domingo, 23 de septiembre de 2018

PERDER Y GANAR

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Mc 9,30-37
Esa es la disyuntiva de la vida, perder o ganar. Todo estriba en vencer o en ganar. Y para eso se prepara todo el mundo. Se enseña para luego tener éxito en la vida; se va a la escuela para aprender y saber en relación con, luego, ganar y vencer. Se hacen máster, cursos, diplomaturas y muchas cosas más para estar super preparado y triunfar en la vida.

Y te quedas con la boca abierta y sorprendido cuando oyes a Jesús decirte todo lo contrario: "quien pierde su vida, la ganará, pero, quien la gana, la perderá". Se trata de todo lo contrario a lo que tú piensas. Es realmente una paradoja que te deja anonadado y fuera de combate. Porque, tu naturaleza humana no entiende de perder, de dejar tu vida para que otros se sirvan de ella. Es algo contradictorio y contrario a tu propia naturaleza.

Debe ser muy complicado y hasta frustrante conocer que no te entenderán. No entra por la razón humana que entregues tu vida y renuncies al éxito y la ganancia. No entre dentro de nuestros esquemas, pero es lo que nos comunica Jesús a pesar de que nos conoces y sabe de nuestra limitación para entenderle. Realmente nos quiere e insiste para que le entendamos. También conoce nuestra buena disposición y entrega. Sabe de nuestros corazones compasivos.

Sin embargo, ellos, como también nosotros, estamos en y a lo nuestro. Queremos ser los primeros, ocupar los puestos relevantes y tener éxitos. Queremos ganar y ser importantes. Y, Jesús, vuelve a pararnos los pies y nos remite a un buen ejemplo: «Si uno quiere ser el primero, sea el último de todos y el servidor de todos». Y tomando un niño, le puso en medio de ellos, le estrechó entre sus brazos y les dijo: «El que reciba a un niño como éste en mi nombre, a mí me recibe; y el que me reciba a mí, no me recibe a mí sino a Aquel que me ha enviado».

sábado, 22 de septiembre de 2018

TÚ TAMBIÉN ERES SEMBRADOR

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Aunque no lo percibas toda tu vida es una siembra. Una siembra que va dejando sus frutos. Frutos buenos y menos buenos, pero también malos. Y muchos que te han precedido y dependerá de ti que los que te sucedan en el tiempo recojan buenos frutos.

Muchos de tus esfuerzos han quedado a la orilla del camino y se lo ha llevado el viento. Otros han tenido cierta acogida, pero no han llegado a echar raíces. Las circunstancias, el ambiente y el estrés con que se vive terminan por ahogarlos. Otros han sido escuchados y bien recibidos, pero las seducciones del mundo y los afanes de la vida terminan por distraerlos y sofocarlos. Al final quedan sometidos al mundo, esclavizados e instalados en él.

Finalmente, hay otros esfuerzos que encuentran la tierra apropiada, bien abonada y fértil, donde escuchan la Palabra, la trata de reflexionar y, con humildad se esfuerzan en vivirla. Por la Gracia de Dios son los esfuerzos que dan buenos frutos, perseverando y soportando también las posibles inclemencias del camino.

No cabe duda que esa siembra de cada día necesita del riego de agua pura, del agua de la Gracia que se alimenta en la oración constante, de la frecuente penitencia y, sobre todo, de la Eucaristía, el alimento fundamental que nos vigoriza y fortalece para dar buenos frutos.

viernes, 21 de septiembre de 2018

UNA ACTITUD MISERICORDIOSA

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Jesús no viene a entristecernos ni a complicarnos la vida. Jesús no quiere llenarnos de sacrificios ni de sufrimientos, Jesús viene a salvarnos. Y para ello nos ofrece su Misericordia, porque sabe que la necesitamos. Somos pecadores y débiles y necesitamos ser perdonados una y varias veces. Nuestra debilidad así lo requiere. Y lo experimentamos en nuestra vida muchas veces. Aún sabiendo que podemos enfermar y poner en peligro nuestra vida, cometemos errores y tomamos lo que nos perjudica. Nuestros apetitos y apetencias nos pueden.

La elección de Mateo fue, aparentemente, una contradicción. ¿Cómo se le ocurre a Jesús elegir una persona de mala fama y cobrador de impuestos para los romanos. ¿No nos escandalizamos hoy con la cosas que hace la Iglesia? ¿Qué diríamos del Papa si lo viésemos comiendo con Trump, con Maduro, Sánchez o Iglesia? ¿Y qué opinión tenemos de las riquezas y poder que tiene la Iglesia? Seguramente nos escandalizaríamos y la criticaríamos.

Sin embargo, esas ocasiones y circunstancia que interpelan a otros les sirven a Jesús para dejar constancia y huella clara de su intenciones y de su mensaje: «No necesitan médico los que están fuertes sino los que están mal. Id, pues, a aprender qué significa aquello de: Misericordia quiero, que no sacrificio. Porque no he venido a llamar a justos, sino a pecadores». 

Somos nosotros, los pecadores, los que necesitamos misericordia y también ser misericordiosos tal y como recibimos, gratuitamente, misericordia. Por lo tanto, la cosa no consiste en hacer sino en perdonar y aceptar a los que hacen mal para que, compadecidos, se den cuenta de su error y hagan bien. Ese es el triunfo de Jesús en la Cruz, transformar nuestros corazones y conrazones misericordiosos.

jueves, 20 de septiembre de 2018

SIEMPRE HAY ALGÚN PERO...

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Nunca quedamos satisfecho ni aceptamos la corrección. Nos duele quedar por debajo de quien nos ha corregido y buscamos alguna justificación que nos deje en nuestro lugar, aquel que nosotros creemos y nuestro orgullo y soberbia nos señala. Así ocurrió con aquel fariseo del que sólo sabemos su nombre - Simón - porque Jesús lo dice al referirse a él. 

Estaba deseoso de invitar a Jesús a comer y entrando en su casa y recostado a la mesa una mujer... La historia que sigue la sabemos y la podemos leer en el Evangelio - Lc 7, 36-50 -  para refrescar lo sucedido. Supongo que a nosotros nos ha sucedido algo parecido y, pensando mal de una persona nos damos cuenta que después no era lo que pensábamos. Cuántas veces nos equivocamos a suponer conductas y actuaciones de otros sin tener juicios suficientes o, teniéndolos, evadimos nuestras propias actuaciones que inciden en el error o pecado de otros.

Estamos inclinados al juicio sobre el otro, sobre todo a descubrir sus errores, sus faltas, sus pecados y a considerarnos nosotros mejores. Sin embargo, no revisamos nuestras actuaciones ni nuestras formas de proceder. Permanecemos instalados en nuestras comodidades y cumplimientos que alteramos según nos convenga y nos parezca. Creamos nuestra propia ley de conducta interna y el amor es algo que utilizamos para nuestros intereses y egoísmos.

Es meritorio destacar la respuesta de Jesús al hacernos caer en la cuenta que cuanto más es tu amor más es la misericordia que recibes para el perdón de tus pecados. Y me hace caer en la cuenta del Padrenuestro, porque, en la medida que perdone, es decir, que ame, también serán perdonados mis pecados. 

miércoles, 19 de septiembre de 2018

SIEMPRE BUSCAS EXCUSAS QUE TE JUSTIFIQUEN

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Cuando no quieres encuentras y buscas excusas, incluso dentro de la mentira, para justificar tu actitud o tu rechazo. Así sucedió con Juan el Bautista, alegaban que estaba endemoniado, pues su austeridad les molestaba y les interpelaba. Cuando viene Jesús le reprochan que es un comilón y un borracho y también en su tiempo les sucedió a los profetas enviados por Dios.

¿Y no sucede hoy también? ¿Pregunto? El mensaje de Jesús es rechazado y los que se confiesan seguidores son perseguidos y hasta amenazados de muerte. Muchos dan sus vidas por confesar su fe y su fidelidad al Evangelio. Por eso, el Evangelio de hoy nos compara con esos niños que jugaban en la plaza y ... «¿Con quién, pues, compararé a los hombres de esta generación? Y ¿a quién se parecen? Se parecen a los chiquillos que están sentados en la plaza y se gritan unos a otros diciendo: ‘Os hemos tocado la flauta, y...

La pregunta es, ¿por qué rechazas a Jesús? ¿Hace daño su Palabra? ¿Molesta que te diga y descubra la verdad? ¿Duele que nos recuerde y remuerda nuestra conciencia revelándonos la verdad y haciéndonos ver que actuamos mal? ¿Se hace difícil y nos cuesta amar tal y como nos ama Jesús? ¿Es superior a tu fuerza el que desees para otro lo que deseas para ti? ¿No crees que en el Espíritu Santo, que has recibido en tu Bautismo puedes superar todas esas dificultades?

Será cuestión de que te lo pienses y por ti mismo, pues nadie podrá responder por ti, encuentres el camino, la verdad y el sentido de tu vida. A la hora final de tu vida no tendrás justificaciones ni tampoco nadie a quien puedas acusar. En tus manos está.

martes, 18 de septiembre de 2018

UNA ACTITUD COMPASIVA

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Lc 7,11-17
Se nota cuando una situación es extrema y la gente acude. Es decir, se despierta la compasión de la gente. Aquel entierro, que se encuentra Jesús en su camino, estaba marcado por la cantidad de gente que iban acompañando a la viuda, madre del joven fallecido. Una circunstancias extremas de aquella época, viuda e hijo único, que agravan mucha la situación.

El Evangelista destaca todos esos rasgos para detener la atención en la actuación de Jesús. La comitiva mueve la compasión de Jesús que decide actuar compadecido de la situación de aquella madre viuda ante la pérdida de su único hijo. Jesús actúa ahora por verdadera compasión. Se conmueve al ver los llantos y desconsuelos de aquella pobre viuda. 

Me pregunto que sucedió en aquel gentío cuando observaron como Jesús, compadecido actúa y le devuelve la vida a aquel joven. Me pregunto que pasaría hoy si fuésemos expectadores directos de un milagro como ese. Y supongo que quedaríamos impresionado, tal y como sucedió en aquel momento, pero luego la vida de cada uno seguiría su curso.  Realmente es un gran misterio nuestra respuesta de fe. Incluso, viendo nuestra reacción, puede quedar en nada o casi nada. Y lo digo, porque ya lo dijo Jesús en aquella parábola del rico epulón -Lc 16, 19-21- pues si no creen en Moisés y los profetas tampoco se convencerán aunque un muerto resucite.

Cada día hay multitud de señales y milagros que sólo ven aquellos que tienen los ojos bien abiertos por la fe. Muchos ven pero sus ojos están cerrados y ciegos por el mundo. Sí, experimentan emoción, compasión y se conmueven, pero no llegan a la profundidad de dar un giro total a sus vidas y, acomodados en ella, continúan su equivocado camino.

lunes, 17 de septiembre de 2018

FE Y HUMILDAD

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Lc 7,1-10

No es nada fácil ser humilde. Es un ejercicio de abajamiento y de igualdad, mejor, de considerarte igual o menos que otro. Es un ejercicio de no creerte más que otro ni más dotado, ni superior en conocimientos o virtudes. Es sencillamente considerarte criatura de Dios y agraciado con todo lo que Él te ha dado gratuitamente. Por eso, la primera condición de tu humildad es ponerlo de la misma forma, es decir, gratuitamente en beneficio y provecho de los demás.

Y ese ejercicio de abajamiento, de humildad descubre tu fe. Porque, nadie es humilde si no cree en el amor, en la verdad y en la justicia. Si yo tengo ciertos poderes y autoridad para que otros me hagan caso, cuanto Tú, Señor, que curas, que sanas y nos rescata de la muerte volviéndonos a la vida. 

De alguna manera esa fue la manifiestación del aquel centurión. Si él era capaz de tener siervos disponibles a sus ordenes, ¡cómo no Jesús, del que había oído realizar grandes prodigios y milagros, tendría poder para con simplemente mandarlo sanar a su siervo! Su súplica contiene una fe sorprendente y firme, hasta el punto que Jesús la pone como modelo para Israel: «Os digo que ni en Israel he encontrado una fe tan grande».

Este testimonio, aunque lejano en el tiempo, debe servirnos para acrecentar nuestra fe. Porque, para el Señor nada hay imposible y todo lo puede, pero, como veíamos ayer, no se trata de encontrar el paraíso aquí en este mundo, sino llegar a él a través de este mundo cargando con la cruz que nos toca vivir. Pensemos que este camino es la gran oportunidad, no hay otra, que tenemos para lograr la curación, la libertad y la salvación, no de este mundo, sino para toda la eternidad.