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miércoles, 11 de julio de 2018

IMPORTA LO QUE VALE

Resultado de imagen de Mt 19,27-29

Valoramos las cosas por su valor, pero, más importante sería discernir y clarificar que es lo que realmente tiene valor. Porque, estamos en un mundo hermoso y que tiene muchos valores, pero, quizás nosotros no sabemos elegir bien ni tomar los verdaderos y reales valores. La realidad nos descubre que el valor principal que el mundo erige en lo más alto es el dinero. Y es ese dinero, del que hay que dudar si realmente es un valor, el que rige y manda en todos los ordenes de este mundo. Hasta tal punto que eres alguien o se te tiene en cuenta según el dinero que tengas.

Desgraciadamente es esa la realidad que impera en todos los ambientes de nuestros pueblos y círculos. Quizás se esconde, pero se persigue y se busca. El poder político está en primer lugar, porque con él mandamos y abrimos puertas y hasta conseguimos poder económico. Es es el panorama, a grandes pinceladas, del mundo en que vivimos. Y, precisamente por eso importa el valor de las cosas y su tiempo. Porque, lo que no perdura pierde todo su valor. Es decir, conseguir algo valioso para un rato no tiene gracia, porque, lo bueno pasa pronto, ¿y después? El desconsuelo será peor y más doloroso.

Por todo ello, el valor supremo es la vida. Pero, Vida Eterna, no de unos cuantos años. Y esa vida se consigue sólo injertado en Cristo Jesús. Él es el Camino, la Verdad y la Vida. Dejarlo todo, como nos dice Jesús y como lo han hecho apóstoles es poner al Señor en el centro de nuestra vida. Puedes tener muchas cosas y hasta gobernar un gran país, pero, a pesar de todo eso habrás dejado todo cuando el centro de tu vida es el Señor, y cuando todos tus esfuerzos desde la presidencia de un país, o una multinacional, o una gran familia, o donde sea está centrada en vivir según la Palabra de Dios.

No se trata de quedarse sin nada, sino de poner todo lo que se tiene, material, intelectual e espiritual en aras a servir y amar según la Palabra y la Voluntad del Señor nuestro Dios.

miércoles, 4 de noviembre de 2015

GUARDAR SIN SABER PARA QUÉ

(Lc 14,25-33)


Jesús lo ha dejado claro, bastante claro: «Si alguno viene donde mí y no pospone a su padre, a su madre, a su mujer, a sus hijos, a sus hermanos, a sus hermanas y hasta su propia vida, no puede ser discípulo mío. El que no lleve su cruz y venga en pos de mí, no puede ser discípulo mío ».

Se puede, quizás, decir más alto, pero no más claro. Tan claro lo ha dicho Jesús que no deja ninguna duda. Puedes negarte; puedes adulterarlo; puedes quedarte a medias, entre las cosas del mundo y las que te ofrece Jesús, pero hagas lo que hagas, si no te entregas íntegramente, posponiendo todo lo demás,  no eres discípulo de Él.

Esto no debe desanimarnos, tal y como le pasó a aquel hombre rico. Esto debe dejarnos muy claro que con nuestras fuerzas no podemos, y que necesitamos la fuerza del Espíritu de Dios. Entendemos, entonces, que por y para eso se ha quedado el Espíritu Santo. No para jugar con nosotros y entretenernos, ¡no! Se ha quedado para darnos su Fuerza y Fortaleza para que podamos ser capaces de renunciar a todo por Jesús.

Y en Él, en el Espíritu, lo lograremos. Esa es nuestra confianza y nuestra esperanza. Puede ocurrir también que no lo entendamos, y que nos parezca duro. Eso de dejar a padre y madre, hermanos...etc. ¡No los vamos a dejar! Ni tampoco el Señor nos pide eso. Se trata de que un padre, madre, hermano o amigo no pueden ser causa de separarme de Dios. Porque a veces ocurren estas cosas, y son nuestras familias o mejores amigos los que nos llevan por otros caminos diferentes a los que nos ofrece Jesús.

Por eso tenemos que estar vigilantes, despiertos, en permanente oración y discernimiento desde y según la Palabra de Dios. Pidamos al Señor la Gracia de perseveran, de confiar, de esperar pacientemente y de no desanimarnos por nuestras caídas y tropiezos. Quizás sean las pruebas de cada día que midan nuestra fe y nuestra perseverancia. Sigamos adelante, puesto que el Señor nos tiende siempre su Mano.