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domingo, 31 de diciembre de 2023

EN LA VIDA ORDINARIA Y COMÚN COMO CUALQUIER FAMILIA.


Así vino Jesús, el Hijo de Dios al mundo y así creció como cualquier otro, sin diferencias ni privilegios. Eso sí, Hijo de Dios, encarnado en Naturaleza humana pasó por todos los tramites como cualquier otra familia, pero siempre según el Plan y Voluntad de Dios. Eso marca la diferencia respecto a otras familia.

¿Cuántas veces nosotros queremos imponer nuestra voluntad a la de Dios? Yo diría, hablando de mi propia familia, donde nací y crecí, que casi siempre según nuestra voluntad. Y también, de la que he formado con mi mujer más adelante, diría que casi siempre he seguido mi voluntad, o la he antepuesto, a la del Señor.

Posiblemente fuese consecuencia de un fe más débil, más hundida en las necesidades materiales, más sometida a los vicios y apegos propios de nuestra naturaleza herida por el pecado. Una fe que necesita crecer, fortalecerse y madurar y, en consecuencia, tiempo. Pero, de cualquier forma un camino que hoy vemos más claro, más decidido, más fortalecido y, por supuesto, más maduro.

En consecuencia experimentamos un crecimiento en conversión y una fe más firme y capaz de sostenerse en una actitud más solidaria, más dada a pensar en el otro y olvidarte de ti. Posiblemente sea ese ejemplo que nos brinda la Sagrada familia detrás de esos treinta años oculto en Nazaret. Una vida ordinaria, rutinaria en el trajín de los problemas que también hemos vivido cada uno de nosotros. Una vida desde un amor capaz de recomenzar cada día y de salir de su propio interés para ir al encuentro del otro.



domingo, 29 de diciembre de 2019

LA FAMILIA, CÉLULA DE LOS PUEBLOS


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Mt 2,13-15.19-23
Los pueblos son el resultado de muchas familias juntas. Es decir, el asentamiento de familias en el lugar determinado por intereses comunes y donde pueden trabajar y procurarse el sustento diario da lugar a aldeas, pueblos y ciudades en proporción a su importancia y a la riqueza de los lugares escogidos. Y los pueblos constituidos en un territorio común formas las naciones. Esto significa que la familia tiene una vital y trascendente importancia en la vida de los pueblos del mundo.

Pero, más importante es el devenir y vivir de cada familia, porque, en la medida que la salud de cada familia sea la de una educación sana y apoyada en las buenas costumbres donde el respeto al otro y la justicia estén apoyadas en la verdad, la fraternidad entre todas será buena y en paz. Deducimos, pues, que dependiendo de la buena salud de la familia, así serán los pueblos que por ellas estén formados.

Dios piensa en una familia para su Hijo y, encarnado en Naturaleza humana, Jesús, el Hijo de Dios, nace en el seno de una familia común, pobre y sencilla. José es el varón elegido y María, la madre. Jesús, el Hijo, es concebido en el seno de María, su Madre, por obra y Gracia del Espíritu Santo, por lo que José es el padre adoptivo al que se le anuncia en sueno por el ángel que es obra de Dios. Y José acoge, acepta y cumple esa misión que Dios le asigna. Es el protector de la Sagrada Familia y ejemplo para todos los cristianos de esposo y padre.

La familia no puede vivir sin la presencia de Dios en ella. Pueden ser unos esposos y esposas buenas, pero sin la presencia de Dios no habrá luz suficiente para caminar por los caminos que la vida nos presentan. Cuando Dios no es el centro de la vida matrimonial las seducciones del mundo y las ambiciones personales y egoístas terminan por desestabilizar la convivencia matrimonial. La Sagrada Familia es luz para todas las familias porque en ella está la Luz que ha venido a salvar al mundo.

viernes, 30 de diciembre de 2016

EL ESPÍRITU GUÍA LOS PASOS DE JOSÉ

(Mt 2,13-15.19-23)
José, junto a María y el Niño, van sorteando los peligros que les amenazan.  Indudablemente, no están solos, pues el Espíritu de Dios les va indicando en cada momento el camino a seguir. De esa manera esquivan la amenaza de Herodes huyendo a Egipto. Más tarde, cuando se cumplió el tiempo, es de nuevo avisado en sueños por el Ángel del Señor para indicarle que pueden regresar.

La vida de Jesús junto a sus padres representan el modelo familiar. Si Jesús es nuestra referencia y nuestro modelo para llegar por Él al Padre, la Sagrada Familia que ellos encarnan, José, María y Jesús, es el prototipo de familia también a imitar por todos nosotros como familia. La unidad y la defensa de la vida están encarnadas en la familia. Los valores de la verdad, la justicia, el respeto y el amor aseguran la unidad familiar y la convivencia de los pueblos.

Porque la familia es la célula de la sociedad. ¿Qué ocurriría sin desaparece la familia? ¿Susistirían los pueblos? ¿Y la vida? Sin la defensa de la vida, ¿tendrían futuro los pueblos? El Señor nace en familia y tiene unos padres que le protegen y le defienden. La familia es el espacio donde se aprende a amar y donde se tiene las primeras experiencias de desprendimiento, de reparto, de compartir, de darte y sacrificarte por el hermano. La familia es la escuela del amor.

Y ese amor hay que preservarlo y cultivarlo. El amor nos es un sentimiento, ni afectos, ni emociones, ni caricias, ni apetencias ni...etc. El amor es un compromiso que se descubre y emerge cuando nacen las dificultades. Todo lo contrario de lo que nos presentan este mundo de hoy. Se acaba cuando nacen los primeros desencuentros o dificultades. El amor es un COMPROMISO, y la referencia y modelo es nuestro Señor Jesús. El nos ama precisamente soportando con paciencia todos nuestros pecados e indiferencias. De Él aprendemos a amar también nosotros.

Y la familia de Nazaret es nuestro modelo a imitar frente a las generaciones actuales que reclaman derechos  de convivencia de hecho, sin compromiso. Preparados para romperlo y separarse a la primera dificultad o interés egoísta. Llamándole familia a lo que no lo es, y donde los hijos quedan desamparados y a merced de los intereses de sus progenitores y otros. Así, los pueblos que se construyen son pueblos desunidos, inseguros, desprotegidos, sin valores...etc. Y es que los pueblos que matan desaparecen.

Miremos a la Sagrada Familia y tengamos la esperanza de que la familia apoyada en la Sagrada Familia no quedará nunca desamparada. Como José, María y el Niño, seremos guiados por el Espíritu de Dios y superaremos todos los contra tiempos y dificultades.

martes, 2 de febrero de 2016

LA FAMILIA, ESPACIO DE AMOR

(Lc 2,22-40)

La familia es fundamento de la sociedad. Familias unidas forman pueblos, que necesitan atenciones, servicios y cuidados. Sin familias, los pueblos desaparecen, así que podemos aventurarnos a decir que los pueblos que matan terminan desapareciendo. Y eso está ocurriendo hoy en nuestro mundo cuando millones de niños son asesinados en los vientres de sus madres.

Si una familia no se puede crecer, tanto físicamente como espiritualmente. En la familia descubrimos el amor y aprendemos a disciplinarnos. Crecemos descubriendo lo que nos quieren nuestros padres, que nos dan todo lo que necesitamos. Observamos privaciones, sacrificios y entrega. La familia es una escuela donde nuestro espíritu crece en el respeto, la libertad y el amor. Pero para eso tiene primero que haber y existir familia.

Porque una familia necesita amor, pero un amor generoso en darse, en entregarse, en respetarse, en libertad y responsabilidad, en diálogo sincero, en fidelidad y en perseverar unidos por amor a sus hijos y también a ellos mismos. Y eso no es fácil en un mundo donde se busca la comodidad, la satisfacción, el placer, el dinero y la riqueza, el poder y tu propio egoísmo. Renunciar y morir a todo eso supone un cambio de valores, donde el respeto y la responsabilidad son fundamentales. Y eso exige sacrificio, renuncias y, sobre todo, amor. Es de ese amor del que hablamos.

Jesús nace en familia, y en familia cumplen los requisitos de las leyes de su pueblo. Y, como siempre, su presencia despierta maravillas como la de Simeón: «Ahora, Señor, puedes, según tu palabra, dejar que tu siervo se vaya en paz; porque han visto mis ojos tu salvación, la que has preparado a la vista de todos los pueblos, luz para iluminar a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel».

Siempre me ha maravillado estos encuentros, en que la presencia de Jesús despierta asombro y mueve, en el Espíritu Santo, el cumplimiento profético. ¿Es qué no es un milagro? ¿Cómo un señor, ya mayor, puede decir estas cosas de Jesús y de su Madre? ¿No es esto prueba de su Divinidad? ¿Y la profetiza Ana? ¿Cómo puede también alabar a Dios y hablar de aquel niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén?

Jesús, no sólo con su Palabra, sino con todos los acontecimientos de su Vida, va proclamando su filiación Divina del verdadero y único Hijo de Dios, que ha venido a salvar a todos los hombres.

lunes, 29 de diciembre de 2014

EDUCADO SEGÚN LA LEY

Lc 2, 22-35

Estaba en el mundo y como tal fue educado. Era judío, pues José y María lo eran, y como buenos judíos, practicantes como diríamos hoy, educaron a Jesús en la ley judía. Pagaron sus impuestos, dos tórtolas o pichones al ser presentado en el templo, y recibió la educación judía como cualquier otro niño judío.

Sin embargo, María conocía el Misterio de Jesús. Había sido elegida y anunciada por el Ángel Gabriel y concebida por Obra del Espíritu Santo. Esperaba, guardando todas esas cosas en su corazón, la hora en que Jesús iniciara la misión de su Padre del Cielo. Tuvieron que ser duro, apasionantes y esperanzadores todos esos años de la infancia de Jesús, que, aunque no se sabe mucho, transcurrieron con mucha normalidad. Jesús crecía en estatura, sabiduría y la Gracia de Dios le acompañaba.

La familia es la célula de la sociedad, y es de vital importancia cuidarla y protegerla. La familia que no se hace, ni se inventa, porque ya viene dada naturalmente por el compromiso del un hombre y una mujer a vivir juntos y prolongar más allá su amor en los hijos. La familia que es escuela de padres y madres en donde los hijos puedan mirarse y formarse. La familia que, agrupadas porque se necesitan, forman los pueblos, que se constituyen en comunidades que se respetan y viven fraternalmente en verdad y justicia.

La familia necesita tiempo, cultivo, cuidados y protección. De no ser así se deteriora y se descompone. Se desvirtúa y se prostituye. Las consecuencias: los pueblos pierden el norte; entran en conflictos; rompen la justicia, viven en la mentira y pervieten sus valores. Se hace necesario vivir en el respeto y la justicia y ser capaces de aceptarnos diferentes, pero no por eso imponer nuestros pensamientos. Simplemente, buscar la verdad, la verdad del bien común. Y eso pasa por dar y darnos lo mejor de cada uno.

Jesús quiso nacer en una familia. Y en esa familia, Jesús, nos revela el camino de las familias. José y María, con Jesús, el Hijo hecho Hombre, señalan el camino que las familias debemos imitar y seguir. Tomar otros no nos sirven, pues los pueblos se destruyen.

domingo, 28 de diciembre de 2014

LA FAMILIA, CÉLULA DE LOS PUEBLOS

(Lc 2,22-40)

Debe tener mucha importancia la familia cuando Dios envía a su Hijo a una familia. Dios prepara una familia para su hijo, y junto a una Madre, elige a un Padre. José y María constituyen la referencia de las familias. Una Virgen, concebida por obra del Espíritu Santo, y aceptada por José movido por el Espíritu, para que formen la familia de Nazaret.

La familia de Jesús cumple con todas las normas instituidas en su tiempo, como una familia cualquiera, y acatan el peso de la ley. La familia que es el eslabón que forman los pueblos, y que hacen que los pueblos vivan en justicia, verdad y paz. La familia que es el mejor proyecto de amor que unen a los pueblos. La familia, el mejor antídoto para erradicar el mal, las guerras, el odio y la venganza de la faz de la tierra.

¿Cómo es posible que se esté tan ciego para no proteger a la familia? ¿Cómo es posible que los gobiernos no adviertan la importancia de la familia? ¡Cómo es posible que los políticos no descubran que la familia es el mejor proyecto político para gobernar una nación? ¿Es que no advierten que si funciona la familia, funciona todo? ¿Es qué no descubren que quien sostiene ahora al debilitado pueblo español es la familia?

Seguramente lo entienden y lo ven, pero sometidos y esclavizados por el Maligno son presa de sus propios egoísmos, ambiciones, intereses y pecados. Y labran su propia perdición engañados por las apariencias de un mundo ficticio, falso y caduco.

Busquemos luz en la Familia de Nazaret para que, liberados de nuestros pecados, seamos capaces de ver la verdadera Luz. Amén.

domingo, 29 de diciembre de 2013

LA VIDA Y LA LIBERTAD

(Mt 2,13-15.19-23)

Los pueblos se forman cuando varias familias se establecen en un lugar. El hecho de vivir próximos unos a otros genera vida y servicios, y esos servicios es la levadura que formará el pueblo. Un pueblo que en la medida que viva necesitará un orden, una dirección y un respeto y derechos. Nacen así las ciudades y las naciones. El embrión es el hombre, pero la incubadora es la familia.

Así está establecido por Dios, y Él mismo, encarnado en su Hijo Jesús, nació en el seno de una Familia: José y María, cuyo Hijo, el Mesías y Salvador del mundo, creció al amparo de esa familia. Una familia que, como muchas otras familias, tuvo que emigrar, sufrió peligros y dificultades hasta que se estableció en Nazaret.

La familia es la célula de la sociedad, y el hombre sin la familia queda desprotegido y desorientado. Los pueblos sin rumbo y los derechos sometidos al imperio del más fuerte. Se hace necesario el seno familiar para que los hombres sean educados en el respeto y la libertad. Libertad cuya esencia es buscar y defender el bien común. Sólo así, los pueblos pueden convivir en paz y justicia.

Hoy, vemos que la familia se está derrumbando, y que hay muchos poderes que trabajan en ese sentido. El mundo camina hacia la perdición y la muerte, y la vida se encuentra amenazada por intereses económicos y egoístas. Los pueblos que matan tienden a desaparecer, y nuestro mundo parece que quiere elegir ese camino.

Recemos a la Sagrada Familia, y mirémonos en ella, para que nuestro mundo sea iluminado y transformado según el Amor.