sábado, 23 de mayo de 2009

A LA FE SE LLEGA POR LA RAZÓN


En muchos momentos, cuando el horizonte se nubla, la impaciencia te sobrecoge y el sentido de la vida parece oscuro, sin esperanza y sin, valga la redundancia, sentido común, te desplomas y tu integridad se ve sacudida y con el deseo de rendirte, de dejar de luchar, de no sentirte tan responsable, de erguir la espalda tan doblada por el peso del compromiso responsable, del sentimiento de responder al mal con bien, de ser libre y, en consecuencia, buscar el bien común.

Es entonces, en esos momentos difíciles y duros cuando la razón se pone en funcionamiento y enebra los pensamientos y juicios que te encienden el entendimiento y te abren a la luz de la fe, de proclamar, como hace unos momentos compartía con mi amigo y hermano en la fe, Elías, "yo si creo en DIOS, y disfruto la vida con ÉL".

Y es que fe es saberse querido y aceptado por el PADRE DIOS, que nos quiere, que nos acepta tal y como somos ahora, en este mismo momento, con nuestras debilidades, cabezudeces, perezas, limitaciones, soberbia, egoísmos, vanidades... ÉL sabe como somos, no en vano somos su obra y sus hijos, y en prueba de su amor nos entregó a su verdadero HIJO, para que viniera a decirnos lo mucho que nos quería, y a enseñarnos el Camino para mejorar y ser más buenos.


Porque nuestro PADRE DIOS, nos quiere como somos, pero le gustaría que mejoremos, que seamos, poco a poco, mejores, menos débiles, menos cabezudos, perezosos, limitados, soberbios, egoístas, vanidosos... por eso ha decidido quedarse con nosotros, y sabiendo, hoy día de la ascensión, que tenía que volver al PADRE, nos ha dejado al ESPÍRITU que vendrá muy pronto, Pentecostés, a quedarse con nosotros para asistirnos y acompañarnos en el camino.

No tengamos miedo, pues el ESPÍRITU está con nosotros y siempre nos alumbrará el lugar por donde podemos seguir la marcha, el camino, hasta llegar a la Casa. DIOS nos quiere tanto que permanece callado a nuestro lado, al lado de los que lo tratan indiferente y lo insultan; al lado de los que no le reconocen como PADRE; al lado de los que no quieren hablarle ni que les hable; al lado de los que, incluso, le ofenden, le insultan, le persiguen en el prójimo...

DIOS, nuestro PADRE, nos quiere tanto que con la entrega de su HIJO nos demuestra, más no se puede hacer, la altura de su Amor. Y eso, razonado, nos alumbra el camino que nosotros, sus hijos, debemos recorrer. Si DIOS, mi PADRE, me quiere de esa manera, ¿no tendré yo que hacer lo mismo con los demás? Ese testimonio de amor, que aguanta todo y espera a que respondamos, hasta el último momento de nuestra vida, aquí en la tierra, nos da a pensar que nosotros debemos proceder de la misma manera.

Por eso, en correspondencia al que me regala la vida y una vida para siempre, eterna y feliz, y sin méritos ninguno por mi parte, porque no le respondo como debiera, yo no puedo menos que esforzarme en hacer lo mismo con los demás. Y te das cuenta, al pensar de esa forma, que eso enciende tu vida, le da sentido, y es más, es la solución que todos esperamos y queremos, porque de esa forma no habría crisis, guerras, hambre, muertes, injusticias, desigualdades... ¿a qué esperan los señores gobernantes de las naciones y los que mueven los hilos económicos del mundo?

sábado, 16 de mayo de 2009

El MILAGRO DE LA VIDA.


Hace días, cuando me disponía a cerrar la ventana, debajo de la cual hay una planta, cuyo nombre desconozco, pues de planta sé muy poco, observé que estaba muy deteriorada y débil. Sus hojas yacían cabizbajas y debiluchas mostrando el rendimiento a inclinarse agotadas con el sufrimiento de no poder aguantar más. Su aparente estado olía desesperadamente a muerte y su agonía era apremiante.

Sorprendido por tal visión, espeté a Berta lastimado por la perdida de la planta, pues había sido un hermoso regalo de mi hijo Pepe y su encantadora novia María. Más, Berta, mi mujer, más conocedora de lo que podía pasar, respondió con el regalo de un poco de agua, sólo un poco, que a gritos silenciosos, la sencilla y humilde planta clamaba desesperadamente. Sólo quedaba esperar y mis recelos de que pudiera entonarse estaban en cierta duda.

Al día siguiente, invitado por Berta a que mirase la planta, mi sorpresa fue todavía mayor, pues su vitalidad y fuerza cantaban al mundo su agradecimiento por el agua recibida. Su color verde contrastaba con una hoja amarilla que había muerto en la agonía, pero su resplandor general y sus hermosas hojas firmes, esbelta y de un sano y brillante color explicaban al mundo el milagro vital del agua (vease la fotografía arriba mostrada).

Lamenté no haberle hecho una fotografía en el anterior y lamentable estado, pero ahora sí se la iba a hacer, y arriba se las muestro. Es asombroso ver la diferencia. Imaginesen todas esas hojas que ustedes ven ahora tan esbeltas y hermosas, caídas, torcidas y derrumbadas.

Simultaneamente y, como de forma instantánea, surgió en mí está reflexión que trato de plasmar y de rumiar para provecho propio y de todos los que puedan aprovechar. Así como el agua es vital para la vida de las plantas, la oración es vital para la vida espiritual de un creyente. Así como el árbol necesita podarse, limpiar sus ramas infectadas, enfermas, desformadas y asimétricas, así, nosotros necesitamos también podar nuestra vida para no dejarla debilitar, enfermar y perderse.


Tengo que podar mi voluntad, y ejercitarla en una disciplina, alumbrada por la razón y sentido común, de hábitos constructivos y armónicos que estructuren mis actos de conductas y coloreen y fortalezcan mis responsabilidades. Tengo que podar mis sentimientos y afectos, que se desvían por las apetencias de tragar mucha agua, más de la que necesito, e ingesta mi voluntad y fortaleza, debilitándome y perdiéndome.

Tengo que podar mis amistades, que me pesan demasiado y me contagian a dejarme guiar por un camino indisciplinado,. fácil, cómodo y desorganizado, que dará al traste con el cuidado de mis ramas, de mi limpieza, de mis buenos hábitos, de mi entrenamiento, de mis ratos de sol y sombra, de mi propia contemplación, de ser yo mismo.

Tengo que podar mis resultados, y cuidar mi eficacia y mis talentos (frutos), pues soy árbol para dar frutos y debo de producirlos de la mejor calidad, en razón a mis talentos y dones, y no desperdiciarlos y mal gastarlos. Tengo que ser fiel a lo que se me ha dado, y responder en consecuencia. Tengo que estar muy pendiente a la poda de mi vida, pues en el camino hay muchas cosas que dejar y tomar, pues sólo lo bueno y verdadero permaneces, lo demás perece.

Y tengo, fundamentalmente, que aconsejarme por el mejor cultivador, por el mejor jardinero, por el mejor y más sabio labrador. Porque sólo teniendo al que lo sabe todo, lo arregla todo, lo cuida todo, y se ofrece y entrega a hacerlo, es como puedo mantener mi árbol erguido, digno, hermoso, fuerte y eternamente feliz.

El Evangelio de hoy nos muestra, casualmente, el contenido de lo que quiero expresar en esta simple reflexión, y precisamente por boca del que tiene verdadera autoridad para decirlo: JESÚS. Sin ÉL nada podemos hacer, y sólo permaneciendo en ÉL y cumpliendo sus mandamientos, podemos mantener nuestro propio jardín hermoso y eternamente cuidado.

viernes, 8 de mayo de 2009

DIOS ES NUESTRO PADRE.

Al regreso de la Eucaristía, hoy viernes, tuve el sentimiento de experimentar, gozosamente, la cercanía y la vivencia de considerar y considerarme hermano de todos los hombres. Y esto surgió, porque desde siempre, hasta hoy, la palabra hermano me sentaba mal y me dolía el votarla y soltarla desde mis adentros hacia afuera. No por su contenido, ni por su significado, sino porque la dificultad de su compromiso, me exigía mucho, me obligaba a desapegarme y a morir a mí mismo. Ante tan elevada misión y desprendimiento, mis apetencias, apegos y egoísmos se resistían a pronunciarla, porque temían y temen no cumplirla.

¿Por qué la escribo en este blog, siendo consecuencia de una vivencia experimentada y sentida? Parece más apropiada para derramarlo en vivencias e inquietudes, más, me parece, sin dejar de tener su contenido vivencial, que corresponde al apartado de los criterios, que debemos de esclarecer para, entendiéndolos, sentirnos agarrados y profundamente hermanos.

También, es parte de la preparación y meditaciones con las que preparo mis "rollos" y vivencias desde la proclamación kerigmática de la Palabra a través del método del Cursillo. DIOS es nuestro PADRE, pero un PADRE lejano que sólo se manifestó en los Personajes por ÉL elegidos y por los profetas. Desde el principio su plan estaba pensado, y así lo realizó, desde Abrahan hasta la llegada de JESÚS. Era un DIOS lejano, invisible, manifestado en signos o en una voz. Un DIOS que nos hablaba a través de sus personajes elegidos y sus profetas. Un DIOS que podía generar dudas y desconfianza.

Un DIOS representado en personas que no tenían la autoridad y el crédito para creer ciegamente en ellos. Un DIOS que hablaba, pero no se sentía cercano. Por eso, en su éxtasis de locura de Amor, DIOS pensó que llegado el momento, todo iba a converger en su HIJO, y para ÉL todo había sido creado y pensado. Y, cuando llegó la hora, cuando el PADRE lo creyó oportuno, su Torrente de Amor Infinito generó la Persona del HIJO, que tomando la Naturaleza Humana, se hizo hombre y acampó entre nosotros.


Ahora, el DIOS PADRE, lejano y escondido entre nubes, brisas y fuego, nacía, pobre y humilde, entre nosotros los hombres. Y ya lo lejano se acercaba; lo invisible, se veía; lo escondido y etéreo, se tocaba y hablaba de tú a tú. DIOS PADRE entre nosotros. Y JESÚS, el HIJO, vino, no a hacer su propio plan, su propio proyecto, sino a dar cumplimiento al Amor del PADRE y a enseñarnos el camino de hacerlo nosotros también.

JESÚS, no hace lo que quiere, sino obedece la Voluntad del PADRE, y como HIJO, nos hace hijos a nosotros también, nos hace coherederos de su gloria, cumpliendo la Voluntad del PADRE, y enseñándonos el camino que, ÉL mismo, recorre primero: la Cruz.

Y ahí está la clave y el misterio. Nacemos en familia, y experimentamos que tenemos la misma sangre y el mismo padre, y ese sentimiento nos une y nos hace hermanos naturales, que nos lleva a querernos, unirnos fraternamente y hasta dar la vida unos por otros. Ese sentimiento de padre, hijos y hermanos nos compromete y enlaza a unos con otros.


Y JESÚS nos viene a decir que, no sólo somos hermanos naturales, sino que en su PADRE somos todos hermanos, pues nacemos del agua y del ESPÍRITU y en ÉL estamos todos contenidos y unidos. Por eso, para JESÚS todo tiene sentido, y su Vida está entregada, en el PADRE, por cada uno de nosotros; por eso, JESÚS, con toda naturalidad y sentimiento, da la vida por cada uno de sus hermanos y se entrega hasta ese extremo, porque ha experimentado, naciendo de María, la cercanía de sentirse hermano de todos los hombres.

Desde ahí, desde ese sentimiento que nos dignifica y nos une; desde ese sentimiento que nos descubre nuestro mismo origen y nos hermana, sólo se puede entender que todos los hombres estamos llamados a ser hermanos, a sentirnos cerca, a ayudarnos, a comprometernos y a respetarnos. Tantos los que desfavorecidos nada tienen, como los privilegiados tienen todo. Unos y otros deben compartir y repartir desde la honradez, sinceridad y el respeto.

Pero siendo siempre libres, porque la Verdad, nuestro PADRE ABSOLUTO, nos hace libre. Y libre no es sino buscar el bien común, el bien del otro, todo lo contrario de lo que creemos entender, cuando pensamos que libertad es hacer lo que quiero y me gusta. Cuando entendemos que es lo contrario, entendemos que lo más natural es ser hermano, aunque, por desgracia, no sea lo corriente.

domingo, 26 de abril de 2009

EL ENCUENTRO NECESITA CONOCERSE (VII Y ÚLTIMO).


Cuando alguien se encuentra con alguien que le impacta y le pone la piel de gallina, procura estar a su lado, porque es, junto a él, donde se encuentra bien y a gusto, y donde permanece feliz. Indudablemente, necesita, porque es humano, otras cosas y entre ellas procurarse su sustento y atender sus necesidades familiares y sociales, pero siempre estará presto para encontrarse con ese amigo que le llena y le hace feliz.

Sin lugar a duda que su mente estará puesta en permanecer en él todo el tiempo posible, porque en ese permanecer está sus ansias, su gozo y su meta. Estando en él no extraña nada, se olvida de todo y hasta no siente que vive, sino que es feliz y se encuentra bien. Es algo así como lo que ocurrió en el Tabor, llegas hasta olvidarte de ti mismo. Tu felicidad está en ver al amigo feliz, y siendo feliz él, eres feliz tú.

Ahora, sí ese amigo te ama inmensamente; ahora, sí ese amigo da la vida por ti, hasta el extremo de dejarse crucificar y humillar; ahora, si ese amigo no te abandona nunca, aún cuando tú te olvidas de él y lo dejas un poco de lado; ahora si ese amigo te ha dicho un montón de cosas, que luego ves cumplida, que luego ves que suceden tal como él ha dicho, resulta que ese amigo no es un amigo cualquiera, sino Alguien de Quien uno se puede fiar. Porque lo que dice se cumple.


Y ÉL ha dicho que Resucitaría a los tres días, y se cumplió; y ÉL dijo que todo lo escrito en Las Sagradas escrituras se cumpliría y su cumplió; y el dijo que el ESPÍRITU SANTO vendría sobre nosotros, y vino y viene; y ÉL dijo que su PADRE nos ama y nos espera para abrazarnos, porque ya estamos perdonado en el HIJO, y nos perdona en el Sacramento de la Penitencia; y ÉL dijo que estaría con nosotros permanentemente, y está; y ÉL dijo que se convertiría en nuestro alimento y quien come su CUERPO y bebe su SANGRE tendrá vida eterna, y lo tenemos a diario dispuesto a darse en comida y bebida y nos promete la vida eterna, y la tendremos. De hecho, muchos la tienen ya, porque todos los que creen en ÉL y guardan sus Mandamientos tendrán vida eterna.

E, igual que se cumplió todo lo que nos ha dicho, esto también se cumple cada día. Y cada día muchos se encuentran con ÉL. La hora de nuestra muerte, es la hora más bonita de nuestra vida, precisamente por esto. Para un creyente, para quien se encuentra con JESÚS nada debe temer, y menos la muerte, porque ÉL la ha vencido, y eso también se ha cumplido, y se cumple cada día.



Por lo tanto, fiarse del SEÑOR es algo tan normal que lo anormal, aunque sea lo corriente, es no fiarse e ignorarlo. Por eso, me afano en proclamarlo y me apasiono en ello, porque me da pena que no se den cuenta de que el tesoro que buscan, lo tienen delante de ellos. Buscan fuera, lo que han perdido dentro.

Es lo que dijo aquella anciana que habiendo perdido su llave, clamó por ayuda para buscarla. Al poco rato, todos los vecinos buscaban afanosamente en toda la calle de la vecindad la llave perdida, hasta que a alguien se le ocurrió preguntarle: pero, ¿dónde la has perdido? A lo que ella respondió con cierta ironía: ¿Dentro de la casa? Entonces, perplejos y confundidos respondieron: ¿Y que hacemos buscándola aquí fuera?

Y ella, con una carcajada sarcástica respondió: yo no había dicho donde la había perdido, han sido ustedes los que sin preguntar, ni pensar nada han empezado a buscarla en la calle. Nunca se han parado a pensar que lo que realmente vale, y lo que todos buscan en la vida, no está en las cosas externas, sino dentro de ustedes mismos. Permanecer en el SEÑOR es buscarlo donde realmente está: en el encuentro personal e interior de tu propia casa: Donde se cuecen todos tus problemas, todas tus angustias, todos tus temores, todos tus deseos, todos tus anhelos, todas tus preocupaciones, todas tus búsquedas de felicidad y eternidad, porque esa ansia de no querer morir, de proyectarte en tus hijos, en el recuerdo, en tus obras, es simplemente el deseo interior de estar llamado a la eternidad.


Y quien permanece en MÍ y YO en él tendrá vida eterna y mi PADRE del Cielo lo recibirá en su Reino. Indudablemente que, un amigo así no lo querríamos perder nunca, y desearíamos estar el tiempo más posible a su lado. Y sí no lo estamos, es porque todavía no lo hemos encontrado del todo, porque ÉL sí está, Eucarísticamente, bajo las especies de Pan y Vino, real y presente, porque ÉL lo dijo, y de ÉL nos fiamos, pues ya ha quedado demostrado que podemos fiarnos.

Y permanecer en el SEÑOR es estar con ÉL, y en ÉL, en mis pesares, en mis imperfecciones, en mi pobreza, en mis apegos, en mi malos pensamientos, en mis vanidades, en mis egoísmos, en mis... para desde ahí y por ÉL, ir a ser más perfecto, más rico en amor, menos apegado y esclavo de mis apegos, más puro, menos vanidoso, menos egoísta y más parecido, poco a poco a ÉL.

Y eso no es cosa de hoy, ni de ayer, sino de cada día, como se firma mi gran amigo rgr en su blog: "de todos los días". Es un diálogo constante, perpetuo, fuerte, de escucha, porque dialogar es también escuchar lo que ÉL dice, de pregunta, de ir dejandote conducir de Quien realmente te fías, de dar el paso adelante sin temor a hundirte, aunque te hundas algo al dudar, como Pedro, pero sabedor que te comprende, que te perdona, que te tiende la mano y te dice con todo cariño: "hombre de poca fe, por qué dudas?

Y ese encuentro en el que permaneces junto a ÉL, te va dando el conocimiento de que cada momento, cada día, cada hora, la vida se enciende más y los colores brillan y la luz se hace en tu vida, y todo cobra sentido: el dolor, el sufrimiento, la alegría, la comprensión, el diálogo, el perdón, la justicia, la solidaridad, la humildad, la paciencia, el servicio, la pobreza, la humillación, el acompañar, la fortaleza, la paz y lo que engloba a todo, el amor.



jueves, 23 de abril de 2009

EL ENCUENTRO NECESITA CONOCERSE (VI).

Con esta serie de "el encuentro necesita conocerse" quiero enfatizar la necesidad que hay de, primero encontrarse con el amigo, para luego, seguirlo convencido de que su Palabra es de fiarse, segura y fiel. El único camino, y no debemos dejarnos engañar, es el camino de la Cruz. Un encuentro light, donde se nos proponga aprender inglés sin esfuerzo, no debe ser querido, ni deseado, pues eso fue lo que le ocurrió al joven rico al querer seguir a JESÚS con condiciones y sin desapegarse de sus cosas.

La Cruz la llevamos todos impresa en nuestro corazón, pues tarde o temprano tendremos que enfrentarnos al dolor de dejar en el camino a nuestros seres queridos, a amigos; tarde o temprano no nos quedará más remedio que enfrentarnos al dolor, enfermedad, sufrimientos, ya sean en nuestra propia carne, ó, igual más dolorosos, en la carne de nuestros hijos, familiares, amigos u otras personas conocidas y también no conocidas.

El dolor es algo presente en nuestra vida desde el alumbramiento, nacemos con dolores de parto, hasta el final terrenal, con nuestra propia muerte. No nos vale ignorar esta realidad, cuando, si hay algo real y cierto, es nuestra muerte carnal. Sí observamos, durante nuestra vida hay más momentos de desasosiego, intranquilidad, suspense, miedos, depresiones, dolor y fatiga, que momentos de plena alegría y sensación de bienestar. Es una constante en nuestro camino, porque seremos errante e inquietos hasta descansar en la única Fuente que nos proporcionará la paz y plena felicidad del Amor que tanto buscamos y deseamos.

El Salmo 90 (fragilidad del hombre) lo expresa muy claramente, expresamente desde sus versículos 9 al 10: "Bajo tu cólera declinan nuestros días". "Como un suspiro gastamos nuestros días". "Vivimos setenta años, ochenta con buena salud, más son casi todos fatiga y vanidad, pasan presto y nosotros volamos".

Así es, nosotros nos vamos y la única forma del volver, volver en plenitud de gloria y felicidad es agarrarnos, con nuestras pequeñas o grandes cruces, al SEÑOR JESÚS, que nos salva y nos ama.

Miren, nuestro PADRE DIOS nos ha condenado a ser eternamente felices. Nos ha condenado, porque queramos o no, estamos llamados y destinados a eso. Sólo falta nuestra respuesta, por el hecho de ser libres, pues de no serlo, estaríamos en el mismo nivel que los animales.

Muchas veces me quedo contemplando a mi amigo y fiel Pelayo, es mi perro, y tanto me acompaña, que no se despega de mí. Haga lo que haga con él: le tenga en cuenta, le regañe, le olvide... él siempre está a mi lado, paciente, esperando, conforme. Pero otra cosa no puede hacer: está determinado y obligado a seguir sus instintos y sus sensaciones; es esclavo de ellas, y a menos que se trastorne o deteriore, su camino está trazado y determinado.

Nosotros en cambio gozamos de libertad, y de la capacidad de decidir: elijo ésto o lo otro. Y es nuestro PADRE DIOS QUIÉN ocupa ahora el lugar de Pelayo: es paciente, perdona, espera, y aguarda hasta que nosotros le demos una respuesta afirmativa. Nuestro PADRE DIOS quiere por todos los medios salvarnos, amarnos y mesarnos en sus brazos; quiere darnos todo lo que le ha dado a su HIJO JESÚS, hasta el extremo de hacernos coherederos y participes de su Gloria, pero con una condición: si padecemos y sufrimos con ÉL, para luego con ÉL ser Glorificados. Eso significa que tenemos que compartir nuestros sufrimientos en, con y por ÉL hasta nuestra propia muerte (Rm 8, 14+).

El camino es, pues, camino de Cruz y el rumbo y orientación son las actitudes y enseñanzas, con su vida y su Palabra, de JESÚS. En este contexto, observamos claramente que somos nosotros quienes nos condenamos o nos salvamos: Hay un camino que nos ha sido señalado y no sólo con Palabras, sino también con vida, la Vida de JESÚS. Ahí está escondida la felicidad y el gozo eterno que en lo más hondo de nuestro ser es lo que realmente deseamos, pero tenemos la prueba, por eso somos libres, de elegir.

Por eso, el encuentro con JESÚS es necesario y fundamental. Es necesario que día a día, en un constante diálogo y sincera actitud, vayamos descubriéndole y descubriendo que nos dice y quiere de nosotros, y dejemos a un lado nuestras apetencias, nuestros intereses, nuestros deseos, nuestro propio plan de felicidad, porque no sabemos donde está, ni que nos conviene. Sólo agarrados, con nuestra cruz y en la oscuridad de nuestra vida, a CRISTO, encontraremos el camino de salvación que anhelamos eternamente.


lunes, 13 de abril de 2009

EL ENCUENTRO NECESITA CONOCERSE (V).


Sin darnos cuenta caminamos en las tinieblas y nos vamos acostumbrando de tal forma que llegamos a confundir la oscuridad con la luz. Y es que cuando no tenemos ninguna referencia de verdadera claridad y luz, la oscuridad nos puede parecer normal.

Esa percepción se puede experimentar en la Vigilia Pascual del sábado Santo. Empezamos, la menos en mi parroquia, la celebración con el templo apagado y, tomada, simbólicamente, la luz de la Humanidad, encendemos el Cirio Pascual, Imagen de CRISTO, del CUAL tomamos la Luz de uno en uno hasta hacer la Luz total que nos ilumina a todos con el encendido del Templo.

Hemos significado que, nacidos en la oscuridad buscamos la luz, pero no una luz cualquiera, efímera, instantánea y con sombras, sino una Luz plena, que llena y persevera hasta que termina por invadirnos totalmente y confundirnos con ella.

Y esa LUZ es CRISTO, que alumbra el mundo. CRISTO Resucitado que continua hacia adelante en su Plan de Salvación y no resucita como era, sino que se transformada su naturaleza humana en Gloriosa, Resucita en un Cuerpo Glorioso, pleno y eterno como el que nos espera a nosotros injertados en ÉL.

Sin embargo, ante tan y maravillosa proposición nos mantenemos recelosos y tercos a la hora de responder; a la hora de comprender; a la hora de embarcarnos y comprometernos. Somos tercos y obstinados como los de Emaús, a los que CRISTO tuvo que catequizar en una exhaustiva exposición de todo el plan del PADRE.

Somos incrédulos como Magdalena y Tomás, y nos cuesta acercarnos a la Palabra, al diálogo sincero, subir a la montaña y caminar juntos a JESÚS sin perder su paso y su ritmo. Somos temerosos y tímidos para llenos de júbilo anunciar que los ciegos ven, los cojos andan, los espíritus malignos son expulsados, los muertos vuelven a la vida.

Ser testigo es dejar empaparnos por la Luz y, empapados, derramar el agua que se desliza por nosotros hasta contagiar y salpicar a los que permanecen a nuestro lado. Ser testigos es anunciar el paso de la muerte a la auténtica Vida. Ser testigos es responder como María: "hágase tu Voluntad".


jueves, 9 de abril de 2009

EL ENCUENTRO NECESITA CONOCERSE (IV).


Si nos paramos un poco a pensar, llegamos a la conclusión que nuestra vida es Camino y Camino. Toda nuestra vida es un Camino itinerante que busca respuesta de felicidad eterna. Camino desde el seno de nuestra madre, al nacimiento de la luz; camino desde niño, a adolescente; camino de joven, a adulto; camino de inmadurez, a madurez; camino de ignorancia, a conocimiento... y así toda la vida caminando: de lo imperfecto, a lo perfecto.

Pero, también sabemos, que el Camino se hace mejor yendo ligero, sin ataduras, que nos atenacen las manos y nos impidan maniobrar; que nos impidan movernos mejor. La carga nos impide avanzar con más ligereza y libertad de movimiento. Nuestra mochila debe llevar sólo lo necesario para que el Camino, de nuestra vida, pueda ser recorrido hasta su final.

Hay mucha carga que exige una voluntad de renuncia muy costosa: nuestras apetencias, nuestros egoísmos, nuestra pereza, nuestra ambición, nuestro orgullo, nuestra soberbia, nuestro anhelo de poder, nuestra riqueza... y todo lo que supone, aunque no lo percibamos, nublar el horizonte que nos desdibuja la meta a la que estamos llamados.

Eso le ocurrió al hijo prodigo: su afán de consumo y de apetencias, que satisfacían su ego inmediato y personal, le cegaron hasta el punto de confundir la felicidad con la satisfacción instintiva y humana. Su sentimiento placentero de sentirse halagado, elogiado, enaltecido y aclamado, le nublaron la mente con una felicidad efímera, rápida, alejado de la Casa del PADRE, y apoyado en fecha de caducidad, porque su actitud no estaba apoyada en el amor ágape.

Pronto, en el Camino, nos damos cuenta que el amor no está basado en recibir y obtener satisfacciones, sino en dar y entregar servicio al otro, para que sintiéndose bien él, me sienta yo también feliz. La felicidad del padre está en darse al hijo, y la del hijo está en corresponder a las indicaciones del padre. Más tarde los términos se invertirán y el hijo será padre y experimentará que el dar le hará tan feliz como fue su padre con él.

Esta fue la experiencia del hijo prodigo, y eso hizo, ya dentro de la casa del padre, empezó su Camino. Su hermano, aun estando dentro, seguía inmóvil, quieto, parado, sin vislumbrar todavía la casa del PADRE.
La Cuaresma significa:"hacer Camino". Y Pascua es el Camino por el cual paso de la muerte a la Vida. Eso fue lo que hizo JESÚS, y lo que en estos días actualizamos en el Memorial de su Pasión. Porque no se trata de recordar, sino de vivir, ser agente y meterme, ahora, hoy, en esa historia y actualizar ese trance de la muerte a la Vida: "Camino - Peregrino - Pascua - Tinieblas - Luz.

En nuestro Camino partimos de la ceniza (miércoles de ceniza), somos nada, polvo, ceniza, para luego entrar en el desierto (obstáculos, sufrimientos, decisiones, renuncias...), necesitados de provisiones y de fuerzas , montaña (oración, Gracia), que encontraremos en el encuentro del brocal del pozo, como la samaritana, para ver la luz de experimentar que el SEÑOR venció a la muerte en la Cruz de su Vida.

Sólo, en la medida que colmemos nuestra fe, podemos dar de beber a otro; podemos ser luz y camino para otros. Y nuestra fe sólo la podemos encontrar en nuestro camino ascendente a nuestra particular Jerusalén, porque Jerusalén significa eso: lugar de dificultades y renuncias; morir a mí, para dar paso a que la Voluntad del PADRE se cumpla en mí, por la Gracia y Méritos de su HIJO al morir en la Cruz por mí, particularmente por mí.