lunes, 22 de diciembre de 2025

TODO ES GRACIA Y REGALO

    A veces no apreciamos todo lo que tenemos ni todo lo que hemos recibido gratuitamente. Así reflexionaba Dolores cuando tomaba conciencia de cuánto la vida le había regalado. Se sabía adornada por las virtudes de la humildad, la sencillez y la obediencia.

   Al verse así, no se enorgullecía, sino que daba gracias, sabiéndose agraciada por tantos dones recibidos del Señor. Fue entonces cuando, por primera vez, escuchó aquel hermoso canto del Magníficat salido de la boca de María, proclamado en las lecturas de la misa vespertina de un lunes de diciembre.

   Su corazón se enterneció y, con el rostro transfigurado, levantó los ojos al cielo, dando gracias por las maravillas que percibía haber recibido también ella del Señor. Al escuchar el canto de María, experimentaba que, humildemente, se sentía igualmente agradecida y agraciada por todo lo recibido.

    Entonces, impulsada interiormente, se atrevió a decir:

    Gracias, Señor, por todo lo recibido y por esa Madre que nos has dado, que nos enseña a sabernos bendecidos por tu Amor misericordioso.

   Ella, sabiéndose regalada por Ti, mi Señor, e incorporada a tu plan de salvación, estalla en ese hermoso canto del Magníficat cuando visita a su prima Isabel.

   Te pido, Dios mío, que también nosotros sepamos, como ella, ser agradecidos y responder a tus planes en nosotros, para que se cumplan según tu Voluntad.

domingo, 21 de diciembre de 2025

UN AMOR VERDADERO

Mt 1, 18-24

    El día estaba encapotado y amenazaba lluvia. Se esperaba que de un momento a otro el cielo abriera sus puertas y derramara un buen caudal de agua sobre la tierra. Los pronósticos auguraban tormentas.

    Acurrucado en su terraza favorita, Manuel deleitaba su buen café y, también él, daba libertad a su pensamiento para que sintonizara con la oscuridad que envolvía el ambiente atmosférico.

    Dejó su mirada fija en un punto y, tomando su bolígrafo, escribió:

  «Cuando confundimos el amor con la pasión, nos metemos en un callejón sin salida».

    Pedro, que llegaba en esos momentos, bien abrigado y provisto de paraguas, le dijo:

    —Se avecina tormenta. Espero que no nos impida regresar a casa. No me resistía a dejar de tomar mi café acostumbrado.

    Mirando para Manuel y, extrañado por su concentración, le dijo:

    —¿Qué escribes con tanta atención? —¡Vamos!, si no es indiscreción.
   —Reflexionaba sobre el amor y cómo se confunde con la pasión. Amar no es deseo, sino donación. Me doy y entrego porque quiero servir y hacer el bien. Eso da gozo, alegría y hace feliz.
    —Pero tiene que haber atracción pasional —dijo Pedro, dejando una risa irónica en sus labios.
   —¡Claro! —respondió Manuel—, sobre todo cuando hablamos en términos conyugales, pero nunca como la esencia del amor, sino como un elemento más que lo complementa.

    Pedro, con cara de extrañeza y confusión, dijo:

    —No entiendo bien lo que dices, me quedo en blanco.

    Entonces Manuel, tras breves segundos, abrió su agenda y tomó la Biblia.

  —Y leyendo en Mt 1, 18-24 expuso cómo sufrió José tras descubrir el embarazo de María, su prometida.

    Hizo una parada, levantó su mirada y, fijándola en Pedro, continuó:

    —La ley dictaba denunciar la situación de María y lapidarla, y la rabia que José sentiría en su interior le invitaba a considerarlo.

    Se detuvo de nuevo, mantuvo unos segundos de silencio y, con una voz suave y serena, siguió:

   —Pero la bondad de aquel hombre acalló el coraje que llevaba dentro y se resignó a un repudio privado. Realmente había triunfado el amor.

    Entonces, levantó su cara, miró a Pedro y dijo:

   —El verdadero amor, ese amor en el que pensaba cuando tú llegaste, es aquel que busca el bien posponiendo todo lo demás sin desear ningún mal. Y, además, se da gratuitamente.

    Hizo una pausa. Tomó respiro y concluyó:

    —Al final esa era la Voluntad de Dios que le fue revelada en sueños: José había sido elegido para ser padre adoptivo de Jesús.

    Pedro, y algunos más que se habían agregado, reconocieron, dibujando un gesto de asentimiento en su rostro, que por encima de toda pasión o interés prima siempre el amor ágape, aquel que se da gratuitamente y por, valga la redundancia, verdadero amor.

sábado, 20 de diciembre de 2025

MADRE, DISCÍPULA Y SEGUIDORA

Lc 1, 26-38

   Se sentía inclinada a aquella misión, pero su pequeñez y humildad le impedían encontrar fuerza para acometerla.

    No entendía de dónde le podrían venir aquellos impulsos y deseos.

    Aquella noche tuvo un sueño que la animaba a dejarse llevar por ese impulso interior que la empujaba a entregarse al servicio de aquella causa.

    Se despertó asustada, como si hubiese oído una voz que le hablaba.

    Algo temerosa, hizo partícipe a su hermano Alejandro de su sueño. No sabía qué hacer, y en lo más profundo de su corazón ardía el deseo de entregarse libremente a esa misión.

    Al día siguiente, Alejandro, algo preocupado, acudió a la terraza. Era uno de los tertulianos que acudían con frecuencia y conocía los buenos consejos que allí se daban.

    Se acercó a la mesa donde estaban Manuel, Pedro y algunos más. Levantando su brazo, llamó la atención y dijo:

    —Mi hermana está en la disyuntiva de decidir qué camino tomar. O hacer caso a ese impulso que siente, e incluso con el que ha soñado, o tomarlo como un sueño más y no hacerle caso.  ¿Alguien me puede aconsejar algo?

    Todos se miraron extrañados, y muchos se encogieron de hombros como expresando que no sabían qué decir.

    Sin embargo, Manuel echó mano a su agenda y buscó ese pasaje del Evangelio de Lucas, 1, 26-38. Puso sus ojos en él y, con voz pausada, suave y serena, leyó:

    —En aquel tiempo, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un… María contestó: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra». Y el ángel se retiró.

    Cerró su Biblia, hizo un breve silencio y miró tiernamente a Alejandro, convencido de que había encontrado la respuesta que buscaba.

    La cara de Alejandro se iluminó. Había sentido una luz interior que iluminaba la solución que su hermana buscaba.

    «Si la misión de su hermana estaba movida por el amor y la misericordia —pensó—, ese impulso venía de Dios».

    Así lo había entendido, y así se lo diría a su hermana.

viernes, 19 de diciembre de 2025

CUESTIÓN DE FE

Lc 1, 5-25

    La duda siempre le acompañaba, y eso le ponía en dificultades. Su experiencia no le ayudaba a fiarse y menos de aquello, que para ser realidad, necesitaba de un milagro. A esa edad, ya de su vida, Olegario había desistido de toda esperanza.

   —Te noto algo pensativo —le dijo Pedro—, mirándole con extrañeza. ¿Acaso te ocurre algo?
  —¡No!, nada —respondió Olegario. Simplemente estaba pensando en lo difícil que se hace sostener tu confianza en otras personas. No solo con los que íntimamente te relacionas, sino también con los que tropiezas en tu vida.
    —¿Y a qué viene eso ahora, a estas alturas de tu vida? Todo es cuestión de fiarte o no. A veces aciertas, y otras no.

   Viendo Pedro que llegaba Manuel, le implicó en el pensamiento de Olegario.

   —Buenos días, Manuel —le saludó Pedro. Nuestro querido amigo Olegario tiene una preocupación. ¿Puedes decirle algo?
    —Buenos días —dijo Manuel. Es necesario, para dar mi opinión, que primero sepa de qué se trata ese pensamiento de Olegario. ¿No te parece?

    Entonces Olegario, adelantándose a Pedro, miró a Manuel con cierta cara de desafío y le dijo:

    —La experiencia —mi propia experiencia— me condiciona y me impide confiar en otros. Incluso en aquellos que, de alguna manera, parecen personas serias y en las que aparentemente se puede creer.
    —Todo eso dependerá de la medida de tu fe —respondió Manuel. Igual que, puedes pensar, otros confían en ti y se ponen en tus manos. Tú puedes intentar hacer lo mismo y dar un margen de confianza.

    Olegario frunció el ceño con gesto de indeciso y dijo:

    —No lo había contemplado desde ese punto de vista. Quizás tengas razón, pues de la misma manera que otros se fían de mí, ¿no tengo yo que fiarme de otros?

    —Creo que esa es la respuesta. Pero, para más claridad, podemos leer a Lc 1, 5-25, donde Zacarías, el padre de Juan el Bautista, tuvo esa experiencia, que terminó en gozo y alegría.

    Manuel guardó unos segundos de silencio y añadió, casi en voz baja:

    —Al final, el riesgo siempre existe. Pero aun así, Dios se fía del hombre.

    Nadie dijo nada más. Y, casi sin darse cuenta, los tres experimentaron una extraña sensación de confianza.

jueves, 18 de diciembre de 2025

JUSTO Y COMPASIVO

Mt 1, 18-24
   Ante lo acontecido, Julio estaba desconcertado. Por un lado, su buen corazón le inclinaba a acoger a aquella compañera, pues era la madre de su hijo. Pero, por otro lado, su dignidad le pedía justicia. Su fidelidad estaba en entredicho y no parecía gozar de buena reputación.

 Mientras sucedía este conflicto, el niño sufría las consecuencias que se derivaban de la separación de sus progenitores. Se querían, pero la desconfianza que se había apoderado de Julio no le dejaba avanzar en la acogida.

   Tampoco ella daba ningún paso, aunque permanecía en silencio, sumisa y asumiendo todo lo que pasaba. Se sabía inocente, aunque presentía que nada le valdría para justificarse. Estaba en manos de Dios.

   Necesitaba tiempo para pensar y reflexionar. Con esa intención se acercó a la terraza de Santiago. Allí, al calor de un café y la tertulia, había vivido muchos momentos de luz y liberación para muchos compañeros.

    Entonces, pensó, «¿por qué no compartirlo con mis compañeros?».

   Levantó su cabeza y, mirando alrededor, llegó a ver a Manuel. Estaba sentado en su mesa preferida. Sin pensarlo, se le acercó.

  —Buenos días, Manuel —dijo con voz tímida y dudosa.
  —Hola Julio, ¿qué te ocurre? Te veo algo temeroso.
  —Tengo un problema y me cuesta compartirlo. Además, siento vergüenza y no sé cómo decirlo.

   Manuel le miró con ojos compasivos, tratando de inspirarle confianza.

   —Lo comprendo. Hay situaciones que nos superan y que no sabemos cómo exponerlas o compartirlas. No te preocupes y ten confianza. Todo quedará entre nosotros.

   Aquellas palabras sonaron interiormente con fuerza dentro de Julio, dándole valentía y seguridad. Entonces, sin más, derramó lo que le atormentaba y le oprimía.

    Después de escucharle serenamente, Manuel buscó pausadamente el pasaje evangélico de Mt 1, 18-24, donde José se debate interiormente entre dos fuerzas: respetar el orden social que pide la denuncia y la lapidación de María o tener compasión de ella y recibirla en su hogar como esposa.

    Tras leérselo, hizo una pausa y, mirándolo con ternura y compasión, le dijo.

   —La razón nos empuja furiosamente hacia un lado y el corazón compasivamente hacia el contrario. Solo, en la meditación, cuando todas nuestras defensas racionales claudican, surge nítidamente la voz de nuestra conciencia —Dios— alumbrándonos el camino.

    Manuel se detuvo un instante. Guardó silencio, como quien no quiere interponerse en una obra que no le pertenece. Luego, puso su mano sobre el hombro de Julio y, con voz baja y serena, le dijo:

    —Haz lo que realmente sientes. Perdona y acoge.

    No añadió nada más. Tampoco era necesario.

    Julio permaneció callado. Su mirada, antes inquieta, se fue aquietando poco a poco. Algo había cambiado en su interior, aunque no sabía explicarlo con palabras. El peso que oprimía su pecho comenzaba a aflojar, y en lo hondo brotaba una paz nueva, inesperada.

    Se levantó despacio. En su rostro ya no había confusión, sino una luz suave, casi imperceptible, como la de quien ha sido escuchado por Dios sin oír ninguna voz.

    Había encontrado el camino. Y, confiado, volvió a casa para acoger a Amelia y dar cobijo a su hijo.

miércoles, 17 de diciembre de 2025

DESDE ABRAHÁN A JESÚS

Mt 1, 1-17

   Después de un largo camino, Joaquín sintió deseos de descansar. Tenía sed y, al pasar por delante de una terraza, tomó asiento y pidió agua.

    —Buenos días, Señor —se oyó la voz agradable de Santiago, el camarero. ¿Desea usted tomar algo?       
    —Sí, un poco de agua, por favor. —¡Ah!, perdone, aprovecho y me tomo un buen café. Me han dicho que por aquí lo sirven muy bueno.
    —¡Sin lugar a duda, señor! Está usted en la terraza del mejor café —respondió Santiago.

    Manuel había presenciado la conversación de Santiago y el cliente recién llegado. Le llamó la curiosidad sus palabras sobre la fama del buen café que servía Santiago. Y sin poderlo remediar, le dijo.

    —Buenas, señor. Si me permite, y no es indiscreción, ¿dónde ha oído usted lo del buen café de esta terraza?
    —Claro que no, caballero —respondió Joaquín—, se lo he oído decir a unos amigos que suelen venir por este lugar. Siempre hablan del buen café de la terraza de Santiago.

    Dibujando una suave sonrisa, Manuel se congratuló al oír esos elogios de boca del recién llegado.

    —Me alegra oírselo decir, pues es verdad. Yo lo corroboro, que vengo a diario a tomarlo.

    —Y no es cumplido —añadió el señor— ahora que acabo de probarlo. ¡Doy fe de que es excelente!

    Santiago, que estaba cerca, al oír ese piropo, exultó de gozo y dijo:

    —¡Muchas gracias!, señor.

    Se hizo un breve silencio interrumpido por una sorprendente pregunta que resonó interiormente en el interior de Manuel.

    —He nacido en esta tierra y muy poco, por no decir nunca, he venido por estos lugares. No conocía esta terraza sino de oídas. Me pregunto —dijo Joaquín—, ¿qué sé yo de la historia de mi vida?

    Manuel, extrañado por esa repentina pregunta, y mirando para Joaquín, dijo:

    —¿Por qué se cuestiona usted? ¿Acaso le ocurre algo?

    Algo confuso y frunciendo el ceño, Joaquín mostró un cierto malestar en su mirada.

    —Cuando no sabes tu pasado, te es más difícil encontrar tu camino y, sobre todo, tu destino. Andas como perdido sin saber de dónde vienes y a dónde vas.

    Entonces Manuel, clavando sus ojos en él, con ternura y compasión, dijo.

    —Hay muchos momentos en la vida en que nos sentimos perdidos. Unos porque no encuentran su camino; otros, porque han perdido su origen, y muchos porque no saben cuál es su destino.

    Joaquín, sintiendo interiormente un sobresalto, dijo.

    —Creo que soy uno de esos que anda perdido.

    Manuel abrió su Biblia, buscó en Mt 1, 1-17 y leyó: Libro del origen de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abrahán…

    Hizo una pausa y, mirándolo, dijo.

    —El origen de Jesús, como el nuestro, está conformado por historias llenas de nobleza, pero también de mezquindad o fruto del pecado. Y todas han sido necesarias para que Jesús naciera, ninguna sobraba.

    Joaquín no apartaba la mirada de Manuel, atento a todo lo que decía. Su cara reflejaba un asombro gozoso.

    —Dios va construyendo salvación a partir de nuestro barro humano, nada desecha, todo lo revierte en gracia para la humanidad. Y ahí estamos tú y yo.

    La expresión de Joaquín era exultante de gozo y alegría interior. Se le notaba una confiada seguridad. Sabía ahora dónde debía buscar y cómo lo tendría que asumir. Su pasado no era ahora un tormento, sino una esperanza de encuentro, amor, misericordia y paz.

    De nuevo, la terraza de Santiago había sido una buena ocasión para que otra persona, en este caso Joaquín, descubriera el camino que le diera esperanza para encontrar su verdadero destino.

martes, 16 de diciembre de 2025

ACTITUDES VITALES

Mt 21, 28-32
     Félix era un muchacho agradable, siempre dispuesto a decir que sí, pero simplemente cuando le apetecía. Por otro lado, Jacinto daba prioridad a su sinceridad, a veces cascarrabias, pero tenía la capacidad de recapacitar y buscar el bien.

    Ambas actitudes se dan en nuestra sociedad, son actuales y se esconden detrás de muchas actuaciones premeditadas.

    Escuchemos la anécdota que nos cuenta Manuel:

   En cierta ocasión, un muchacho, de nombre Félix, fue requerido por el jefe de su empresa. Este le dijo:

   —Oye, Félix, de regreso a la empresa por la tarde, hazme el favor de pasar por esta dirección (le entregó una nota) y le dejas este aviso.
    —Muy bien, señor —dijo Félix—, lo haré.

    Más tarde, el señor de la empresa llamó a otro empleado, de nombre Jacinto, y le encargó el mismo trabajo. Su respuesta fue:

    —Quizás no pueda, señor, tengo otras cosas que hacer.

    El jefe, desviando la mirada, le dejó la nota y se marchó.

   Pasado unos días, el jefe llamó a la dirección donde les había encargado a sus empleados dejar el aviso. La respuesta que recibió fue que solamente habían recibido uno que llevaba escrito el nombre de Jacinto.

    Entonces, llamando a los dos empleados, y colocándolos frente a él, les dijo:

   —Hace días les encargué un trabajo a cada uno. Lo hice a modo de prueba para comprobar su obediencia y sinceridad.

   Mientras Jacinto se mantenía sereno y seguro de su obediencia, a Félix se le enrojecía la cara y agachaba su cabeza.

    El jefe sacó una Biblia y leyó:
   —Mt 21, 28-32, en aquel tiempo, dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: «¿Qué les parece? Un hombre tenía dos hijos. Se acercó al primero…». 
    Jesús tiene la capacidad de ver la realidad de las personas, su disposición al cambio, su veta humana. Y la reconoce entre publicanos y gente de mala vida, mientras que la descubre oscura y vacía entre los dirigentes del pueblo.

    Mirándolos a la cara, el jefe les dijo:

   El resultado deja muy claro que lo aparente no siempre coincide con la realidad. Esta prueba nos ayuda a descubrir la verdadera identidad que se esconde detrás de cada uno, así como la capacidad de recapacitar y de buena disposición a hacer lo debido.