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lunes, 22 de julio de 2024

MARÍA MAGDALENA, LA PRIMER TESTIGO

Es evidente que María se ha planteado seriamente un cambio profundo en su vida. Y es tan evidente que la muerte de Jesús le impacta y la deja muy lastimada. Ella había puesto todas sus esperanzas en Jesús. Su vida había dado un cambio pleno hasta el punto que era otra y otra su manera de comportarse y de vivir desde el encuentro con Jesús. Y, ahora, todo se había venido abajo. No se resignaba a aceptarlo.

Y esa inquietud y esperanza puesta en el Señor la inquieta hasta el punto de salir de madrugada, a oscuras todavía, en busca del sepulcro de Jesús. Quiere rendirle alabanza, adoración y ponerle flores en su sepulcro. Quizás en lo más profundo de su corazón no acepta su muerte ni se resigna a perderlo. Sufre y llora por su ausencia y quiere estar a su lado, al menos del sepulcro.

Y su corazón se sobresalta, ve la loza quitada del sepulcro y asustada echa a correr y va a donde está Simón Pedro y Juan, y les avisa de que se han llevado al Señor. Está preocupada, triste y llorosa. Y sucede lo que estaba ya escrito y profetizado: «al tercer día resucitó».

María Magdalena es la primera testigo, es la portadora de la Buena Noticia: ¡Jesús Vive y ha Resucitado! Pero, antes ha salido en su búsqueda. Quizás ignorante de lo que buscaba, pero inquieta y en actitud de búsqueda. Eso nos puede interpelar a nosotros también: ¿Cuál es mi actitud ante la presencia del Señor en mi vida? ¿Realmente le busco, trato de escucharle, de darme cuenta de su presencia en mi vida? ¿Creo verdaderamente que ha Resucitado? ¿Le sigo con todas sus consecuencias y trato de responderle poniendo mi vida en sus manos?

Estas y otras preguntas pueden servirnos para calibrar nuestra fe y situarnos en la actitud, como María Magdalena, de buscar y encontrarnos con el Señor Resucitado.

martes, 23 de abril de 2019

HE VISTO AL SEÑOR

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Jn 20,11-18
Esa es la cuestión, experimentar desde tu corazón la presencia del Señor. María Magdalena vivió esa experiencia y la anunció a los discípulos. Pero, la clave de ese encuentro debemos descubrirlo en la proximidad de María al Señor. Había ido a visitar el sepulcro del Señor y viendo que no estaba lloraba desconsolada. No sólo había perdido al Señor, sino que ahora no estaba tampoco su cuerpo.

Sabemos por la Escritura que sucedió después y como María se dio cuenta que al que había confundido con un hortelano era el Señor. Quizás, lo que nos interesa ahora a nosotros es reflexionar que ha sucedido con nosotros. ¿También nosotros no conocemos al Señor y lo confundimos con un hortelano u otro personaje? María lo ha visto y también lo ha anunciado,  pero, ¿lo hemos visto nosotros y lo anunciamos?

Es posible que no hayamos dado los pasos que dio María. Ella se acercó al sepulcro a visitarle. ¿Lo hacemos nosotros? Y no al sepulcro, sino al Sagrario donde permanece Vivo y esperándonos. Porque, tenemos el testimonio de María y, luego, el de los discípulos que también lo comprobaron. Porque, tenemos el testimonio de los apóstoles en estos próximos cincuenta días en los que Jesús se les va apareciendo para abrirles los ojos hasta que reciban el Espíritu Santo.

Y nosotros, ¿qué pensamos? ¿Permanecemos con los ojos cerrados ante el Misterio de la Resurrección y el testimonio de los que le han visto? ¿O reaccionamos abriendo nuestros corazones al anuncio de la Resurrección del Señor? ¿Nos ponemos en camino?

Porque, ponerse en camino es estar disponible a dejar que el Señor nos encuentre, pues, Él nos busca primero. Ha tomado nuestra naturaleza humana hasta el punto de igualarse a nosotros y entregar su vida para redimirnos olvidándose de su condición divina. Y todo gratuitamente. Sólo por amor. Ahora, ¿qué respondemos nosotros? O mejor, ¿qué respondo yo?

martes, 3 de abril de 2018

MARÍA MAGDALENA, PRIMER TESTIGO Y PREGONERA DE LA RESURRECCIÓN

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No está tranquila y permanece junto al sepulcro embriagada de llanto y desconsuelo. Su amor no recibe consuelo y busca el Cuerpo del Señor para cuidarlo y perfumarlo. Ignora su resurrección, pero nada le impide buscarlo aunque sea muerto. Y, como todo el que busca recibe, María Magdalena encuentra la respuesta a su inquietante búsqueda. Jesús se le aparece y aunque ella no le reconoce, Jesús se le muestra llamándola por su nombre, ¡María!

Es entonces cuando se da cuenta de que es el Señor y exulta de alegría. Más, Jesús le dice: No me retengas, que todavía no he subido al Padre. Pero, anda, ve a mis hermanos y diles: "Subo al Padre mío y Padre vuestro, al Dios mío y al Dios vuestro". María Magdalena fue y anunció a los discípulos: "He visto al Señor y a dicho esto".

También nosotros hemos recibido esta buena Noticia de la Resurrección del Señor Jesús. Y buena porque ella nos implica también a nosotros. Si Jesús ha resucitado, también nosotros resucitaremos. Y esa es la aspiración a la que todos aspiramos, valga la redundancia. Por lo tanto, la Cruz es nuestra victoria y el signo del triunfo, porque es en la Cruz donde el Señor ha triunfado venciendo a la muerte.

Des esta forma, María Magdalena se convierte en la primer apóstol de los apóstoles. Es la primera que da la noticia de la Resurrección del Señor, y transmite el encargo de ir a Galilea donde le encontrarán. Digamos que, María Magdalena, por su amor al Señor, que la lleva al sepulcro a ponerle flores y perfume, es la elegida para dar la primera noticia que cambia al mundo y nos llena de esperanza. 

Jesús ha Resucitado, yo lo he visto y he hablado con Él, y me ha dicho que vayamos a Galilea. El testimonio de María Magdalena es inapelable y firme. Abramos también nosotros nuestros ojos y vayamos a Galilea. La Galilea de nuestra vida, de nuestros actos de amor. La Galilea de nuestra fe donde podemos también dar esa buena Noticia a todos los que se crucen con nosotros en nuestra vida.

sábado, 22 de julio de 2017

ANSÍAS DE BÚSQUEDA

Jn 20,1-2.11-18
María Magdalena buscaba al Señor después de muerto. Su compromiso y relación con Él la impulsaban a buscarle, a pesar de que le creía muerto. Lloraba desconsolada su muerte y quería rendirle tributo a su amor. María sentía que, Aquel, que le había dado tanto amor y esperanzas; Aquel que había levantado su vida, liberándola y perdonándola; dándole sentido y dignidad de mujer, se había ido. Lloraba desconsolada su muerte.

Sin embargo, la realidad era otra. En su desconsolada tristeza advierte que hay dos personas, ángeles que ella no suponía ni sabía, que le pregunta por lo que busca. María les responde:  busco a mi Señor y no sé donde lo han puesto. Pero, al darse la vuelta ve a Jesús de pie, pero ignora que sea Él. Y Jesús le dice:Mujer,¿ por qué lloras ?, ¿a quién buscas? Ella, tomándolo por el hortelano, le contesta: Señor, si tú te lo has llevado, dime donde lo has puesto y yo lo recogeré. Jesús le dice: ¡María! Ella se vuelve y le dice ¡Rabboni!, que significa. ¡Maestro!

Sabemos que ocurre a continuación por el relato evangélico, pero, la cuestión es discernir y buscar las veces que el Señor se nos ha presentado también a nosotros. Quizás lo hayamos confundido con otro, como le ocurrió a María Magdalena, o no sepamos distinguir su voz y su acento. Eso nos lleva a preguntarnos si realmente conocemos bien al Señor. Porque, cuando se conoce bien a una persona se le distingue por muchos detalles.

Este hermoso relato, fundamental para la fe del creyente, nos interpela y nos vuelve la mirada para nuestro interior. Porque, también a nosotros se nos presenta el Señor. Quizás no como a María Magdalena, pero sí de otra forma o medio. Igual a través del anuncio a María Magdalena; igual por algún testimonio del entorno familiar; quizás por el de un amigo cercano o de alguien que Dios ha puesto en tu vida para revelarte su presencia.

Tú, Señor, eres nuestra esperanza y nuestra vida. Queremos buscarte como María Magdalena, para adorarte y vivir en tu Voluntad. Danos esa fortaleza para no desfallecer  y estar siempre en tu camino. Amén.