sábado, 22 de diciembre de 2018

CANTO DEL MAGNIFICAT

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Al saludo de Isabel tras la presencia de María, ésta responde con el canto del Magnificat: «Engrandece mi alma al Señor y mi espíritu se alegra en Dios mi salvador porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava, por eso desde ahora todas las generaciones me llamarán bienaventurada, porque ha hecho en mi favor maravillas el Poderoso, Santo es su nombre y su misericordia alcanza de generación en generación a los que le temen. Desplegó la fuerza de su brazo, dispersó a los que son soberbios en su propio corazón. Derribó a los potentados de sus tronos y exaltó a los humildes. A los hambrientos colmó de bienes y despidió a los ricos sin nada. Acogió a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia —como había anunciado a nuestros padres— en favor de Abraham y de su linaje por los siglos».

María está llena de gozo y desborda agradecimiento por la Infinita Misericordia de Dios. María está llena de Gracia y el Señor está en su presencia. Por eso, Isabel, al advertir su presencia irrumpe con esa hermosa exclamación que nos sorprende y nos llena de alegría: «Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno; y ¿de dónde a mí que la madre de mi Señor venga a mí? Porque, apenas llegó a mis oídos la voz de tu saludo, saltó de gozo el niño en mi seno. ¡Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!».

María es un ejemplo de las maravillas que hace la Misericordia de Dios y de su Gloria. Invadidos por su Gracia, nuestra vida se transforma, se abaja, se humilla, se da, se entrega, se abre a la disponibilidad y a la generosidad, se llena de gozo y alegría a pesar de la lucha y el dolor de cada día. María canta y descubre la Gloria y el Poder de Dios.

María es la elegida y ante tan alta dignidad, no hay nada mayor, María se muestra sencilla y humilde. Sabe que todo es Gracia y que sus méritos no alcanzan para tan alta dignidad. Miremos a María para, acompañados por ella mostrarnos humildes y abiertos a la Gracia y la Misericordia de Dios.

viernes, 21 de diciembre de 2018

EL MIGLAGRO DE LA VISITACIÓN

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Y digo milagro, porque, ¿cómo es posible que Isabel al advertir el saludo de María, su prima, exclama: «Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno; y ¿de dónde a mí que la madre de mi Señor venga a mí? Porque, apenas llegó a mis oídos la voz de tu saludo, saltó de gozo el niño en mi seno. ¡Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!».

¿De dónde puede Isabel saber y decir eso sino por obra del Espíritu Santo? No hay otra respuesta, porque en aquel momento no había medios para poderle llegar la noticia. Y también, ¿cómo María se dirige a casa Isabel porque sabe que esta en cinta? Sabemos, y eso confirma, la anunciación por el Ángel San Gabriel?

Y pasa desapercibido este pasaje del Evangelio donde María es elegida la Madre de Dios. Donde, María es llena de Gracia no por sus méritos sino por Gracia de Dios y donde se puede ver claramente la acción divina de la Mano de Dios. Confieso que a mí me pasó desapercibido hasta hace muy poco tiempo, y después de leerlo y oírlo muchas veces.

Sucede que muchas personas piden signos y hechos que les ayuden a ver y a encender su fe. El signo está claro, es la Cruz y la Resurrección, pero también hay muchos otros acontecimientos que nos descubren la presencia de Dios entre nosotros. Y estos de la Anunciación y Visitación nos descubren que la acción de Dios se pone de manifiesta en la elección de la Virgen y en la de su prima Isabel.

Y es que no se puede explicar de otra forma. Dios actúa y nos llena de gozo y alegría a pesar de que la misión comporta riesgo y dificultades. Mantengámonos expectante y disponibles a dejarnos transformar y conducir por la acción del Espíritu Santo, tal y como hicieron María, José e Isabel.

jueves, 20 de diciembre de 2018

LA ANUNCIACIÓN

María no sólo es creyente, sino que esa fe la pone en Manos de Dios y se abre a ella: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra». Podemos preguntarno que medida tiene nuestra fe ante la invitación que el Señor nos hace a través de nuestro Bautismo y Confirmación, y en el camino de nuestra vida. ¿Tenemos algo que decir?

Hoy voy a transcribir el Evangelio y a dejar que cada uno que desee leerlo abra su corazón al Espíritu Santo y reflexione sobre la venida del Espíritu Santo, porque, también nosotros somos llamados y anunciados a proclamar el nacimiento del Señor.

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Texto del Evangelio (Lc 1,26-38): Al sexto mes fue enviado por Dios el ángel Gabriel a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María. Y entrando, le dijo: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo». 

Ella se conturbó por estas palabras, y discurría qué significaría aquel saludo. El ángel le dijo: «No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios; vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. Él será grande y será llamado Hijo del Altísimo, y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin».

María respondió al ángel: «¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?». El ángel le respondió: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios. Mira, también Isabel, tu pariente, ha concebido un hijo en su vejez, y éste es ya el sexto mes de aquella que llamaban estéril, porque ninguna cosa es imposible para Dios». Dijo María: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra». Y el ángel dejándola se fue.

miércoles, 19 de diciembre de 2018

TÚ, SEÑOR, TIENES PALABRA DE VIDA ETERNA

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Lc 1,5-25
Todo en Ti, Señor, se cumple y, de ello, nos has dejado muchas pruebas y testimonios de los que lo han visto con sus propios ojos. Ciegos, paralíticos, tullidos, enfermos, muertos...etc, han dejado testimonio de tu poder y bondad. Pero, igual que muchos que lo han presenciado no han abierto sus ojos, también a nosotros nos cuesta abrirlos.

Zacarías, el protagonista del Evangelio de hoy y padre de Juan el Bautista dudó de la Palabra del Ángel Gabriel y quedó mudo. Otra prueba de la presencia y el poder del Señor. Sin embargo, perseveró en su paciencia y creyó. El signo de su fe fue su sí a la conformidad del nombre de su hijo: "Juan será su nombre". 

¿Qué nos ocurre a nosotros? ¿Perseveramos en nuestras peticiones y creemos en el poder de Dios? Posiblemente, como a Zacarías, hemos tenido nuestras llamadas y signos a los que no hemos hecho caso. Quizás, hemos estado en algún cursillo o ejercicio espiritual y hemos mirado para otro lado. Quizás, no hemos abierto la puerta de nuestro corazón al Espíritu Santo y le hemos despedido. Posiblemente haya muchos quizás en nuestras vidas, pero, ¿estamos atento a la escucha de la Palabra de Dios?

Es posible que queramos situarnos en nuestra vida sin contar con Dios, pero, a pesar de que , en principio experimentemos que nos sale bien, al final el dolor y el sufrimiento llega. Y cuando llega necesitamos la presencia del Señor, porque sólo en Él encontraremos soluciones a nuestros problemas. Soluciones que no pasa porque todo se resuelva, pero sí por aceptar el dolor en paz y con esperanza.

No podemos vivir una vida desencarnada de la presencia de Dios. No podemos separar los momentos que estamos en el templo de los momentos que estamos en la familia, en la calle o con los amigos. Siempre está Dios con nosotros y su presencia nos da paz, esperanza y orientación por el camino que debemos recorrer. Sepamos que Dios nos escucha como a Zacarías y también nos responde aunque nosotros no le entendamos.

martes, 18 de diciembre de 2018

SÓLO LA FE DA RESPUESTA A NUESTROS INTERROGANTES

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Mt 1, 18-24
Puede plantearte los interrogantes que quieras, y buscar las razones y respuestas más aparente que se te pueda imaginar, pero nunca encontrarás la respuesta adecuada, porque no la hay. No cabe en tu cabeza ni en ninguna otra cabeza este misterio. Ni tampoco en la del justo José. 

María y José hicieron un acto de fe que debe servirnos para hacerlo también nosotros. Por la fe de María y de José el Señor se hace Niño, se encarna en naturaleza humana y nos libera de la esclavitud del pecado No hay otra respuesta sino la de fiarnos y creer en la Palabra del Señor. Ese es el primer punto de nuestra conversión y comienzo de nuestro camino. Puedes rechazarlo, pero tu propio camino te irá haciendo ver que el Poder del Señor es Inmenso y que su Palabra es nuestra única esperanza de salvación.

Se nos hace difícil creer, pues nuestra naturaleza humana está tocada y herida por el pecado. El mundo, demonio y carne nos tientan y nos tratan de convencer que eso no es así. Nuestra razón, limitada por el pecado, tampoco llega a entenderlo, pero nuestra esperanza nos dice y nos habla de que Dios existe, nos ama y se ha hecho hombre para salvarnos de las ataduras y esclavitudes del pecado.

Lo experimentamos dentro de nosotros. Buscamos a toda mecha la felicidad, pero, ¿la encontramos? Ni el dinero, ni la fama, el poder y todo lo que quieras añadir te la dan. Ni tampoco la salud. El tiempo corre y te haces viejo y descubres que el mundo se te escapa de las manos. ¿Tiene sentido eso? Dios ha dejado su huella dentro de tu corazón y te exige que te fies de Él. Es la prueba que tienes que superar y afrontar. María y José lo hicieron, y a pesar de todas las visicitudes que tuvieron que vivir, pasar y sufrir, supieron sostenerse firmes en la fe al Señor.

El final esconde la felicidad y el gozo eterno. También tú y yo podemos hacerlo, porque el Señor nos acompaña y provee nuestras necesidades y nos defiende en nuestras luchas. Creamos que el Niño Dios ha nacido de María para ofrecernos la salvación eterna.

lunes, 17 de diciembre de 2018

JESÚS ENCARNADO EN UNA DESCENDENCIA

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Mt 1,1-17
Jesús no aparece desencarnado de una descendencia humana. Sus orígenes están bien localizados en una descendencia generacional que llega hasta el momento de su nacimiento. Unas generaciones que se enmarcan en tres grupos de siete. Desde Abrahan, padre de la fe hasta David; desde David hasta que el pueblo es deportado a Babilonia y desde la deportación a Babilonia hasta Cristo.

No aparece Jesús desligado de una descendencia. Tras de sí hay toda unas generaciones donde se encuentra de toda, desde mujeres extranjeras, rameras y paganas. Mateo parte desde Abrahan, pero Lucas llega hasta Adán. Lo verdaderamente importante es que Jesús se hace hombre con un pasado generacional que le vincula a su encarnación como Hijo de Dios en Naturaleza humana.

Una encarnación que le iguala a cualquier humano y, abjándose y despojándose de todo privilegios deja su Naturaleza Divina para igualarse al hombre menos en el pecado. Y, como hombre, emprende el camino que le lleva a descubrir su Misión, la de ser el enviado por el Padre para anunciar a los hombres la salvación. A anunciarlo el Amor de un Padre que nos quiere y que nos ofrece liberarnos del pecado.

Ese pecado que nos tienta cada día y nos hace experimentar lo que no queremos experimentar. Nos enfrenta, por egoísmos, a los otros. Nos duele ver feliz a otros; nos exige que los otros sean como nosotros; nos hace formarnos una idea de las cosas y que queremos que los otros las vean igual. Interpretamos el mundo de una forma y pensamos que esa es la forma verdadera de interpretarlo. Estropeamos todo con nuestra forma de ser y pensar.

Jesús, hombre como nosotros, pero verdadero Hijo de Dios, nos enseña a ver el mundo de otra forma y a pensar que la única manera de permanecer unidos, aceptarnos, querernos y vivir en la verdad y la justicia, es decir, amarnos, es mirarnos en Jesús y abrirnos a su Palabra. Porque, Él es el verdadero y único Camino, Verdad y Vida.

domingo, 16 de diciembre de 2018

LAS DIFICULTADES NACEN DENTRO DE NOSOTROS

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Lc 3, 10-18
El problema no está afuera sino dentro. Dentro de nosotros mismos y en lo más profundo de nuestros corazones. Ahí se cultivan las dudas y las buenas y malas intenciones. Ahí surge la duda de quien es el enviado, si Juan el Bautista, que anuncia y prepara el camino para la venida del Señor, o del propio Jesús, el Mesías enviado a anunciar la llegada del Reino de Dios.

¿Con quien nos quedamos, con Juan o Jesús? La duda estaba en el ambiente y habían muchos que no sabían a quien seguir. Pero, Juan el Bautista da un paso adelante y lo deja claro. Él no es el Mesías sino la voz que prepara y anuncia al Mesías. Y continua diciendo: "Yo les bautizo con agua, pero viene el que es más fuerte que yo, a quien no merezco desatarle la correa de sus sandalias. El les bautizará con Espíritu Santo y fuego, y en su Mano tiene el bieldo para aventar su parva, reunir su trigo en el granero y quemar la paja en una hoguera que no se apaga".

Juan expresa y manifiesta claramente que el no es el Cristo y no se aprovecha de aquellos que le señalaban como tal. Juan se humilla, se abaja y se aparta, pues conviene que él desaparezca y crezca el Mesías, el enviado, el Hijo de Dios verdadero. Juan descubre toda sospecha de verse favorecido, incluso por aquellos que quizás con malas intenciones quieren dividir y confundir.

Juan es el testigo que cumple su misión y es fiel a ella. Él pone la voz, pero no es la Palabra. Pone el grito y el anuncio, pero se refiere al Señor que viene. Simplemente se dedica a preparar el camino y a anunciar la venida del Cristo, el Mesías enviado para salvar a todos los hombres de pecado. Juan predica y proclama la necesidad de arrepentimiento y conversión. Preparemos también nosotros los caminos del Señor y seamos testigos de su venida con nuestra vida y palabra amparada y sostenida en la acción del Espíritu Santo.