viernes, 16 de febrero de 2024

UN AYUNO DE AMOR Y MISERICORDIA

Resulta más fácil y hasta cierto punto más cómodo privarse de algo durante este tiempo cuaresmal que tratar de vivir en actitud de bondad, misericordia y generosidad. Resulta más fácil y cómodo cumplir con ciertos ayunos que vivir en una actitud de servicio, disponibilidad y desprendimiento.

Es evidente que tanto la privación como la disponibilidad por amor son actitudes de ayuno y sacrificio, pero al Señor le gusta más la de estar disponible, por amor, al servicio a quienes lo necesitan. Porque, no se trata de privarte sino de darte. Es posible que al dar tú te prives. Es ese el verdadero ayuno.

Y un ayuno que se hace desde la voluntad de amar, de servir y de corresponder al amor que recibimos de nuestro Padre Dios. Un ayuno que se vive cada día desde la alegría de estar cooperando en la construcción de un mundo mejor, más justo, verdadero y misericordioso. No se trata, pues, de privarnos sino de darnos y compartir. Es la respuesta a: «Misericordia quiero y no sacrificios» (Mt 9,13). Y es evidente que eso se hace con gozo y alegría, porque en el dar encontramos esa paz que nos llena precisamente de ese gozo y alegría que llena plenamente nuestra vida.

jueves, 15 de febrero de 2024

UNA CRUZ QUE LLEVA A LA VIDA PLENA

Ahí está la clave y la cuestión: la cruz. El camino de cruz conduce a la vida. Pero a una vida plena de gozo, felicidad y eternidad. Por lo tanto, el camino aunque es de cruz y termina con la muerte, es camino de gozo y alegría. Se termina con el sufrimiento y nace el gozo y la felicidad. ¿No decimos cuando alguien sufre y muere: ya descansó? Pues ese es el final del camino del creyente, la alegría de perder la vida en este mundo por amor y misericordia para disfrutar de la otra vida para siempre.

Jesús nos lo dice claramente: Nos habla de su muerte y también de la que conlleva su seguimiento. Seguir a Jesús es tomar también con nuestra cruz y seguirle. No hay tapujos ni mentiras. Todo queda muy claro, se debe morir a lo falso para alumbrar lo verdadero, morir a lo malo para nacer a lo auténticamente bueno (del Evangelio Diario en la compañía de Jesús 2024).

Vivir con la esperanza de resucitar es vivir en el gozo y la alegría aunque el dolor nos acompañe en el camino de este mundo. Y es que la verdad comporta críticas, sufrimientos y dolor porque este mundo vive de la mentira, la apariencia y lo falso. Luego, nacer a la vida verdadera – verdad y misericordia – comporta sufrimiento y dolor. Es decir, seguir a Jesús, Camino, Verdad y Vida, es sinónimo de dolor y sufrimiento. Pero un dolor que nace a la Vida Eterna plena.

miércoles, 14 de febrero de 2024

CONVIERTETE Y CREE EN EL EVANGELIO

Es miércoles de ceniza y, de nuevo, renovamos ese deseo apoyado en nuestra fe de convertirnos y creer en el Evangelio. Digamos que nuestra vida es un camino de conversión apoyado en la fe de creer en la Palabra de Dios. Una Palabra que nos va convirtiendo en la medida que también nosotros nos abrimos a ella y nos esforzamos en dejarnos convertir. 

Pero, ¿qué significa conversión? Simplemente ir transformando tu endurecido corazón en un corazón nuevo, humilde, sencillo, paciente, comprensivo y bueno. Un corazón donde la justicia y la misericordia sean el objetivo principal y el centro de su latir.

En ese intento de cada día nos estamos convirtiendo. Bien es verdad que afrontarlo solos, sería un gran y grave disparate. En la hora de nuestro bautismo hemos recibido al Espíritu Santo. Será Él, ¡si le dejamos!, quien nos irá transformando nuestro corazón según la Voluntad de nuestro Padre Dios. Una Voluntad que se concreta en justicia y misericordia. Esa es la esencia de nuestro Padre, y por ella seremos juzgados y perdonados si caminamos con ese firme propósito de creer y abrirnos a la conversión. Su Misericordia es Infinita y nos salva.

martes, 13 de febrero de 2024

EMBOTADOS Y CIEGOS DE TANTA MUNDALIDAD

El mundo nos embota, nos ciega y debilita nuestra voluntad hasta el punto de que nos somete y dirige como meras marionetas. Tenemos delante la solución y no la vemos; oímos la Palabra y no la entendemos ni le prestamos la debida atención. Caminamos embotados y ciegos como ovejas sin pastor seducidas por lobos. Realmente, ¿sabemos a dónde vamos?

¿Es que no nos damos cuenta? Pensamos en la muerte, cosa segura y cierta, pero no nos paramos a pensar que hay detrás de ella. ¿Acaso no sentimos dentro de nosotros – en lo más profundo y recóndito de nuestro corazón – un impulso y fuerte deseo de vivir eternamente? ¿Por qué no lo escuchamos y reflexionamos al respecto? ¿Nos da miedo? ¿Y no nos dará más miedo y será trágico encontrarnos con la verdad cuando llegue la hora de la muerte? ¿Cómo es posible que no tratemos de indagar, buscar, escuchar, atender y ver que es lo que está pasando? ¡Nos jugamos la Vida y la Felicidad Eterna!

¿Te has parado a pensar lo que ocurrió en el milagro de los panes y peces? ¿No entiendes como Jesús multiplica el pan y da alimento a todos? ¿Y no nos lo promete pocas horas antes de morir en la última cena? ¿No entrega su Cuerpo y Sangre para hacerse alimento espiritual para todos los que en Él creen? ¿Y no nos promete qué quien come su Cuerpo y bebe su Sangre tendrá Vida Eterna? Luego, ¿qué estamos haciendo y en qué estamos perdiendo el tiempo? ¿Vale la pena vender ese regalo de Vida y Felicidad Eterna por un poco de felicidad – nunca plena – cuatro días en este mundo?

Conviene que nos serenemos, nos apartemos un poco del ajetreo de este mundo y reflexionemos sobre nuestro futuro, sobre nuestra felicidad y sobre lo que realmente nos da gozo y plenitud eterna como realmente deseamos.

lunes, 12 de febrero de 2024

¿CUÁL ES EL SIGNO DE MI FE?

Es evidente que mi fe no se puede concretar o descubrir según mis plegarias, mis visitas al santísimo, mis Eucaristías, mis  novenas e incluso sacrificios. Eso puede ser signo de obediencia y fidelidad a una doctrina, a una liturgia, a un código y hasta a una secta.

Mi fe se descubre en la medida que mi vida se interesa por aquel que sufre, que carece de lo más imprescindible, que vive en la pobreza o marginación. Mi fe se muestra en la acción de mi justicia y misericordia. Y es así de claro porque en la medida que mi vida sea justa y misericordiosa, mi vida se parece a la de Jesús, el Señor.

Luego, la coherencia de mis oraciones, mi liturgia, mis Eucaristías, mis sacrificios derivan en las consecuencias de mi fe. Una fe que está viva y comprometida en y por amor en correspondencia al amor de Dios. Y eso se traduce en el interés por los más pequeños, desvalidos, pobres, excluidos, inocentes…etc. Si eso no se ve, mi fe está escondida en las apariencias o en el autoengaño de mi mismo. Y, si podemos engañar y engañarnos, no podremos hacerlo con el Señor. Él sabe lo que hay y sucede en lo más recóndito de mi corazón.

No busquemos razones ni signo. La fe no se puede razonar. La fe se entrega, se confía y pone toda su confianza en la Palabra del Señor. La Cruz es la razón más certera de que Jesús, el Señor, nos ama y entregó su Vida para salvar la nuestra. Y su Resurrección el signo y fundamento de nuestra fe.

domingo, 11 de febrero de 2024

UNA CERCANÍA QUE CURA

Acercarnos a alguien descubre cierto interés, curiosidad por conocerle o buscar algún beneficio. Aquel leproso, del que nos habla el Evangelio, se acercó a Jesús convencido de que si Jesús quería le podía curar. Con esa fe e intención se acerca a Jesús y le dice: «Si quieres, puedes limpiarme». Compadecido de él, extendió su mano, le tocó y le dijo: «Quiero; queda limpio». Y al instante, le desapareció la lepra y quedó limpio.

También nosotros somos leprosos. Quizás no tengamos la enfermedad de la lepra pero si muchas otras lepras que consumen nuestra vida y la someten a vicios, dependencias y esclavitudes. Hay una lepra que nos amenaza gravemente hasta el punto de perder nuestra vida para el gozo eterno junto a nuestro Padre Dios. Se trata del pecado. Somos consumidores de pecado y necesitamos limpiarnos. Nuestra naturaleza está viciada, manchada y contaminada por el pecado y solo el Señor puede, si quiere, limpiarnos. Pero, igual que aquel leproso, tenemos también nosotros que pedírselo con fe y abrirnos a su misericordia. El Señor quiere salvarnos, ha venido para eso y nos acoge con su Infinita Misericordia para limpiarnos y darnos vida eterna.

Necesitamos acercarnos al Señor con fe y con la buena intención de pedirle que nos limpie de esa lepra del pecado. Estar y permanecer cerca de Él y ser testimonio para otros de la alegría de experimentarnos salvados.

sábado, 10 de febrero de 2024

EL PELIGRO DEL DESCARTE

No parece bueno descartar porque equivale, aunque no sea siempre así, prescindir algo que se desechas y no se le da valor. Cuando descartas desvías tu mirada hacia otro lado. Ese o eso que evitas no te interesa y no representa ningún valor para ti. Descartar es sinónimo de eliminar y si eliminas no compartes. Y de alguna manera eso significa que no te importa ni te compadeces.

Hemos sido creados para compartir, porque amar, nuestra razón de ser, exige compartir y preocuparnos los unos por los otros. Esa fue la lección que Jesús, el Señor, nos da con su Vida. Nos amó y nos sigue amando hasta el último suspiro de nuestra vida en este mundo. Cada Eucaristía es una entrega – no cruenta – pero real y presente de su Vida por nosotros. Y una entrega incondicional sea cual sea tu atención, tu interés, la intención de tu corazón, tu actitud y tu disponibilidad. Jesús nos ama y lo demuestra con su Vida y Obras cada instante de nuestra vida. Es más, vivimos y tenemos la posibilidad de ser redimidos, por su Amor Misericordioso, que dicho sea de paso, no merecemos.

Tomemos ese camino de compartir porque si amamos esa es la característica principal que lo descubre. No se podrá amar sin compartir porque principalmente el amor comparte. Y además, en la media que nuestro corazón sea más justo y misericordioso estará más cerca de Dios. Dios es misericordia fiel que se extiende hasta la justicia plena.