lunes, 30 de septiembre de 2019

RIQUEZAS Y TENTACIONES

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Sólo Dios puede librarnos de nuestra esclavitud, nuestra condición humana, que nos esclaviza y nos somete y nos empuja a buscar los puestos de mayor relevancia, de mayor rango y mando y, por supuesto, los más importante. Eso nos hace más fuerte, más poderosos y nos permite estar por encima de los demás. Es condición humana y ya los apóstoles lo sufrieron en sus propias carnes cuando se disputaron, los hijos de Zebedeo - Mc 10, 35-45 - los primeros puestos.

La consecuencia son los enfrentamientos y las luchas entre los hombres, familias, grupos y comunidades. Nacen los odios, las venganzas y luchas internas por acaparar el poder y mandar sobre los demás. Todo lo contrario a lo que Jesús nos ha propuesto, el amor. Un amor que nos invita a servir, a ser humildes y a no considerarnos mayores que nadie. Y esto nos exige una constante lucha contra nosotros mismos, contra nuestro propio orgullo, contra nuestra propia ambición y nuestro deseo de ser más y poder sobre los demás.

La cuestión está en mirarnos a nosotros mismos y el tratar de descubrir nuestros deseos de ambición y de poder. La clave está en la humildad y en sostener una actitud de servicio, de no sentirnos más que el otro y de no ambicionar los primeros puestos. Jesús nos lo describe y nos lo expone muy sencillamente: «El que reciba a este niño en mi nombre, a mí me recibe; y el que me reciba a mí, recibe a Aquel que me ha enviado; pues el más pequeño de entre vosotros, ése es mayor».

Todo queda muy claro. Se trata de limpiar nuestro corazón de toda inmundicia, de toda mala intención y de todo deseo de poder y riqueza. Se trata de abrirnos a una actitud de compartir, de disponibilidad de todas nuestra riquezas, tanto espirituales como materiales, al servicio de quienes más lo necesitan y sufren carencias de todo tipo y a las que nosotros podemos aliviar.

domingo, 29 de septiembre de 2019

INDIFERENCIAS Y PECADOS

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Lc 16,19-31
El rico epulón no había cometido nada aparentemente malo, pues no hacía nada que perjudicara a los demás. Sin embargo, ese egoísmo en pensar solo en tu bienestar, en tu gozo y felicidad te señala como indiferente ante los problemas de los demás. No es ningún pecado ser rico y, de hecho, Jesús tuvo amigos muy íntimos de cierta economía estable y destacada. Lázaro, Marta y María fueron algunos de esos amigos.

¿Qué hay de malo ser rico? Supongo que nada. Lo mismo sucede con esas personas que dicen yo no robo ni mato ni algo mal a nadie. El pecado se esconde en esas oportunidades y ocasiones en las que tú puedes aliviar el dolor de otros. No se trata de que tú banquetees, sino de que Lázaro estaba en tu camino y no te preocupó sus sufrimientos. El problema es tu indiferencia al sufrimientos de los demás. En esa actitud se esconde tu pecado. Tu tiempo, tu vida y tu dinero no te pertenecen. Son regalos de Dios para que los administres y los compartas con los que más lo necesitan. Porque, si a otros le faltan, a ti se te han dado para que los compartas.

La indiferencia es un pecado que se esconde en las apariencias y se justifica con muchas falsas razones que disimulan su responsabilidad. Nada justifica nuestra indiferencia ante el dolor de los demás. Quizás, será mejor aceptar nuestra responsabilidad, reconocer nuestros pecados y nuestra impotencia en no tener la valentía y la disponibilidad de afrontarla. No podemos mirar para otro lado cuando hay mucha gente sufriendo. Es verdad que no podemos solucionarla, pero si aliviar a algunas, las que Dios, como el caso de Lázaro a aquel rico, ha puesto en tu camino.

Somos pecadores y muchas veces fallamos ante nuestras responsabilidades. Tampoco pretendas arreglar el mundo. Somos unas simples gotas en el inmenso océano y poco podemos hacer. Es misión de todos aliviar el sufrimiento del mundo, pero eso no justifica que tu parte, la gota con la que tú formas parte de ese océano haga lo que le corresponde.

sábado, 28 de septiembre de 2019

UNA CRUZ EN EL HORIZONTE


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Lc 9,43b-45
Una mala señal sería no ver la cruz en tu horizonte, porque, eso significaría que tu meta la buscas en el bienestar y la felicidad de este mundo. Y eso es un mal signo y un camino equivocado. ¿Te das cuenta? Has puesto en tu horizonte una meta finita, caduca y que con los años está condenada a desaparecer. ¿Y luego qué? ¿No experimentas que tu ambición es pobre y de poca cosa? ¿Cómo aspirar a algo finito cuando tienes la oportunidad de aspirar a lo más grande, la felicidad eterna?

La cuestión, te estarás preguntando, es creértelo. Y tienes razón, esa es la cuestión, porque yo no te puedo dar esa fe para que te lo creas. La fe es un don de Dios, pero, puede ponerte en camino y pedírsela, porque Él ha venido a eso, a salvarte y quiere dártela. Pero, necesita que tú le busques, lo desees, te fíes de Él y la quieras recibir. Lo demás correrá de su cuenta. Ese es el principio. Recuerdas tus primeros pasos con tus padres. ¿Te fiabas de ellos aunque no entendías nada, no? Pues, haz lo mismo, con mucha más razón, con Jesús.

Ahora, no trates de esperar que tu vida vaya a cambiar en lo material. Las cosas seguirán de la misma forma o, quizás peor. Todo, en ese sentido, dependerá de ti, de tu trabajo, de tus esfuerzos y de tu disponibilidad a hacer las cosas bien y con sentido. Jesús no es una caja mágica ni un amuleto que lo tocas y te va a solucionar tus problemas, tus deseos y proyectos. ¿No crees que eso sería injusto, fácil y no cambia tu corazón? Jesús te pide, y entérate de una vez, que aceptes tu cruz. Tal y como Él la ha aceptado. Los apóstoles, sus más íntimos amigos no se enteraron hasta muy tarde. No tardemos tú y yo más tiempo. 

Se trata de aceptar tu camino, que nunca será mejor ni menos que el de tu Maestro. Seguir a Jesús es tomar tu cruz, la tuya de cada día y, cargándola y soportándola, seguir esforzándote en vivir al estilo de Jesús. Tu cruz que se concreta en ese hermano que no soportas; en ese hijo que te cuesta aceptar y estar a su lado; en esa esposa o esposo que no comprendes y que te preocupa; en esa parroquia, grupo o comunidad donde hay gente que dan mal ejemplo o que cuestiona tu vida...etc.

Ahí es donde te quiere probar Jesús y donde quiere ver la calidad de tu amor. Ahí es donde Jesús se identifica contigo y te tiende su Mano para darte esa fe que ya estás probando y abandonándola en Él. Ahí es donde Jesús te está anunciando que Él pasó por el mismo trance y perdonó a todos los que le crucificaron. Ahí es donde te espera y te busca Jesús y es donde tú tienes que buscarlo. No lo busque en otro lugar ni trates de tocarlo en una imagen, sino tócalo en los hermanos y búscalo en la Eucaristía para que te de fuerzas y fe.

viernes, 27 de septiembre de 2019

Y TÚ, ¿QUÉ DICES?

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Lc 9,18-22
Hay opiniones para todos los gustos. En estos últimos días se viene hablando de la identidad de Jesús en el Evangelio y sobre quien es, y encontramos opiniones diversas. Desde quienes le rechazan o le ignoran, hasta los que creen en Él y le siguen. Pero, ahora no se trata de ver lo que dicen los demás, sino de ver lo que opinas y dices tú. Te llega a ti la hora de tomar una decisión. 

¿Es Jesús para ti un líder, un hombre inteligente y poderos o el Mesías esperado? Decir Mesías es identificarlo con el Hijo de Dios, el esperado y enviado por el Padre. Esa es la cuestión y la que tú, y también yo, debemos aclarar en lo más profundo de nuestros corazones. Porque, de esa decisión dependerá el rumbo que tome nuestra vida.

Si Jesús es el Mesías esperado mi vida está salvada. Pedro, dijo: «El Cristo de Dios» ¿Y tú qué dices? Posiblemente, Pedro, que acompaña a Jesús ha ido presenciado el estilo de vida de Jesús, escuchando sus Palabras y observando sus Obras. Pedro ha ido comprendiendo que el Dios Padre que Jesús nos presenta y nos proclama es un Padre Bueno, un Padre que nos ofrece la salvación y la libertad. Un Padre Dios que nos ama y nos busca para ofrecernos compartir su Gloria eternamente. 

Pedro ha ido convenciéndose de que ese Jesús al que acompaña y ya ha decidido seguirle es el Mesías que el pueblo de Israel esperaba. Pero, Pedro ha estado cerca de Jesús, le ha seguido y le ha escuchado. Quizás, fijándonos en Pedro, también nosotros debemos seguir a Jesús, escuchar su Palabra y ver las maravillas que va haciendo en nuestros corazones y abriéndoselos, dejar entrar al Espíritu Santo, que nos guiará hasta Él y nos irá revelando todo lo que no entendamos y lo que nos falta por entender a lo largo de nuestras vidas.

jueves, 26 de septiembre de 2019

¡QUIÉN ES JESÚS?

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Lc 9,7-9
La pregunta tiene miga y Herodes se la hizo en su tiempo, pues lo que oía de Jesús le interpelaba y le movía a conocerlo. Hoy, esa misma pregunta sigue vigente y muchos continúan haciéndoselas. ¿Quién es Jesús? Pero, lo grave del asunto es quedarse sólo en la pregunta. Quizás eso fue lo que le sucedió a Herodes con referencia a los Magos de Oriente que buscaron darle respuesta y se lo pusieron por obra.

Hoy ocurre lo mismo. Hay mucha gente que creen en un Dios hecho a su medida. Un Dios que ellos mismos van forjando y creando. Un Dios desconocido y abstracto que sólo ellos configuran y modelan. Un Dios que creó el mundo y todo lo que en él se contiene, incluido el hombre. Pero, un Dios que ellos se crean y se imaginan atendiendo a sus necesidades, ideas, razonamientos y proyectos. Un Dios que van conformando a su manera e intereses.

Un Dios que no les interpela ni les compromete. Un Dios al que ellos, de alguna forma, dirigen y acomodan a sus conveniencias. Un Dios que reducen a cumplimientos y consumo de sacramentos. Un Dios al que le hablan, pero también son ellos mismos los que se responden. Un Dios al que no escuchan sino se escuchan. Y ese no es el Dios que Jesús nos ha revelado, ni tampoco el que nos ha enseñado. Jesús nos ha hablado y revelado un Dios Padre Misericordioso que viene a salvarnos.

Y ese Plan se realiza en el Hijo, el Mesías enviado para proclamar el año de Gracia y la Buena Noticia de Salvación. Jesús, el Señor, se presenta como el enviado del Padre y, voluntariamente se entrega a una muerta de Cruz para pagar por nuestros pecados y rescatar, por la Gloria de Dios, nuestra dignidad, perdida por el pecado, de hijos de Dios. 

Un Dios, nos enseña Jesús, que establece una alianza con cada uno de nosotros y la imprime en nuestros corazones. Un dios que nos presenta un camino y un proyecto que se concretan en Jesús, Camino, Verdad y Vida.

miércoles, 25 de septiembre de 2019

Y TÚ, ¿TE CONSIDERAS DISCÍPULO?

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Lc 9,1-6
La cuestión que te plantea hoy el Evangelio versa sobre tu compromiso de bautismo, porque al ser bautizado has contraido un compromiso como hijo de Dios. Y ese compromiso de hijo te exige desde tu libertad a dar a conocer a tu Padre. Es lo normal, cada hijo gusta de presentar a su padre y de hablar de él. Cuanto más cuando se trata de un Padre especial, Inifinitamente bueno y que quiere ser Padre de todos y salvarlos de la esclavitud del pecado.

Por eso, todos los bautizados hemos contraido el compromiso de proclamar la Buena Noticia que Jesús, el Señor, nos ha revelado y transmitido. Y lo hacemos desde la coherencia de nuestra fe. Tal y como decíamos ayer. Cuando tienes fe vas dejando una estela de tu obrar y de tu realidad, porque, tu fe ilumina tu vida y deja la huella de tus obras. Porque, cuando tienes fe se enciende tu corazón e ilumina por donde transitas y respiras.

Tú eres también discípulo y, por y con la Gracia de Dios, recibida en tu bautismo, puedes, desde el lugar que ocupas en este mundo, dar testimonio, desde tu fe, que el Señor, el Hijo de Dios, ha venido a salvarnos y con su muerte de Cruz ha pagado el rescate para devolvernos la dignidad de hijos de Dios. Y eso lo transmites, por tu fe, desde el acontecer de cada día en tu trabajo, en tu familia, en tu comportamiento y relación con los demás, en tu forma de actuar desde la honradez, la justicia y la solidaridad. Tú también eres discípulo y el Señor, que nos ha elegido y nos llama, espera que tú y yo le respondamos.

martes, 24 de septiembre de 2019

SANGRE Y VÍNCULOS

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Lc 8,19-21
Nos llama la atención oír como muchos cristianos, sobre todo los que están integrados en comunidades específicas, se llaman hermanos. Nos extraña y nos tienta la risa e incluso el ridículo. Nos suena a falsa e hipocresía por un lado, pero, por otro, quizás sea una reacción a que nos interpela en lo más profundo de nuestro ser y nos descubre nuestra incoherencia respecto a nuestra fe y a esa hermosa oración que rezamos todos los días, el Padrenuestro. Porque, si somos de los que rezamos el Padrenuestro, ¿no nos confesamos hijos de un mismo Padre y, por supuesto, hermanados por el vínculos de la fe? La clave es creerlo. Por lo tanto, las dudas o rechazos nos molestan cuando escuchamos con alegría confesarlo a otros. 

Jesús, al ser avisado de que su Madre y hermanos le buscaban, exclamó: «Mi madre y mis hermanos son aquellos que oyen la Palabra de Dios y la cumplen». Todos sabemos que venimos a este mundo en familia y nacemos relacionados donde hemos nacidos. Nadie nos ha pedido permiso ni ha contado con nosotros, sino que nacemos en el lugar que nos ha tocado nacer. Ahora, en estos tiempos modernos, algo ha cambiado y, al parecer, se pretende cambiar la ley natural. Muchos son hijos del laboratorio y de los avances científicos que, sin ninguna autoridad manipulan la vida y amenazan con destruirla. 

Pero, dejamos este tema para otro momento y nos introducimos en los vínculos humanos que nos hermanan por la sangre, pero que no por ello establecen siempre una fraternidad desapegada de egoísmos y apoyada en la disponibilidad generosa. De hecho, percibimos muchas familias rotas y desestructuradas que incluso llegan a enfrentarse. Sin embargo, Jesús aprovecha ese momento para establecer verdadero vínculo espiritual desde la fe. Somos hermanos porque nos une la fe en un mismo Padre y, porque, su Amor, nos relaciona amorosamente hasta el punto que es ese amor mutuo el que nos salva.

Es decir, se trata de que si no llegamos a considerarnos hermanos en el mas sentido estricto de la palabra no hemos entendido ni comprendido nada del Mensaje del Señor.