Mostrando entradas con la etiqueta juicio. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta juicio. Mostrar todas las entradas

domingo, 15 de febrero de 2026

MÁS ALLÁ DE LA LETRA

Mt 5, 17-37

Muchas veces atribuimos a las personas cualidades o defectos y, según esos rasgos, las calificamos de una u otra manera. Eso nos lleva a situarlas en un nivel limitado de confianza —o de desconfianza— según nuestro propio juicio.

Quizás no lo advirtamos, pero suele ocurrir sin que apenas nos demos cuenta. Conviene vigilarlo, porque podemos hacer y hacernos mucho daño con nuestros discernimientos.

Ese era, precisamente, el tema que hoy se debatía en la tertulia: nuestro sentido de lo justo y de lo injusto.

Cuando llegó Teodoro, hablaba Federico, uno de los tertulianos habituales.

—Confieso que damos opiniones con mucha facilidad sin caer en la cuenta de que toda persona tiene derecho a preservar su fama. Y eso debemos corregirlo.

—Estoy de acuerdo —dijo Pedro, conocido tertuliano y de los más influyentes—. Es una de nuestras faltas más ordinarias, y en ella caemos rutinariamente.

Sentado y atento, Teodoro escuchaba lo que se debatía. Observó cómo se incorporaba otro, al parecer muy conocido en la tertulia, que, tras saludar a los presentes, fue invitado a dar su opinión.

—Según me han informado —intervino Manuel—, hablan del respeto a las personas. Bien, según mi criterio, es una de las dimensiones más importantes de nuestra vida: la relación con los demás. Y ahí debe brillar nuestra justicia respecto a ellos.

—¿A qué te refieres con eso de nuestra justicia? —preguntó Federico.

—Somos seres en relación —respondió Manuel—, y nuestro ámbito relacional está marcado de manera extraordinaria: con Dios, con nosotros mismos y con los demás. Y es a esta última relación a la que me refiero ahora.

Muchos empezaron a darse cuenta de algo importante: relacionarnos exige respeto, incluso al valorar o juzgar a otros.

Hubo unos minutos de silencio. Nadie se atrevía a intervenir. Entonces Manuel, que ya había buscado en su Biblia la referencia oportuna, dijo:

—En el evangelio según san Mateo (5,17-37), Jesús nos advierte de todo esto, y nos dice:

«Les digo que si su justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entrarán en el reino de los cielos».

Se detuvo un momento, levantó la cabeza y miró a todos los que le escuchaban. Luego añadió:

—Según cómo sea nuestra justicia, así nos jugaremos la entrada en el reino de los cielos.

Después prosiguió la lectura hasta completarla y concluyó:

—Se nos anima al respeto a uno mismo y a los demás, a la integridad no solo en los actos, sino también en las intenciones y en los deseos.

En el ambiente iban quedando las ideas claras. No se trata de prohibiciones, sino de caminos hacia una vida más plena y más buena.

lunes, 26 de febrero de 2024

UNA PAUSA PARA PONERNOS EN SU LUGAR

Nos resultará muy difícil evitar juicios. Es algo tan consustancial a nuestra naturaleza que espontáneamente salen de nuestro corazón sin poder evitarlo. Por eso, conviene hacer una pausa y, antes de lanzarnos a dar nuestra opinión, ponernos en el lugar del juzgado.

Es evidente que hay hechos tan claros y objetivos que el juzgarlo no es sino el resultado de observar el bien o mal que se ha hecho, hasta el punto de que tu juicio queda al desnudo de lo evidente y real. Diríamos que el juicio coincide con el hecho acontecido. Sin embargo, siempre es mejor tratar de evitar aventurar tu opinión que tiene muchas posibilidades de errores y prejuicios.

De cualquier manera procuremos no ser rápidos en emitir juicios sobre los actos de los demás. Démonos tiempo y pausa antes de lanzarnos a la aventura de juzgar y caer en la tentación inmisericorde que tanto, en muchas ocasiones, experimentamos vernos tentados a emitir. Siempre será mejor una pausa y un tiempo de reflexión antes de dejar escapar nuestros juicios apresurados y, posiblemente, sujetos al error.

La misericordia nos puede ayudar mucho a ser prudentes, a experimentar vernos en el lugar del otro, a pensar que el contexto del hecho posibilita mucho la falta o el error cometido. Y, sobre todo, a facilitar la posibilidad de dejar abierta una puerta a la misericordia con las que tus propias faltas serán medidas. Porque así, de esa manera tú también serás juzgado.

lunes, 20 de junio de 2022

JUZGAR NO ES COSA DE HOMBRES

 

Juzgar no es cosa fácil. Y no lo es porque el juicio pertenece solo a Dios y al querer suplantarlo el hombre, se equivoca. Por otro lado, solo puede juzgar Aquel que es Perfecto y puede hacerlo, y eso solo corresponde a Dios. Por tanto, tratemos de no juzgar porque no está en nosotros esa capacidad de juicio.

Por otro lado, si tú eres consciente de que comete errores y pecados, ¿cómo te atreves a juzgar a tu semejante? Es algo que está fuera de todo sentido común y toda lógica. No puedes corregir a tu hermano cuando tú tienes, quizás, mayores errores y pecados que él. Además, tengamos en cuenta que en la medida que juzguemos seremos también juzgados nosotros. Es decir, según tus juicios, si te atreves, sobre los demás, así, en la misma medida serán los juicios contra ti.

 

—Es terrible pensar que de la misma manera que juzgo a una persona, así también seré yo juzgado —irrumpió Pedro frunciendo el ceño.

—Ni más ni menos —dijo Manuel—. Así de claro. La misericordia que tú emplees con otros será la que empleen contigo. Luego, si quieres que te hagan un juicio misericordioso, sé tú misericordioso con otros.

—Es esperanzador saber esto y tratar de no atreverse a juzgar a nadie. Pero, también —continuó Pedro— la tentación de juzgar no es fácil vencerla. La experiencia nos lo demuestra a cada momento.

—Es cierto, somos tentados —dijo Manuel— a juzgar a otros, y a ser benévolos con nosotros mismos. No nos damos cuenta qué cuando juzgamos estamos usurpando el puesto a nuestro Padre Dios, porque, Él es el único que tiene derecho a juzgarnos. Y eso es grave.

—Tan grave que también seremos juzgado nosotros con esa medida que juzgamos a los demás —concluyó Pedro.

 

Y así es. El Evangelio de hoy no deja lugar a duda. Simplemente, ponernos en lugar de otros nos ayudará a ver que también nosotros cometemos los mismos errores. Por tanto, dejemos que sea nuestro Padre Dios quien nos guzgue a todos, porque solo su juicio será justo y merecido. Y además, llenos de esperanza en su Infinita Misericordia.

jueves, 10 de diciembre de 2020

MISERICORDIA Y CONVERSIÓN

 Mt 11,11-15

Juan da voz al anuncio de la llegada del Reino de Dios. Se ha retirado al desierto y desde allí invita a la conversión y arrepentimiento de los pecados. Advierte de la llegada del que es más grande que él y de que habrá un juicio donde se pedirá cuentas de nuestros actos. Por eso, nos exige un bautismo de conversión como preparación de Aquel - más grande que él - que bautizará con Espíritu.

La intención de Juan es despertar y avivar ese ánimo de conversión, quizás dormido en el corazón de la gente. Anuncia la llegada inminente del Reino de Dios y la necesidad de convertirnos y prepararnos para purificar nuestros pecados. Todos se enteran y hasta el rey Herodes se inquieta, pues es amonestado valientemente por Juan de su pecado de adulterio con la mujer de su hermano Filipo.

Jesús se hace presente y se hace bautizar por Juan, que advierte su divinidad y le señala como el Hijo de Dios. Su bautizo en el Jordán es la presentación que su Padre le hace como Hijo predilecto: “Éste es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia”. Jesús se retira al desierto y fortalece su Espíritu para prepararse para la misión a la que ha sido enviado.

Mientras, Juan anuncia la venida del Mesías como un juicio de cuenta para el que se exige conversión y purificación, Jesús nos anuncia y nos habla del Amor Misericordioso del Padre que nos ofrece el perdón de los pecados y la Vida Eterna. Juan acaba su etapa, su preparación del camino y Jesús empieza a mostrarnos el verdadero Rostro del Padre, el Amor.

miércoles, 6 de mayo de 2020

EN TUS MANOS ESTÁ TU SALVACIÓN

Viernes 2 de febrero - Luz para todo el mundo. - Regnum Christi
Jn 12,44-50
Parece una fantasía o una mentira, pero Dios ha dejado tu salvación en tus manos. Para eso ha enviado a su Hijo, nuestro Señor Jesús que nos lo dice hoy claramente: En aquel tiempo, Jesús gritó y dijo: «El que cree en mí, no cree en mí, sino en aquel que me ha enviado; y el que me ve a mí, ve a aquel que me ha enviado. Yo, la luz, he venido al mundo para...

Jesús nos anuncia la Buena Nueva, la Buena Noticia y su Palabra nos da luz para conducirnos por el mundo viviendo conforme a la Voluntad del Padre. Eso es lo importante y lo verdadero, vivir no según mi voluntad sino en la Voluntad del Padre. Porque, la Voluntad del Padre es la Verdad y lo que conviene. En Él está todo lo que buscamos, la felicidad Eterna. Por tanto, suponemos que todo hombre y mujer busca esa felicidad eterna y, conseguirla consiste en hacer lo que el Padre nos dice a través de su Hijo, enviado a señalarnos el camino.

Todo consiste en creer en la Palabra que nos anuncia Jesús, porque, creyendo en Él creemos también en  el  Padre y, siendo coherente con su Palabra hacemos la Voluntad del Padre. Y si vivimos conforme a esa Palabra y hacemos su Voluntad, estamos salvándonos por la Gracia de Dios. Porque, es la Palabra la que juzgará y determinará la bondad de nuestros actos.

Jesús nos lo dice muy claro: No he venido a juzgar al mundo sino a salvarlo. Y nos salva en la medida que creamos en Él y que nos esforcemos, ayudado de su Gracia, en vivir de acuerdo con su Palabra. Concluyendo, será nuestra libertad la que decida tomar un camino u otro, y en esa elección nos jugamos nuestra salvación.

sábado, 14 de septiembre de 2019

HEMOS SIDO RESCATADO DE NUESTRA CONDENA

Resultado de imagen de Jn 3,13-17
Jn 3,13-17
No es cuestión de juicios sino de rescate. No es cuestión de merecimientos sino de misericordia, porque, ni tú ni yo merecemos la salvación. Así que el juicio ya está dictado. A pesar de buenas obras y, entre comillas, nuestros méritos no alcanzan la altura para merecer nada y menos la salvación. Pero, por los méritos de nuestro Señor Jesucristo, que con su Muerte, entregada voluntariamente, nos ha rescatado y dado la dignidad de hijos de Dios. Algo que ahora no podemos entender y que, algún día entenderemos por la Gracia de Dios.

Es maravilloso y algo tan grande que se nos escapa de nuestra mente y nuestro corazón. El Amor y la Misericordia de nuestro Padre Dios, dignidad, como ya hemos dicho, por la Muerte de nuestro Señor Jesús, Hijo del Padre, nos da la oportunidad de alcanzar la salvarnos. O dicho de otra manera, pone en nuestras manos la elección de optar a la Salvación o de renunciar a ella. Eres tú quien decide, pues Dios te da esa libertad para que puedas elegir y optar a la salvación o no, pues, su Hijo, nuestro Señor, ha pagado con su Vida, en una Muerte de Cruz, por ti y por mí.

Desde ahora, esa Cruz es nuestra esperanza y nuestra salvación, y, también, nuestro destino. Nuestro camino no estará exento de cruces que, en, con y desde Jesús podemos soportar y superar sin desviar nuestra mirada de Él, porque, Él es el único Camino, la única Verdad y la única Vida. Él no ha venido a juzgarnos, pues nuestro juicio sería un juicio de condenación, sino todo lo contrario. Ha venido a Salvarnos y a darnos la oportunidad, por la fe en Él, de alcanzar la Salvación.

Sin embargo, no podemos permanecer impasibles y pasivos. Nuestro camino está plagado de cruces que intentarán apartarnos de Dios y que, injertados en el Espíritu Santo, Señor y dador de Vida, y auxiliados en Él, tenemos la garantía de salir victorioso. Por eso, debemos adentrarnos en el camino de nuestra vida confiados en la Palabra del Señor, que nos promete que todo el que cree en Él tiene Vida Eterna.

lunes, 22 de junio de 2015

AL JUZGAR PONTE EN EL LUGAR DEL OTRO

(Mt 7,1-5)


Supongo que esa es la actitud correcta, la de ponerse en lugar del otro, porque así nuestro juicio será bueno y sensato, y vendrá cargado de buenas intenciones fraternas que nos ayuden a corregirnos y mejorar. Creo que eso es lo que Jesús nos advierte en el Evangelio de hoy, porque también, en otro momento, nos anima a corregir fraternamente a nuestros hermanos cuando advertimos su mala conducta.

No se trata, pues, de juzgar a la ligera y sin tener en cuenta nuestra misma conducta, que a veces también deja mucho que desear y comete los mismos o peores errores. Se trata de ser positivo y tener una actitud fraterna y bien intencionada al tratar de corregir y denunciar los fallos que cometemos, tantos propios como del prójimo. Se trata de sumar, de favorecer circunstancias positivas, de mejorar y de perfeccionarse.

Se trata de, antes de mirar al otro, mirarte tú mismo, y descubrir, quizás, la viga en tu ojo antes de criticar y denunciar la mota del otro. Ese es el sentido del juicio. Porque juicios hay que hacer para discernir el buen camino o el malo. Y al hacerlo estamos ya juzgando. No podremos decidir si esto está bien hecho o mal sin antes emitir un previo juicio. Jesús nos habló en parábolas y nos ayudó a discernir el buen camino y a juzgar el camino malo para, conociéndolo, desecharlo y descartarlo.

Está claro que el Señor nos aclara que lo importante son las buenas intenciones del corazón. Juzgar con amor no es acusar ni desprestigiar a nadie, sino tratar de ayudarle a advertir que se aleja del buen camino y se aventura por otros peligrosos que ponen en peligro su vida. Se trata de descubrir la necesidad del Buen Pastor y de permanecer en el seguro y verdadero redil. Las tentaciones del mundo pueden confundirnos y llevarnos a cañadas y peligros desconocidos y con malas intenciones.

Tratemos de limpiar primero nuestras propias vigas de nuestros oscuros ojos, para ver claro y, entonces, atrevernos a juzgar con un corazón limpio y fraterno las motas o errores en los ojos de los demás. Porque de esa manera seremos capaces de arrojar luz y misericordia de la Mano del Espíritu Santo en el corazón de los demás.

Pidamos al Espíritu de Dios la Gracia de saber  juzgar desde el amor injertado en el Señor.

lunes, 23 de junio de 2014

CUANDO TE EXPERIMENTAS COMO PECADOR, TUS JUICIOS SE HACEN DESDE LA MISERICORDIA DE DIOS

(Mt 7,1-5)

Siempre verás las cosas de otra forma si, antes de juzgar, te miras a ti mismo y te descubres pecador, frágil, débil y vulnerable. Posiblemente tengas muchas vigas que sacar de tus propios ojos antes que juzgar las briznas que hay en el otro. Ocurre muchas veces que adelantamos juicios que después se vuelven contra nosotros.

Hoy, el Señor, nos advierte de esta precipitación en juzgar los posibles fallos de otros, antes de pensar en los nuestros. En la medida que juzguemos seremos también juzgados. Por eso, conviene detenernos y mirar que ocurre en nuestra vida, porque si así procedemos evitaremos hacer juicios mal intencionados y que no estén mirados desde la Misericordia de Dios.

Porque por Él somos perdonados de todas nuestras faltas, debilidades y pecados, y así, tal y como somos perdonados también descubriremos que debemos perdonar nosotros. Y en esa medida de perdón, nuestros pecados también serán perdonados. Nos será mucho más fácil perdonar y no hacer juicios precipitados y con malas intenciones en la medida que descubramos que el Señor nos perdona a cada instante nuestros pecados. 

Y más seremos perdonado por la Misericordia del Señor, si más también, asistidos en el Espíritu Santo, nos esforzamos en perdonar nosotros.

lunes, 10 de marzo de 2014

CON LOS MÁS PEQUEÑOS

(Mt 25,31-46)


No se trata de dar a cualquiera. Hay una indicación clara a los que se debe dar: Y el Rey les dirá: ‘En verdad os digo que cuanto hicisteis a unos de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis’.Hay que subrayar lo de más pequeño, porque se trata de hacerlo con los necesitados y los que carecen de lo más básico o que están enfermos.

Los sanos y suficientes no necesitan ayuda, pues lo tienen todo. Están tan satisfechos hasta el punto que se olvidan de los que necesitan y carecen de casi todo. Son los cabritos que nadan en la abundancia y olvidan dar y darse. Se cierran a las necesidades de los otros endureciendo sus corazones. Y cuando lo hacen, lo hacen en su propio nombre y para su propia alabanza. 

No lo hacen en el nombre del Señor, ni considerando que en cada uno de esos necesitados mora el Señor. Lo hacen por y para su propia vanidad. Y se extrañaran de no ver al Señor porque tienen sus ojos cegados por sus egoísmos y sus avaricias. 

Nuestra salvación consistirá en eso, en vivir nuestro amor en y para los demás. No cuentan las Eucaristías, ni los rosarios u oraciones, sólo cuenta que el amor recogido y alimentado en las Eucaristías, rosarios y oraciones sirvan para que compartamos nuestra vida con los demás dándonos y sirviendo a los más pequeños y necesitados: Entonces dirá el Rey a los de su derecha: ‘Venid, benditos de mi Padre, recibid la herencia del Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; era forastero, y me acogisteis; estaba desnudo, y me vestisteis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a verme’.

El amor se concreta en el servicio y la ayuda al necesitado.

martes, 30 de julio de 2013

PARA QUE TODOS LO ENTENDAMOS

(Mt 13,36-43)


Más claro no se puede decir: «Explícanos la parábola de la cizaña del campo». Él respondió: «El que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los hijos del Reino; la cizaña son los hijos del Maligno; el enemigo que la sembró es el Diablo; la siega es el fin del mundo, y los segadores son los ángeles.

»De la misma manera, pues, que se recoge la cizaña y se la quema en el fuego, así será al fin del mundo. El Hijo del hombre enviará a sus ángeles, que recogerán de su Reino todos los escándalos y a los obradores de iniquidad, y los arrojarán en el horno de fuego; allí será el llanto y el rechinar de dientes. Entonces los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre. El que tenga oídos, que oiga».

Cada cual sabe en que situación se encuentra: ¿Es cizaña o buena semilla? También sabe como puede dejar de ser cizaña y convertirse en buena semilla. Y, también, lo que le espera y a lo que se arriesga de cerrar sus oídos y vivir según sus apetencias, valores y voluntad.

No se puede decir otra cosa: "El que tenga oídos que oiga", porque todo dependerá de lo que quiera oír cada uno, y en consecuencia, ordenar y dirigir su vida según la Voluntad de Dios.