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sábado, 24 de abril de 2021

UN CAMINO DURO Y DIFÍCIL

Jn 6,60-69

Seguir a Jesús no es camino fácil ni tampoco apetecible. Nos resulta más cómodo dejarnos llevar por la corriente y por nuestras pasiones. Caminar al ritmo de nuestros gustos e intereses, con y donde creemos sentirnos mejor y más felices. Sin preocupaciones ni tener que luchar contra nuestra conciencia y con lo que nos dice en muchos momentos nuestro corazón. Porque, experimentamos insatisfacción cuando percibimos y tomamos conciencia que lo que hacemos no es lo correcto.

Hay una lucha interior que nos inquieta y nos mueve a revelarnos contra nosotros mismos y, por tanto, nos molesta y nos resulta dolorosa. Es ese camino angosto del que nos habla Jesús. Siempre más difícil y preocupante que el camino ancho, relajado y donde todo es permitido. Y claro, seguir a Jesús exige una condición imprescindible, estar en Él y alimentarnos de su Cuerpo y su Sangre. Porque, sin Él y por nuestra cuenta perdemos el tiempo y el mundo nos vence.

No cabe duda que si no entendemos lo que Jesús quiere significar con mi cuerpo y mi sangre podemos caer en un lenguaje difícil de entender, porque, no se trata de su Cuerpo carnal y su sangre humana. Se trata de su Espíritu de su Aliento y de su presencia espiritual en nosotros. Es lo que muy bien Pablo ha experimentado al decir: "No soy yo sino Cristo quien vive en mí".

Creemos que Jesús es el Pan de Vida que nos da la Vida Eterna, y que, consciente o no, todos realmente buscamos. Porque, no hay más signos que el de la Cruz. Si crees en Jesús Resucitado, creer que Jesús se hace Alimento espiritual para consustanciarse con nosotros no resulta difícil.

lunes, 5 de agosto de 2019

TAMBIÉN TÚ PUEDES MULTIPLICARTE

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Mt 14,13-21

Posiblemente, tus panes y tus peces no son demasiados, pero algo de hambre pueden calmar. La cuestión es que estén disponibles para saciar el hambre de alguien y eso basta, porque el hambre de los otros le corresponderán a otros. El asunto es que tú y los otros satisfagan el hambre de los que lo pasan mal. Pero, no simplemente un hambre material sino también un hambre espiritual.

La actitud de Jesús fue esa, la de estar atento a la compasión y necesidades de los que le necesitaban, porque no puede llegar a aquellos que no le necesitan y que menos le buscan. Por lo tanto, para encontrarnos con el Señor necesitamos abrirnos y estar disponible a recibirle y aceptarle según su Palabra y sus mandatos. Y eso nos exige seguirle y buscarle y estar presente para recibir su alimento espiritual, porque ese es el alimento fundamental.

¿Qué nos ocurre entonces?  Quizás abrimos la boca y le buscamos para saciarnos del hambre material y para solucionar nuestros problemas, pero, ¿y el alimento espiritual? ¿Buscamos realmente el alimento que nos dé la fortaleza y la sabiduría para dejar todo aquello que se hace impedimento y barrera y nos aleja del Señor? Porque, de no buscar ese verdadero alimento, el otro, el necesario para vivir terminará matándonos, pues es perecedero y simplemente nos mantiene vivo durante el camino, pero, ahí termina sus efectos.

Necesitamos el Pan Eucarístico, Pan verdadero de Vida Eterna que nos alimenta y nos fortalece y nunca perece, y eso sólo nos lo puede dar el Señor. De ahí que tengamos que estar cerca de Él y vivir en su presencia, para, como Él y por su Gracia, darnos también a los demás. Y nos damos en la medida que buscamos multiplicar mis panes, por pocos y pequeños que sean, para el bien de los demás y por la Gracia de Dios. 

Panes que pueden concretarse en una sonrisa, en una compañía, en una obediencia, en un servicio simple y sencillo, en una colaboración, en una oración, en una catequesis, en una...El Espíritu te irá poniendo delante los panes y los peces que debes compartir.

jueves, 9 de mayo de 2019

EL ALIMENTO QUE DA VIDA

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Jesús ha Resucitado y se ha quedado en la Eucaristía para que le tengamos siempre con Él. Se ha quedado como alimento espiritual que nos da la vida y nos sostiene ante las dificultades y tentaciones de cada día. Se ha quedado porque sabe que le necesitamos y porque de quedarnos solos caeríamos en la garras del demonio. En Él encontramos vida y Vida Eterna.

Su presencia eucarística queda confirmada porque el mismo nos lo dice: «Yo soy el pan de la vida. Vuestros padres comieron el maná en el desierto y murieron; éste es el pan que baja del cielo, para que quien lo coma no muera. Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo le voy a dar, es mi carne por la vida del mundo»

En cada Eucaristía nos encontramos con Jesús, y podemos alimentarnos del alimento espiritual de su Cuerpo, que nos fortalece, nos sostiene y nos capacita para resistir todas las tentaciones que nos puedan venir del mundo, demonio y carne. Cada Eucaristía nos enseña y nos ilumina con su Palabra y también con su presencia real en nosotros inundándonos de su Gracia y nos mueve el corazón al amor.

Necesitamos su alimento para crecer en fervor, en fraternidad, en generosidad, en compartir y darnos en servicio, en las medidas de nuestras posibilidades a todos aquellos que lo necesitan y están en esa actitud de dejarse ayudar. Por nuestra naturaleza estamos vencidos y sometidos por el pecado, pero, por la Gracia Eucarística de nuestro Señor, presente en la Eucaristía, podemos vencer y liberarnos de la esclavitud del pecado.

Por eso, Señor, queremos alimentarnos de tu Cuerpo y de tu Sangre, que has querido dejarnos como alimento espiritual que nos conforta y nos da la Vida Eterna.

sábado, 16 de febrero de 2019

UN ALIMENTO QUE DA VIDA ETERNA

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Sabemos por experiencia que el alimento sostiene el cuerpo, pero no nos da esa paz y gozo que buscamos y necesitamos. Podemos quedar hartos, pero no con la conciencia tranquila ni con el corazón satisfecho. Sólo el alimento que da Jesús es capaz de llenar el corazón humano. Y es ese alimento el que realmente debemos buscar porque el otro, el que necesita nuestro cuerpo, no basta.

Jesús cuenta contigo para repartir el pan que lleva a la Vida Eterna, y cuenta de una manera total. Quiere que tú y yo nos impliquemos en esa misión de buscar alimento para todos y que la justicia reine entre los hombres para que haya pan para todos. Precisamente, la oración de la C. Episcopal, que estamos rezando este mes de febrero dice así: Por quienes sufren hambre y cualquier forma de pobreza, para que reciban la ayuda que necesitan y la riqueza sea justamente distribuida en el mundo.

Pero, ¿dónde conseguimos esos panes y cómo llegamos a los que están tan lejos? Tú y yo nada podemos hacer, pero, juntos al Señor todo nos es posible. Nuestras oraciones, nuestras Eucaristías vividas, nuestras buenas acciones, nuestros sacrificios, nuestros esfuerzos y solidaridades, nuestros ayunos, nuestro perdón, nuestras escuchas, atenciones...etc. Cada uno de esos actos son panes que damos a aquellos que lo necesitan. Pan del bueno, pan del testimonio de la Palabra, pan que trata, no sólo de alimentar sino de dar la luz que alumbre el camino hacia el encuentro con Jesús.

Ese es el verdadero Pan, el que nuestro Señor Jesús da. Un Pan que llena, que da vida, que nos transforma y nos da plenitud eterna. Porque, su Amor, su Bondad, su Perdón, su Presencia continúa entre nosotros, su amistad, su cercanía nos llenan el corazón y nos dan esa felicidad eterna que buscamos.

domingo, 19 de agosto de 2018

AIMENTO DEL ESPÍRITU

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Jn 6,51-58
Somos seres humanos y necesitamos alimentarnos del pan que nos da la vida física de cada día. Y, por desgracia, privamos, los mismos hombres, de ese pan material a muchos otros. Hay mucha gente que padece hambre por culpa de otra gente que lo quiere todo para ellos. O se cuidan ellos de tener de todos sin importarle que a los demás le falte incluso lo necesario.

Pero, no sólo nos basta ese pan. También necesitamos el Pan espiritual del que nos habla en el Evangelio de hoy domingo el Señor. Un Pan que da la Vida Eterna y que es necesario comer. Jesús así se presenta como el Pan de Vida Eterna: «Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo le voy a dar, es mi carne por la vida del mundo».

¿Dónde encontramos ese Pan bajado del Cielo? Precisamente en la Eucaristía tenemos la oportunidad de comer de ese Pan. Por eso, la Eucaristía, al menos la dominical, es necesaria, no una obligación. Es necesaria para, a parte de vernos con los hermanos, compartir y amarnos, comer y alimentarnos del Pan de la Vida Eterna.

«En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre, y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí, y yo en él. Lo mismo que el Padre, que vive, me ha enviado y yo vivo por el Padre, también el que me coma vivirá por mí. Este es el pan bajado del cielo; no como el que comieron vuestros padres, y murieron; el que coma este pan vivirá para siempre».

Todo está muy claro y sólo necesitamos confiar como lo hacen los niños. Fiarnos de nuestro Padre que se hace Pan y alimento eterno en su Hijo Jesús bajado del Cielo. Un Padre que sabe de la necesidad de sus hijos y que se hace, en su Hijo, alimento para darle la Vida Eterna que busca y desea. Seamos capaces, como hacen los niños, de confiar en nuestro Padre Dios y, de su Mano, tomar el verdadero alimento Eucarístico que nos da la Vida Eterna.

domingo, 12 de agosto de 2018

TAMBIÉN AHORA MUCHOS PIENSAN LO MISMO

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Jn 6,41-51
Con la mirada puesta en la carne y el vínculo de sangre, lo normal es pensar como pensaban aquellos judíos. Pero, ¿si este es el hijo de José y María, cómo dice ahora que es el pan bajado del cielo? En cierto modo tiene sentido eso y de la misma manera muchos se justifican ahora también. Quizás, ahora es menos justificable porque conocemos la historia y el testimonio de los apóstoles después de la Resurrección, fundamento de nuestra fe.

Sí, no se puede explicar y sólo se puede entender desde la fe. Jesús, uno más del pueblo, con una vida sencilla y normal y conocidos por todos, ¿cómo ahora viene con esas? Poniéndonos en el lugar de aquellos conciudadanos nos resultaría muy difícil creérnoslo. Es lógico que se escandalizaran de lo que Jesús les decía. ¿Qué Padre era ese del que hablaba Jesús? ¿Y a qué pan se refería bajado del cielo? ¿Se puede entender eso? Hasta cierto punto es normal que la gente, y más inclinado a sus apetitos carnales y sensoriales se rebelen contra esto y se cierren en banda.

Si creemos en un Dios, Creador del cielo y de la tierra y nos acercamos a Él, dejemos que ese Padre bueno nos lleve a Jesús. Porque, Jesús es el enviado del Padre, el Pan bajado del Cielo que nos dará la Vida Eterna. Es esa la reflexión que debemos hacer. Creer en Jesús porque Él es el Rostro del Padre, el enviado y el que nos revelará todo lo que el Padre quiere para nosotros. Es el Mesías prometido que, encarnado en Naturaleza humana como la nuestra menos en el pecado, nos dará el Pan verdadera de Vida Eterna.

Por eso pasó desapercibido unos treinta años de vida oculta y sencilla entre sus paisanos. Es El Verbo encarnado y hecho Hombre. Sólo desde esa perspectiva, su Palabra y sus Obras nos revelan y descubren el misterio de Jesús. El Hijo de Dios vivo.

jueves, 19 de abril de 2018

LA PALABRA DE DIOS



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Jn 6,44-51
Dios ha trazado un plan de salvación que empieza con Abrahán. Ha elegido un pueblo como signo y señal para todos los pueblos. Y se ha proclamado el Dios de ese pueblo al que le ha mandado adoración y amor. Así lo dice Jesús en -Mt 4, 10-. Pero, Jesús, el Hijo de Dios hecho Hombre, no tiene crédito en la tierra. Es considerado un hombre más, hijo del carpintero y de la joven María. Éste no ha venido del cielo. ¿Cómo podemos creerle?

Quizás son las mismas preguntas que tú también te haces hoy. ¿Es verdad todo esto de las Escrituras? ¿En realidad Jesús es Dios y ha Resucitado? No debemos tener miedo hacérnosla si duermen y se agitan dentro de nosotros. Lo importante es rumiarlas y sacarlas afuera, porque el Espíritu Santo nos lo irá aclarando. No es bueno esconderla, porque eso es enterrarlas y dejarlas dormir. Mientras vives según tus ideas y criterios y dejas los de Jesús aparcados dentro de tu corazón.

Se hace necesario y conveniente sacarlos afuera y mirarlos. Dios no te engaña. Sólo tratará de que veas y para eso necesitas mirarle. Mírale y no tengas miedo. Ha venido para salvarte, para darte vida. ¿Cómo te va a hacer daño? Lo que hará es abrirte esos ojos tercos, cerrados y soberbios, y darte la luz necesaria para que empieces a ver. No tengas miedo, mírale y escúchale. Él te habla y te dice: «Nadie puede venir a mí, si el Padre que me ha enviado no lo atrae; y yo le resucitaré el último día. Está escrito en los profetas: serán todos enseñados por Dios. Todo el que escucha al Padre y aprende, viene a mí. No es que alguien haya visto al Padre; sino aquel que ha venido de Dios, ése ha visto al Padre. En verdad, en verdad os digo: el que cree, tiene vida eterna. Yo soy el pan de la vida. Vuestros padres comieron el maná en el desierto y murieron; éste es el pan que baja del cielo, para que quien lo coma no muera. Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo le voy a dar, es mi carne por la vida del mundo».

Mira lo que te dice y guárdalo en tu corazón Abre tu corazón a Dios que te enseña lo que quiere de ti con su Palabra. Medita seriamente lo que te promete y, escuchado el Padre, busca a Jesús, el Hijo enviado. Jesús es el Rostro del Padre, a quien nadie ha visto, sino sólo Él, porque ha venido del Padre. No hay nada que temer, Jesús es el Pan de la Vida, de esa Vida que todos buscamos y deseamos.

martes, 2 de mayo de 2017

TÚ, SEÑOR, ERES PAN DE VIDA ETERNA

(Jn 6,30-35)
Nunca estamos satisfechos con nuestra razón. Queremos dar respuesta a todo y no reconocemos nuestra verdadera pequeñez. Mientras no seamos como niños no dejaremos nacer la fe en nuestro corazón. No es cuestión de comprender, sino de creer y fiarnos de la Palabra del Señor. Pedimos signos, cuando Jesús, el Señor, ha hecho ya bastante delante de nosotros.

Resulta que pronto los olvidamos y lo de los panes ya no nos parece suficiente. Y mañana vemos a alguien resucitado y seguiremos sin creer. Porque el problema está dentro de nuestro corazón contaminado, herido y vencido a las cosas de este mundo. Queremos un Dios tangible y limitado a nuestra razón. Disparatado, pero así es. Somos tan necios que vamos de disparate en disparate hasta que no dejemos entrar en nosotros la humildad y nos reconozcamos pecadores e hijos de Dios.

Estamos atado a la materialidad y sujetos al tiempo y el espacio. No entendemos otra cosa, pero insistimos y empecinamos en querer comprender el misterio del Señor. Queremos el Pan, pero más pensando en la materialidad que en la espiritualidad. Ni siquiera percibimos que lo prefigurado y profetizado en el Antiguo Testamento, tiene plena vigencia y cumplimiento en el Nuevo. Estamos ofuzcados y manipulados por este mundo, que nos ciega y nos pierde.

Queremos y perseguimos una religión cómoda y hecha a nuestro gusto. Nada de mortificarnos ni de sacrificarnos. Nada de preocuparnos por las injusticias y lo mal que lo pasan los marginados y excluidos. Una religión en la que nos sintamos bien, a gusto y con todo lo que necesitamos para vivir cómodamente. Todo lo que no sea eso nos molesta. Y en eso se esconde el rechazo a Jesús.

Él es el verdadero Pan que nos alimenta con su Cuerpo y su Sangre, entregados para nuestra salvación, y nos da la Vida Eterna. Confiemos en su Palabra y permanezcamos siempre a su lado.

viernes, 15 de abril de 2016

BUSCAMOS TENER VIDA, VIDA ETERNA

(Jn 6,52-59)

No hay otro camino sino el de comulgar con el Cuerpo y la Sangre de nuestro Señor bajo las especies de pan y vino. Porque sólo de esa manera permanecemos en Él y Él en nosotros. Ahora, nos da miedo, mucho miedo, que nuestra vida no esté a la altura de las circunstancias y no respondamos a tan alto don Eucarístico. Porque comulgar significa pensar y vivir como nuestro Señor.

Y, todos sabemos, al menos yo, que nuestras vidas van muy por debajo de la dignidad que representa el comulgar, pero, también sabemos que si no lo hacemos será imposible tener Vida Eterna. Porque el Señor nos ha dicho: 
«En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre, y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día. 

Como diría Pedro en el lavatorio de los pies:  "No sólo los pies, Señor, sino la cabeza, las manos y todo el cuerpo". Igual nosotros te decimos, Señor, que nos acercamos a comulgar con frecuencia y siempre que podamos. Pero que, experimentándonos pobres y pecadores, queremos hacer el esfuerzo de vivir como Tú nos has enseñado y nos has dado testimonio. Porque tu Palabra es Eterna y Veraz
Lo mismo que el Padre, que vive, me ha enviado y yo vivo por el Padre, también el que me coma vivirá por mí. Este es el pan bajado del cielo; no como el que comieron vuestros padres, y murieron; el que coma este pan vivirá para siempre». Esto lo dijo enseñando en la sinagoga, en Cafarnaúm.

Y así queremos vivir también nosotros, aunque nuestros pecados nos delaten y nos recuerden nuestra debilidad humana a cada momento. Pero confiamos en tu Espíritu, Señor, y esperamos que nos transformes nuestro corazón para vivir por Ti. Y, por eso, porque creo que Tú me transforma, Señor, como tu Cuerpo y bebo tu Sangre.

miércoles, 13 de abril de 2016

LA VOLUNTAD DEL PADRE

(Jn 6,35-40)

Jesús tiene una misión, hacer la Voluntad del Padre. No viene con otra intención ni misión, y se declara como el Pan de la vida, saciando el hambre a todo aquel que vaya a Él y quitando la sed para siempre al que crea en Él. Pero lo que ocurre es que le han visto y no creen en Él. Así sucede lo de su Pasión y Muerte.

La pregunta es: ¿Creemos nosotros en Él? Porque ocurre que hoy también continuamos matando al Señor cuando le rechazamos o matamos a muchos inocentes en el vientre de sus madres, en persecuciones o guerras. Nuestra fe debe de acabar con todo eso conflictos que ocasionan la imposición de los más fuertes sobre los más pobres y marginados.

La realidad de nuestro mundo nos descubre que una gran parte de la humanidad vive de espaldas al Señor y no se acercan a Él. O lo que es lo mismo, no creen en Él. Y así están siempre hambrientos y sedientos. Hambrientos de codicia, ambición, odio, venganza y muerte; sedientos de poder, de riquezas y de imponer sus voluntades sobre los demás sometiéndolos y esclavizándolos.

El mundo está cansado de tantas guerras. Pasan los años y muchos nacen en la guerra y mueren con la guerra. Una vida en constante conflicto y enfrentamientos que no arreglan nada. El hombre experimenta que ese no es su destino, porque en lo más profundo de su corazón experimenta deseos de verdad, de justicia y de amor. Y la solución no es buscar la justicia o la verdad por su parte, porque no la tiene, ni la sabe aplicar. La solución es ir al Señor, porque Jesús nos espera:

Todo lo que me dé el Padre vendrá a mí, y al que venga a mí no lo echaré fuera; porque he bajado del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado. Y esta es la voluntad del que me ha enviado; que no pierda nada de lo que él me ha dado, sino que lo resucite el último día. 

Es ese nuestro destino: "La Vida Eterna". Jesús lo sabe porque es el Padre quien nos ha regalado la Vida. Y Él, el Hijo, ha sido enviado a dárnosla. Todos queremos vivir en paz, felices y eternamente, pero la forma de conseguirlo no es haciendo la guerra por nuestra cuenta, sino acercarnos a Jesús. Porque esta es la voluntad de mi Padre: que todo el que vea al Hijo y crea en Él, tenga vida eterna y que yo le resucite el último día».

domingo, 16 de agosto de 2015

HAMBRE Y SED

(Jn 6,51-58)


El apetito es necesario y vital para la vida porque sin comer no se puede vivir. Y el apetito no es otra cosa, referido a la comida, que tener hambre de satisfacer las necesidades alimentarias que el cuerpo demanda. Pero ese deseo de hambre se puede perder, y con ello las ganas de alimentarse. Sería terrible perder el apetito porque con ello ponemos en peligro nuestra vida. La inapetencia nos puede llevar a la anorexia, enfermedad que nos lleva a perder peso y a poner en peligro nuestra vida.

«Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo le voy a dar, es mi carne por la vida del mundo». Jesús nos promete el alimento que nos da la Vida Eterna. El mismo se hace alimento y se nos ofrece como salvación.

Pero lo verdaderamente importante es tener hambre, porque nos puede ocurrir que no tengamos apetito, y, por supuesto, hayamos perdido las ganas espirituales de comer el Cuerpo del Señor. Y sin hambre ni ganas nos será difícil buscar y pedir el alimento del Señor. Y también descubrirlo. Es necesario tener hambre y sed para buscar en Jesús el alimento que nos sostenga y nos aliente en el espíritu.

«En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre, y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida.

Descubrir ese apetito del alimento que da la Vida es el verdadero Tesoro de nuestra vida. Alimento que buscamos, pero que nos puede pasar desapercibido encandilados por las luces de este mundo que nos presenta otro tipo de alimentos, que aunque necesarios, no definitivos, porque son caducos y finitos. Necesitamos estar despiertos y atentos a la Palabra del Señor, que nos da la Vida y despierta el apetito que nos alimenta para la Vida Eterna.

Pidamos al Señor esa Gracia y que despierte en nosotros el verdadero apetito de hambre y sed del Cuerpo y Sangre de nuestro Señor Jesucristo para que hambrientos y sedientos de su Cuerpo y Sangre no cesemos de buscarle y vivir en Él.

domingo, 9 de agosto de 2015

SEGUIMOS IGUAL

(Jn 6,41-51)


Seguimos igual, con esas palabras podemos resumir lo que continúa pasando en la actualidad. Después de 2015 años todo sigue exactamente igual. Muchos siguen preguntándose de qué Padre habla Jesús, y quién es ese Pan Vivo que baja del Cielo.

Es verdad que el hombre sigue buscando la eternidad, porque no quiere morir. Ese sería el primer objetivo del hombre: "No morir". Pero el pan que fabrica el hombre es pan de muerte, porque no da la vida. A pesar de los intentos de la ciencia no consiguen fabricar el elixir que dé la eternidad, y, hoy Jesús, nos ofrece esa aspiración que el hombre persigue: Yo soy el pan de la vida. Vuestros padres comieron el maná en el desierto y murieron; éste es el pan que baja del cielo, para que quien lo coma no muera. Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo le voy a dar, es mi carne por la vida del mundo».

Jesús acierta de pleno. Sabe lo que busca y desea el hombre, y se ofrece como salvación dándonos a comer su Cuerpo y a beber su Sangre. Jesús instituye la Eucaristía. Ese sí es el alimento que nos da la Vida Eterna. Esa Vida que busca el hombre; esa Vida Eterna vivida en gozo y felicidad.

Ahora, ¿cómo se puede ofrecer eso? La única forma posible es siendo el Hijo de Dios bajado del Cielo. Pero volvemos al principio: Necesitamos la fe, porque, sobre todo sus contemporáneos, que le conocían como el hijo del carpintero, no pueden asimilar que sea el Hijo de Dios, el Mesías prometido. Y hoy ocurre igual con los católicos que se bautizan. Siguen celebrándose bautismos en la Iglesia, pero más bien como un acto social y cultura que de fe. Los cristianos, como ocurría en tiempos de Jesús, no le conocen, y menos a su Padre que lo envía. Siguen buscando ese pan de vida entre las cosas caducas de este mundo.

Y ese es el problema, buscan donde no se puede encontrar. Porque la salvación del hombre no está en las cosas de este mundo, pertenecemos a otro. Este mundo lo rige el demonio, él es su príncipe, pero nosotros pertenecemos a otro mundo, el del Reino de Dios, siempre y cuando estemos dispuestos a quererlo, buscarlo y encontrarnos con Jesús. Sabiendo que ha salido Él primero a buscarnos. Sólo tenemos que dejarnos encontrar.

Y esa posibilidad pasa por abrir nuestro corazón de hombre viejo y caduco, para dejar entrar al Espíritu Santo, a ayudarnos a transformarlo en un corazón nuevo, de niño, joven, disponible y dispuesto a liberarnos y despojarnos de los apegos, vicios, malos hábitos, pasiones y apetencias que nos esclavizan y encadenan alejándonos del verdadero Tesoro que es encontrarnos y abrirnos a la Gracia del Señor.

jueves, 23 de abril de 2015

NO SE PUEDE HABLAR MÁS CLARO

(Jn 6,44-51)


Hoy el Señor nos habla tan claro que se me estremece el corazón. No hay lugar a duda. Él mismo nos dice: «Nadie puede venir a mí, si el Padre que me ha enviado no lo atrae; y yo le resucitaré el último día. Está escrito en los profetas: serán todos enseñados por Dios. Todo el que escucha al Padre y aprende, viene a mí. No es que alguien haya visto al Padre; sino aquel que ha venido de Dios, ése ha visto al Padre. En verdad, en verdad os digo: el que cree, tiene vida eterna. Yo soy el pan de la vida. Vuestros padres comieron el maná en el desierto y murieron; éste es el pan que baja del cielo, para que quien lo coma no muera. Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo le voy a dar, es mi carne por la vida del mundo».

Ante estas Palabras de Jesús, ¿qué se puede decir? Te quedas mudo y casi paralizado sin poder escribir. Más no se puede decir. El Señor es nuestro Mesías y Salvador. Él es el Pan bajado del Cielo, y alimentados en Él tendremos Vida Eterna.

Lo que no entiendo es cómo es posible que muchas personas que conozco y que, al menos, asisten a la Eucaristía, aunque no participan, pueden estar ciegos y no darse cuenta. Otros, esa es mi experiencia, me dicen que quisieran y les gustarían tener fe, porque no creen. Y otros, al menos un amigo me lo ha dicho, llegan a envidiarte por tu fe y tu camino firme. En ese sentido valoro mucho el don de la fe. No me caben las palabras en la boca para agradecer al Espíritu de Dios que sostenga mi fe y la alimente cada día.

La fe es un don de Dios, pero ese don lo da Dios en la medida que tú también lo pidas. Los discípulos de Emaús le pidieron a Jesús, sin conocerlo todavía, que se quedará. La excusa fue que la tarde estaba cayendo, pero la realidad era que sus corazones ardían de gozo, de entusiasmo y felicidad. ¿Cuál fue la causa? Habían pasado un largo rato con el Señor, hasta tal punto que les había caído la tarde encima.

¿Qué ratos pasas tú con el Señor? Te será difícil si no te dejas acompañar por Él y dejar que te hable. Hoy no va por el camino, pero está en el Sagrario. Allí puedes tener una larga charla con Él. Si lo haces seriamente encontrarás respuesta, porque Jesús, el Señor, no nos puede negar nada. Su Amor es incondicional al igual que el Padre.

Gracias Señor. Ya ves como el Espíritu enciende las palabras en mi corazón. No sabía que decir y ha sido una de las reflexiones más largas, y es que hablando contigo no advertimos el tiempo ni las palabras. Gracias, de nuevo, Señor por el don de la fe, y te pido que nos lo conserve y aumente cada día más para servirte también cada día mejor.

miércoles, 22 de abril de 2015

JESÚS NO NOS HABLA DE UN CAMINO, SINO QUE ÉL SE HACE Y ES EL CAMINO

(Jn 6,35-40)


¡Qué gran diferencia! No hay nadie como Jesús, porque mientras otros líderes religiosos te señalan un método o camino para que tú lo vivas o lo cumplas, Jesús, no solo te habla de una Ley que debes cumplir, sino que te invita a cumplirla y vivirla en y con Él. Sin mí, nos dice, no podéis hacer nada (Jn 15,5).

Jesús sabe de mis debilidades, y también de las tuyas. Nos conoce y entiende que solos no podemos seguirle ni llegar a Él. Nuestra humanidad pecadora está vencida por el pecado, y sólo en Jesús podemos vencerle. Porque Él, con su Muerte en la Cruz, ha triunfado y nos ha rescatado para su Padre. Las Palabras que Jesús nos dice hoy son muy hermosas y llenas de esperanza: Yo soy el pan de la vida. El que venga a mí, no tendrá hambre, y el que crea en mí, no tendrá nunca sed. 

Da mucha confianza tener a un líder que no solo nos enseña el Camino, sino que nos invita a recorrerlo en su compañía, advirtiéndonos que de no hacerlo con y en Él no nos será posible. Porque con Él iremos seguros, protegidos, sin miedos y fortalecidos. Por eso se nos hace Pan de Vida que nos alimenta y nos fortalece cada día. Por eso se nos hace imprescindible comer su Cuerpo en la Eucaristía con la mayor frecuencia posible.

Jesús lo es todo. Es el Líder, el Mesías prometido, el Amigo, el Hermano, el Salvador, el Hijo y el Padre que nos quiere, que sale a nuestro encuentro, que nos acoge y nos lleva de su Mano a la Casa del Padre. Jesús es el Señor, que habla de parte del Padre y hace la Voluntad del Padre. Y que acoge a todos los que el Padre le ha dado para resucitarlos en el último día siguiendo la Voluntad del Padre.

Gracias Señor porque eres un Padre Dios bueno, que no solo me enseñas el Camino, sino que me acompañas a recorrerlo. Gracias, porque contigo los miedos no tienen sentido, ni la muerte la última palabra. Gracias por tu perdón a mis debilidades, fracasos y pecados, y por tu Infinita Misericordia para, abajandote humildemente a mi altura, me acompañas en el recorrido de mi vida para llevarme por camino de salvación.

martes, 21 de abril de 2015

MUY POCO HEMOS CAMBIADO

(Jn 6,30-35)


Hoy fui al médico y, observando la ratinografía que me habían hecho el día ocho de este mismo mes, me dijo que no había cambiado nada respecto a la del año 2012. Es decir, que todo seguía igual, lo que significaba que estaba controlado y al parecer insignificante su deterioro.

Y al empezar esta reflexión, (Jn 6,30-35), experimento lo mismo, aunque más avanzado en el tiempo, pues desde Jesús hasta hoy, seguimos igual. A pesar de todo lo que el Señor nos ha demostrado, nos parece poco. Sabemos de la resurrección de la hija de Jairo o del hijo de la viuda de Nain, o de su amigo Lázaro, y todavía no nos convencemos. Queremos ahora que venga nuestros padres para convencernos. 

Y en el supuesto que así fuera, seguro que exigiríamos más, porque en el fondo lo que nos ocurre es que nos cuesta cambiar. Nos resistimos a salir de nuestra cueva, porque en ella nos sentimos seguros y cómodos. Lógico que sean los pobres, los que no tienes seguridades ni comodidades los que se arriesguen a salir y buscar una vida mejor. Por eso son ellos los primeros que escuchan la voz del Señor, que les da esperanza de una vida plena y gozosa.

Y es Jesús, el verdadero y único Pan que baja del Cielo para alimento y salvación de todos los hombres. Sin embargo, no lo tenemos claro, porque teniéndolo cerca no lo comemos cuando celebramos la Eucaristía. Es el mismo Jesús que se nos da en Cuerpo y Alma como alimento para nuestra salvación.

Seguimos igual sin creer en Él. Son muchos los que no le creen ni le quiere oír. Y puede ser por muchas causas, porque no tienen oportunidad de oírle; porque no quieren, o porque creen que lo que buscan pueden conseguirlo en otra parte. Sin embargo, la experiencia nos dice que solo el Señor puede darnos la salvación, porque en este mundo, sin el Señor, sólo nos espera la muerte.

Abramos nuestro corazón a Jesús. Él nos dice: «Yo soy el pan de la vida. El que venga a mí, no tendrá hambre, y el que crea en mí, no tendrá nunca sed».

domingo, 22 de junio de 2014

EL VERDADERO ALIMENTO PARA LA VIDA


(Jn 6,51-58)

Sabemos que comer es imprescindible para vivir. Sin alimento no hay posibilidad ninguna de vida, y el pan es el símbolo del alimento necesario para vivir. Pero ese pan material tan necesario es sólo un alimento temporal. No sólo caduca su propia materia, sino que también caduca quien se alimenta sólo de él. Necesitamos otra clase de pan para satisfacer nuestra hambre de vida eterna.

Y ese Pan es Jesús: «Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo le voy a dar, es mi carne por la vida del mundo». Es este el Pan que colma toda nuestra vida y que responde a las expectativas de lo que todos los hombres buscan y quieren: "Hambre y sed de vida eterna".

No hay otra alternativa ni otro camino. Necesitamos estar centrados en el Señor y alimentarnos de su Cuerpo Eucarístico para, fortalecidos por Él, tener la garantía y capacidad de superar todas las inclinaciones, por el pecado, que se nos presentan en este mundo. Sin Él nada podemos hacer, porque Él es el Alimento que nos da la Vida Eterna que todos buscamos.

Danos Señor la sabiduría de saber alimentarnos por el Pan que, no sólo nos alimenta y nos da fuerza, sino que nos capacita para alcanzar llegar a Ti y tener en tu presencia Vida Eterna. Amén.

jueves, 18 de abril de 2013

¿DE QUIÉN ME FÍO?


(Jn 6,44-51)

El problema que el hombre tiene hoy es la confianza. ¡No tenemos en quien confiar! Cuando menos lo espera salta la liebre y te experimentas traicionado, engañado. Ya se ha perdido hasta la confianza en los bancos y en las autoridades. Los políticos y gobernantes no nos dan crédito en su bien y justo obrar. Todo se desmorona como un castillo de naipes.

Incluso, la familia está en peligro. Los esposos desconfían el uno del otro. La palabra dada hoy, mañana puede ser incumplida. No hay confianza; no hay palabra; no hay fidelidad; no hay responsabilidad. ¿Hacia dónde camina el hombre?

Sin embargo, hay Alguien que habla en Verdad, Justicia y Verdadero Amor. Todo lo profetizado en Él se ha cumplido, hasta su Resurrección. No hay engaño en Él y su Verdad da esperanza al hombre. Sí, su camino no es de rosa, está lleno de espinas, pero no lo oculta, lo dice y lo descubre. Él es el primero en recorrerlo, y también el primero en salir victorioso. Nos promete la victoria y el tesoro que todos buscamos. ¿Por qué no le escuchamos con atención?:

 Jesús dijo a la gente: «Nadie puede venir a mí, si el Padre que me ha enviado no lo atrae; y yo le resucitaré el último día. Está escrito en los profetas: serán todos enseñados por Dios. Todo el que escucha al Padre y aprende, viene a mí. No es que alguien haya visto al Padre; sino aquel que ha venido de Dios, ése ha visto al Padre. En verdad, en verdad os digo: el que cree, tiene vida eterna. Yo soy el pan de la vida. Vuestros padres comieron el maná en el desierto y murieron; éste es el pan que baja del cielo, para que quien lo coma no muera. Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo le voy a dar, es mi carne por la vida del mundo».