lunes, 9 de enero de 2017

ESTAMOS EN LA ETAPA FINAL

(Mc 1,14-20)
Ahora Dios habla por Jesús. Es la etapa final, y eso significa que el Reino de Dios está cerca: En distintas ocasiones y de muchas maneras habló Dios antiguamente a nuestros padres por los profetas. Ahora, en esta etapa final, nos ha hablado por el Hijo, al que ha nombrado heredero de todo... Hb 1, 1-6.

Por eso se nos invita a la conversión. Es tiempo de conversión, de mirar a Jesús y seguirle. Conversión significa cambiar el rumbo de nuestra, dar un giro de trescientas sesenta grados y vivir en la Palabra del Señor y en la vivencia diaria de la caridad. Convertirse es descubrir a Cristo en todos los actos de nuestra vida y ponerlo como prioridad de nuestra vida. Él la dirige y la conforma. Es el centro de nuestro vivir y de nuestro actuar.

Cristo centro también del Universo, de toda la historia pasada y presente. Convertirse es llenar toda nuestra vida de esperanza. Una esperanza de vida eterna que nos lleva a su encuentro porque en El encontramos esas respuestas de gozo y felicidad eterna. Convertirse supone salir victorioso de la lucha diaria contra el pecado que nos somete y nos esclaviza. Porque Él es el Señor y con su Muerte y Resurrección ha vencido al pecado y a la muerte, y nos ha liberado de esa esclavitud dándonos Vida Eterna.

Convertirse es entregarnos sin condiciones y por amor, porque por Él somos amados hasta el extremo de dar su Vida por salvar la nuestra. Convertirse es dejar mi vida, mis proyectos, mis ilusiones para conformarme con las de Jesús, el Señor. Convertirse es, como María, la Madre de Dios, abrirnos a su Gracia y entregarnos, como esclavos, dejándonos dirigir por la acción del Espíritu Santo.  

Convertirse es complacer en todo la Voluntad de Dios. Incluso en los momentos oscuros, confusos, contradictorios, ininteligibles...etc.  Convertirse es responder a esa configuración con Cristo que hemos recibido en nuestro Bautizo al ser convertidos en sacerdotes, profetas y reyes.

domingo, 8 de enero de 2017

EN ACTITUD DE COMPLACER

(Mt 3,13-17)
Nuestro objetivo es el de complacer, complacer la Voluntad del Padre. Porque el Padre se complace en el Hijo: «Éste es mi Hijo amado, en quien me complazco». Y, nosotros, al intentar y esforzarnos en imitarle, complacemos también la Voluntad del Padre.

Esa debe ser nuestra petición de cada día, "complacer al Padre". Y complacer al Padre es tratar de vivir en el esfuerzo de hacer su Voluntad. Y hacer su Voluntad es vivir en su Amor y amando a los demás. Pero, ¿qué es amar y como amamos a los demás? Porque hablamos mucho de amor, ¿pero entendemos el significado de amar?

Cuando nos preocupamos por los demás; cuando cumplimos con nuestras responsabilidades; cuando nos empeñamos en atender y servir; cuando estamos presentes ante los problemas y sufrimientos del otro, a pesar de que experimentamos el deseo de huida, de alejamiento, de despreocuparnos...etc. Cuando permanecemos presentes y en el servicio, a pesar de nuestros apegos, apetencias y egoísmos, estamos amando.

Porque amar es mirar para Jesús y ver como nos ama Él a pesar de nuestros desplantes e indiferencias. Él es el modelo y la referencia. Por eso, al bautizarnos recibimos la fuerza, la asistencia y el compromiso del Espíritu Santo, que se compromete con nostros a fortalecernos y a ayudarnos para superar todos los obstáculos que nos impone el esfuerzo de amar. 

Ese es el camino que Jesús nos señala con su Bautismo: En aquel tiempo, Jesús vino de Galilea al Jordán donde estaba Juan, para ser bautizado por él. Pero Juan trataba de impedírselo diciendo: «Soy yo el que necesita ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a mí?». Jesús le respondió: «Déjame ahora, pues conviene que así cumplamos toda justicia».

Sí, necesitamos seguir al Señor, y eso empieza por bautizarnos como Él, para, por la Gracia de Dios, recibir al Espíritu Santo, que nos asiste, auxilia y fortalece para la lucha de cada día contra el pecado que nos amenaza y nos seduce.

sábado, 7 de enero de 2017

EL REINO DE LOS CIELOS ESTÁ CERCA

(Mt 4,12-17.23-25)
Cerca significa proximidad, y todos hemos oídos repetidas veces que la vida es un suspiro. Cerca está siempre su fin, y con su fin, nuestro destino, queda echado.  Nos jugamos nuestra vida en cada momento, y cada momento puede ser ahora, dentro de unos minutos o unos días. O, quizás, unos años.

En mi propia vivencia personal, puedo decir que mis días están próximos, pues por mi edad puedo aventurar que en unos diez o quince años, en el mejor de los casos, mi vida terrenal terminará su recorrido. Así que el tiempo apremia porque el Reino de Dios está cerca, pero muy cerca. Y eso, precisamente, es lo que decía Jesús: «Haced penitencia, porque el Reino de los cielos está cerca». 

Nuestra vida es un camino de penitencia y sacrificio. Y esa penitencia y sacrificio sólo se entiende desde el amor. Porque cuando amamos estamos dispuesto a darnos y entregarnos; dispuestos a servir y sacrificarnos; dispuestos a abajarnos y humillarnos. Es lo que hizo Jesús con nosotros. Y lo que continúa haciendo en cada instante de nuestra vida. Tiene siempre los brazos abiertos para acogernos, sanarnos y salvarnos. Y lo hace a pesar de nuestras infidelidades, nuestros desprecios, nuestros desplantes y rechazos.

Nuestra vida es corta. Se nos va sin darnos cuenta, y es la posibilidad que tenemos para alcanzar la Misericordia de Dios. Por lo tanto, ganemos tiempo confiándonos al Señor y abandonándonos en sus Manos. Dios nos da su tiempo, para que creamos en Él, le santifiquemos y permanezcamos cerca de Él y para que pongamos nuestra vida al servicio de los demás por amor.

Realmente nos encontramos con dificultades. Nuestra naturaleza humana, débil y propensa al egoísmo y la pereza. Debilitada por el pecado y sumida en la soberbia y la vanidad necesita sanación. Se hace necesario, pues, la oración, la penitencia y el alimento Eucarístico que la fortalezca y la sostenga firme y perseverante en la presencia del Señor.

viernes, 6 de enero de 2017

SEÑALES EN EL CIELO

(Mt 2,1-12)
Posiblemente hemos visto señales en el cielo, pero la cuestión no es verlas, sino interpretarlas. Y más, hacer el esfuerzo de seguirlas, es decir, vivirlas. Eso fue lo que ocurrió con aquellos magos de Oriente. No son ellos los que simplemente ven esas señal o estrella, son muchos. Pero no todos reaccionan de la misma manera. Recordemos que los pastores siguieron las indicaciones recibidas, y ahora, los magos hacen lo mismo.

Su visión no queda en un simple asombro, como parece ocurrió en muchos otros, sino que le impulsa a moverse y arriesgar la búsqueda e interpretación de esa señal. Una vez más experimentamos como la llamada de Dios nos sugiere salir, caminar, buscar y arriesgar. Salir de tu propia instalación y entrar en la del Niño Dios, en el pesebre como Él. Despojado de toda riqueza, comodidad, descompromiso, indiferencia y disponible para amar y darse a los demás.

Así, los magos se pusieron en camino arriesgando sus vidas y buscando hasta el punto de preguntarle a Herodes por el Niño que había de nacer. Metidos en la boca del lobo, que maquinaba como destruir a ese Niño que amenazaba su reinado. Y una ves más, la Providencia del Señor les aparta del peligro y le conduce por caminos de paz y liberación.

 Constatamos que el Espíritu de Dios nos asiste, nos acompaña y nunca nos deja solo. Constatamos que el Espíritu de Dios nos auxilia y nos fortalece en el camino y en las pruebas de nuestra fe. Porque la fe se fortalece cuando se da y se comparte. Por eso experimentamos y comprobamos la necesidad de compartir, aún en esta forma virtual, donde, si hay desventajas, también hay ventajas, como la de poder expresarnos y escucharnos.

Que este día de reyes sea un día donde nuestro mayor regalo sea encontrar el pesebre del Niño Dios, junto a su Madre, María y Padre adoptivo, José. Y que ese encuentro nos ayude a vivir nosotros también en actitud de "pesebre" con todos los que convivimos y nos relacionamos a lo largo del nuevo año.

jueves, 5 de enero de 2017

TRANSMITIR Y ACOMPAÑAR

(Jn 1,43-51)
Todos deseamos transmitir y acompañar. Al menos aquellos que experimentan amar. Quienes no lo sienten así permanecen en la muerte. Nos lo dice Juan: "El que no ama permanece en la muerte", 1Jn 3, 14. De la misma forma, transmiten y acompañan aquellos que quieren hacerlo y, sobre todo, a aquellos que se dejan acompañar y reciben lo transmitido.

Así, Felipe obedece a Jesús y le sigue. Y también se lo transmite a Natanael, que, aunque en principio le extraña que de Nazaret pueda salir cosa buena, le sigue y va a donde Jesús. Pensemos cuantas cosas nos han dicho de Jesús y a la que nos han invitado. ¿Cuál ha sido nuestra respuesta? ¿Nos hemos acercado? Si no acudimos al médico, no podemos ser curados por el médico.

Todo tesoro encontrado gusta de que los demás lo sepan. La vida se reduce a eso, pues quienes poseen grandes talentos o riquezas gustan de que los demás lo sepan. Y buscan oportunidades para, discreta o no, lucirse y manifestarlo. Un tesoro escondido pierde su valor y se muere en el anonimanto. De la misma forma, el Tesoro encontrado arde dentro de nosotros y quema nuestro corazón hasta el punto de comunicarlo y proclamarlo. Sobre todo cuando experimentamos gozo, alegría y paz.

Ahora, nadie puede dar lo que no tiene. Primero hay que tener para luego dar. No podrás dar a Jesús si no conoces ni estás con Jesús. Antes de hablar de Jesús, tendrás que hablar con Jesús, y hasta pedirle que te ilumine y ponga en tus labios las palabras qué y cómo debes decir.

Natanael confesó a Jesús inmediatamente de haberle conocido: «Rabbí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel» Su experiencia de encuentro con Jesús fue gozosa e iluminadora, hasta el punto de confesarle como verdadero Hijo de Dios. Así debemos nosotros también confesar al Señor, convencidos de su Filiación Divina y entusiasmado por tenerlo entre nosotros y creer en Él.

miércoles, 4 de enero de 2017

LA INQUIETUD DE BUSCAR

(Jn 1,35-42)
Nadie que, antes no sienta inquietu por buscar, se pone a buscar. Nadie que no sientan deseos de conocer los interrogantes que anidan en su coarzón se ponen en camino de búsqueda y de encuentro. Al parecer los discípulos de Juan estaban buscando al Mesías. Y Juan se los señala quitándose él de en medio:  En aquel tiempo, Juan se encontraba de nuevo allí con dos de sus discípulos. Fijándose en Jesús que pasaba, dice: «He ahí el Cordero de Dios».

Y al señalarle Juan al Mesías, no pudieron reprimir su inquietud de seguirle. Me parece, humildemente, que esa es la principal lección de este Evangelio. ¿Quiero yo seguir al Señor? ¿Estoy primeramente en actitud de búsqueda? Porque si no es así, ni sabes a dónde vas ni a quien buscas. 

Fue entonces cuando ambos discípulos experimentaron un encuentro personal con Jesús y decidieron quedarse con Él aquel día. Y ese encuentro deja huella y exulta de gozo y alegría hasta el punto de querer compartirlo. Claro, sólo te corresponderán aquellos que, como tú, están buscando, sienten inquietud por encontrar al que su corazón buscan ansiosamente. Así, Andrés, que era uno de aquellos discípulos, hermano de Simón Pedro, le encuentra y le comunica que al encontrado al Mesías. Y Pedro va con su hermano Andrés al encuentro del Señor.

Quizás a muchos de nosotros nos han hablado de Jesús, pero, ¿hemos ido a buscarle y conocerle? Quizás nosotros hemos oído a otros hablar de Jesús, pero, ¿eso nos ha inquietado para también nosotros ponernos en marcha y en actitud de conocerle? 

Posiblemente, Jesús tenga también algo para nosotros. Nos mira y nos habla, pero eso necesita una correspondencia por nuestra parte. Jesús sabe lo que hay en nuestro corazón, y seguramente no nos hablará hasta que nuestro corazón esté abierto y disponible. Por eso, dispongamos nuestros corazones abiertos a la escucha y Palabra del Señor, y pidámosle estar disponibles a dejarnos llenar de Espíritu Santo. Amén.

martes, 3 de enero de 2017

JUAN HA DADO TESTIMONIO DEL HIJO DE DIOS

(Jn 1,29-34)
El testimonio de Juan tiene testigos y sus palabras no dejan lugar a dudas: Juan ve a Jesús venir hacia él y dice: «He ahí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Éste es por quien yo dije: ‘Detrás de mí viene un hombre, que se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo’. Y yo no le conocía, pero he venido a bautizar en agua para que él sea manifestado a Israel».

¿Acaso tiene más crédito las palabras de Stephen William Hawking o de muchos otros. No es suficiente testimonio el de Juan. ¿O ocurre que las palabras de Juan nos comprometen a cambiar de vida y la de Stephen nos dejan donde mismo estamos? ¿Podría ser esa la razón?

Porque mientras todo lo que digan los demás no nos comprometen a cambiar de vida, en todo caso algún hábito o apego. Las Palabras de Jesús nos invitan, nunca nos imponen, a cambiar radicalmente nuestra manera de actuar y pensar. Mientras el mundo te pide éxito y ganancias para satisfacer tus deseos y apetencias, Jesús te invita a darte, a despojarte, a servir y amar a los que tienen necesidad de amor y buscan encontrarlo. 

Esa fue la esencia del discurso de Juan Bautista, la de invitarnos a la conversión. El camino es de conversión. Y eso significa poner en primer lugar de nuestra vida un corazón disponible, humilde, suave, comprensivo y bueno, para darnos y morir por amor. No es nada fácil. Es más, diría que imposible para nosotros, pero posible para Dios, y también para nosotros si estamos con Él.

El Espíritu guió a Juan, y también nos guiará a nosotros, sólo, como Juan, tendremos que abrirnos a su acción: Y Juan dio testimonio diciendo: «He visto al Espíritu que bajaba como una paloma del cielo y se quedaba sobre Él. Y yo no le conocía, pero el que me envió a bautizar con agua, me dijo: ‘Aquel sobre quien veas que baja el Espíritu y se queda sobre él, ése es el que bautiza con Espíritu Santo’. Y yo le he visto y doy testimonio de que éste es el Elegido de Dios».