viernes, 12 de noviembre de 2010

EL CAMINO EXIGE NO DESFALLECER


 En cada momento tenemos un esfuerzo que hacer. Nos cuesta despertarnos y levantarnos; nos cuesta hasta comer en muchos momentos, o determinados alimentos que necesitamos nos lo tenemos que comer con esfuerzo; nos cuesta enfrentarnos cada día a nuestro trabajo diario, y así podríamos describir muchas otras situaciones. 

Llegamos a la conclusión que la vida es un constante esfuerzo, y eso nos obliga a superarnos constantemente y a una lucha despiadada contra los obstáculos, dificultades y contra nosotros mismos. Sin embargo, si tuviéramos todos los problemas resueltos no quedaríamos satisfechos, porque necesitamos superarnos por nosotros mismos.

Hay una fuerza interior que nos impulsa a defender nuestra propia dignidad que, si otro lo hiciera por mí, quedaría dañada y frustrada. Otra cosa es aceptar la ayuda o colaboración cuando nos vemos incapacitados para alcanzar nuestro objetivo.

Y esa es la propuesta que nos ha dejado nuestro PADRE DIOS: "Alcanzar la eterna felicidad junto a ÉL". Para ello nos ha creado libres y con las capacidades suficientes de poder lograrlo entre todos. De ahí se desprende la necesidad de ir juntos y amarnos como ÉL nos ama.

También, por nuestra propia experiencia, experimentamos que solos no podemos, que la cuesta es muy empinada para nuestras fuerzas humanas, pero con JESÚS, que nos lo ha prometido, si podemos alcanzarla. ÉL se ofreció a pagar el rescate por nosotros, y también a acompañarnos en la labor, pero, indudablemente, cuenta con nuestro esfuerzo.

Ese, en mi humilde opinión, es el mensaje que JESÚS nos deja hoy en su Palabra: "Poner toda la carne en el asador, contando con su Gracia, para recorrer el Camino que, la Voluntad del PADRE, me ha señalado. Espera mi respuesta, pues soy libre de decidir:


Sé que quiero responderte, JESÚS,
y quiero seguirte, pero tus pasos se me
hacen muy largos y me canso de seguirte.

A veces pienso que no puedo, o que no tengo
la voluntad y las fuerzas necesarias para hacerlo,
pero, en mi interior, siento que es mi única
oportunidad y lo que quiero.

Dame las fuerzas para avivar mis pasos
y no perderte. No dejes que mi boca
se cierre y mi lengua se duerma.

Despierta mi mente y enciende mi
corazón para que no cese de hablarte,
de pedirte, de creer en TI, y de tomar
conciencia de que TÚ has Muerto y Resucitado por mí, 
de que TÚ me quieres y me has salvado,
de que TÚ sólo esperas que yo diga "SÍ", 
y me ponga en tus brazos. Sólo con eso
me basta. Amén.

martes, 9 de noviembre de 2010

NOVIEMBRE, UN TIEMPO PARA REFLEXIONAR SOBRE LA MUERTE.


 Haciendo un repaso por mis reflexiones encontrarán siempre un denominador común: "El problema de la trascendencia y del tesoro escondido", porque de nada vale el tener éxito, prestigio, riquezas y...etc., para luego perder lo verdaderamente importante.

Siempre, por la Gracia de DIOS, he querido ver lo verdaderamente importante, el tesoro que no se marchita y lo que vale la pena conseguir. Todo lo demás, aun siendo necesario, lo estimo basura, como dice Pablo, porque de nada me vale gozar por unos días si pierdo el gozo eterno.

Por eso he creído conveniente y necesario pasarles este correo sobre la misma temática, con la intención de ayudarles a reflexionar y profundizar en un tema de vital importancia, y que nada vale el obviarlo y esconderlo, pues tarde o temprano toparemos con él. Sin más les dejo con la reflexión:

Amigo lector: permíteme que te haga una confidencia personal. ¿Sabes? A mí me gusta mucho meditar sobre la muerte. Y no por ser un tipo melancólico, pesimista o lunático, ni de carácter fúnebre o taciturno. Francamente no. Más bien, me considero una persona alegre y optimista, amante de la vida y de la aventura. Lo que sucede es que nos hemos acostumbrado a considerar la muerte como algo tétrico y negativo, y cuyo pensamiento debemos casi evitar a toda costa. Y, sin embargo, si tenemos una certeza absoluta en la vida es, precisamente, que todos vamos a morir.

Pero a mí, en lo personal, esta certeza no me atemoriza, para nada. Al contrario. Me hace pensar con inmenso regocijo y esperanza en el “más allá”, en lo que hay después de la muerte. Y también me ayuda a aprovechar mejor esta vida. Pero no para “pasarla bien”, sino para tratar de llenar mi alforja de buenos frutos para la vida eterna.

Alguien dijo: “Morir es sólo morir; morir es una hoguera fugitiva; es sólo cruzar una puerta y encontrar lo que tanto se buscaba. Es acabar de llorar, dejar el dolor y abrir la ventana a la Luz y a la Paz. Es encontrarse cara a cara con el Amor de toda la vida”.

Es verdad. Lo importante de la muerte no es lo que ella es en sí, sino lo que ella nos trae; no es el instante mismo del paso a la otra vida, sino la otra vida a la que ella nos abre paso. Para quienes tenemos fe, la muerte es sólo un suspiro, una sonrisa, un breve sueño; y para los que vivimos de la dichosa esperanza de una felicidad sin fin, que encontraremos al cruzar el umbral de la otra vida, ésta no es sino un ligero parpadeo y, al abrir los ojos, contemplar cara a cara a la Belleza misma; es exhalar el más exquisito perfume -el de nuestra alma, cuando abandone el cristal que la contiene- para iniciar la más hermosa aventura y gozar del Amor en persona... ¡ahora sí, para toda la eternidad! La muerte no debería llamarse “muerte”, sino “vida” porque es el inicio de la verdadera existencia.

El libro del Apocalipsis nos dice hermosamente que allí, en el cielo, después de la muerte “ya no habrá hambre, ni sed, ni calor alguno porque el Cordero que está en medio del trono, Jesús, los apacentará -a los que han entrado en la gloria- y los guiará a las fuentes de las aguas de la vida, y Dios enjugará toda lágrima de sus ojos” (Ap 7, 16-17). Ya no habrá tristeza, ni dolor, ni sufrimiento, sino amor completo y dicha sin fin. ¿No es emocionante y apetecible?

Nuestra Madre, la Iglesia, nos ha enseñado a ver con ojos muy distintos la realidad de la muerte, a mirarla con gran serenidad y a aceptarla con paz y esperanza; incluso con alegría y regocijo -si es viva nuestra fe- porque aquel bendito día será el más glorioso de toda nuestra existencia: el de nuestro encuentro personal con Dios, el Amor que nuestro corazón reclama.

¡Claro!, sólo es posible hablar así cuando tenemos fe. Por eso, los santos se expresaban de ella -de la muerte- con un lenguaje desconcertante para el mundo. San Francisco de Asís la llamaba “hermana muerte”, y deseaba que llegara pronto. San Pablo afirmaba que para él la muerte era una ganancia porque así podría estar ya para siempre con el Señor (Fil 1, 21-23); y santa Teresa de Jesús también se consumía por el anhelo de que ésta no se demorara tanto en venir: “Vivo sin vivir en mí y tan alta vida espero que muero porque no muero” -decía en uno de sus poemas místicos- que, en nuestro lenguaje común, podríamos traducirlo con un “me muero de ganas de morirme”. Y hallamos la misma experiencia en tantos otros santos y mártires, que veían en la muerte no precisamente un castigo o una maldición, sino el momento dichoso de su definitivo y eterno encuentro con el Señor.

Fue Jesucristo quien nos enseñó a ver así las cosas. Durante su vida pública muchas veces nos habló de este tema, y en el Evangelio encontramos páginas muy bellas que robustecen nuestra fe y alimentan nuestra esperanza. Como aquella parábola de las diez vírgenes, en la que nos exhorta a vivir “esperando la llegada del esposo” -o sea, de Cristo el Señor-. La parábola de los talentos, de las minas, de los invitados a la boda, del rico epulón y del pobre Lázaro y muchas otras enseñanzas tienen esta misma temática.

Y es que, si nos tomamos en serio esta meditación, la muerte nos enseña a vivir mejor y a valorar el poco tiempo del que disponemos para hacer méritos que perduren. Nos educa en la justa consideración de las cosas y de los bienes terrenos: a la luz de la eternidad aprendemos que todo es pasajero, relativo, accidental y caduco; y nos ayuda, en consecuencia, a no poner nuestro corazón y nuestras seguridades en cosas tan baladíes y efímeras. Nos da, en definitiva, la auténtica sabiduría, esa que no engaña y que nos hace vivir según la Verdad, que es Dios mismo.

Entonces, es muy saludable pensar de vez en cuando en la muerte. Y si la tenemos siempre presente en nuestra vida, tanto mejor. Ahora sí nos damos cuenta de que celebrar a los fieles difuntos tiene mucho sentido y de que, en vez de temer a la muerte, de rehuirla o de reírnos de ella, es mucho más provechoso aprender las lecciones de vida que ella nos ofrece.

sábado, 6 de noviembre de 2010

LA DEVOCIÓN A LOS DIFUNTOS en los primeros cristianos


"Estos que visten estolas blancas, ¿quiénes son y de dónde han venido…? Éstos son los que vienen de la gran tribulación y han lavado sus estolas y las han blanqueado en la sangre del Cordero. Por eso están ante el trono de Dios, y le adoran día y noche en su templo."
(Apocalipsis 7,13-15) 
 
HONOR Y RESPETO A LOS DIFUNTOS
La Iglesia Católica, ya desde la época de los primeros cristianos, siempre ha rodeado a los muertos de una atmósfera de respeto sagrado. Esto y las honras fúnebres que siempre les ha tributado permiten hablar de un cierto culto a los difuntos: culto no en el sentido teológico estricto, sino entendido como un amplio honor y respeto sagrados hacia los difuntos por parte de quienes tienen fe en la resurrección de la carne y en la vida futura.
El cristianismo en sus primeros siglos no rechazó el culto para con los difuntos de las antiguas civilizaciones, sino que lo consolidó, previa purificación, dándole su verdadero sentido trascendente, a la luz del conocimiento de la inmortalidad del alma y del dogma de la resurrección; puesto que el cuerpo —que durante la vida es “templo del Espíritu Santo” y “miembro de Cristo” (1 Cor 6,15-9) y cuyo destino definitivo es la transformación espiritual en la resurrección— siempre ha sido, a los ojos de los cristianos, tan digno de respeto y veneración como las cosas más santas.
Este respeto  se ha manifestado, en primer lugar, en el modo mismo de enterrar los cadáveres.
Vemos, en efecto, que a imitación de lo que hicieron con el Señor José de Arimatea, Nicodemo y las piadosas mujeres, los cadáveres eran con frecuencia lavados, ungidos, envueltos en vendas impregnadas en aromas, y así colocados cuidadosamente en el sepulcro.
En las actas del martirio de San Pancracio se dice que el santo mártir fue enterrado “después de ser ungido con perfumes y envuelto en riquísimos lienzos”; y el cuerpo de Santa Cecilia apareció en 1599, al ser abierta el arca de ciprés que lo encerraba, vestido con riquísimas ropas.
Pero no sólo esta esmerada preparación del cadáver es un signo de la piedad y culto profesados por los cristianos a los difuntos, también la sepultura material es una expresión elocuente de estos mismos sentimientos. Esto se ve claro especialmente en la veneración que desde la época de los primeros cristianos se profesó hacia los sepulcros: se esparcían flores sobre ellos y se hacían libaciones de perfumes sobre las tumbas de los seres queridos.
 
LAS CATACUMBAS
En la primera mitad del siglo segundo, después de tener algunas concesiones y donaciones,los cristianos empezaron a enterrar a sus muertos bajo tierra. Y así comenzaron las catacumbas. Muchas de ellas se excavaron y se ampliaron alrededor de los sepulcros de familias cuyos propietarios, recién convertidos, no los reservaron sólo para los suyos, sino que los abrieron a sus hermanos en la fe.
Andando el tiempo, las áreas funerarias se ensancharon, a veces por iniciativa de la misma Iglesia. Es típico el caso de las catacumbas de San Calixto: la Iglesia asumió directamente su administración y organización, con carácter comunitario.
Con el edicto de Milán, promulgado por los emperadores Constantino y Licinio en febrero del año 313, los cristianos dejaron de sufrir persecución.
Podían profesar su fe libremente, construir lugares de culto e iglesias dentro y fuera de las murallas de la ciudad y comprar lotes de tierra sin peligro de que se les confiscasen.
Sin embargo, las catacumbas siguieron funcionando como cementerios regulares hasta el principio del siglo V, cuando la Iglesia volvió a enterrar exclusivamente en la superficie y en las basílicas dedicadas a mártires importantes.
Pero la veneración de los fieles se centró de modo particular en las tumbas de los mártires; en realidad fue en torno a ellas donde nació el culto a los santos. Sin embargo, este culto especialísimo a los mártires no suprimió la veneración profesada a los muertos en general. Más bien podría decirse que, de alguna manera, quedó realzada.
En efecto: en la mente de los primeros cristianos, el mártir, víctima de su fidelidad inquebrantable a Cristo, formaba parte de las filas de los amigos de Dios, de cuya visión beatifica gozaba desde el momento mismo de su muerte: ¿qué mejores protectores que estos amigos de Dios?
Los fieles así lo entendieron y tuvieron siempre como un altísimo honor el reposar después de su muerte cerca del cuerpo de algunos de estos mártires, hecho que recibió el nombre de sepultura ad sanctos.
Por su parte, los vivos estaban también convencidos de que ningún homenaje hacia sus difuntos podía equipararse al de enterrarlos al abrigo de la protección de los mártires.
Consideraban que con ello quedaba asegurada no sólo la inviolabilidad del sepulcro y la garantía del reposo del difunto, sino también una mayor y más eficaz intercesión y ayuda del santo.
Así fue como las basílicas e iglesias, en general, llegaron a constituirse en verdaderos cementerios, lo que pronto obligó a las autoridades eclesiásticas a poner un límite a las sepulturas en las mismas.
 
FUNERALES Y SEPULTURA
Pero esto en nada afectó al sentimiento de profundo respeto y veneración que la Iglesia profesaba y siguió profesando a sus hijos difuntos.
De ahí que a pesar de las prohibiciones a que se vio obligada para evitar abusos, permaneció firme en su voluntad de honrarlos.
Y así se estableció que, antes de ser enterrado, el cadáver fuese llevado a la Iglesia y, colocado delante del altar, fuese celebrada la Santa Misa en sufragio suyo.
Esta práctica, ya casi común hacia finales del s. IV y de la que San Agustín nos da un testimonio claro al relatar los funerales de su madre Santa Mónica en sus Confesiones, se ha mantenido hasta nuestros días.
San Agustín también explicaba a los cristianos de sus días cómo los honores externos no reportarían ningún beneficio ni honra a los muertos si no iban acompañados de los honores espirituales de la oración: “Sin estas oraciones, inspiradas en la fe y la piedad hacia los difuntos, creo que de nada serviría a sus almas el que sus cuerpos privados de vida fuesen depositados en un lugar santo. Siendo así, convenzámonos de que sólo podemos favorecer a los difuntos si ofrecemos por ellos el sacrificio del altar, de la plegaria o de la limosna” (De cura pro mortuis gerenda, 3 y 4).
Comprendiéndolo así, la Iglesia, que siempre tuvo la preocupación de dar digna sepultura a los cadáveres de sus hijos, brindó para honrarlos lo mejor de sus depósitos espirituales. Depositaria de los méritos redentores de Cristo, quiso aplicárselos a sus difuntos, tomando por práctica ofrecer en determinados días sobre sus tumbas lo que tan hermosamente llamó San Agustín sacrificium pretii nostri, el sacrifico de nuestro rescate.
Ya en tiempos de San Ignacio de Antioquia y de San Policarpo se habla de esto como de algo fundado en la tradición. Pero también aquí el uso degeneró en abuso, y la autoridad eclesiástica hubo de intervenir para atajarlo y reducirlo. Así se determinó que la Misa sólo se celebrase sobre los sepulcros de los mártires.
 
LOS DIFUNTOS EN LA LITURGIA
Por otra parte, ya desde el s. III es cosa común a todas las liturgias la memoria de los difuntos.
Es decir, que además de algunas Misas especiales que se ofrecían por ellos junto a las tumbas, en todas las demás sinaxis eucarísticas se hacía, como se sigue haciendo todavía, memoria —mementode los difuntos.
Este mismo espíritu de afecto y ternura alienta a todas las oraciones y ceremonias del maravilloso rito de las exequias.
La Iglesia hoy en día recuerda de manera especial a sus hijos difuntos durante el mes de noviembre, en el que destacan la “Conmemoración de todos los Fieles Difuntos”, el día 2 de noviembre, especialmente dedicada a su recuerdo y el sufragio por sus almas; y la “Festividad de todos los Santos”, el día 1 de ese mes, en que se celebra la llegada al cielo de todos aquellos santos que, sin haber adquirido fama por su santidad en esta vida, alcanzaron el premio eterno, entre los que se encuentran la inmensa mayoría de los primeros cristianos

jueves, 4 de noviembre de 2010

EL PROBLEMA DE LA MUERTE


 Es la única realidad que existe, pues es cierto que un día moriremos. Sin embargo, aún siendo lo único seguro y cierto no le prestamos la debida atención ni le damos la debida importancia. Y lo más lógico es que fuese lo más importante de nuestra vida, pues nadie quiere morir y, de hacerlo, que es seguro, deberíamos preguntarnos que hay detrás de ella.

Tengo que confesar que, dentro de unos días cumplo 65 años, me acerco a una edad que entra dentro de la lógica pensar que estás bastante cerca, y según me acerco, en lugar de entristecerme, me alegro porque ya me falta menos para tener la esperanza de contemplar al SEÑOR. Sólo me preocupa de llenarme de todo el amor que me sea posible y presentárselo a ÉL, pues sé que de eso me va a juzgar.

Por lo demás estoy tranquilo. Confío en su Misericordia y en su Amor. Por todo ello, me ha parecido interesante traer aquí esta reflexión sobre el momento de nuestra muerte. Creo que nos puede ayudar mucho. Les dejo con ella.
Contar nuestros días
El cristianismo tiene algo bien distinto que ofrecer sobre el problema de la muerte
Autor: P. Raniero Cantalamessa, OFM Cap | Fuente: www.cantalamessa.org

La conmemoración de los fieles difuntos es la ocasión para una reflexión existencial sobre la muerte. En la Escritura leemos esta solemne declaración: «No fue Dios quien hizo la muerte ni se recrea en la destrucción de los vivientes... Dios creó al hombre para la inmortalidad; le hizo imagen de su misma naturaleza; mas por envidia del diablo entró la muerte en el mundo» (Sb 1, 13-15. 2, 23-24). Comprendemos de ahí por qué la muerte suscita en nosotros tanta repulsión. El motivo es que ésta no nos es «natural»; así como la experimentamos en el presente orden de las cosas, hay algo ajeno a nuestra naturaleza, fruto de la «envidia del diablo». Por eso luchamos contra ella con todas nuestras fuerzas. Este insuprimible rechazo nuestro hacia la muerte es la mejor prueba de que no hemos sido hechos para ella y de que no puede tener la última palabra. Precisamente sobre esto nos aseguran las palabras de la primera lectura de la Misa: «Las almas de los justos están en las manos de Dios y no les alcanzará tormento alguno».

El temor a la muerte es conflicto en lo más profundo de todo ser humano. Hay quien ha querido reconducir toda actividad humana al instinto sexual y explicar todo con él, también el arte y la religión. Pero más poderoso que el instinto sexual es el del rechazo a la muerte, del que la propia sexualidad no es sino una manifestación. Si se pudiera oír el grito silencioso que brota de la humanidad entera, se oiría un bramido tremendo: «¡No quiero morir!».

¿Por qué, entonces, invitar a los hombres a pensar en la muerte, si ya está tan presente? Es sencillo. Porque nosotros, los hombres, hemos elegido suprimir el pensamiento de la muerte. Fingir que no existe, o que existe sólo para los demás, no para nosotros. Hacemos proyectos, corremos, nos exasperamos por nada, como si en cierto momento no tuviéramos que dejar todo y partir.

Pero el pensamiento de la muerte no se deja arrinconar o suprimir con estas pequeñas tretas. Así que no queda más que reprimirlo o huir de su gravedad con paliativos. Los hombres nunca han dejado de buscar remedios a la muerte. Uno de estos se llama la prole: sobrevivir en los hijos. Otro es la fama. En nuestros días se va difundiendo un pseudo-remedio: la doctrina de la reencarnación. La doctrina de la reencarnación es incompatible con la fe cristiana, que en su lugar profesa la resurrección de la muerte. «Está establecido que los hombres mueran una sola vez, y luego el juicio» (Hb 9,27). La forma en que se propone entre nosotros, en Occidente, la reencarnación es fruto, entre otras cosas, de un gigantesco equívoco. En su origen la reencarnación no significa un suplemento de vida, sino de sufrimiento; no es motivo de consuelo, sino de terror. Con ella se viene a decir al hombre: «¡Ten cuidado, que si haces el mal, tendrás que renacer para expiarlo!». Es como decir a un encarcelado, al final de su detención, que su pena se ha prolongado y todo debe empezar de nuevo.

El cristianismo tiene algo bien distinto que ofrecer sobre el problema de la muerte. Anuncia que «uno ha muerto por todos», que la muerte ha sido vencida; ya no es un abismo que engulle todo, sino un puente que lleva a la otra vida, la de la eternidad. Y, con todo, reflexionar sobre la muerte hace bien también a los creyentes. Ayuda sobre todo a vivir mejor. ¿Estás angustiado por problemas, dificultades, conflictos? Ve hacia delante, contempla estas cosas como te parecerán en el momento de la muerte y verás cómo se redimensionan. No se cae en la resignación ni en la inactividad; al contrario, se hacen más cosas y se hacen mejor, porque se está más sereno y más desprendido. Contando nuestros días, dice un salmo, se llega «a la sabiduría del corazón» (Sal 89, 12).

martes, 2 de noviembre de 2010

ORIGEN Y TRADICIÓN DE LA FIESTA

Autor: Tere Fernández | Fuente: Catholic.net
Fieles difuntos
2 de noviembre, conoce el significado de las costumbres y tradiciones relacionadas con esta fiesta.
Fieles difuntos
Fieles difuntos

Un poco de historia

La tradición de rezar por los muertos se remonta a los primeros tiempos del cristianismo, en donde ya se honraba su recuerdo y se ofrecían oraciones y sacrificios por ellos.

Cuando una persona muere ya no es capaz de hacer nada para ganar el cielo; sin embargo, los vivos sí podemos ofrecer nuestras obras para que el difunto alcance la salvación.

Con las buenas obras y la oración se puede ayudar a los seres queridos a conseguir el perdón y la purificación de sus pecados para poder participar de la gloria de Dios.

A estas oraciones se les llama sufragios. El mejor sufragio es ofrecer la Santa Misa por los difuntos.

Debido a las numerosas actividades de la vida diaria, las personas muchas veces no tienen tiempo ni de atender a los que viven con ellos, y es muy fácil que se olviden de lo provechoso que puede ser la oración por los fieles difuntos. Debido a esto, la Iglesia ha querido instituir un día, el 2 de noviembre, que se dedique especialmente a la oración por aquellas almas que han dejado la tierra y aún no llegan al cielo.

La Iglesia recomienda la oración en favor de los difuntos y también las limosnas, las indulgencias y las obras de penitencia para ayudarlos a hacer más corto el periodo de purificación y puedan llegar a ver a Dios. "No dudemos, pues, en socorrer a los que han partido y en ofrecer nuestras plegarias por ellos".

Nuestra oración por los muertos puede no solamente ayudarles, sino también hacer eficaz su intercesión a nuestro favor. Los que ya están en el cielo interceden por los que están en la tierra para que tengan la gracia de ser fieles a Dios y alcanzar la vida eterna.

Para aumentar las ventajas de esta fiesta litúrgica, la Iglesia ha establecido que si nos confesamos, comulgamos y rezamos el Credo por las intenciones del Papa entre el 1 y el 8 de noviembre, “podemos ayudarles obteniendo para ellos indulgencias, de manera que se vean libres de las penas temporales debidas por sus pecados”. (CEC 1479)

Costumbres y tradiciones.

El altar de muertos

Es una costumbre mexicana relacionada con el ciclo agrícola tradicional. Los indígenas hacían una gran fiesta en la primera luna llena del mes de noviembre, para celebrar la terminación de la cosecha del maíz. Ellos creían que ese día los difuntos tenían autorización para regresar a la tierra, a celebrar y compartir con sus parientes vivos, los frutos de la madre tierra.

Para los aztecas la muerte no era el final de la vida, sino simplemente una transformación. Creían que las personas muertas se convertirían en colibríes, para volar acompañando al Sol, cuando los dioses decidieran que habían alcanzado cierto grado de perfección.

Mientras esto sucedía, los dioses se llevaban a los muertos a un lugar al que llamaban Mictlán, que significa “lugar de la muerte” o “residencia de los muertos” para purificarse y seguir su camino.

Los aztecas no enterraban a los muertos sino que los incineraban.
La viuda, la hermana o la madre, preparaba tortillas, frijoles y bebidas. Un sacerdote debía comprobar que no faltara nada y al fin prendían fuego y mientras las llamas ardían, los familiares sentados aguardaban el fin, llorando y entonando tristes canciones. Las cenizas eran puestas en una urna junto con un jade que simbolizaba su corazón.

Cada año, en la primera noche de luna llena en noviembre, los familiares visitaban la urna donde estaban las cenizas del difunto y ponían alrededor el tipo de comida que le gustaba en vida para atraerlo, pues ese día tenían permiso los difuntos para visitar a sus parientes que habían quedado en la tierra.

El difunto ese día se convertía en el "huésped ilustre" a quien había de festejarse y agasajarse de la forma más atenta. Ponían también flores de Cempazúchitl, que son de color anaranjado brillante, y las deshojaban formando con los pétalos un camino hasta el templo para guiar al difunto en su camino de regreso a Mictlán.

Los misioneros españoles al llegar a México aprovecharon esta costumbre, para comenzar la tarea de la evangelización a través de la oración por los difuntos.

La costumbre azteca la dejaron prácticamente intacta, pero le dieron un sentido cristiano: El día 2 de noviembre, se dedica a la oración por las almas de los difuntos. Se visita el cementerio y junto a la tumba se pone un altar en memoria del difunto, sobre el cual se ponen objetos que le pertenecían, con el objetivo de recordar al difunto con todas sus virtudes y defectos y hacer mejor la oración.

El altar se adorna con papel de colores picado con motivos alusivos a la muerte, con el sentido religioso de ver la muerte sin tristeza, pues es sólo el paso a una nueva vida.

Cada uno de los familiares lleva una ofrenda al difunto que se pone también sobre el altar. Estas ofrendas consisten en alimentos o cosas que le gustaban al difunto: dulce de calabaza, dulces de leche, pan, flores. Estas ofrendas simbolizan las oraciones y sacrificios que los parientes ofrecerán por la salvación del difunto.

Los aztecas fabricaban calaveras de barro o piedra y las ponían cerca del altar de muertos para tranquilizar al dios de la muerte. Los misioneros, en vez de prohibirles esta costumbre pagana, les enseñaron a fabricar calaveras de azúcar como símbolo de la dulzura de la muerte para el que ha sido fiel a Dios.

El camino de flores de cempazúchitl, ahora se dirige hacia una imágen de la Virgen María o de Jesucristo, con la finalidad de señalar al difunto el único camino para llegar al cielo.

El agua que se pone sobre el altar simboliza las oraciones que pueden calmar la sed de las ánimas del purgatorio y representa la fuente de la vida; la sal simboliza la resurrección de los cuerpos por ser un elemento que se utiliza para la conservación; el incienso tiene la función de alejar al demonio; las veladoras representan la fe, la esperanza y el amor eterno; el fuego simboliza la purificación.

Los primeros misioneros pedían a los indígenas que escribieran oraciones por los muertos en los que señalaran con claridad el tipo de gracias que ellos pedían para el muerto de acuerdo a los defectos o virtudes que hubiera demostrado a lo largo de su vida.

Estas oraciones se recitaban frente al altar y después se ponían encima de él. Con el tiempo esta costumbre fue cambiando y ahora se escriben versos llamados “calaveras” en los que, con ironía, picardía y gracia, hablan de la muerte.

La Ofrenda de Muertos contiene símbolos que representan los tres “estadios” de la Iglesia:

1) La Iglesia Purgante,
conformada por todas las almas que se encuentran en el purgatorio, es decir aquéllas personas que no murieron en pecado mortal, pero que están purgando penas por las faltas cometidas hasta que puedan llegar al cielo. Se representa con las fotos de los difuntos, a los que se acostumbra colocar las diferentes bebidas y comidas que disfrutaban en vida.

2) La Iglesia Triunfante, que son todas las almas que ya gozan de la presencia de Dios en el Cielo, representada por estampas y figuras de santos.

3) La Iglesia Militante, que somos todos los que aún estamos en la tierra, y somos los que ponemos la ofrenda.
En algunos lugares de México, la celebración de los fieles difuntos consta de tres días: el primer día para los niños y las niñas; el segundo para los adultos; y el tercero lo dedican a quitar el altar y comer todo lo que hay en éste. A los adultos y a los niños se les pone diferente tipo de comida.

Cuida tu fe

Halloween o la noche de brujas: Halloween significa “Víspera santa” y se celebra el 31 de Octubre. Esta costumbre proviene de los celtas que vivieron en Francia, España y las Islas Británicas.

Ellos prendían hogueras la primera luna llena de Noviembre para ahuyentar a los espíritus e incluso algunos se disfrazaban de fantasmas o duendes para espantarlos haciéndoles creer que ellos también eran espíritus.

Podría distraernos de la oración del día de todos los santos y de los difuntos. Se ha convertido en una fiesta muy atractiva con disfraces, dulces, trucos, diversiones que nos llaman mucho la atención.

Puede llegar a pasar que se nos olvide lo realmente importante, es decir, el sentido espiritual de estos días.

Si quieres participar en el Halloween y pedir dulces, disfrazarte y divertirte, Cuídate de no caer en las prácticas anticristianas que esta tradición promueve y no se te olvide antes rezar por los muertos y a los santos.

Debemos vivir el verdadero sentido de la fiesta y no sólo quedarnos en la parte exterior. Aprovechar el festejo para crecer en nuestra vida espiritual.

Algo que no debes olvidar

La Iglesia ha querido instituir un día que se dedique especialmente a orar por aquellas almas que han dejado la tierra y aún no llegan al cielo.

Los vivos podemos ofrecer obras de penitencia, oraciones, limosnas e indulgencias para que los difuntos alcancen la salvación.

La Iglesia ha establecido que si nos confesamos, comulgamos y rezamos el Credo entre el 1 y el 8 de noviembre, podemos abreviar el estado de purificación en el purgatorio.

Oración

Que las almas de los difuntos, por la misericordia de Dios, descansen en paz. Así sea.
Novena de oración por nuestros difuntos

Catholic.net ha organizado, juntamente con diversos conventos y casas de religiosos y religiosas, una novena de oraciones por todos los Fieles Difuntos, con adoraciones, oraciones, el rezo del rosario, y una intención especial en la Santa Misa el día 2 de noviembre celebrada por sacerdotes amigos de Catholic.net que se han sumado a nuestra primer Novena de los Fieles Difuntos.

Únase a nuestras oraciones, y envíenos los nombres de los difuntos a quienes usted desea que encomendemos. Tendremos un recuerdo especial para ellos durante los nueve días previos a la fiesta de los Fieles Difuntos el día 2 de noviembre. Si desea enviarnos los nombres y sus intenciones es muy sencillo, rellenando el formulario en nuestro sitio Novenas Catholic.net (click aquí) Nosotros enviaremos estos nombres e intenciones a los diversos conventos y casas de religiosos y religiosas, y sacerdotes diocesanos que se han sumado a esta Novena de los Fieles Difuntos.

domingo, 31 de octubre de 2010

DÍA DE LOS FIELES DIFUNTOS

Como todos saben, se ha ido infiltrando en nuestra cultura cristiana una fiesta que, a pesar de tener remotos origines cristianos, es hoy en día totalmente pagana. Y además plagada de símbolos y dialéctica que tiene más parecido al enemigo de Dios y de la humanidad que al mensaje de Salvación de Cristo Jesús.

¿Qué celebramos los cristianos el 31 de octubre?

 

La Iglesia Católica, la única que ora por los difuntos, conmemora en este día a los Fieles Difuntos, es decir, a todos los cristianos que han fallecido y han sido llamados por Dios a su presencia. Una incontable multitud de hermanos que pueden ya estar gozando del Cielo o bien aún en estado de purificación en el Purgatorio, preparándose para acceder a la visión eterna y feliz de Dios.

¿Y que celebramos el 1 de noviembre?

1101-TODOS-LOS-SANTOS
Ese día festejamos la Solemnidad de todos los Santos, es decir, nos unimos a la alegría del Cielo, a la de la Iglesia triunfante y reinante por la incontable e innumerable multitud de sus hijos que ya están gozando de la beatitud Eterna a la que también nosotros estamos llamados. Ellos son nuestro ejemplo a seguir, desde la Virgen María hasta el ultimo recién llegado al Cielo y además nuestros intercesores ante el Señor para ayudarnos con sus oraciones y ejemplo a que todos nosotros logremos el objetivo querido por Dios desde siempre, es decir, que todos los hombres se salven.


¿Y que tiene que ver la noche brujas con todo esto?


Nada. Una fiera distracción que el demonio, el padre de toda mentira ha instalado en la sociedad actual empujado por el interés comercial y de lucro de múltiples empresas y el interés, oscuro por cierto, de los enemigos de Dios.

¿Y que debemos hacer los cristianos?

Primero que nada no dejar que nuestros hijos sean engañados con ideologías e historias que nada tienen que ver con nuestra salvación ni con la Verdad revelada por Jesucristo, nuestro Salvador.

Segundo, brindarle alternativas y por supuesto informarlos y enseñarles adecuadamente el mensaje cristiano, pues lamentablemente muchas veces en las escuelas y sin permiso de los padres, les organizan supuestas “fiestas” de halloween.

En cuanto a las alternativas se ha conocido de parroquias que invitan a vestirse de santos, en lugar de monstruos, fantasmas o brujas.

¿Y que hacer con los niños que vienen a nuestras casas?

Respetuosamente se les puede decir que nosotros no participamos de esta fiesta, o bien directamente no abrir. Pero un lindo signo sería decirles que como no festejamos no tenemos dulces pero sí tenemos unas lindas estampitas de Jesús y la Virgen María para ellos. Mas de un niño no comprenderá pero sus padres si que entenderán. O convídales galletas hechas por ti con imagenes de santos y no con fantasmitas ...

Si tienes una gruta o imagen en el frente de tu casa, enciende una vela delante. O pon láminas con imágenes de los santos en lugar de feas calabazas.

 

Pero lo más importante de todo, el 31 de octubre, ora por tus familiares y amigos que ya nos han dejado. Ora por sus almas. Reza el Rosario y la coronilla e invita a tus vecinos a hacerlo. Pide Misas por ellos también en este día y si puedes visita sus restos en el cementerio.

Y el 1 de noviembre, ve a Misa también y pide a los Santos que nos ayuden a imitar sus virtudes y a que todos podamos ser como ellos. Ora por la conversión de tus vecinos y de los habitantes de tu ciudad. Ora por los niñitos que inocentemente festejan sin saber que los están alejando de Dios.

pesebre tradicional y tipico romanico

Y por último, si eres católico, no te engañes pensando que somos unos delirantes o exagerados y te creas que sólo una fiesta inocente más. No te apropies de todos los slogans que te imponen los grandes centros comerciales pues a ellos no les importa tu salvación sino sólo sus cuentas bancarias … ¿O has visto Pesebres en esos mismos lugares? ¿O has visto imágenes de Jesús y de María tantos como fantasmas y monstruos horrendos? ¿Has vistos máscaras de Santa Teresita, Don Bosco, Padre Pío y San Francisco tanto como de Frankensteins y Dráculas? Por favor, por el amor de Dios, no dejes que les sigan presentando a tus hijitos como buenas todas esas cosas que tienen que ver con el ocultismo, la hechicería, la brujería, el esoterismo ... todo eso es condenado por Dios en la Biblia pues proviene del diablo y puede llevarte a la condenación eterna. NO TIENE NADA DE BUENO.

Debemos madurar en nuestra vida cristiana y vivir el espíritu de las Bienaventuranzas. Leamolas juntos y reflexiones si estas fiestas paganas tienen algo que ver con las palabras de Jesús. Y luego, toma la determinación de alejar los corazones de tus hijitos de aquellas mentiras para acercarlos a la Verdad de Cristo.

Al ver a la multitud, Jesús subió a la montaña, se sentó, y sus discípulos se acercaron a él. Entonces tomó la palabra y comenzó a enseñarles, diciendo: 

"Felices los que tienen alma de pobres, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos.
Felices los pacientes, porque recibirán la tierra en herencia.
Felices los afligidos, porque serán consolados.
Felices los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados.
Felices los misericordiosos, porque obtendrán misericordia.

Felices los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios.
Felices los que son perseguidos por practicar la justicia, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos.
Felices ustedes, cuando sean insultados y perseguidos, y cuando se los calumnie en toda forma a causa de mí.
Alégrense y regocíjense

(San Mateo 5,1-12)

sábado, 30 de octubre de 2010

¿CUÁL ES LA PUERTA POR DÓNDE DEBEMOS ENTRAR?


Ante la disyuntiva de elegir lo estrecho y escabroso o lo ancho y cómodo, siempre elegimos lo segundo, porque el camino a favor de la corriente es más grato y plancetero. Y porque nuestra tendencia natural es elegir lo cómodo, placentero y fácil. Es lo que proclamamos cuando decimos que la vida hay que vivirla lo mejor que se pueda.

Pero el Evangelio nos habla en otras coordenadas, y nos invita a elegir lo estrecho antes que lo ancho, porque detrás de lo estrecho se esconde lo que buscamos: "Ser felices", mientras que detrás de lo ancho y cómodo se encuentra el vacío y la perdición.

La puerta estrecha está llena de cosas inesperadas, apuros, dolores, sacrificios, ayunos, solidaridad, esfuerzos, tristezas, estrecheces, incomprensiones, esfuerzos de comprender, de aceptar, de olvidad, de perdonar. En la medida que lo intentas y te acercas, más se complica, se oscurece, se hace difícil traspasarla y... todo se vuelve dolor y cuesta arriba. Querer traspasarla es ir contra corriente.

Por eso, se hace más agradable regresar y dejarse conducir por la puerta ancha, espaciosa, cómoda, facilona, agradable, alegre y bulliciosa, placentera, sin problemas, sin complicaciones, superficial, sin ataduras, libre para satisfacerte y no preocuparte. Es la puerta gozosa donde encuentras tus gustos y puede realizar tus egoísmos. Allí puedes poseer, tener y ambicionar todo aquello que te de felicidad.

Pero su recorrido nunca te llena, nunca te ves plenamente satisfecho. Es más, cada vez ambicionas más y, el de al lado te molesta. Empiezas por querer lo que tiene y deseas quitárselo. Tú quieres ser el primero, el mejor, el que más tenga. Sin darte cuenta vislumbras que el recorrido se te acaba. Te das cuenta que tiene un final y que vas a llegar con muchas cosas, con mucho vivido, pero que eso no te vale de nada. Ya ni te acuerdas, y de recuerdos no puedes vivir. Empiezas a encontrarte viejo y vacío. Quizás, piensas, ¡me he equivocado!

Por el contrario, el camino del pobre, sudoroso, dolorido, sufrido, penitente, aprovechado por los demás, insultado por todos aquellos que lo aprovechaban, abnegado y sólo pensando en los otros y olvidándose de él, cansado y agotado, pero siempre sintiendo algo interior que le da fuerzas, paciencia, alegría y fe, empieza a sentir en lo más profundo de su ser, Paz, y a encontrarse pleno, satisfecho, seguro y confirmando que ha elegido bien. 

No lleva nada, pero está empapado de amor, y eso le embriaga de lo mismo. Se siente feliz, alegre y gozoso, y observa una cosa muy importante: "El camino no se termina", eso dura y no parece acabar. Se dice: "¡Ha valido la pena recorrerlo!"