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jueves, 17 de febrero de 2022

UN SUFRIMIENTO IRREMEDIABLE

 marcos 8, 27-33

Nadie quiere sufrir. Es más, tratamos de evitar el dolor y sufrimiento. Sin embargo, la experiencia nos demuestra que el dolor y sufrimiento, por mucho que queramos eludirlo, está presente en nuestra vida. Tarde o temprano llegará a nuestra vida. Todos tenemos épocas o momentos – en nuestra vida – de dolor, llanto y sufrimiento. Ahora, la diferencia está en aceptarlo con amor y esperanzados en el Señor.

Es evidente que Jesús también sufrió, y cargó con el dolor de todos. Aceptó su muerte de cruz y entregó, padeciendo y sufriendo, su desgarrado dolor en la cruz por todos nosotros. Es, a partir de ese momento cuando es proclamado Mesías. Un Mesías que expresa y manifiesta claramente que su arma y poder de victoria es el Amor. No es un Mesías que, incluso, los apóstoles esperaban y se imaginaban. Un Mesías de poder y fuerza que arrasara y venciera a todos los que se oponían y enfrentaban a Él. Nada de eso, es el Mesías del Amor.

 He ahí la clave, ese es el momento, cuando pasa por la cruz y, posteriormente la Resurrección cuando es aclamado Mesías. El Mesías enviado por el Padre. Un Mesías que entrega su Vida y, por Amor, vence al pecado y al mundo. Es evidente, diremos con el centurión: Verdaderamente, este hombre es el hijo de Dios”.

sábado, 26 de septiembre de 2020

NO HAY OTRA ALTERNATIVA SINO LA CRUZ

Lc 9,43b-45

En el horizonte se divisa la Cruz, y eso, Jesús lo sabe muy bien. Nosotros ya lo adivinamos porque conocemos es hora donde Jesús le pidió al Padre que apartara este cáliz de Él - Lc 22, 39-46 -, pero, inmediatamente asumió la Voluntad del Padre. Es obvio que no hay otra alternativa que la de sufrir la Pasión y muerte en la Cruz.

Y es eso lo que trata, Jesús, de decirles a los apóstoles tras la euforia que ve en ellos al contemplar sus obras y milagros. Pero, se da cuenta que no le entienden ni quieres entenderle. No comprenden cómo puede sucederle algo malo a Jesús y sienten miedo de preguntarles porque temen decepcionarse. Esa actitud se asemeja mucho a la nuestra, al menos así la veo yo. Tampoco nosotros queremos oír hablar de cruz, pasión y menos de sufrimiento y condenación. Nos cuesta mucho descubrir que seguir a Jesús nos compromete a eso, a terminar compartiendo una vida de cruz.

Sin embargo, nunca debemos olvidar que tras la cruz - espacio de nuestra vida - viene el gozo y la dicha de la Resurrección. Entendemos que sin Cruz no hay Resurrección, porque, evidentemente, no habría muerte. La Resurrección, por tanto, es la clave de nuestra dicha y esperanza.

domingo, 25 de junio de 2017

LOS PELIGROS Y EL DEMONIO

(Mt 10,26-33)
Hay un enemigo más peligroso que los hombres, el diablo. Y es a ese al que hay realmente que temer, porque puede matar el cuerpo y el alma. Muchos creyentes pasan del diablo, o, al menos, no creen de forma seria. Lo identifican con el mal y las inclinaciones naturales del hombre por el pecado. Y no es así. En el los Evangelios, Jesús, hace referencia al diablo muchas veces.

El mismo Jesús es tentado en el desierto por el diablo, y también, en muchas ocasiones, Jesús, le expulsa de muchos poseídos. El diablo nos acecha y aprovecha los momentos más débiles de nuestra vida. Y, nosotros, tendremos que luchar, al lado del Señor, contra las seducciones y tentaciones del Maligno. Tal y como hizo Jesús.

Se nos garantiza el triunfo, pero no se nos evita la lucha y los sufrimientos. Así fue el camino de salvación que sufrió nuestro Señor. Su Pasión nos sirve de referencia. Los discípulos no son mejores que el Maestro, y tendremos que pasar nuestro propio calvario y cargar con nuestra propia cruz. Pero, injertados en el Señor, se nos garantiza el éxito y el triunfo.

No hay contradicción, pues nuestra vida no está en este mundo. Y, aunque nuestro cuerpo sufra y padezca, nuestra alma experimentará gozo y alegría. Así se entienden las persecuciones y el martirio de muchos cristianos en estos momentos. Así se entiende la firmeza de Asia Bibi, ante el martirio de su cuerpo y vida de este mundo, al no negar su fe.

Nuestra fortaleza y esperanza descansa en la confianza de que Dios está siempre a nuestro lado, y en el Espíritu Santo recibiremos la valentía, la fuerza, la voluntad y fortaleza necesaria para soportar toda adversidad, sufrimiento y martirio.