domingo, 25 de enero de 2026

CUANDO LA LLAMADA INQUIETA EL CORAZÓN

Mt 4, 12-23

Aparentemente se mostraba tranquilo, pero interiormente se sentía inquieto, descontento consigo mismo e insatisfecho. Trataba de disimularlo entre sus amigos y conocidos, pero en el silencio de la noche se hacía insoportable y duro resistirlo.

Un día, meditando estos estados de incertidumbre y desasosiego, dio un largo paseo. No estaba conforme con su vida. Sentía algo interiormente que le empujaba a cambiar de rumbo y a orientar su vida de otra forma. Sufría con su aparente conformismo y le dolía no tener fuerzas para dar ese paso que le liberara.

De repente oyó una voz que le pareció interpelarle. Se dio vuelta, miró a todos los lados y no acertaba a saber de dónde venía. Cuando se disponía a seguir, vislumbró a dos personas que reflexionaban sobre el evangelio de Mt 4, 12-23.

—No cabe duda —decía uno— de que la desaparición de Juan da el pistoletazo, por decirlo de alguna forma, para que Jesús empiece a proclamar la Buena Noticia. —¿Qué opinas tú?

—Estoy de acuerdo —respondió el otro—, Jesús entiende que ha llegado el momento de anunciar esa Buena Noticia que nos trae de parte de su Padre. Nos dice: Conviértanse, porque está cerca el reino de los cielos. 

Ceferino sintió el peso de una mano en el hombro. Se volvió asustado y no vio a nadie. Miró hacia delante y las dos personas que creía haber visto también habían desaparecido.

Levantó sus ojos y mirando hacia el Cielo, pensó: «¿Eres Tú, Señor?».

Mientras regresaba, percibía tranquilidad, una sensación de gozo y de paz. Se decía que esa experiencia que había tenido era la respuesta a su inquietud de cambiar de rumbo. Y eso había decidido: «Desde hoy trataré de responder a esa llamada que siento interiormente. Espero contar con la fuerza del Espíritu Santo», se dijo con una agradable sonrisa.

sábado, 24 de enero de 2026

ORAR: DESEO DE ESTAR CON DIOS

Mc 3, 20-21

A veces la fama no se corresponde con la felicidad que se espera. Muchos piensan que, siendo famosos, serán más felices; sin embargo, en no pocas ocasiones sucede justamente lo contrario.

Alfonso, asediado por su popularidad, no tenía tiempo ni siquiera para comer. Todos lo buscaban para que les solucionara sus problemas. Y otros, los discordantes, los que veían en peligro su posición y su poder, trataban de desacreditarlo, presentándolo como alguien que había perdido la razón.

Y, casi sin darnos cuenta, muchos nos dejamos influir por esas voces que llegan a nuestros oídos, hasta el punto de presionar para que lo aparten de la vida pública y le callen la boca.

Alfonso no iba a ser la excepción. Sus familiares, cansados de tanto chismorreo, llegaron a pensar como quienes lo criticaban. Le buscaban para llevárselo, porque les decían que estaba fuera de sí.

—¿No crees, Manuel —dijo Pedro— que la fama es causa de mucha envidia?

—Así es —respondió Manuel—. Por desgracia, muchos no aceptan el bien que hacen otros y, con tal de prevalecer, los desacreditan.

La tertulia estaba animada. Manuel y Pedro hablaban del tributo de la fama y de los problemas a los que se enfrentan quienes deciden mantenerse fieles a su palabra y a su misión.

Andrés, no muy conforme y buscando la raíz de esos enfrentamientos, preguntó:

—¿Sabe alguno la razón de por qué pasan estas cosas y podría explicármelo?

Entonces Manuel, buscando en su Biblia el pasaje evangélico de Mc 3,20-21, leyó:

«En aquel tiempo, Jesús volvió a casa y se aglomeró otra vez la muchedumbre, de modo que no podían comer. Se enteraron sus parientes y fueron a hacerse cargo de Él, pues decían: “Está fuera de sí”».

Hizo una pausa. Cerró la Biblia y, levantando la mirada, dijo:

—No es cosa de hoy ni tampoco nueva. Jesús ya lo sufrió en sus propias carnes. Sus familiares trataron de prevenirlo e influir en Él para que se retirara y dejara de hacer lo que hacía.

Entonces Andrés, algo serio y dubitativo, comentó:

—¿Pensaron que estaba loco?

—Quizá por miedo —respondió Manuel—, o porque no lo entendían del todo, llegaron a dudar. Eso queda en la conciencia de cada uno.

Hizo un gesto con el brazo para que no se despistaran y añadió:

—¿Y nosotros? ¿Qué pensamos nosotros? Después de más de dos mil años, ¿cuál es nuestra conclusión? Discernir nuestro pensamiento puede ayudarnos a comprender también la actitud de sus propios familiares.

Todos asintieron. La clave no estaba en juzgar, sino en preguntarse qué creemos nosotros hoy.

viernes, 23 de enero de 2026

NO SE TRATA DE VALER, SINO DE RESPONDER.

Mc 3, 13-19

No se sentía importante, pero a pesar de eso quería colaborar en lo que estuviese a su alcance. Estaba atento a si requerían su ayuda.

La tormenta arreciaba y el refugio estaba casi al completo. Sin embargo, seguían llegando personas necesitadas de acogida, de resguardo y calor, y sobre todo, de protección y alimentos.

Lorenzo, viendo la necesidad, se acercó y ofreció sus manos, sus fuerzas y todo lo que en ese momento podía dar. No le importó lo poco que daba; aun sintiendo lo insignificante que era, lo daba gratuitamente y con entusiasmo desde lo más profundo de su corazón.

—A ver, no se queden ahí —gritaba Julián con una voz potente y de mando—, pasen más adentro y júntense más. Todavía queda mucha gente afuera y el frío es intenso.

Todos se apiñaban a la entrada e impedían entrar. Fue entonces cuando Lorenzo se puso en medio, empujó a los que entorpecían la entrada y ordenó con más fluidez la acogida.

Muchos que observaban impotentes, sin saber cómo poner orden, se alegraron de la intervención de Lorenzo. Incluso, hasta Julián quedó sorprendido y exclamó:

—No se trata en muchos momentos de valer, sino de responder a las necesidades que piden el momento y las circunstancias.

Una persona, que estaba presente y había visto lo sucedido, respondió a Julián.

—A veces las apariencias engañan, pero, prescindiendo de eso, lo verdadero es que las fuerzas nos vienen de dentro y sabemos muy bien quién nos las da.

Todos quedaron algo confusos y extrañados; no se habían dado cuenta de la presencia de aquella persona de presencia misteriosa, ni tampoco entendían lo que quería decir.

Llamando la atención, levantó sus brazos, miró a todos con dulzura y serenidad, y dijo:

—El Señor elige a los que quiere. Y se vale de los pequeños y débiles para mostrar su fuerza. Lo que nos corresponde a nosotros es estar disponibles y dispuestos a responderle.

Sacando entonces de su bolso una Biblia, leyó en el evangelio de (Mc 3,13-19): En aquel tiempo, Jesús subió al monte y llamó a los que Él quiso; y vinieron donde Él. Instituyó Doce, para que estuvieran con Él, y …

Haciendo un breve silencio y cerrando su Biblia, agregó:

—También a nosotros nos querrá en algún lugar. Nuestra misión será descubrir dónde nos quiere.

Ahora todos lo entendían. Evidentemente, la acción de Lorenzo había iluminado a muchos que se limitaban a presenciar lo que sucedía.

jueves, 22 de enero de 2026

UNIDOS COMO LO ESTÁN EL PADRE, EL HIJO Y EL ESPÍRITU SANTO.

Mc 3, 7-12

A pesar de que vivimos en sociedad y nos es imprescindible estar unidos, nos dividimos en grupos o familias con diferentes creencias. Nos resistimos a unirnos y tendemos a la individualidad.

Hemos sido creados a imagen y semejanza de nuestro Creador. Y eso significa que, como Él es Uno y Trino, también nosotros estamos llamados a vivir unidos, como un solo pueblo. Pero nuestra realidad es muy diferente: permanecemos divididos y hasta, a veces, enfrentados.

No nos damos cuenta de la necesidad de ser un solo pueblo. Sin embargo, sí acudimos a Ti desde todos los lugares para pedirte curación y salvación. Una vez más, olvidamos lo fundamental para elevar a lo absoluto lo que no lo es.

«Prima la unidad y no la separación», pensó Manuel.

No entendía cómo nos empeñamos en descuidar a otros, e incluso a nosotros mismos, cuando el fundamento de tu venida, Señor, es el amor y la misericordia ofrecidos a todos.

Nos has dado un mandamiento nuevo: el amor. Nos has pedido que nos amemos como Tú nos amas y nos has enseñado a amar. Pero, al parecer, hacemos oídos sordos a tus palabras.

Tratemos de darnos cuenta de que solo el amor puede solucionar nuestros problemas: separaciones, egoísmos, ansias de poder, ambición, guerras y muertes. Y Tú, Señor, has venido a decírnoslo y a mostrarnos el Camino, la Verdad y la Vida.

Nuestro objetivo es la unidad: ser un solo pueblo en Dios Trino, como lo están el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

miércoles, 21 de enero de 2026

CORAZONES ENDURECIDOS

Mc 3, 1-6

Roberto luchaba por resistirse a ese sentimiento de envidia que experimentaba al comprobar las buenas acciones de su hermano Juan. Quería evitar tales resentimientos, pero la dureza de su corazón se lo impedía.

Por el contrario, Juan no advertía los celos de su hermano ni era consciente de lo que le podía estar pasando. Su buen corazón derramaba, una y mil veces, buenas obras sobre quienes lo necesitaban.

Cansado de su lucha interior, Roberto decidió buscar algún medio para desacreditar a su hermano. Buscó a alguien que, a cambio de algún favor, estuviera dispuesto a criticarlo y a afearle su buena acción.

Y así, puestos de acuerdo, prepararon la estrategia.

Era la hora del mediodía y, atraído por el buen aroma del café de la terraza, Juan sintió deseos de tomar uno. Se acercó, tomó asiento y, señalando al camarero, le hizo señas para que viniera.

—Buenos días —dijo sonriendo—, ¿me puede servir un café?

—Enseguida —respondió Santiago, el camarero.

En la mesa de al lado estaba sentado el cómplice, que había preparado la estrategia con Roberto para ridiculizar a Juan.

—Señor —dijo llamando a Santiago—, ¿no se ha dado cuenta de que llevo aquí un rato y usted no me ha atendido?

Santiago quedó sorprendido, pues no había visto a nadie en aquella mesa. Al no estar seguro, dijo:

—Perdone, pero no me he dado cuenta. Posiblemente me habré despistado.

—Pues debe tener usted más cuidado —respondió el cómplice, echando una mirada recelosa hacia Juan.

Al ver a Santiago algo preocupado, Juan quiso disculparlo. Dirigiéndose al señor que le había llamado la atención, procuró justificarlo:

—Perdone, señor, pero quiero pedirle disculpas por el camarero. Imagino que no lo habrá visto. Yo tampoco me he dado cuenta, pues de haberlo visto se lo habría dicho. Siento que haya ocurrido esto.

La ocasión se le brindó tal como había pensado. El cómplice aprovechó ese momento para ridiculizar a Juan.

—Con usted no va esto. No tiene que meterse donde no le han llamado. ¿O es que usted está siempre queriendo destacar y que vean sus buenas obras?

Juan quedó desconcertado. Sintió como una puñalada en el corazón. No entendía esa respuesta tan brusca y dura. ¿Cómo se podía contestar de esa forma?

Entonces, como movido por la compasión y la misericordia, lo miró suavemente y dijo:

—Perdone usted si le he importunado.

Se hizo un breve silencio en la terraza. Todos quedaron sobrecogidos y emocionados al escuchar la respuesta de Juan. Aquella actitud se convertía en una buena obra más en su haber.

En ese momento, se oyó una voz serena y con gran autoridad:

—Perdonen mi intervención, pero yo, afortunadamente, estaba aquí antes de que llegaran ustedes dos. He observado que este señor —señalando al cómplice— llegó después de usted, y miró complacido a Juan.

Hizo una pausa y, poniendo sus ojos en el cómplice, con cierta ira y dolor por su mala intención, concluyó:

—Hay momentos en que se hacen cosas sin fundamento, quizás movidos por la envidia u otras razones. Eternos enemigos llegan a unirse con tal de fastidiar al que, con su buen obrar, les molesta.

Todos lo habían entendido. Quienes trataron de ridiculizar el bien obrar, quedaron ellos mismos ridiculizados.

Más tarde, Juan abrió su Evangelio y meditó el pasaje de (Mc 3,1-6):

«En aquel tiempo, entró Jesús de nuevo en la sinagoga, y había allí un hombre que tenía la mano paralizada. Estaban al acecho a ver si le curaba en sábado para poder acusarle… En cuanto salieron los fariseos, se confabularon con los herodianos contra Él para ver cómo eliminarle.»

Su rostro reflejó un semblante de gozo y satisfacción. También el Señor había experimentado esas mismas situaciones.

martes, 20 de enero de 2026

¿NORMAS ESCRITAS O VIDA?

Mc 2, 23-28

Estaba obsesionado con su idea. Preparaba todo con gran cuidado y una exquisita atención. Su vida se derrumbaría de cometer algún fallo. No podía ni imaginárselo; todo tenía que ajustarse a sus normas.

Se quedó un rato parado, como pensativo, y se dijo:

«Primero mi idea, incluso antes que las personas». Su obsesión llegaba hasta ese extremo. Sus pensamientos, primeros que la humanidad.

Teodoro estaba firmemente convencido y no admitía otra forma de verla. Y satisfecho de su primacía, trató de relajarse dando un largo paseo. El día invitaba a hacerlo y la mañana adornaba tu camino como alfombra que suaviza tus pisadas.

Llevaba un buen rato cuando oyó a unos cuantos que, respetuosamente, dialogaban sobre las prioridades de la vida.

Atraído por lo que se debatía, tomó asiento y, señalando al camarero, pidió un café.

—La vida está en función del hombre —defendía Pedro—, de modo que todo debe estar mirando a su beneficio.

—¿Y qué lugar ocupa la ley? —respondió Octavio—. Ella regula las relaciones y convivencia entre los hombres y eso, aparte de necesario, es muy importante.

En ese momento, el rostro de Teodoro se iluminó con una grata sonrisa. Incluso miró a ambos lados de la mesa como queriendo llamar la atención. Él era partidario del cumplimiento de la ley.

Después de un breve silencio, cuando todo parecía paralizado y que ahí se iba a quedar, se erigió la figura de Manuel.

Con voz pausada, serena y tranquila, pero firme y segura de lo que decía, se pronunció:

—El hombre es el centro del mundo y todo lo que en él hay gira a su derredor.

Observó la acogida de sus palabras y, tras dar una breve pausa, prosiguió:

—Jesús, nuestra referencia, lo deja muy claro en Mc 2, 23-28:

—Un sábado, cruzaba Jesús por los sembrados, y sus discípulos empezaron a abrir camino arrancando espigas. Decíanle los fariseos: «Mira, ¿por qué hacen en sábado lo que no es lícito?»…

—La persona es el centro de todo porque el sábado, al fin y al cabo, se hizo para el hombre, y no al revés.

La figura de Teodoro parecía una estatua. Inmóvil, petrificado, permanecía impasible, sin capacidad de reacción. Su vida se había desmoronado repentinamente.  “Le costaba aceptar que la compasión y la misericordia ponían a la persona por delante de la ley.”

De repente, sintió como un leve tirón de orejas, como si alguien le moviera a aceptar que es más importante perdonar y amar que juzgar.

Oyó como una voz que interiormente le decía desde lo más profundo de su corazón:

«La vida está primero; es más importante que las normas escritas».  Y su cara empezó a tomar un cariz gozoso y alegre.

lunes, 19 de enero de 2026

LO QUE DEBE Y NO DEBE CAMBIAR

Mc 2, 18-22

Juan cumplía a rajatabla todo lo que las normas o preceptos ordenaban. No entendía hacerlo de otra forma y, además, le fastidiaba que otros no lo hicieran.

Un día, mientras ayunaba como lo mandaba la ley, le sentó muy mal ver a unos compañeros disfrutando y pasándolo bien con un invitado que les había visitado ese día.

—¿No saben que hoy es día de guardar ayuno? —les dijo molesto.

—Tenemos a un amigo que hacía mucho tiempo que no veíamos y hemos hecho una fiesta para recibirle y celebrarlo.

—Pero la ley está primero —respondió Juan con vehemencia.

Ninguno se atrevió a contestarle, pero tampoco le hicieron caso. Hicieron como que no oyeron y siguieron su celebración.

Juan refunfuñó airadamente y les lanzó insultos y críticas, comparándolos de forma despectiva con los inobservantes.

Algo desconcertados, el grupo de amigos se alejó en silencio y continuó su celebración en otro lugar. Entendieron que era mejor retirarse antes de entrar en discusión.

Sin embargo, sucedió algo extraño: un transeúnte que pasaba en ese momento observó la escena y, tras la retirada del grupo, miró a Juan y, replicándole su conducta, le dijo:

—Hace usted muy mal, amigo. La ley no está reñida con la alegría ni con la paz. Urge obedecer antes que sacrificar. Y la obediencia demanda acogida, servicio, celebración, libertad, amor y paz antes que mero cumplimiento.

—Pero la ley es… —quiso responder Juan.

—Para servir al hombre —le interrumpió el transeúnte—. Llegarán días en que lo necesario será sacrificarse.

Levantó el brazo y, con la palma de la mano, indicó a Juan que esperara. Luego sacó de su agenda el pequeño evangelio y dijo:

—Jesús lo deja muy claro en el pasaje de —Mc 2, 18-22— cuando dice:
«¿Es que pueden ayunar los amigos del esposo mientras el esposo está con ellos? …».

Hizo un silencio, miró a Juan con amabilidad y ternura, y añadió:

—Nos llama amigos y nos invita a relacionarnos con Él desde la alegría y la celebración. “No hay nada más triste que un cristiano triste”, especialmente cuando perdemos la paz por nimiedades, nos comparamos o criticamos a los demás.

Juan se quedó pensativo. Empezaba a reconocer que sus palabras y su enfado no eran la forma más adecuada de comportarse ni de corregir.

   Su semblante mostraba que su corazón se ablandaba y comprendía que el amor está por encima de todo cumplimiento.