martes, 26 de noviembre de 2019

EL MUNDO PROPONE NUEVAS IDEOLOGÍAS


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Lc 21,5-11
Vivimos momentos convulsos y llenos de incertidumbre. El mundo propone nuevas ideologías apoyándóse en nuevas formas progresistas, de modernidad y de libertades. Nuevas maneras de ver la realidad del mundo en el que vivimos desechando las ya asumidas como viejas y anticuadas. El hombre se erige como el diseñador del nuevo mundo que le ha tocado vivir y construye su propio templo derrumbado el anterior en el que se había construido el mundo existente.

Esta es la realidad y la disyuntiva en la que nos encontramos los habitantes de este mundo en esta época que nos ha tocado vivir. Si presta atención a lo que este mundo de hoy te propone distingues una exclusión de lo anunciado desde el principio, es decir, la Buena Noticia de Salvación, para abandonarnos en las que ellos, y ellos son las nuevas propuestas ideológicas que priman el libertinaje, el pensamiento único y todo lo que sale de sus corazones enfermos y concupiscentes. Son los destructores de los templos de hoy que ya han empezado su labor.

Las noticias y lo que llega a nuestro oídos nos hablan de sublevaciones, rebeldías, destrucciones de iglesias, libertinajes, nuevas ideologías de genero, de entender las diferencias entre hombres y mujeres y un sin fin de nuevas doctrinas amparadas en la mentira y la falsedad. Nuevas doctrinas creadas por el mismo hombre y que se apartan de Dios. Un hombre que rechaza a Dios y vive de espaldas a Él. Un hombre corrompido por el pecado que lo sume en el caos, la envidia, el odio, la venganza, la corrupción y la muerte.

Y no nos debe sorprender llegar a esas conclusiones, porque si miramos a nuestro derredor comprobamos que es realmente lo que está sucediendo. El Evangelio de hoy nos descubre la realidad a la que, guiados por el hombre, estamos construyendo. No es nada ficticio y subjetivo lo que presenciamos y está sucediendo. El hombre sin Dios se destruye y es reo de muerte eterna.

lunes, 25 de noviembre de 2019

CARIDAD SIGNIFICA DAR

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Lc 21,1-4
Cuando decimos de una persona que es caritativa estamos significando que esa persona es generosa y da de lo que tiene para el bien de los demás. Una persona caritativa es aquella que, al preocuparse por los otros, da de lo que tiene para solucionar la carencia que el otro tiene. Es obvio significar que la caridad atañe a los pobres, porque quienes tienen para su subsistencia no necesitan de la ayuda económica de los demás. Aunque, también la caridad no sólo se centra únicamente en lo económico sino que la ayuda asistencial es más profunda y abarca más campos.

Sin embargo, cuando hablamos de caridad hay que distinguir dos aspecto que la distinguen enormemente. Por un lado, está la ayuda con la que colaboramos y contribuimos a la asistencia y ayuda a los más desfavorecidos, y por otro lado está el compromiso con el que nos comprometemos hasta el punto de compartir y dar parte de lo que tenemos y necesitamos. Por ahí van los tiros de lo que nos dice Jesús en este Evangelio de hoy sobre la actitud y el ejemplo que nos pone con los dos reales de la pobre viuda.

Siendo bueno dar limosnas para ayudar a los necesitados, será más importante dar parte de lo que tú necesitas para ti. Se ve claro que el compromiso y el riesgo es mayor. Mientras unos dan de lo que le sobra o puede prescindir sin comprometer mucho sus vidas, otros si la comprometen y dan de lo que necesitan para vivir. Dicho en otras palabras, comprometen su existencia y sacrifican sus comodidades y satisfacciones por mejorar y auxiliar la existencia de otros necesitados.

La viuda del Evangelio da de lo que le hace falta a ella. No le sobra nada de lo que da, pero se priva de ello para compartir con los necesitados. Los otros, siendo bueno también lo que han dado, no comprometen sus vidas, pues lo que han puesto se lo pueden permitir sin complicar ni sacrificar nada de sus vidas. Esa es la diferencia y lo que Jesús quiere que veamos. Verdaderamente, aquella viuda había dado más que todos los demás.

domingo, 24 de noviembre de 2019

CRISTO ES EL REY

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Lc 23,35-43
El Evangelio de hoy nos presenta la fiesta de Cristo Rey. Una celebración con la que termina el ciclo litúrgico C para dar comienzo al ciclo A el próximo domingo uno de diciembre con la celebración del primer domingo de Adviento. Cristo es la piedra angular donde se apoya el Plan de Salvación del Padre. Un Plan donde Jesús, el Hijo de Dios, es el enviado a anunciar la Buena Noticia de Salvación. Una misión que Él acepta voluntariamente por amor.

Cristo es el centro del Universo donde converge todo. Él es la imagen del Dios invisible, primogénito de toda criatura, porque en él fueron creadas todas las cosas: celestes y terrestres, visibles e invisibles. Tronos y Dominaciones, Principados y Potestades; todo fue creado por Él y para Él. Él es anterior a todo, y todo se mantiene en Él. Él es también la Cabeza del Cuerpo: de la Iglesia. Él es el principio, el primogénito de entre los muertos, y así es el primero en todo. Porque en él quiso Dios que residiera toda la plenitud. Y por Él y para Él quiso reconciliar todas las cosas, las del cielo y las de la tierra, haciendo la paz por la sangre de su cruz - Col 1, 12-20 -.

Cristo es el fundamento de nuestra fe. En Él descansamos, nos apoyamos y ponemos todas nuestras esperanzas. Él es el Camino, la Verdad y la Vida. En Él, y a través de su presencia real y sacramental en la Eucaristía nos alimentamos espiritualmente con su Cuerpo y Sangre fortaleciéndonos para la lucha diaria contra el mundo, demonio y carne. Él es garantía de salvación si le creemos y seguimos sus enseñanzas. 

sábado, 23 de noviembre de 2019

EL FUNDAMENTO DE NUESTRA FE

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Lc 20,27-40
Sin la resurrección la vida pierde todo su sentido. Es obvio pensar que si todo termina con la muerte de nada vale acumular riquezas o conseguir éxito. Es verdad que, mientras estamos en este mundo nos gusta pasarlo bien, pero, sin futuro las cosas pierden su valor, o, al menos no son tan importantes. Sin embargo, el hombre parece obviar esta realidad y afanarse con y en las cosas del mundo. Se esconde dentro de sí mismo un misterio como si de esperanza de perpetuarse se tratara. La trascendencia está sellada y escrita en lo más profundo de su corazón.

Por mucho que desea y quiera, el hombre no puede eludir ese sentimiento y deseo de eternidad. Es verdad que no lo entiende, pero lo experimenta y hasta lo puede razonar. ¿Acaso, el Creador, puede crear una criatura y al mismo tiempo, encarnado en Naturaleza humana, dar la Vida para salvarla de la muerte y hacerla eterna? ¿Significa eso que le da la oportunidad - la vida en este mundo - como prueba para ganarse esa eternidad? Una vida entregada gratuitamente y dotada de todo lo necesario para, libremente, vencer y resistir todas las pruebas que trataran de que no acepte esa Buena Noticia de Salvación.

Sin lugar a duda el fundamento de nuestra fe es la Resurrección. Una Resurrección que Jesús ha vivido para Gloria de su Padre, y una Resurrección que ha prometido a los que crean en Él. Nuestra fe empieza y se apoya en la Resurrección de Jesús. Si Él ha Resucitado también nosotros resucitaremos. Su Palabra es Palabra de Vida Eterna. Sin embargo, no será como nosotros nos imaginamos ni tampoco podemos comprender qué y cómo ocurrirá después en la resurrección. Se nos escapa a nuestra capacidad intelectual y de entendimiento.

En el Evangelio, Jesús, nos lo dice claramente: «Los hijos de este mundo toman mujer o marido; pero los que alcancen a ser dignos de tener parte en aquel mundo y en la resurrección de entre los muertos, ni ellos tomarán mujer ni ellas marido, ni pueden ya morir, porque son como ángeles, y son hijos de Dios, siendo hijos de la resurrección. Y que los muertos resucitan lo ha indicado también Moisés en lo de la zarza, cuando llama al Señor el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob. No es un Dios de muertos, sino de vivos, porque para Él todos viven».

viernes, 22 de noviembre de 2019

EL TEMPLO, LUGAR DE DIÁLOGO Y ORACIÓN CON DIOS

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Lc 19,45-48
Sabido es que el hombre es un ser en relación que necesita relacionarse con los demás, pero, fundamentalmente con Dios. Ese Dios creador que al que se siente unido y del que espera recibir, por su Infinita Misericordia, la Vida Eterna. Porque, si una cosa es evidente es que el hombre experimenta en lo más profundo de su corazón un deseo trascendente de eternidad. Percibe e intuye que ha sido creado para la vida, Vida Eterna.

De esa experiencia vital, el hombre descubre la necesidad de intimar y dialogar con su Padre Dios. Un Dios amoroso y misericordioso que, por medio de su Hijo, el Mesías enviado, le anuncia su Plan de Salvación para compartir con Él su Gloria Eternamente. Y, a través de los siglos, el templo es el lugar, edificado y elegido, para reunirse con los demás cristianos que comparten la misma fe y orar y alabar a su Padre Dios. En el templo son convocados todos los cristianos para, reunidos y personalmente, relacionarnos en alabanzas y oraciones con Dios.

El templo es el lugar sagrado, por antonomasia, donde se reunen todos los cristianos a orar y a alabar a su Padre Dios. Es un lugar donde impera el silencio y el respeto y donde todos deben ser conscientes de que están delante del Señor. Una presencia real y auténtica bajo las especies de pan y vino. Una presencia que cumple su Palabra de que está entre nosotros hasta el final. Una promesa que, a parte de estar dentro de cada uno de nosotros en Espíritu, está presente en la Eucaristía para que podamos tocarle y alimentarnos de su Cuerpo y fortalecernos en su Espíritu.

Debemos ser conscientes del significado del templo y visitarlo con respeto y devoción y de cuidarnos de guardar el debido silencio para no entorpecer ni distraer el diálogo personal de cada cual con Jesús, la víctima propiciatoria que se sacrifica de forma voluntaria e incruentamente en cada Eucaristía para perdón de nuestros pecados.

jueves, 21 de noviembre de 2019

SÓLO EN LA PAZ PODEMOS ENCONTRAR A DIOS

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Lc 19,41-44
Primero tienes que guardar tu corazón en paz para luego ir al encuentro con Dios porque, en la guerra, en la confrontación, en la ira y la violencia nunca podrás encontrarlo. Jesús lamenta que Jerusalén no encuentre la paz y permanezca a merced del deseo de ser conquistada y de la envidia por su grandeza y su ostentosidad. Una ciudad que simboliza el corazón humano seducido por la ambición y la grandeza de poder y suficiencia. Una ciudad que cierra su corazón al amor de Dios y se resiste en descansar en su paz.

También, nosotros somos parte de esa Jerusalén rebelde y endurecida por sus propias ambiciones que se cierra al mensaje de la Buena Noticia y a la Palabra de Jesús. Y que pone su corazón en las aspiraciones humanas del poder y la riqueza. También, Jesús, el Señor, llora por nosotros cuando nos ve tan obstinados e ignorantes tratando de buscar la paz donde no se encuentra,  porque, la paz está en el Señor.

Ese es nuestro problema, tal y como lo es el de Jerusalén. Buscamos y queremos paz, pero no estamos dispuestos a cambiar nuestro corazón endurecido por el pecado por un Corazón manso y humilde como el de Jesús. Y, mientras no nos abramos al Espíritu Santo y nos pongamos en sus Manos, la paz no entrará en nuestros corazones.

miércoles, 20 de noviembre de 2019

¿QUÉ HACES CON TUS TALENTOS?

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Lc 19,11-28
Es indudable que has recibidos unos talentos y que, aparentemente tuyos, tendrás que administrarlos. Ahora, dependerá de esa administración que tu verdadero destino sea alcanzado, que no es otro, seas consciente o no, que alcanzar la dicha y el gozo de la Vida Eterna. Porque, ese destino es lo que está sellado y anhela tu corazón. Dicho con otras palabras, tu salvación está en la forma o manera con la que tú administres y des utilidad a los talentos que has recibido gratuitamente.

Esa es la clave y la cuestión que te plantea tu vida y tu existencia a lo largo de este camino por el mundo en que vives y en la época que te ha tocado peregrinar hacia la Casa del Padre. Has recibido unas cualidades o talentos en especies, es decir, en habilidades, inteligencia, astucia... en incluso riquezas. Directamente de Dios o indirectamente a través de tus padres y circunstancias de tu vida misma. De una u otra manera han sido puestas en tus manos para que las administres pensando en el bien de los demás, sobre todo en aquellos más necesitados.

Ahora, la decisión también la ha dejado Dios en tus manos. Es tuya y puedes elegir enterrarlos por miedo a perderlos, por comodidad, por pereza o no darle ninguna utilidad para el bien de los demás pensando solamente en tu propio bien y beneficio. El Evangelio de hoy te plantea ese disyuntiva, eliges ganarte la vida para disfrutarla desde una actitud egoísta, o te abres a darla, compartiendo todo lo recibido para bien de los demás.

También, el Evangelio, te descubre el resultado final, al que, tarde o temprano, llegarás a experimentar y a vivir según hayas decidido ir en una dirección u otra. Tú tienes la palabra: Y dijo a los presentes: ‘Quitadle la mina y dádsela al que tiene las diez minas’. Dijéronle: ‘Señor, tiene ya diez minas’. ‘Os digo que a todo el que tiene, se le dará; pero al que no tiene, aun lo que tiene se le quitará. Y aquellos enemigos míos, los que no quisieron que yo reinara sobre ellos, traedlos aquí y matadlos delante de mí’». Y habiendo dicho esto, marchaba por delante subiendo a Jerusalén.