lunes, 30 de abril de 2018

TU PALABRA, SEÑOR, ME LLENA DE ESPERANZA

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Jn 14,21-26
Hoy, Señor, mi pobre corazón se llena de esperanza y alegría. Y no es para menos, porque lo que me dices llena plenamente mi pobre y humilde corazón en gozo, esperanza y gratitud. Porque, yo, Señor, quiero tener tus mandamientos y guardarlos, pues ellos dan la paz al hombre y al mundo. Pero, Tú me dices: «El que tiene mis mandamientos y los guarda, ése es el que me ama; y el que me ame, será amado de mi Padre; y yo le amaré y me manifestaré a él». Por eso, empezaba mi reflexión con esas palabras de esperanza, gozo y alegría dándote gratitud por todo eso que nos dices y nos promete.

Gracias, Señor, porque nos revelas que el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en tu nombre, nos acompañará asistiéndonos, enseñándonos y recordándonos todo lo que no hemos entendido u olvidamos con el ruido a que nos somete este mundo. Gracias, Señor, porque no nos hemos quedado solos, sino que nos acompaña en nuestro camino el Espíritu Santo, y en Él nos experimentamos capaces y fuertes para vencer los peligros y tentaciones que el mundo nos presenta.

Es una garantía sabernos morada de la Santísima Trinidad, y no porque se nos antoje a mí decirlo, sino porque Tú, Señor, nos lo dice claramente en este Evangelio: «Si alguno me ama, guardará mi Palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él».

Sé, Señor, de mis debilidades, de mis inclinaciones y de mi condición pecadora. Son consciente de que mi naturaleza humana está tocada y herida por el pecado, y de eso se aprovecha el Maligno. Pero, tengo en cuenta tus Palabras, Señor, y me fío de Ti. Por eso, agradecido de todo lo que me dices me siento confiado, firme y seguro y me pongo en tus Manos. 

Y me esfuerzo en estar cerca de Ti, permanecer en Ti, tal y como me decías ayer domingo. Permanecer injertado en Ti, como el sarmiento en la Vid, para tener acceso a tu Gracia y recibir de tu Espíritu la fortaleza y la capacidad de discernir siempre el buen camino.

domingo, 29 de abril de 2018

PERMANECER PARA DAR FRUTOS

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Jn 15,1-8
Hay muchas personas que piensan que con sólo sus esfuerzos pueden llevar sus vidas a buen puerto. Hay muchos que piensan que sus ideas y proyectos les darán buenos frutos y así lo manifiestan y se conducen por la vida. Permanecen con los ojos cerrados, porque la experiencia de la vida nos demuestra que al final todo se pierde y, sin una esperanza trascendente, nada tiene sentido.

El hombre guarda en su corazón un anhelo trascendente. Su más íntimo deseo es conseguir la felicidad eterna. No le vale una felicidad temporal, de esas que empiezan bien, pero acaban mal. El hombre busca afanosamente ser feliz cada instante de su vida y lo quiere para siempre. Podemos hacernos una pregunta, una pregunta que subyace en lo más profundo de cada ser humano: ¿Quién ha escrito ese deseo dentro de su corazón? Porque es indudable que alguien lo habrá puesto.

También, podemos observar que toda persona humana necesita esperanza, y, mejor decir, una esperanza trascendente que la vitalice y la mueva a vivir con alegría y con entusiasmo. Porque, cuando la esperanza se desvanece nace la depresión y el abandono. Por todo ello, hoy el Evangelio nos anima a dar frutos y a revelarnos que sin Jesús nada podemos dar. Y nos anima desde el conocimiento de saber quienes somos y de donde venimos, y de las necesidades que tenemos.

En aquel tiempo, Jesús habló así a sus discípulos: «Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el viñador. Todo sarmiento que en mí no da fruto, lo corta, y todo el que da fruto, lo limpia, para que dé más fruto. Vosotros estáis ya limpios gracias a la Palabra que os he anunciado. Permaneced en mí, como yo en vosotros. Lo mismo que el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid; así tampoco vosotros si no permanecéis en mí.

Necesitamos dar frutos, pero no podremos hacerlo si no estamos unidos e injertados en el Señor. Y nos injertamos en el momento de nuestro bautismo. Y permanecemos en Él a través de los sacramentos y perseverando e insistiendo en permanecer, valga la redundancia, a su lado. Sólo en Él daremos frutos, y frutos en abundancia.

sábado, 28 de abril de 2018

JESÚS, ROSTRO DEL PADRE

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Jn 14,7-14
No sabemos nada del Padre. Le conocemos sólo por el nombre, pero no sabemos nada más. Sin embargo, Jesús nos dice hoy que quien le conoce y le ve ha visto también al Padre. Lo expresa claramente en respuesta a la pregunta que le hace Felipe.

Es verdad que tú y yo podemos alegar y justificarnos que no hemos visto a Jesús, y menos al Padre, pues pertenecemos a otra época, pero, también es verdad que nos ha dejado su Palabra y el testimonio su Iglesia apoyada en el testimonio de sus apóstoles, que sí le conocieron y recibieron directamente de Él sus enseñanzas. A nosotros, que somos unos privilegiados, sólo nos resta creer y confiarnos a su Palabra. Precisamente, hoy nos dice que Él está en el Padre y el Padre está en Él.

Y digo que somos unos privilegiados porque, a los apóstoles les costó mucho entenderle y, por eso, necesitaron ser asistidos e iluminados por el Espíritu, y ver a Jesús Resucitado. Pero, nosotros hoy tenemos las enseñanzas de la Iglesia fundadas y apoyadas en el testimonio del colegio apostólico. Es verdad que también tenemos dificultades, pero hay muchas razones que nos ayudan a comprender en la medida de nuestra naturaleza la presencia del Señor en nuestra vida. Porque, lo experimentamos dentro de nosotros.

Él y el Padre son uno. El Padre, que permanece en Él es quien actúa y hace las obras. Obras que tampoco nosotros hemos visto, pero sí oídas y que nos han sido transmitidas por los apóstoles y la Iglesia en nuestro tiempo. Sí, a nosotros nos toca creerle, porque su Palabra sigue viva y cada día nos habla y se nos revela en la Palabra del Evangelio.

Tenemos el mismo Espíritu que Él recibió en el Jordán para ir entendiendo todo lo que nos ha dicho Jesús a través del testimonio de los apóstoles y de la Escrituras. También nos fortalece y nos asiste, y nos abre la mente para que podamos verle en lo más profundo de nuestro corazón. Posiblemente, nuestra fe, al menos la mía, sea muy pequeña y no damos la talla, porque es el mismo quien nos dice que podemos hacer las mismas obras que Él y aun mayores. Tenemos el mismo Espíritu, recibido por nosotros en nuestro bautismo, sólo nos falta la fe.

viernes, 27 de abril de 2018

NOS LLENA DE ESPERANZA Y NOS CONFORTA LO QUE NOS DICE JESÚS

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Juan 14, 1-6
Estamos invitados a la Casa del Padre. Y no nos invita un cualquiera ni un recomendado indirectamente, sino que nos hace la invitación de forma personal y directa el Hijo de Dios,el enviado del Padre, precisamente enviado para salvarnos. Y nos dice: «No se turbe vuestro corazón. Creéis en Dios: creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas mansiones; si no, os lo habría dicho; porque voy a prepararos un lugar. Y cuando haya ido y os haya preparado un lugar, volveré y os tomaré conmigo, para que donde esté yo estéis también vosotros. Y adonde yo voy sabéis el camino».

¡Qué alegría, que esperanza, tenemos ya reserva en el Cielo! ¡Y una reserva hecha por el mismo Jesús, el Hijo de Dios! En realidad, ¿tomamos conciencia de lo que eso significa? Posiblemente, casi seguro que no, pues envueltos en este mundo lleno de ruidos, de aspiraciones materiales, de éxitos económicos y distracciones banales, ahogamos nuestra dicha de estar invitados a la mayor fiesta que nunca tendrá fin. Por eso, la importancia de aislarnos para, en silencio, meditar y encontrarnos con nuestra propia realidad a la que estamos llamados.

Y, para más sorpresa y dicha, Jesús, a la pregunta de Tomás, responde: «Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?» Le dice Jesús: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí. Es para quedarse con la boca abierta y lleno de gozo y admiración. Y además nos promete que vendrá a buscarnos. No quiere que nadie se pueda perder y nos acompaña para llevarnos a ese lugar prometido. Nada más y nada menos que la Casa del Padre, donde Él está y para permanecer con Él y junto al Padre eternamente.

No podemos esperar mejor Noticia. Satisface todas nuestras expectativas y todas nuestras ansias de felicidad eterna. Indudablemente, tengamos confianza y pidamos la Gracia de valorar y entender lo gran Noticia que Jesús nos revela en este pasaje evangélico.

jueves, 26 de abril de 2018

SAL Y LUZ

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Mateo 5, 13-16
Muchas veces hemos oído este Evangelio, y muchas veces seguiremos oyéndolo, porque necesitamos recordar en todo momento de nuestra vida que somos sal y luz que sala y alumbra el mundo. Porque, si no salamos ni damos luz, ¿qué pasará? Posiblemente, la sal se volverá sosa y quedará inhabilitada para salar el mundo.

Un mundo que necesita sabor; un mundo que necesita alegría; un mundo que necesita gusto por la verdad, la justicia y la fraternidad. Un mundo donde esa sal conserva y aviva el amor y la paz. Una sal evangélica que proclama la verdad y la justicia del verdadero amor. Una sal que nos da sabor para escuchar y vivir en la Palabra de Dios. Una sal de la que hemos sido revestido en nuestro bautismo y de la que debemos hacer uso para salar el mundo de los criterios de la Palabra de Dios.

Pero, no sólo basta con salar. También tenemos que dar luz. Una luz que alumbre el camino y que enseñe a los hombres a ver la Verdad, el Camino y la Vida. Una luz que de testimonio de la Palabra de Dios con sus obras y testimonio. Una luz que, su luz, valga la redundancia, se desprenda de su mismo y propio actuar que le viene de la única y verdadera Luz que es el Señor, el Hijo de Dios hecho Hombre que nos señala el Camino, la Verdad y la Vida.

Ser cristiano católico consiste en revestirse de esa sal que contagia la fe en Jesús, y de esa luz que nos ilumina el camino que recorremos con Él a lo largo de la etapa de nuestra vida en este mundo, por el que peregrinamos hacia el que Jesús nos ha prometido y nos ha ido a preparárnoslo, para llevarnos cuando regrese en su segunda venida.

Seamos consciente de nuestro compromiso bautismal y pidamos con confianza y perseverancia la capacidad necesaria para ser sal y luz en el camino de nuestra vida.

miércoles, 25 de abril de 2018

ENVIADOS A EVANGELIZAR

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Mc 16,15-20
No es por capricho nuestro o por puro proselitismo, es por mandato, necesidad y por una incondicional libre voluntad de hacerlo. Porque, el mandato de Jesús no se impone, sino se propone a todos aquellos que así y libremente lo aceptan y se comprometen a ello. Porque, nuestro compromiso empieza en el Bautismo para los que en edad adulta se bautizan, y para los que nuestros padres nos lo han regalado, empieza en la temprana edad de la primera comunión, confirmación y capacidad de respuesta y compromiso.

Porque, no estamos hablando de algo que pasa, que puede o no puede influir en nuestra vida, o de algo que puedes comprar o vender. Estamos hablando de la vida, de tu vida. De esa vida que tanto deseas vivir y conservar; de esa vida que anhelas vivir de forma plena y que buscas con todos tus esfuerzos. Quieres ser feliz y vivir eternamente. Hablamos de eso 

Por lo tanto, el compromiso y la obligación de proclamarlo es algo muy serio. Lo más serio e importante de nuestra vida, porque es lo que todos buscamos. No se trata de algo que se puede o no aceptar, se trata de lo que todos quieren y desean. Se trata de lo que todos llevan escrito e impreso en sus corazones. Se trata de la Salvación Eterna. Y nuestra responsabilidad de proclamarlo, hablarlo o contagiarlo es ineludible.

Nuestro Señor Jesús asciende al cielo y nos deja la misión de continuar la buena Noticia de salvación a la Iglesia. Esa Iglesia que Él fundó en sus apóstoles y que camina desde su Ascensión a los Cielos. Esa Iglesia que ha tenido dificultades, divisiones y seudobrotes que la erosionan y la amenazan, pero que no pueden con ella, porque es invencible. El Espíritu Santo la protege, la dirige, la auxilia y la fortalece.

No tengamos miedo. Demos testimonio de nuestra fe y vivamos firmes en la presencia del Señor. Porque, nuestro Dios es un Dios de vivos. Jesús, el Señor, el Hijo de Dios Vivo, ha muerto crucificado, pero ha Resucitado y Vive entre nosotros. Con Él seremos siempre mayoría aplastante.

martes, 24 de abril de 2018

LA EXIGENCIA DE NUESTRA RAZÓN

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Jn 10,22-30
Queremos ver y comprender según nuestra razón, y exigimos que nos lo demuestren, que nos hagan algo espectacular y que nos dejen satisfechos. Eso de fiarnos y de creer no van con nosotros. Somos desconfiados, orgullosos y exigimos pruebas y demostraciones. Nada de palabras y de confianza. Nos sentimos con derechos y descubrimos nuestra soberbia.

Y nos alejamos de Dios, porque la soberbia nos pierde y nos ciega. Se hace necesario ser humilde y reconocer nuestra condición humilde, pues somos pequeños, pobres y limitados. Nuestra mente no puede abarcar los misterios del mundo, el espacio, los millones de constelaciones y todo lo que se esconde a nuestra vista y razón. Cuanto más el Creador de todo lo visible e invisible.

¿Cómo nos atrevemos a pedir y exigir a Jesús que nos dé pruebas de su Divinidad? ¿Acaso tenemos derecho a exigírselo? ¿No nos basta todo lo que nos ha dicho y ha hecho? Y si no creemos en su Palabra, ¿no nos basta sus obras? El resultado es que aquellos que cierran los ojos alentados por su soberbia, no podrán verle ni creer en Él. Se necesita la humildad, porque es ahí donde realmente está la sabiduría del hombre.

Y esa sabiduría nos lleva a escuchar la Voz del Señor y a seguirle, porque en Él encontraremos todo lo que buscamos: "El gozo y la felicidad de la Vida Eterna", que Jesús nos lo promete y da a todos los que le siguen y se cuentan entre sus ovejas. Nos lo dice muy claramente, y nos fiamos de Él.:«Ya os lo he dicho, pero no me creéis. Las obras que hago en nombre de mi Padre son las que dan testimonio de mí; pero vosotros no creéis porque no sois de mis ovejas. Mis ovejas escuchan mi voz; yo las conozco y ellas me siguen. Yo les doy vida eterna y no perecerán jamás, y nadie las arrebatará de mi mano. El Padre, que me las ha dado, es más grande que todos, y nadie puede arrebatar nada de la mano del Padre. Yo y el Padre somos uno».