viernes, 5 de septiembre de 2014

GUERRA Y PAZ

(Lc 5,33-39)

Guerra y paz es el título de un película, pero hoy nos puede venir muy bien para nuestra reflexión del Evangelio, porque no podemos estar tristes cuando la alegría nos visita, ni vale estar en guerra cuando gozamos de días de paz. Cada cosa tendrá su tiempo.

Esta vivencia de nuestra vida la podemos aplicar a los momentos alegres o tristes que nos toca vivir a lo largo de la vida. Hay momentos de renuncias, de sacrificios y de oración, y hay otros momentos donde el descanso, la alegría o la fiesta nos deparan un buen rato. Dios, nuestro Padre, busca y quiere que lo pasemos bien. ¡Estariamos arreglados si Dios quisiera nuestros sacrificios y que lo pasáramos mal!

Otra cosa es que, llegado los malos momentos, quizás las guerras, por ambiciones políticas, envidias, soberbia...etc., y otros enfrentamientos, vivamos momentos de tristeza, de sacrificio o renuncias. Y es entonces cuando no debemos desesperar, sino vivirlos en justicia y paz y, sobre todo, en la Voluntad de Dios. La enfermedades y problemas, que llegarán, y eso lo sabemos todos, nos exigirán aceptación y renuncias que debemos vivirlas en presencia del Señor y en constante intimidad con Él.

Pero todo tiene su tiempo, y en tiempos de alegría debemos disfrutar, también en presencia del Señor que siempre está con nosotros, esos momentos que nos alegran el corazón y nos hacen la vida grata y hermosa. 

Pidamos al Señor sabiduría para saber discernir esos tiempos de oración, de búsqueda de justicia y de paz sin desviarnos de su presencia y Voluntad. Amén.

jueves, 4 de septiembre de 2014

LA ATRACCIÓN DE JESÚS


(Lc 5,1-11)

Jesús desprende admiración y la gente se agolpa a su derredor. Hay deseos, inquietud y esperanza en sus Palabras. El Evangelio de hoy nos dice: "En aquel tiempo, estaba Jesús a la orilla del lago Genesaret y la gente se agolpaba sobre él para oír la Palabra de Dios". Porque, supongo yo, la Palabra de Dios iba directa a dar respuesta a sus problemas, a sus inquietudes, a sus ansias de salvación.

En una primera enseñanza, ¿proclamamos nosotros una palabra liberadora y en consonancia con las respuestas que se le plantean al hombre de hoy? Porque quizás nuestras palabras se alejan de los problemas y la realidad en la que el hombre vive hoy. Sin lugar a duda, su ansias de salvación son la misma. Buscan la felicidad y la vida eterna, pero sus circunstancias y entorno son otros.

Jesús, quizás, y esto lo pienso yo, aprovecha la ocasión para afirmar su origen Divino, y el Poder que ha recibido del Padre. Obra la pesca milagrosa, y donde no han podido pescar nada los apóstoles durante toda la noche, Él hace el milagro de que recojan dos barcas casi dispuestas a hundirse. Sus Palabras quedan respaldadas por su Poder y sus hechos. El Evangelio nos dice sobre la respuesta de respecto a Pedro: «Aléjate de mí, Señor, que soy un hombre pecador». Pues el asombro se había apoderado de él y de cuantos con él estaban, a causa de los peces que habían pescado. 

La respuesta de Jesús no se deja esperar:«No temas. Desde ahora serás pescador de hombres». Llevaron a tierra las barcas y, dejándolo todo, le siguieron. ¿Estamos nosotros también dispuesto a dejarlo todo y seguirle? Esa es nuestra pregunta y a la que debemos dar respuesta. Pero nunca solos, sino auxiliados e injertados en el Espíritu Santo. 

miércoles, 3 de septiembre de 2014

BUSCAR LA SALVACIÓN ETERNA

(Lc 4,38-44)

Te pido Señor que no busque mi bien en este mundo, porque ganar aquí supone perderte a Ti. Tú te pones el último y al servicio de todos. ¡Quizás esa sea la clave de tantos que buscamos al Señor! No lo hacemos por un deseo firme de cambiar y desprendernos de nuestros egoísmos, sino por buscar la cura de nuestras enfermedades. Y, lo peor, que curados no nos ponemos al servicio, como la suegra de Pedro, sino que nos olvidamos y seguimos encerrados en nuestros egoísmos.

Peor todavía, le rechazamos cuando descubrimos que nos cuesta esfuerzo abrirnos al perdón, a la entrega y servicio de los demás. Cuando experimentamos que sin estar con y en Él no podemos dar un paso, y, en lugar de buscarlo, huimos de su presencia. Porque su presencia nos cuestiona, nos interpela, nos inquieta y nos invita, nunca nos impone, a cambia, a salir de nosotros mismos y morir a nuestras ambiciones y apegos, a nuestras satisfacciones y egoísmos.

Sin lugar a duda, nuestra naturaleza, herida y enferma por el pecado, nos somete y nos arrastra al vicio, a los apegos y apetencias. Buscamos, pues, saciarnos y satisfacernos y sólo miramos el bien de nuestro egoísmo. Por eso, Señor, dame la sabiduría de buscarte, no en tanto satisfacerme, sino en sanar mi alma y convertir mi endurecido corazón en un corazón de carne, generoso y entregado al servicio por amor.

Señor, dame la Gracia de buscarte para, asistido por el Espíritu Santo, ser tu testigo y ayudarte, en lugar de reclamarte sólo para mí, a proclamar tu Mensaje. Un Mensaje de Amor y de Vida Eterna. Amén.

martes, 2 de septiembre de 2014

AUTORIDAD, EJEMPLOS Y CLARIDAD



No son palabras oscuras, confusas o dubitativas. Su Palabra es clara, concisa y firme, y no da lugar a duda. Además es proclamada con la autoridad y sus ejemplos, entre sacados de la vida del pueblo, dan testimonio de lo que proclama con nitidez y claridad. Y, sobre todo, acoge, se preocupa y cura. Cura dolencias y enfermedades.

Lo que proclama responde y es coherente con la Palabra que sale de sus labios. Jesús sorprende porque es diferente y proclama con autoridad. La autoridad que le viene dada de ser el Hijo de Dios Vivo. Desprende admiración y su fama se extiende por todos los lugares de la comarca. 

Posiblemente, tanto a ti como a mí nos atrae su Palabra, y nos gusta y nos sorprende. Sentimos admiración por su Persona y por su Vida. Sin embargo, no nos decidimos por responderle de forma firme, segura e incondicional. Ponemos peros y le seguimos con pasos dubitativos e indecisos. 

Como los apóstoles nos asaltan las dudas y no llegamos a comprenderle, pero, al contrario que ellos que optaron por seguirle y entregar sus vidas por Él, nosotros seguimos dando pasos indecisos y llenos de contradicciones. Nos hace falta valor y sucumbimos ante las heridas de nuestros propios pecados. Necesitamos fortalecer nuestra voluntad y apuntalar nuestra fe para no desfallecer ante las adversidades.

Te pedimos, Señor, la Gracia de saber soportar los momentos de zozobra y huracanes que azotan nuestra pobre naturaleza herida por el pecado, e injertados en Ti fortalecernos por la savia de tu Gracia para, como los apóstoles, no bajarnos de tu Barca. Amén.


lunes, 1 de septiembre de 2014

ENVIADO PARA LIBERAR

(Lc 4,16-30)


No viene Jesús a proclamar, sino a liberar. Y eso es lo que proclama: "La liberación del hombre": «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor».

Jesús viene a salvar. Salvar a los pobres, a los cautivos; devolver la vista a los ciegos que caminan en la oscuridad y dar libertad a los oprimidos, explotados y excluidos. Pero, para eso tenemos que cumplir esa condición, pues quien no es pobre, ni se siente oprimido, sino que oprime. Quien no está excluido, sino que se permite excluir, o no se siente ciego, ni que camina en la oscuridad, difícilmente podrá ser curado, alumbrado o liberado.

Posiblemente, Jesús actúa fuera de su pueblo porque es en su pueblo donde no se le cree. Viene la curación a una pobre viuda de Sarepta de Sidón y a un leproso sirio, Naamán. Ambos necesitados. Una en su pobreza económica y otro en su pobreza física, pero ambos pobres y necesitados. Es en la humildad donde está el camino del encuentro con el Señor, y quien no es humilde opta por otros caminos que no llevan al encuentro con Jesús.

Sólo desde la necesidad y la pobreza podremos encontrarnos con Jesús, porque Él viene especialmente para eso. Y quien no es capaz de humillarse, de abajarse, de experimentarse pobre, no podrá experimentar el alivio, la cercanía y la presencia de Jesús, el Hijo de Dios verdadero.

domingo, 31 de agosto de 2014

HÁGASE TU VOLUNTAD Y NO LA MÍA

(Mt 16,21-27)


En muchas ocasiones rechazamos la Voluntad de Dios y queremos imponer la nuestra. Son esos momentos en los que nuestros egoísmos nos superan y nos someten, e incluso nos parecen más acertados, mejores y convenientes que los que nos propone Dios. Es el caso que hoy nos relata el Evangelio de hoy cuando Pedro se lleva a parte a Jesús y empieza a increparlo: « ¡No lo permita Dios, Señor! Eso no puede pasarte».

Sin embargo la respuesta de Jesús fue contundente y firme: Jesús se volvió y dijo a Pedro: «Quítate de mi vista, Satanás, que me haces tropezar; tú piensas como los hombres, no como Dios». Realmente Jesús nos descubre y nos retrata. Nuestros pensamientos no son como los de Dios. Son pensamientos egoístas, materiales, caducos que no ven más allá de lo finito.

No cabe en nuestra cabeza que la vida empieza por la muerte, la muerte en este mundo caduco que sólo nos sirve de purificación y de medio para conseguir la verdadera, la que precisamente Jesús nos propone: «El que quiera venirse conmigo que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Si uno quiere salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí, la encontrará. ¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si malogra su vida? ¿O qué podrá dar para recobrarla? Porque el Hijo del Hombre vendrá entre sus ángeles, con la gloria de su Padre, y entonces pagará a cada uno según su conducta»

Indudablemente, no se puede hablar más claro, pero, ¡asombrosamente!, no parecemos estar más ciegos todos aquellos que no queremos entender y abrir nuestros corazones a su Palabra. Pedro así lo entendió y supo acatar y permanecer en la obediencia a la Palabra de Jesús.

Te pedimos Señor nos des la luz y la sabiduría necesaria para entender y obedecer tu Palabra haciéndola vida en nuestras vidas. Amén.

sábado, 30 de agosto de 2014

RECIBIR PARA DAR




(Mt 25,14-30)

Es justo y hasta necesario dar una vez hayas recibido, porque siempre puedes compartir de lo que tienes, y también puedes acrecentarlo. Lo recibido no es para guardarlo en bien y provecho propio. Se nos ha dado para que tengamos la oportunidad de compartir, y compartiendo, amar. Sería un gran error enterrarlo en nuestro corazón para no perderlo o guardarlo para nosotros solos.

Tampoco debemos tener miedo de perder lo que hemos recibido. Dios nos lo ha dado para que circule en provecho de todos, porque todos somos sus hijos. Así, los talentos recibidos están destinados para el bien común, y nosotros somos sólo meros administradores de esos dones recibidos. Eso sí, debemos poner todos los talentos recibidos, con toda nuestra buena intención, al servicio de todos sin temor a perderlos.

Nuestra responsabilidad está en hacerlo todo lo mejor que podamos, sin descartar nuestras limitaciones y posibles errores a los que estamos sujetos. El Señor nos pide nuestra entrega y disponibilidad. Todo lo demás dependerá de Él.

Se nos ha dado unos talentos que debemos descubrir y negociar. Negociar para ponerlos al servicio de los demás y al bien común. Mirar para otro lado es rechazar nuestra vocación de amar y encerrarnos en nuestro propio egoísmo.

Danos Señor la fortaleza, la paciencia, sabiduría e inteligencia para rendir todo lo que me has dado según tu Voluntad. Amén.