jueves, 4 de julio de 2024

EL DOLOR Y LA MUERTE ESTÁN VENCIDOS

Muchas veces hemos oído que la salud es lo más importante. Pedimos siempre tener salud porque sin salud, todo lo demás pierde su sentido. Y tras la perdida de la salud nos acecha la amenaza de la muerte. Ambas cosas, salud y muerte, son los estados más importantes que queremos solucionar en nuestra vida. Traduciéndolo en otras palabras: «Nos importa ser felices y eternos».

Sin embargo, ¿quién nos ha hablado de esa eternidad? No encontramos nada al respecto sino en la Palabra de Dios. Concretamente, en la 1ª lectura del domingo, leemos: (Sab 1,13-15; 2,23-24): Dios no hizo la muerte ni goza destruyendo los vivientes. Todo lo creó para que subsistiera; las criaturas del mundo son saludables: no hay en ellas veneno de muerte, ni el abismo impera en la tierra. Porque la justicia es inmortal. Dios creó al hombre para la inmortalidad y lo hizo a imagen de su propio ser; pero la muerte entró en el mundo por la envidia del diablo; y los de su partido pasarán por ella.

Nos deja claro que Dios nos ha creado para ser inmortales, y eso supone que el dolor y la muerte han sido vencidos. Hemos sido creados para vivir eternamente, por tanto, la salud, el dolor, la muerte no tienen la última palabra. Eso sí, tendremos que pasar por ellos, pero como camino de cruz para llegar a la resurrección. Jesús, el Señor, nos lo ha enseñado con su Camino, Verdad y Vida. Él nos marca los pasos hacia nuestro propio calvario, pero para, si creemos en Él, la Resurrección eterna.

Lo verdaderamente importante es la Misericordia de Dios. Ella es la que nos limpia, nos perdona y nos salva del dolor y la muerte. Por ella somos perdonados y recuperamos nuestra dignidad de hijos de Dios. Nuestras parálisis son curadas y volvemos a nacer de nuevo bajo la acción del Espíritu Santo.

Porque, quien tiene poder para perdonar nuestros pecados, ¿no tendrá poder para darnos la vida eterna? Así quedó demostrado en ese milagro de Jesús con el paralítico. Y así nos sucederá a nosotros cuando nuestras parálisis de este mundo nos impidan caminar. Nos espera la plenitud y vida eterna por la Gracia y Misericordia de Dios.

miércoles, 3 de julio de 2024

CRISIS DE FE

No es sencillo perseverar con una fe inamovible, firme y sin titubeos. En el camino experimentamos, no pocas veces, que nuestra fe se tambalea, vacila y experimenta deseos de abandono. Somos débiles y reconocerlo nos ayudará, contradictoriamente a fortalecernos. La Cruz, donde Jesús, nuestro Señor, entregó su Vida, es el signo del amor. Un Amor inefable, infinito y misericordioso. Un Amor que no merecemos pero que se nos da gratuitamente y nos salva.

Posiblemente, Tomás busca comprobar que el Jesús que el conoció es el mismo que entregó su Vida en la Cruz. No le cuadra que Aquel que el vio que muere en la Cruz, haya resucitado. Duda y quiere comprobarlo. Supongo que de la misma manera nos sucede a muchos de nosotros lo mismo: ¡Queremos pruebas de que Jesús Vive!

Pero, ahora son otros tiempos. No nos encontramos en el arranque del inicio de la Buena Noticia. Jesús ha Resucitado y serán esos apóstoles elegidos, entre los que se encuentra Tomás, los encargados de transmitir esa Buena Noticia. Y para ello, Jesús, los prepara, los animas y les muestras su Persona Resucitada.

Sin embargo, ahora a nosotros nos toca tomar esa herencia, y continuarla. Somos la Iglesia de este momento, de este siglo y de este tiempo. Tenemos pruebas: la fe de la Iglesia, que transmite la Palabra de Dios, la tradición y el testimonio de muchos santos. Y, sobre todo, la asistencia del Espíritu Santo. Con, en y por Él encontraremos la forma, la manera y la fortaleza de, con nuestra vida, perseverancia y fe anunciar la Buena Noticia. No quepa duda, seremos la boca y lengua del Señor, por la Gracia de su Espíritu, en estos tiempos de nuestra vida.

martes, 2 de julio de 2024

HOMBRES DE POCA FE

Sin ninguna duda, aunque en muchos momentos de mi vida me parece tener fe, soy de los que creen que mi fe es poca y débil. Supongo que zarandeado por tempestades de ese calibre mi fe sería muy poca aunque me cueste creerlo. Porque, una cosa es lo que decimos y creemos en momentos de calma y luz, y otra, vernos en la oscuridad de la tempestad y sin vislumbrar ningún atisbo de esperanza.

No tengo ningún problema en confesarme pecador, porque realmente lo reconozco y lo soy. Pero, tampoco pierdo, por ello, la esperanza, porque creo, eso sí, que mi Padre Dios me quiere salvar y me perdona todas mis debilidades y pecados. Y ese confiar en la Infinita Misericordia de mi Padre Dios me fortalece, me aviva mi camino, me llena de esperanza y me levanta en medio de las tempestades que asolan mi vida.

Y no dejo de pedirle que aumente mi fe y que llene mi corazón de luz y paz. Porque, he de tener muy en cuenta de que en la presencia de Dios todo peligro queda reducido a la nada, pues con Él podemos estar tranquilos y hasta dormir.

lunes, 1 de julio de 2024

UN SÍ AFIRMATIVO Y PLENO

No es cuestión de decir sí, pero… Se trata de un si rotundo, afirmativo y pleno de ejecución. Claro, nuestra naturaleza, contagiada y herida por el pecado, nos va a fallar. Somos reos de pecado y de traición. El Señor ya lo sabía y, a pesar de eso deposita su confianza en cada uno de nosotros. Conoce nuestras limitaciones, nuestras debilidades y pecados, y se reafirma en confiar en nosotros e invitarnos a seguirle.

Esa debilidad nos descubre la gran importancia del Bautismo. Porque, en el Bautismo recibimos al Paráclito, que nos acompañará en esa lucha diaria contra nuestras propias limitaciones, debilidades, pasiones, apetencias, egoísmos y… Y nos fortalecerá para que podamos salir victorioso de esa lucha de cada día contra nuestra propia pereza, comodidad y egoísmo.

Digamos sí con decisión y plenitud, y tengamos confianza que en el Señor iremos avanzando, corrigiéndonos y dando el treinta, sesenta o cien por uno de los talentos recibidos en servicio y amor incondicional por amor a los que más lo necesitan.

domingo, 30 de junio de 2024

LA FE NOS DA LA VIDA

Es ahí donde está y se esconde el secreto, nuestra fe en Jesús. Vemos como tanto la hemorroisa como la hija de Jairo son curados por la fe. Incluso, la hija de Jairo, muerta es devuelta a la vida por la fe. Inmediatamente nos preguntamos, ¿creemos nosotros hasta ese extremo de alcanzar que el Señor actué en nosotros sanándonos o volviéndonos a la vida?

En mi caso particular, ahora cada día más, después de veintiuno años, creo, aunque me asalten las dudas, que el Señor me devolvió a la vida. Sufrí un infarto que me dejó muerto unos quince o veinte minutos, y sin más, volví a la vida. Y en ese tiempo mi vida estaba de espalda a Dios. Hoy, cada vez más, pienso que mi fe hizo que el Señor actuara, porque previamente le había pedido que me sacara del atolladero y círculo en el que estaba metido. A partir de ahí me vida tomó el rumbo, por la Gracia de Dios, hacia la Casa del Padre.

Por eso, me es mucho más fácil creer lo de la hemorroisa y lo de la hija de Jairo. Y, sobre todo, en el Poder y la Misericordia Infinita de mi Padre Dios, que, a través del Hijo, nos habla, nos anuncia su Infinito Amor y nos revela que quiere tenernos a su lado toda la eternidad para la que nos ha creado.

Y lo es por los méritos contraídos por la Pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo y por su Resurrección para Gloria de Dios Padre. Por eso, durante nuestro camino por este mundo, la fe, aunque aparentemente parezca nuestra vida dormida en la muerte, estamos llamados a la resurrección por los méritos del Hijo enviado, nuestro Señor Jesús, y el Amor Misericordioso e Infinito de nuestro Padre Dios.

sábado, 29 de junio de 2024

EL PODER DEL INFIERNO NO DERROTARÁ A LA IGLESIA

Todo lo que nos anuncia y de lo que nos da testimonio Jesús está en el Corazón de su Padre. Ese es su mensaje, revelarnos la Infinita Misericordia de su Padre, al que Él lleva impreso en su corazón. Toda su obra se reduce a eso: «Mostrarnos el Amor Infinito de su Padre» E invitarnos a vivir y actuar según la Voluntad de su Padre.

Y para eso, Él, es su testigo, su testimonio y su Hijo Predilecto. De ahí el verdadero sentido de que Él es realmente el Camino, la Verdad y la Vida. Un Camino que nos enseña con su propia Vida desde su más tierna infancia llena de peligros, incertidumbre y de sacrificios (Nacimiento en Belén, huida a Egipto, perdido y hallado en el Templo, Nazaret…). Una Verdad que nace en su Palabra y se muestra con sus obras y testimonios. Una Verdad que es coherente entre su Palabra y sus Obras. Y una Vida que se nos entrega y se nos da hasta el extremo de morir en la Cruz para redimirnos de nuestros pecados.

Él es precisamente ese Hijo enviado y prometido – Is 7,14 – quien va, no sólo a anunciarnos, sino también a mostrarnos con su amor la Infinita Misericordia de su Padre y su locura de Amor por salvarnos. Y es tanta hasta el extremos de que Él, su Hijo, se entrega a una muerte de cruz para salvar la de cada uno de nosotros. Y lo hace porque esa es la Voluntad de su Padre, amarnos hasta el extremo de darse plenamente.

De modo que darnos cuenta de que tenemos un Padre Dios que nos quiere con un Amor Infinito y Misericordioso es el objetivo del Anuncio de nuestro Señor Jesús (Parábola del Padre amoroso o hijo pródigo – Lc 15, 1-3.11-32. Un Padre que nos espera, que nos llena de abrazo y que en su Casa seremos inmensamente feliz.

viernes, 28 de junio de 2024

UN DIOS CERCANO, PADRE MISERICORDIOSO

Nuestra naturaleza humana nos ayuda a descubrir que Dios, Creador del Cielo y la tierra, está también a lado de sus criaturas. Y digo, nuestra naturaleza humana, porque su debilidad nos exige la presencia a nuestro lado de un Padre Infinitamente Bueno y Misericordioso que nos ayude, nos levante y nos sostenga de nuestras caídas, de nuestros fallos y camino de oscuridad.

Y es que sin un Dios – Espíritu Santo – a nuestro lado, caeríamos con mucha facilidad en las garras del mundo, demonio y carne. La experiencia nos lo demuestra claramente en la lucha sostenida que mantenemos con las drogadicciones, vicios, apetencias y pasiones de nuestra propia y débil naturaleza.

No tendría ningún sentido caminar solos por este mundo, con un demonio al acecho y la debilidad de nuestra propia carne, sin un Dios Padre que nos acompañe y nos levante de nuestras caídas y pecados. Un Dios Padre que nos atienda, que sane nuestras heridas, tanto físicas como espirituales, tal es el caso del leproso del Evangelio de hoy, y nos acompañe hasta el final de nuestro trayecto en este mundo.

Un Dios que, eso sí, deja actuar nuestra libertad, regalo de su creación, para que seamos nosotros los que decidamos abrirnos a su asistencia y ayuda y, creyendo en Él, sigamos sus pasos y estela confiando en su Palabra. Un Dios cercano que se nos ha revelado en la segunda Persona de su Santísima Trinidad, el Hijo, para revelarnos y anunciarnos la Misericordia Infinita del Padre.