martes, 13 de febrero de 2018

¿DÓNDE Y CÓMO ESTÁ MI CORAZÓN?

Mc 8,14-21
Llevo muchos años caminando hacia el Señor, a pesar que también interrumpí ese camino un largo tiempo. Doy gracias al Espíritu Santo por haberlo retomado otra vez. Sin embargo, al hilo de la reflexión de este pasaje evangélico, me pregunto: ¿dónde y cómo está mi corazón? Porque, creyendo que voy detrás de Jesús puedo tener el corazón en otras cosas que me impiden verle bien.

El Evangelio de hoy habla sobre esa ceguera que nos impide ver realmente al Señor. Mientras el Señor nos advierte sobre ciertos peligros que en el mundo nos acechan, nosotros discutimos sobre estadísticas, estrategias y otras cosas que van más directamente a lo material , a lo tangible y cuenta de resultado que a la propia salvación. Nos entretenemos en contar los números de los cristianos que en analizar qué cristianos somos.

En ocasiones nos deslumbran los acontecimientos extraordinarios y quedamos perplejos en ellos. El mundo se llena de luces y nos deslumbran, pero son luces fugaces que pasan rápidamente. No podemos quedar atrapado en ellas. No debemos dejar endurecer nuestros corazones ni permanecer con nuestros ojos cerrados, porque el mundo nos confunde y nos engaña. Esa es la levadura de los fariseos y de Herodes. Luchan y trabajan para que la Gracia del Señor no llegue a nuestros corazones. Nos señalan un camino equivocado, erróneo y de perdición.

Necesitamos despertar y no quedarnos sólo con los hechos y las obras. El Señor está por encima de eso y nos llama a que creamos en Él. Nos ha dado pruebas para que nuestra torpe mente se dé cuenta y espabile. Él ha multiplicado los panes y puede con todo. Pero, tú y yo, por el testimonio de los apóstoles, sabemos que Jesús ha Resucitado y que nos promete resucitar con Él. 

Por lo tanto, no nos dejemos engañar por esos que amasan una levadura falsa, mezquina, engañosa y que quiere confundirnos, como aquellos fariseos y Herodes pretendían con los discípulos de Jesús. Tengamos nosotros más cuidado y no nos dejemos contagiar por esa levadura mundana que trata apartarnos de Dios.

lunes, 12 de febrero de 2018

ERRE QUE ERRE

Seguimos porfiando y retando al Señor. No terminamos por creer a pesar de sus milagros y su ternura. Tampoco nos, si nos sorprende, afecta su misericordia, pero no llegamos a cambiar. Seguimos erre que erre esperando un Mesías tal y como nosotros pensamos y queremos. No queremos un Mesías que venga a hablarnos de la Voluntad de Dios. Nuestro Mesías es el pensado y querido por nosotros.

De alguna manera también nosotros interpretamos la Voluntad de Dios. Nuestro corazón permanece endurecido y continúa hermético a toda Palabra de Dios. Queremos pruebas y milagros que nos aparten nuestras dudas. Todos estamos expectantes para que el Señor nos convenza. Tendremos fe si vemos milagros. Todos buscamos razones que refuercen nuestra fe y estamos ávidos de encontrar a personas que nos hablen y nos muestren experiencias o milagros.

¿Dónde queda nuestra fe? Porque, si para creer necesitamos milagros, nuestra fe no tiene razón de existir. Con milagros y pruebas creerán todos. Se necesitaría ser tonto para viendo milagros no tuviésemos fe. La fe es realmente auténtica cuando se fía sin necesidad de ver. La fe exige la confianza de creer sin ver. Ese es nuestro mérito, regalo de Dios que nos da esa oportunidad. Para eso nos ha creado libre, con capacidad de elegirle o rechazarle.

Y a pesar de su Resurrección, el milagro de los milagros, seguimos incrédulos y resistiéndonos a fiarnos del Señor. Quizás el mayor milagro sea la Misericordia de Dios que, pacientemente, nos soporta, nos aguarda, nos espera y nos sostiene hasta el final de nuestra vida con la oportunidad y la esperanza de volvernos a Él y confiarnos a su Amor y Misericordia.

Dios se ha hecho Hombre y ha venido, encarnado en Naturaleza Humana, de María, por obra del Espíritu Santo, para revelarnos que el Padre nos quiere y en Él nos ha dado la oportunidad de salvarnos, puesto que ha pagado con su Muerte por nuestros pecados. Y con su Resurrección nos ha dado la Vida Eterna.

domingo, 11 de febrero de 2018

IMPURO Y EXCLUIDO

Mc 1,40-45
No sólo eres atacado por una enfermedad incurable en aquella época, sino que quedas marcado y excluido de la sociedad. Posiblemente no podía haber mayor desgracia. A las dolencias y sufrimientos físicos se une la exclusión social. Quedas solo, apartado, sin derechos y señalado como impuro, como castigado por Dios. No podía haber mayor desgracia.

Ante esta realidad de su tiempo en la tierra, Jesús siente compasión y cura a muchos leprosos. Le preocupa la exclusión social y la marginación de todos aquellos caídos en desgracia. Y hoy sucede lo mismo. Muchos son marginados y excluidos de sus derechos. Son explotados y tratados como mercancía y utilizados como objetos de producción y placer. Sobre todos los niños.

Otros, por su baja rentabilidad, los ancianos, son excluidos y apartados, y amenazados con la eutanasia. Es el mundo de lo útil y de la producción. Lo que no produce se tira y se desecha, incluso al hombre que está fuera de ser productivo o tiene bienes, riqueza y poder. Vales lo que tienes o puedes producir. De la impureza hemos llegado a la cocificación. Hasta el punto que objetos y animales pueden valer más que una persona. Hemos perdido el norte.

¿Acaso no somos hijos de Dios? ¿Y nuestra dignidad no está apoyada y fundamentada en el amor que Dios nos tiene? ¿No somos, ante los ojos de Dios, todos iguales y con los mismos derechos? Está claro que en la medida que nos alejamos de Dios, el mundo pierde su sentido y se precipita al vacío. La impureza no está en lo exterior o en la enfermedad. La impureza reside dentro de nuestro endurecido y contaminado corazón apegado a las riquezas y poder de este mundo.

Necesitamos del Médico bueno que se compadece de nosotros y nos cura. Una curación que nos libra de la esclavitud y del pecado. Ese pecado que nos llena de rencor, de insatisfacción, de vacío, de tristeza, de odio, de venganza y de muerte. A Él nos encomendamos.

sábado, 10 de febrero de 2018

EL SEÑOR SE COMPADECE DE LA MULTITUD

Mc 8,1-10
Es el Señor y lo es porque su compasión es Infinita, hasta el punto de preocuparse por la situación de aquella multitud, que le había seguido, y compartir con ellos la necesidad que tienen de saciar su hambre. Entonces, Jesús nos enseña y nos muestra que con Él todo es posible y que tengamos plena confianza en Él. Pide nuestra colaboración y, habiendo unos pocos panes y algunos peces, los multiplica para que la ingente multitud pueda saciar su hambre.

Con el milagro de los panes y peces, Jesús nos enseña que Él está siempre con nosotros, y que nuestras buenas obras, en su Nombre, siempre tendrán respuesta y buen fin, y serán multiplicadas. Es decir, magnificadas por su Gracia y su Bondad. Nos pide nuestras total disponibilidad y nuestra colaboración. Nuestro pobre esfuerzo, Él, lo hace fértil, exitoso y grande - el ciento por uno - pero, necesita nuestra confianza y nuestra fe.

Nuestra situación es diferente a los discípulos de entonces. Ellos no le conocían todavía y sus dudas estaban presentes, aunque quedaban asombrados por el poder del Señor. Jesús, el Señor, les muestra que con Él todo es posible y con sus obras les invita a confiar y creer en Él. Sin embargo, le debemos a los apóstoles que confiaran en el Señor y sus testimonios nos fortalecen y nos llenan de esperanza y alegría. Ellos nos permiten conocer al Señor, incluso mejor que ellos en esos momentos antes de la Resurrección. Hoy nosotros sabemos, por sus testimonios, que el Señor ha Resucitado y está presente entre nosotros.

Y nos reparte el pan que nos alimenta, que nos une, que nos da fuerza y fortaleza, que nos hermana y que nos sostiene en la fe y la esperanza. Jesús es el Señor y el multiplica todos nuestros esfuerzos y convierte nuestros fracasos en éxitos y alimento abundante. Muchos de nuestros panes y peces, esfuerzos presentes en nuestras vidas, son convertidos en verdadera comida y alimento para otros muchos por la Gracia de Dio. Nosotros humildemente, sólo tendremos que dejarnos llevar, ponernos en sus Manos y estar disponible para que el Espíritu Santo haga en nosotros la obra que el Señor quiere. ¡Alabado y glorificado sea el Señor!

viernes, 9 de febrero de 2018

¿EXCLUIDOS DE LA COMUNIDAD?

Mc 7,31-37
¿Cómo te sientes?  ¿Te experimentas estar excluido del grupo?; ¿de tu entorno?; ¿de la comunidad? Posiblemente no nos demos cuenta o no lo sepamos, pero nuestra respuesta tiende a apartarnos, a aislarnos y a quedarnos al margen de los demás. Y son excluidos aquellos que son débiles, que están limitados y que presentan síntomas de debilidad, disminución física o psíquica, o que tienen alguna enfermedad que los limita. O, simplemente, por su edad y sus torpezas se ven marginados.

A veces experimentamos que sólo los que, a espejo del mundo son válidos, tienen un puesto en los grupos y comunidades sociales. Incluso en la misma Iglesia tenemos que interpelarnos y luchar para no dejarnos llevar por el poder, la fuerza y el ser más que el otro. Y es que nuestra nuestra naturaleza humana busca lo grande, lo espectacular, lo extraordinario, el milagro y el poder. Posiblemente, buscamos a Jesús porque nos cura, nos arregla nuestros problemas y nos salva.

Quizás un Jesús humilde, sin poder, sin milagros y sin curaciones no nos interesa. Somos así de pobres y pecadores. Se nos nota enseguida, pero Jesús, a pesar de eso nos quiere y nos atiende. Está pendiente de nuestro sufrimiento y quiere que estemos integrados en la comunidad. Su mandato, precisamente, nos manda, valga la redundancia, eso, que nos amemos los unos a los otros. Es el núcleo que comporta el mensaje de Jesús.

Porque, amarnos, tal y como Él nos ama, derrumba todas las barreras que nos separan y que nos aislan. Amarnos nos une y nos acerca en nuestros cuidados, atenciones, respeto, escucha, haciéndonos que vivamos en la verdad y la justicia. El amor nos hace libres y llena de felicidad, porque sólo cuando damos y nos damos, nuestros corazones encuentran el gozo y la alegría de experimentarse felices. Por eso, Jesús nos humaniza con su mandato a amarnos, porque sólo tratándonos con humanidad y con misericordia somos capaces de convertirnos en buenas e intencionadas personas y hacer un mundo más justo y verdadero.

jueves, 8 de febrero de 2018

LA FE MUEVE MONTAÑAS

Mc 7,24-30
Es la hora de preguntarnos por nuestra fe. Quizás nunca te lo hayas planteado, pero igual ha llegado la hora. Necesitas aclararte y pesar tu propia vida. ¿Qué buscas y a donde vas? Realmente, ¿qué sabes? Por mucho que quieras indagar y apostar, sólo hay dos cosas ciertas y que tú y todos sabemos. Una, que estás vivos y has nacido. Te tocas y compruebas que existes, y, dos, que algún día morirás, sin saber cuando ni la hora. El hecho es que lo único cierto que hay es la vida y la muerte.

Ahora, la pregunta es, ¿qué haces con tu vida? ¿Vives esperando que algún día esta vida se acabe y mueras? ¿Y, mientras, matas el tiempo? ¿Buscas donde entretenerte y olvidarte de esa tragedia de morir algún día? ¿Tienes miedo de que esta vida se acabe? Estas y otras preguntas están dentro de tu corazón y, por mucho que quieras obviarlas, laten dentro de ti y esperan que les des una respuesta. Mientras están intranquilas y angustiadas, y esperan descansar algún día.

San Agustín se adelantó a decirnos que no descansaremos hasta hacerlo en el Señor. Porque, la única respuesta que hay es Jesús. Él saciará todas nuestras búsquedas y nos llenará de paz y amor. Y, lo que es más, nos dará Vida Eterna. No una curación temporal, como es el caso del pasaje evangélico que hoy nos ocupa, la liberación del demonio de la hija de esa mujer pagana y fenicia de Siria, sino una curación para siempre.

Pero, se necesita una cosa, "Fe" para ganar ese, entre paréntisis, mérito para ganarnos la Vida Eterna. Es lo que Jesús dijo a ese mujer: «Espera que primero se sacien los hijos, pues no está bien tomar el pan de los hijos... «Por lo que has dicho, vete; el demonio ha salido de tu hija»  

Realmente, la fe mueve montañas y es lo que todos necesitamos para ganar la Vida Eterna. Para eso hemos sido creados libres, para decidir y decidir bien. Porque, todos queremos siempre hacer el bien; portarnos bien, y ser queridos por los demás. Estamos hechos para el amor, pero necesitamos creer en Jesús para poder amar bien. Tal como Él nos enseña. 

miércoles, 7 de febrero de 2018

EL PELIGRO NO ESTÁ AFUERA, SINO DENTRO

Mc 7,14-23
Un gran error, y muy grave, está en considerar que las cosas de afuera contaminan. Y procuramos no mezclarnos o excluir todo lo que, de alguna manera, consideramos impuro. Entre ellas están la de no tocar la Sagrada forma con la mano, o no recibirla de mano de un ministro extraordinario, comentado en la reflexión anterior. No son las cosas externas las que nos contaminan, repetimos, sino las que salen de nuestro corazón cargadas de malas intenciones.

Hoy, el Evangelio pone el dedo en la llaga, pero, sucede que muchos se guían por lo que otros dicen, incluso sacerdotes, y no sostienen su mirada directamente desde y con el Señor. Es Jesús quien nos adoctrina y quien nos asiste y auxilia a través del Espíritu Santo. Nos lo ha dicho: “Os conviene que yo me vaya; porque si no me voy no vendrá a vosotros el Paráclito” (Jn 16,7).

La Palabra de Dios nos va guiando en cada momento e indicando el camino que tendremos que tomar. Es verdad, y lo experimentamos, que hay muchas curvas, momentos de incertidumbre y riesgos, pero, no es menos cierto que el Espíritu Santo va con nosotros y nos auxilia para que encontremos el verdadero camino y la auténtica verdad. 

Es cierto que hay mucho peligro y que muchos, en manos del Maligno, nos querrán engañar, y que serán culpables de escandalizarnos y confundirnos, pero, en Manos del Espíritu Santo encontraremos siempre el buen camino y a las buenas personas que nos orientarán y nos señalarán, con sus testimonios y palabras, el camino hacia el Señor. Tengamos en cuenta que el pecado no se gesta afuera sino dentro de nosotros. Todo reside en el corazón y es ahí de donde salen la buenas o malas intenciones: 

Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen las intenciones malas: fornicaciones, robos, asesinatos, adulterios, avaricias, maldades, fraude, libertinaje, envidia, injuria, insolencia, insensatez. Todas estas perversidades salen de dentro y contaminan al hombre».