| FELIZ NAVIDAD |
No se te van a pedir tus éxitos, sino el amor que hayas gastado en beneficio de los demás.
| Lc 1, 67-79 |
Sentado en la terraza —a la que acudía con frecuencia para tomar su buen
café—, Julio se sentía abatido al pensar en todo lo que estaba sucediendo a su
alrededor.
El
consumismo, el activismo ideológico, la ideología de género, los feminismos, el
relativismo moral, el hedonismo, el materialismo, el individualismo o las
nuevas bioideologías —que sueñan con vencer a la muerte— eran, pensaba, las
corrientes hegemónicas que pretendían convencer al ser humano de que él mismo
es el centro del mundo y el fin último de su existencia.
Casi sin
advertirlo, brotó de sus labios un grito desgarrado, en busca de esperanza.
Manuel, que lo observaba desde hacía un buen rato y había notado su semblante
abatido, le dijo:
Hizo una pausa, levantó la mirada, fijó sus ojos en Julio y, con cariño
y ternura, continuó:
—«Por la
entrañable misericordia de nuestro Dios, nos visitará el sol que nace de lo
alto, para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte, para
guiar nuestros pasos por el camino de la paz».
Julio cayó en la cuenta de que se estaban cumpliendo las promesas dadas
por Yahvé a su pueblo desde el remoto origen en Abrahán. Su expresión se
transformó: ahora era serena y confiada.
Había renacido en su interior la esperanza.
| Lc 1, 57-66 |
La noticia que llegaba
hablaba de algo que presagiaba paz, justicia y verdad. Se intuía que los
tiempos iban a cambiar para bien, impulsados por esa voz tan esperada.
Con esta alegría Felipe
se acercó a la terraza de Santiago.
Felipe, eufórico y excitado,
y con gran entusiasmo, dijo:
—¡Ahora parece que va en
serio, el pueblo está emocionado y con mucha pasión.
Pedro, con cierta
indiferencia y quitándole hierro a la cosa, dijo:
—Son cosas del momento.
Pasado el viento, las aguas vuelven a su sitio.
Fue entonces cuando
Manuel se puso en pie, puso su Biblia en alto y dijo:
—Estas cosas ya han
pasado anteriormente. En el evangelio de Lucas 1, 57-66, se narra el nacimiento
de Juan Bautista, cómo le fue puesto el nombre de Juan y todo lo que supuso lo misterioso
de su nacimiento.
Dejó de hablar, hizo una
pausa y observó qué pasaba a su alrededor. Al comprobar que le escuchaban
atentamente, prosiguió:
—Al final, termina el
evangelio diciendo: Y todos los que los oían reflexionaban diciendo: «Pues ¿qué será este niño?». Porque la mano del Señor estaba con él.
Muchos, entre ellos
Pedro, quedaron impactados por los signos que rodeaban el nacimiento de Juan,
narrados en el evangelio, que de algún modo indicaban que había sido tocado por
la mano de Dios.
¿Nos quiere decir el
Señor también a nosotros algo con los signos que suceden ahora en nuestro
tiempo?
¿Sabemos leer los signos
de Dios hoy, o los dejamos pasar como un rumor más?
A veces no
apreciamos todo lo que tenemos ni todo lo que hemos recibido gratuitamente. Así
reflexionaba Dolores cuando tomaba conciencia de cuánto la vida le había
regalado. Se sabía adornada por las virtudes de la humildad, la sencillez y la
obediencia.
Al verse
así, no se enorgullecía, sino que daba gracias, sabiéndose agraciada por tantos
dones recibidos del Señor. Fue entonces cuando, por primera vez, escuchó aquel
hermoso canto del Magníficat salido de la boca de María, proclamado en
las lecturas de la misa vespertina de un lunes de diciembre.
Su corazón
se enterneció y, con el rostro transfigurado, levantó los ojos al cielo, dando
gracias por las maravillas que percibía haber recibido también ella del Señor.
Al escuchar el canto de María, experimentaba que, humildemente, se sentía
igualmente agradecida y agraciada por todo lo recibido.
Entonces,
impulsada interiormente, se atrevió a decir:
Ella,
sabiéndose regalada por Ti, mi Señor, e incorporada a tu plan de salvación, estalla
en ese hermoso canto del Magníficat cuando visita a su prima Isabel.
Te pido, Dios mío, que también nosotros sepamos, como ella, ser agradecidos y responder a tus planes en nosotros, para que se cumplan según tu Voluntad.
| Mt 1, 18-24 |
Acurrucado en su terraza
favorita, Manuel deleitaba su buen café y, también él, daba libertad a su
pensamiento para que sintonizara con la oscuridad que envolvía el ambiente atmosférico.
Dejó su mirada fija en
un punto y, tomando su bolígrafo, escribió:
«Cuando confundimos el amor con la pasión, nos
metemos en un callejón sin salida».
Pedro, que llegaba en
esos momentos, bien abrigado y provisto de paraguas, le dijo:
—Se avecina tormenta.
Espero que no nos impida regresar a casa. No me resistía a dejar de tomar mi café
acostumbrado.
Mirando para Manuel y,
extrañado por su concentración, le dijo:
Pedro, con cara de
extrañeza y confusión, dijo:
—No entiendo bien lo que
dices, me quedo en blanco.
Entonces Manuel, tras breves
segundos, abrió su agenda y tomó la Biblia.
—Y leyendo en Mt 1, 18-24 expuso cómo sufrió José tras descubrir el embarazo de María, su prometida.
Hizo una parada, levantó
su mirada y, fijándola en Pedro, continuó:
—La ley dictaba
denunciar la situación de María y lapidarla, y la rabia que José sentiría en su
interior le invitaba a considerarlo.
Se detuvo de nuevo, mantuvo
unos segundos de silencio y, con una voz suave y serena, siguió:
—Pero la bondad de aquel
hombre acalló el coraje que llevaba dentro y se resignó a un repudio privado.
Realmente había triunfado el amor.
Entonces, levantó su
cara, miró a Pedro y dijo:
—El verdadero amor, ese
amor en el que pensaba cuando tú llegaste, es aquel que busca el bien
posponiendo todo lo demás sin desear ningún mal. Y, además, se da
gratuitamente.
Hizo una pausa. Tomó
respiro y concluyó:
—Al final esa era la Voluntad
de Dios que le fue revelada en sueños: José había sido elegido para ser padre
adoptivo de Jesús.
Pedro, y algunos más que se habían agregado, reconocieron, dibujando un gesto de asentimiento en su rostro, que por encima de toda pasión o interés prima siempre el amor ágape, aquel que se da gratuitamente y por, valga la redundancia, verdadero amor.
| Lc 1, 26-38 |
No entendía de
dónde le podrían venir aquellos impulsos y deseos.
Aquella noche
tuvo un sueño que la animaba a dejarse llevar por ese impulso interior que la
empujaba a entregarse al servicio de aquella causa.
Se despertó asustada,
como si hubiese oído una voz que le hablaba.
Algo temerosa, hizo
partícipe a su hermano Alejandro de su sueño. No sabía qué hacer, y en lo más
profundo de su corazón ardía el deseo de entregarse libremente a esa misión.
Al día
siguiente, Alejandro, algo preocupado, acudió a la terraza. Era uno de los
tertulianos que acudían con frecuencia y conocía los buenos consejos que allí
se daban.
Se acercó a la
mesa donde estaban Manuel, Pedro y algunos más. Levantando su brazo, llamó la atención
y dijo:
—Mi hermana está
en la disyuntiva de decidir qué camino tomar. O hacer caso a ese impulso que
siente, e incluso con el que ha soñado, o tomarlo como un sueño más y no
hacerle caso. ¿Alguien me puede aconsejar
algo?
Todos se miraron
extrañados, y muchos se encogieron de hombros como expresando que no sabían qué
decir.
Sin embargo,
Manuel echó mano a su agenda y buscó ese pasaje del Evangelio de Lucas, 1,
26-38. Puso sus ojos en él y, con voz pausada, suave y serena, leyó:
—En aquel
tiempo, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada
Nazaret, a una virgen desposada con un… María contestó: «He aquí la esclava del Señor; hágase en
mí según tu palabra». Y el ángel se retiró.
Cerró su Biblia,
hizo un breve silencio y miró tiernamente a Alejandro, convencido de que había
encontrado la respuesta que buscaba.
La cara de
Alejandro se iluminó. Había sentido una luz interior que iluminaba la solución
que su hermana buscaba.
«Si la misión de su
hermana estaba movida por el amor y la misericordia —pensó—, ese impulso venía
de Dios».
Así lo había entendido, y así se lo diría a su hermana.
| Lc 1, 5-25 |
Viendo Pedro que llegaba Manuel, le implicó en el pensamiento de Olegario.
Entonces Olegario, adelantándose
a Pedro, miró a Manuel con cierta cara de desafío y le dijo:
Olegario frunció el ceño con gesto de indeciso y dijo:
—No lo había contemplado desde ese punto de vista. Quizás tengas razón, pues de la misma manera que otros se fían de mí, ¿no tengo yo que fiarme de otros?
Manuel guardó unos segundos de silencio y añadió, casi en voz baja:
—Al final, el riesgo
siempre existe. Pero aun así, Dios se fía del hombre.
Nadie dijo nada más. Y, casi sin darse cuenta, los tres experimentaron una extraña sensación de confianza.