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domingo, 2 de febrero de 2025

SIMEÓN, UN ANCIANO ATENTO, LLENO DE FE JUSTICIA, PACIENCIA Y ABIERTO A LA ACCIÓN DEL ESPÍRITU.

Posiblemente nosotros no tengamos la fe que nos mueve a estar atentos, llenos de esperanza, en actitud de justicia y paciencia, como el anciano Simeón, para vislumbrar la acción del Espíritu Santo. Ese mismo Espíritu que ha entrado en nosotros en la hora de nuestro bautismo, que nos señala la presencia de ese Niño Dios, que permanece en el mundo y nos llena de esperanza, dando verdadero sentido a nuestros actos de amor y misericordia y a nuestra vida.

Y es eso lo que decididamente tenemos que pedir. El tiempo de nuestra vida es un regalo para eso, para pedir la fe, abrirnos a ella y dejarla caminar, en nuestra vida interior y exterior. Sabemos que nuestra vida pende de un hilo, y, sin avisarnos, puede dejarnos repentinamente o sistemáticamente. Un accidente o una larga enfermedad pueden ser caminos que nos conduzcan a nuestra propia realidad. En ambos, nuestra relación con el Señor será determinante y fundamental.

Porque, una relación no es cosa del momento, ni de la necesidad. Es cosa, valga la redundancia, de relación, de diálogo, de oración, de que nos lleve al conocimiento de uno y del otro, y de que nos revele la realidad de nuestro ser. Y, sobre todo, nos ayude a sostener la lámpara de nuestro corazón encendida, llena de luz, de aoración que nos lleva al conocimiento de uno y del otro y nos revela la realidad de nuestro ser. Y, sobre todo, nos ayudamor y misericordia, y, lo más importante, en presencia de nuestro Padre Dios.

Posiblemente, ese fue el secreto del anciano Simeón, mantener viva la llama de la fe y la esperanza en el Mesías prometido. Pidamos también nosotros tenerla también viva e incandescente en nuestro corazón. Amén.

jueves, 2 de febrero de 2023

UNA LUZ QUE BRILLA DESDE Y EN LO MÁS PROFUNDO DE NUESTRO CORAZÓN.

Lc 2, 22-32

Jesús no aparece por arte de magia ni de forma repentina como si se tratara de una aparición misteriosa. Jesús nace y vive en una familia como cualquier ser humano de este mundo. Es verdad que el Misterio de la encarnación está ahí, pero Dios ha concebido un plan encarnando a su Hijo en una familia y en las coordenadas concretas de un pueblo.

La historia está ahí, como cualquiera otra historia y su realidad es tan cierta como la vida misma. El planteamiento es el siguiente:  creer o no creer. Creer en el Jesús humano injertado en un pueblo con su naturaleza y sangre humana y sujeto a sus tradiciones y leyes. Jesús, eso sí, sin perder su Naturaleza Divina, nace y vive en un pueblo siguiendo los tiempos del desarrollo humano. Oculto, tras una infancia y juventud sencilla, ordinaria entre los suyos. Posiblemente junto al taller de carpintero de su padre.

Es lógico que tras su irrupción en la vida pública sus paisanos se extrañen sorprendentemente. ¿Quién es este hombre? ¿De dónde le viene tanto poder y sabiduría? Lo meditábamos en el Evangelio de ayer. Sin embargo, Jesús sigue el proceso y el plan que su Padre le había marcado. Sometido a las leyes pasa por la oblación de entregar un par de tórtolas o dos pichones como primogénito de su familia. Y he aquí que el anciano Simeón, impulsado e iluminado en el Espíritu Santo, nos da la primera confirmación de que aquel Niño es el señalado y enviado por el Padre para alumbrar a las naciones. Simeón nos da la pauta para fijar nuestra mirada en ese Niño. Es el Mesías del que habla el Antiguo Testamento. Es el enviado para liberarnos de la esclavitud del pecado.

Ahora, nos toca a cada uno de nosotros optar y decidir por creer. La fe es un don y hay que pedirla. Pedirla todos y cada uno de los días de nuestra vida porque su fragilidad es tal que la podemos perder. Jesús sigue el plan que el Padre le ha encargado y, llegado su momento y su hora, irrumpirá en el pueblo elegido anunciando la Buena Noticia.

miércoles, 29 de diciembre de 2021

LA BENDICIÓN DE SIMEÓN

Lc 2,22-35

Es sorprendente y misterioso cómo pudo Simeón intuir y saber que Aquel Niño era el Mesías que él había por – oráculo del Espíritu Santo – esperado ansiosamente ver antes de su muerte. 

Y, digo sorprendente y misterioso, porque es evidente que esa bendición, salida del corazón de Simeón, no podía ser sino obra e impulso del Espíritu Santo. Sin embargo, muchos ponen objeciones y ceguera a sus corazones para no doblegar esa soberbia que les domina y ciega.

Más sorprendente y milagroso fue esa bendición a Dios que salió de sus labios: «Ahora, Señor, puedes, según tu palabra, dejar que tu siervo se vaya en paz; porque han visto mis ojos tu salvación, la que has preparado a la vista de todos los pueblos, luz para iluminar a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel». Su padre y su madre estaban admirados de lo que se decía de Él. Simeón les bendijo y dijo a María, su madre: «Éste está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción -¡y a ti misma una espada te atravesará el alma!- a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones»

¿No se ha cumplido todo lo profetizado por Simeón, y también lo proclamado por María en el Magnificat y el Benedictus de Zacarías – padre de Juan el Bautista y  otras tantas profecías proclamadas por los Profetas? Y seguimos empeñados en poner peros y razones humanas que no alcanzan al inefable poder de Dios.

Jesús es esa Luz que ha venido al mundo para alumbrarnos el camino de salvación. Él es ese Mesías esperado en el que se cumplen todas las profecías tanto del Antiguo Testamento – los Profetas – y el Nuevo. Y no hay otra alternativa, la realidad es que Jesús, el Hijo de Dios Vivo, el Mesías esperado, ha venido a este mundo, y ha sufrido su Pasión, ha muerto crucificado y, por supuesto, ¡ha Resucitado!

sábado, 20 de marzo de 2021

SIGNO DE CONTRADICCIÓN

Jn 7,40-53

Simeón, aquel anciano que esperaba ver al Mesías prometido, predijo, en cuanto le vio, la profecía a María: He aquí, este niño ha sido puesto para la caída y el levantamiento de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción. Y eso es lo que ha sucedido y continúa sucediendo.

Jesús ha sido aclamado y admirado por muchos, pero también rechazado y perseguido por otros. Leemos en el Evangelio de Juan: En aquel tiempo, muchos entre la gente, que habían escuchado a Jesús, decían: «Éste es verdaderamente el profeta». Otros decían: «Éste es el Cristo». Pero otros replicaban: « ¿Acaso va a venir de Galilea el Cristo? ¿No dice la Escritura que el Cristo vendrá de la descendencia de David y de Belén, el pueblo de donde era David?».  

Y hoy, más de dos mil años después, continúa sucediendo lo mismo. Muchos son los que han creído en Jesús, pero otros muchos le han rechazado y le persiguen en los cristianos que se confiesan creyentes y seguidores. Recordemos lo que Jesús le dijo a Pablo camino de Damasco: oyó una voz que le decía: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?El dijo: ¿Quién eres, Señor? Y le dijo: Yo soy Jesús, a quien tú persigues - Hch 22, 4-5 - Cada día muchos son sometidos, torturados y  dan la vida por su fe. La profecía de Simeón - Lc 2, 34 - tiene pleno cumplimiento y Jesús es signo de contradicción entre muchos que le rechazan y otros que le aceptan.

Pero, la pregunta que salta en este momento, y la que verdaderamente interesa es la que tú te hagas. ¿Estás tú entre aquellos que le aceptan, o eres de los que le rechazan? O, planteado de otra manera, ¿quién es para Ti Jesús?

sábado, 2 de febrero de 2019

EN EL CUMPLIMIENTO DE LA LEY

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Jesús se somete a la ley y, llegada la hora de la purificación, los padres le llevan al Templo para presentarlo, según la ley de Moisés:«Todo varón primogénito será consagrado al Señor» y para ofrecer en sacrificio un par de tórtolas o dos pichones, conforme a lo que se dice en la Ley del Señor.

 Es, entonces, cuando se produce el encuentro con Simeón; este hombre era justo y piadoso, y esperaba la consolación de Israel; y estaba en él el Espíritu Santo. Le había sido revelado por el Espíritu Santo que no vería la muerte antes de haber visto al Cristo del Señor. Movido por el Espíritu, vino al Templo; y cuando los padres introdujeron al niño Jesús, para cumplir lo que la Ley prescribía sobre Él, le tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo: «Ahora, Señor, puedes, según tu palabra, dejar que tu siervo se vaya en paz; porque han visto mis ojos tu salvación, la que has preparado a la vista de todos los pueblos, luz para iluminar a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel»

En muchos momentos de la vida de Jesús hay acontecimientos milagrosos que le revela como el Hijo de Dios enviado a revelarle el amor del Padre.Todo lo profetizado en Él se cumple, y ahora, la promesa hecha a Simeón tiene lugar en este instante de la presentación en el Templo. También ocurre lo mismo contigo y conmigo. Hemos sido bautizados y, llenos de Espíritu Santo, recibimos la promesa de vida eterna. 

Jesús le dijo: Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque muera, vivirá, y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás. ¿Crees esto? - Jn 11, 25-26 -. De la misma forma que Simeón vio cumplida la promesa recibida, también nosotros veremos cumplida lo promesa que Jesús nos ha hecho. Pero, tendremos que poner algo de nuestra parte, la fe. Jesús nos interpela preguntándonos si realmente creemos lo que nos dice. Porque, nos hace falta la fe de confiar en la Palabra del Señor, tal y como se dejó llevar Simeón.

sábado, 29 de diciembre de 2018

EN JESÚS SE CUMPLE TODA PROFESÍA

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Lc 2,22-35
Todo sucede tal y como se va profetizando y la profecía de Simeón no iba a ser una excepción. María y José acuden al templo para cumplir con la Ley de Moisés y he aquí que había en Jerusalén un hombre llamado Simeón; este hombre era justo y piadoso, y esperaba la consolación de Israel; y en él estaba el Espíritu Santo. Le había sido revelado por el Espíritu Santo que no vería la muerte antes de haber visto al Cristo del Señor. Movido por el Espíritu, vino al Templo; y cuando los padres introdujeron al Niño Jesús, para cumplir lo que la Ley prescribía sobre Él, le tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo: «Ahora, Señor, puedes, según tu palabra, dejar que tu siervo se vaya en paz; porque han visto mis ojos tu salvación, la que has preparado a la vista de todos los pueblos, luz para iluminar a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel».

También nosotros esperamos ver al Señor, pero, además, partimos con ventaja, pues por la Iglesia y la Tradición le conocemos en las Sagradas Escrituras y en las comunidades parroquiales escuchamos su Palabra. Posiblemente, tenemos más ventaja que Simeón, pero, ¿le buscamos y esperamos como él? Esa es la pregunta del millón, ¿ponemos todo de nuestra parte, aunque nos suponga sacrificios y dolor, para acercarnos al Señor y conocerle? ¿Luchamos y nos enfrentamos a todas las dificultades que la vida nos va poniendo con la esperanza de encontrarnos con Él?

Al parecer, Simeón creyó y tuvo la perseverancia y esperanza hasta el momento del encuentro. Su profecía señala el camino que va a recorrer Jesús y todo se va cumpliendo tal y como se profetiza. Ahora, ¿creemos nosotros también que el Señor, encarnado en Naturaleza humana, ha venido a este mundo para librarnos de la esclavitud del pecado y darnos la Vida Eterna en plenitud?

viernes, 2 de febrero de 2018

JESÚS ES EL MESÍAS

Su presentación en el Templo es de lo más sencilla y normal. Él, que es el Rey de la Gloria y por lo que el Templo se ha construido, pasa inadvertido y de forma humilde se presenta llevando, como prescribe la Ley, dos pichones, la ofrenda, quizás, más humilde. Nadie advierte nada y todo se desarrolla de forma muy normal.

Pero, al mismo tiempo sube un hombre justo y piadoso, Simeón, que no es levita, ni escriba, ni doctor de la Ley. Sube movido por el Espíritu Santo, pues a él le ha sido revelado que no vería la muerte sin ver al Cristo del Señor. Todo ha sido preparado por el Espíritu de Dios y todo es un nuevo milagro prodigioso para que también nosotros creamos. Simeón descubre y proclama la Naturaleza Divina de ese Niño, nacido para Gloria de Dios y redención de los hombres.

Y, auxiliado e inspirado por el Espíritu Santo, dice: «Ahora, Señor, puedes, según tu palabra, dejar que tu siervo se vaya en paz; porque han visto mis ojos tu salvación, la que has preparado a la vista de todos los pueblos, luz para iluminar a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel».

Sería bueno que también nosotros tratáramos del ver al Señor poniéndonos en sus brazos y como Simeón descansaramos en el Señor. Podríamos decir que Simeón presenta al Señor, le descubre y sabe de su misión. Es entonces cuando experimenta, por la Gracia de Dios, que puede morir en paz. Y eso significa que sabe en manos del quien está y nada tiene que temer, pues los que en Él creemos estamos llamados a la Resurrección.

Hagamos también nosotros ese esfuerzo de ir al Templo, es decir, de buscar al Señor para encontrarnos con Él, y tengamos la seguridad que le veremos, tal como hizo Simeón, Bartimeo y tanto otros. Señor, abra nuestro ojos y danos la fe.

viernes, 29 de diciembre de 2017

SEGÚN LA LEY

Lc 2,22-35
Una de las realidades que nos descubren que Jesús se hace Hombre es el someterse al cumplimiento de la Ley prescrita por Moisés. José y María cumplen con la Ley, y, como dice el Papa Francisco, hasta en cinco ocasiones insiste el Evangelio en la obediencia de María y José a la "Ley del Señor". Jesús no vino para hacer su voluntad, sino la Voluntad del Padre.

Hoy nace un nuevo día en el corazón del anciano Simeón. Se cumple esa promesa que el Espíritu Santo le había revelado que no moriría sin haber visto al Cristo del Señor. Y, movido por el Espíritu se encamina hacia el templo donde coincidirá con la presentación del Mesías en el templo. Y queda iluminado, hasta el punto que exclama: «Ahora, Señor, puedes, según tu palabra, dejar que tu siervo se vaya en paz; porque han visto mis ojos tu salvación, la que has preparado a la vista de todos los pueblos, luz para iluminar a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel».

También nosotros podemos pedir esa luz que nos ilumine y nos permita ver al Redentor, que nace cada día en nuestros corazones. Y lo podemos solicitar a través de su Madre, suplicándole que interceda por nosotros y nos lo presente en el templo de nuestro corazón, para que le, como el anciano Simeón, le reconozcamos desde lo más profundo de nuestro ser.

Porque, el Señor, nace en nosotros cada día, y, también, cada día se presenta en nuestra vida invitándonos a transformarnos en hombres nuevos. Invitándonos a dejar la ley antigua y tomar la nueva, convirtiéndonos en hombres con un corazón lleno de amor misericordioso. Hombres capaces de ver más allá de las cosas de este mundo y proclamar que, el Dios hecho Hombre, está entre nosotros para proponernos vivir según la Voluntad de su Padre y, por su Gracia y Misericordia, alcanzar la dicha de llegar a estar a su derecha junto al Hijo.

jueves, 2 de febrero de 2017

PRESENTACIÓN EN EL TEMPLO

(Lc 2,22-40)
También nosotros hemos sido presentados. Por un lado han dado justificación en el juzgado de lo civil de tu nacimiento. Y también hemos sido registrado y empadronado en el Ayuntamiento de nuestro pueblo o ciudad. Son los tramites que la ley exige y prescribe.

Pero, también, si nuestro padres son cristianos creyentes, nos han bautizado en la Iglesia. Para ello solicitan el Bautismo y nos presenta a la comunidad de la Iglesia. Jesús también, como cualquier hijo de Israel, fue presentado en el Templo de Jerusalén, según la Ley de Moisés, para su consagración al Señor. 

Y he aquí que había en Jerusalén un hombre llamado Simeón; este hombre era justo y piadoso, y esperaba la consolación de Israel; y estaba en él el Espíritu Santo. Le había sido revelado por el Espíritu Santo que no vería la muerte antes de haber visto al Cristo del Señor. Movido por el Espíritu, vino al Templo; y cuando los padres introdujeron al niño Jesús, para cumplir lo que la Ley prescribía sobre Él, le tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo: «Ahora, Señor, puedes, según tu palabra, dejar que tu siervo se vaya en paz; porque han visto mis ojos tu salvación, la que has preparado a la vista de todos los pueblos, luz para iluminar a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel». Su padre y su madre estaban admirados de lo que se decía de Él. 

Si observamos las palabras de Simeón, advertimos como describe la misión de Jesús. Como canta la salvación que Dios ha ofrecido a su pueblo enviando al Mesías, al salvador y redentor. Proclama que sus ojos han visto ya al Salvador al contemplar a aquel Niño. ¿No es esto una prueba más que suficiente para todos aquellos que quieren pruebas? ¿Es qué están ciegos?

Y continúan Simeón diciendo que es la salvación que ha preparado el Señor a la vista de todos los pueblos. Luz para iluminar a los gentiles y gloria de Israel. Somos nosotros los destinatarios de esa salvación. Ahora, ¿abrimos nuestros ojos para que esa Luz nos ilumine? O dicho de otro modo, ¿nos dejamos iluminar por esa Palabra que nos salva y nos señala el camino de salvación? Será cuestión de reflexionarlo y meditarlo. Pero también de pedirlo y abrirnos a la Gracia del Espíritu Santo.

jueves, 29 de diciembre de 2016

SÓLO DIOS PUEDE PREDECIR EL FUTURO

(Lc 2,22-35)
Hoy, el Señor, vuelve a dejarnos otra señal de su Poder y Divinidad. A través de Simeón, al cuál le había sido revelado por el Espíritu Santo que no vería la muerta antes de haber visto al Cristo del Señor. Y movido por el Espíritu vino al Templo, para que se cumpliera lo que estaba previsto y anunciado.

Estaba allí José y María, pues habían ido al Templo a cumplir con lo que prescribía la ley, y al verlo Simeón, lo tomó el sus brazos y dijo: «Ahora, Señor, puedes, según tu palabra, dejar que tu siervo se vaya en paz; porque han visto mis ojos tu salvación, la que has preparado a la vista de todos los pueblos, luz para iluminar a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel».

Esto no se puede explicar sino desde el Poder y la Divinidad de Dios. A veces buscamos milagros y teniéndolos delante de los ojos no los vemos. Encontramos excusas para justificarnos y para cerrar los ojos. Queremos entender lo que sólo podemos creer por la fe. Nunca podrás comprender quien te ha creado. Dejarlo en manos del Big Bang no tiene mucho sentido común, pues todo ha sido ordenado por una gran inteligencia. Es más sensato creer en la Revelación, que da muchas razones para creer.

El episodio de Simeón es uno más entre las muchos que encontramos para quedarnos perplejos y con la boca abierta, y simplemente decir como Tomás: "Señor mío y Dios mío". No suceden las cosas porque sí ni por casualidad en el plan de Dios. Todo está guiado por el Espíritu de Dios, y el Señor nos deja sus señales para que tengamos razones para creer.

Claro está que siempre nos hará falta la fe, pues con todo claro sería muy fácil creer. Y, el sentido común nos dice que merecemos pagar por nuestro pecado. La fe es ese esfuerzo, riesgo, confianza y abandono en las Manos del Señor. Se trata de confiar, pero no ciegamente, sino con muchas razones y sentido. Es obvio que dentro de nosotros está la huella de Dios: a) queremos ser felices; b) también eternos, y c) sólo el amor nos hace sentirnos así. No cabe duda que venimos de Dios, y a Él volveremos.

martes, 29 de diciembre de 2015

OTRA PRUEBA MÁS DE LA DIVINIDAD DEL NIÑO DIOS

Lc 2, 22-35


No se puede explicar ni entender con razón humana la profecía que Simeón da cumplimiento con la exaltación de sus palabras ante la presencia de aquel niño, que él descubre y revela como el Mesías esperado. No hay otra explicación sino por la intervención del Espíritu Santo. Toda estaba previsto y cuidadosamente preparado para que la profesía hecha a Simeón se cumpliera.

No podemos negar la divinidad del Niño Dios sino llevados por nuestra soberbia y ceguera, ante las pruebas tan claras y evidentes que la vida de Jesús nos presenta. No se puede explicar como aquel viejo Simeón puede saber que el Niño que tiene en sus manos es el Mesías esperado. Y que aquella Mujer, su Madre, sufrirá un gran dolor. Cerrar los ojos a esta evidencia, y a muchas otras más acaecidas y que seguirán sucediéndose en el tiempo de la vida de Jesús en la tierra, es pura indiferencia sometida al orgullo, soberbia y suficiencia del hombre.

Jesús se somete en todo a la ley, porque ha decidido ser como el hombre, menos en el pecado. Los padres de Jesús cumplen con el precepto de acudir al templo para presentar a su hijo y ofrecer lo establecido: dos tórtolas o pichones, para consagrarlo al Señor. Pero todo lo profetizado se cumple en Él.

Hay muchas pruebas que nos revelan la evidencia de la identidad de Jesús. Es el Mesías esperado, el Hijo de Dios Vivo, y viene para revelarnos la locura de amor de su Padre. Jesús es nuestra esperanza y nuestra salvación. Jesús es, nos dirá el mismo, el Camino, la Verdad y la Vida.

Abramos los ojos de nuestros corazones y dispongámonos con docilidad a seguir los pasos de Jesús que nos enseña el Camino, la Verdad y la Vida Eterna.