2014

UNA PREGUNTA DIRECTA

(Mt 16,13-20)



Una pregunta difícil de responder, primero, porque nuestra mente no está al alcance ni a la altura de poder comprender la identidad divina de Jesús, y segunda, porque sólo desde la fe apoyada en la revelación de Jesús y  la proclamación y testimonios de la Iglesia sustentada en la cátedra de Pedro, podemos afirmar que Jesús es el único y verdadero Hijo de Dios.

Sin lugar a duda que aquella afirmación de Pedro a la pregunta de Jesús era la señal de su elección, por la Gracia del Padre, a ser escogido como piedra donde sustentar su Iglesia, y así lo proclama: «Bienaventurado eres Simón, hijo de Jonás, porque no te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo a mi vez te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella. A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos». 

Es muy hermoso descubrirnos hijos de esta Iglesia, por el Bautismo, y ser aceptados, por la Gracia de Dios, para injertados en el Espíritu Santo, peregrinar junto a los hermanos hacia la Casa del Padre. Experimentar que la Iglesia, con Pedro a la Cabeza e injertados en Xto. Jesús, nos limpia de todo pecado y nos, por los méritos de la Pasión de nuestro Señor, salva de la esclavitud del pecado y de la muerte.

Damos gracia al Padre por el regalo inefable de su Hijo Predilecto que, entregando su vida, rescata la nuestra para la plenitud gozosa y eterna. Amén.