domingo, 30 de julio de 2017

DENTRO DE NOSOTROS: "LA VIDA ETERNA"

(Mt 13,44-52)
Dentro de nosotros ha sido sellada a fuego la Ley de Dios. Sus mandatos están implícitos en nuestros corazones, por lo que el hombre sabe y entiende que matar, robar, desear los bienes de otra persona, incluso su mujer, son actos malos y que no quisiera que se lo hicieran a él. Y eso, nadie tiene que aprenderlo, está escrito, acrisolado al fuego, en su corazón.

No hace falta desearlo, es connatural al hombre. Todos gustamos de la verdad y la belleza, porque lo que es verdad y justo es bello. En la belleza se esconde la verdad. Y lo que es verdad, es también justo. Por lo tanto, bello. Y eso es lo que Dios te pide que vivas y hagas, a pesar de tu naturaleza herida y tocada por la esclavitud del pecado. ¿Qué pecado? Esa cizaña que crece también junto a la buena semilla plantada en tu corazón. Esa ambición de poder, de riqueza, de vanidad y fama.

Esa satisfacción de las cosas del mundo, de los placeres, de la comodidad, de darle salida a tus propias ideas y proyectos, contagiados de pecados y malas intenciones. De tu soberbia, de creerte mejor y más fuerte que los otros, y con derechos a someterlos y dirigirlos según tus ideas e intereses. Un pecado que está también atravesando tu corazón y que, tú, sólo, no podrás vencer.

Ahí se esconde ese gran tesoro del que te habla el Señor Jesús hoy en el Evangelio. Y la cuestión es desenterrarlo para llevarlo al primer plano de tu vida y hacerlo presente en ella. Se trata, pues, de desechar todo lo demás, es decir, despojarte de ello y comprar ese Reino de los cielos para vivir según sus mandatos estableciendo la paz, la justicia y la verdad en la belleza más grande que podrás contemplar.

Ese Reino que consiste en estar conectado y relacionado íntimamente con el Señor, Fuente de la Vida, de la Belleza, de la Verdad y del Bien. Y permanecer en Él hasta que, recorrido nuestro camino y llegada nuestra hora, nos encontremos en su presencia y su brillo y luz resplandezca como el verdadero Tesoro escondido.

sábado, 29 de julio de 2017

RESURRECCIÓN

Jn 11, 19-27

El fundamento y la Roca en la que se apoya nuestra fe es Jesucristo, su Palabra y, sobre todo, la Resurrección, cumplimiento de su Palabra:  "Yo soy la Resurrección. El que cree en Mí, aunque muera, vivirá" - Jn 11, 25. -. Ahora, la cuestión está en preguntarse si lo crees o no. Porque es ahí donde se esconde la llama, que prende el fuego en tu corazón, de la fe. 

No te pares ni te distraigas en razonar o entender ese misterio de resurrección, porque nunca lo entenderás. Nuestra cabeza no está capacitada para eso, ni siquiera los más sabios e inteligentes. El hombre es criatura y no llega a comprender a su Creador. Simplemente, cree, como hizo Marta: Sí, Señor, yo creo que Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que iba a venir al mundo - Jn 11, 27 -.

Lázaro resucitó por voluntad del Señor. para que se manifestara su Gloria y Poder. Pero, a pesar de eso, muchos siguieron igual, establecidos, instalados y anquilosados en la razón y los afanes y ambiciones de este mundo humano, material y caduco. 

Si bien, Lázaro tuvo que morir llegada su hora, como cualquier mortal, sufriendo y padeciendo la muerte como nuestro Señor Jesucristo. Una muerte que consiste en un paso para la otra vida, la verdadera y Eterna. Esa Vida que Jesús nos tiene prometida y que ha venido para dárnosla gratuitamente. Y que, como sello guardado en lo más profundo de nuestro corazón, experimentamos esa aspiración eterna que late dentro de nosotros y a la que nos sentimos llamados.

Porque, hemos sido creados para vivir, para la vida. Sería absurdo que nuestra vida tuviese fin, cuando nuestro Creador es Eterno y Señor de la Vida y la Muerte. Y nos ha creado por Amor para la Vida.

viernes, 28 de julio de 2017

¿EN DÓNDE TE ENCUENTRAS TÚ?

(Mt 13,18-23)

Nuestra vida es un huerto del que se espera muchos frutos. Nuestros padres ponen muchas esperanzas en que nuestra vida sea fructífera, aprovechada, bien cultivada y llena de frutos. No escatiman esfuerzos para que nosotros echemos buenas raíces en nuestra propia tierra y saquemos los frutos que, sembrados, emerjan a la vida para el bien de todos.

Lo malo es que estemos pensando solamente en frutos de este mundo, y no veamos los verdaderos frutos del amor y la misericordia. Es posible que, obcecados por las cosas de este mundo, quedemos ciegos, aún teniendo ojos, y sordos, teniendo oídos. Es posible que nuestras semillas queden depositadas a la orilla del camino, y no encuentren tierra para profundizar y morir a sus propios egoísmos, dando frutos. Los pajarillos del campo las devoran rápidamente. Y es que cuando lo que se escucha no se entiende, quedamos indefensos y a merced del demonio, que hace de las suyas y nos engulle con las cosas del mundo.

Es posible que nuestras semillas hayan caído en terreno pedregoso, y la poca profundidad no sostiene las raíces. Quedan en el aire y la inconstancia y las adversidades terminan por destruirla y sucumbir. O que, echen raíces entre los abrojos. Entonces, escuchan la Palabra, pero las tentaciones del mundo y las seducciones de las riquezas les apartan del camino y sus frutos se pierden. 

Por último, está la tierra buena. Aquella tierra que acoge a tus raíces y las hunde en su lodazal de estiércol y tierra amasada por tus pecados y, muriendo, dan frutos. Es la tierra que se abre a la Palabra, la escucha y trata de vivirla, e, injertada en el Espíritu Santo, la comprende, camina y obedece sus impulsos.

Es esa la tierra que todos queremos ser, pero que, para eso, tendremos que dejarnos abonar y regar por el Espíritu Santo, que nos hará fértiles para dar buenos frutos.

jueves, 27 de julio de 2017

VIENDO, NO VEN, NI OYENDO, NO OYEN NI ENTIENDEN

(Mt 13,10-17)
Muchas veces me pregunto cómo es posible que mucha gente, sobre todo gente que conozco, no tomen conciencia de la realidad de la vida. Y cuando digo, tomen conciencia, me refiero a que no busquen el sentido verdadero de la vida. Porque, a algún lugar vamos. La muerte no tiene la última palabra. Y eso es obvio. Dentro de nosotros hay un hito de esperanza y de eternidad. Está grabado a fuego en nuestro corazón.

Siempre, y continúa llamándome la atención, me ha sorprendido esa indiferencia de muchos, y como pueden vivir sin interpelarse ni estar preocupados e inquietos. Incluso, gente mayor y enfermos. Y no me lo puedo explicar sino de esta forma. El Evangelio de hoy me lo aclara cuando nos dice que al que tiene se le dará y tendrá de sobra, y al que no tiene se le quitará hasta lo que tiene. Por eso les hablo en parábolas, porque miran sen ver y escuchan sin oír ni entender. Así se cumplirá en ellos la profecía de Isaías: Oiréis con los oídos sin entender; miraréis con los ojos sin ver; porque está embotado el corazón de este pueblo, son duros de oído, han cerrados los ojos; para no ver con los ojos, ni oír con los oídos, ni entender con el corazón, ni convertirse para que yo los cure.

Y continúa: ¡Dichosos vuestros ojos, porque ven, y vuestros oídos, porque oyen! Os aseguro que muchos profetas y justos desearon ver lo que veis vosotros y no lo vieron, y o´ri lo que oís y no lo oyeron -Mt 13, 10-17-.

Profetas y justos anteriores a la venida del Señor. E, incluso, muchos contemporáneos y, ahora, muchos de nosotros. Por eso, he dicho que nosotros, los que nos confiamos a su Palabra, somos unos privilegiados. Una Palabra que recibimos de los apóstoles y que continúa la Iglesia. Demos gracias a Dios por darnos esa oportunidad y pongamos todo nuestro pequeño y humilde esfuerzo para que, por su Gracia, se nos abran los oídos y los ojos para fiarnos y abandonarnos en su Palabra.

miércoles, 26 de julio de 2017

¿EN QUÉ TIERRA HA CAIDO MI SEMILLA?

(Mt 13,1-9)
Porque yo soy una semilla de esas que el Señor ha plantado. Dentro de mi corazón está plantada la semilla de la Palabra de Dios, pero también está el pecado. Ese pecado original que desde pequeño necesitamos limpiarlo para que nuestra tierra sea buena, profunda y pueda echar raíces. Y dar frutos.

Es posible que mi semilla no haya dado el fruto apetecido y que mi tierra no sea lo buena que deba ser. Necesito cuidarla, cultivarla y abonarla adecuadamente para que dé buenos frutos. Y eso no es cuestión, ni consiste en dedicarle un rato, sino toda una vida. Necesita tiempo y dedicación. Necesita una lucha diaria y constante, sin prisa, pero sin pausa En verano e invierno. En todo momento.

Porque hay muchos pajarillos que están atento a comerlas, o terreno pedregoso que no deja echar raíces. O, quizás peor, tierra poco profunda que no deja asentar bien sus raíces o abrojos y cizaña que las destruyen. Hay muchas dificultades que obstaculizan la semilla de la Palabra de Dios e impiden que sea escuchada. Cierran nuestros oídos y nos aislan y alejan de la Palabra. Por eso, el Señor, sabiendo de nuestras debilidades nos dice y advierte: "El que tenga oídos que oiga".

Es imprescindible y absolutamente necesario cuidar bien nuestra tierra. Y esos cuidados tienen lugar en la Iglesia, el jardín que nos cuida y nos da los medios, los Sacramentos, para regar y alimentar bien nuestras flores y frutos. Y estar preparados significa tener los oídos bien abiertos para escuchar la Palabra y tratar de responder según la Voluntad del Señor. Esa es nuestra misión, y, para eso necesitamos regar bien nuestra pobre tierra con la Gracia del Espíritu Santo, porque sólo en Él podemos dar los frutos que se espera de cada uno de nosotros.

Líbranos, Señor, de que la semilla de tu Palabra caiga en tierra mala y yo no sepa cuidarla ni reconvertirla en semilla de buenos frutos. amén.

martes, 25 de julio de 2017

EL ESPÍRITU SANTO ESTÁ CON NOSOTROS

(Mt 20,20-28)
Esa es la clave, el Espíritu Santo. No porque no lo parezca a nosotros o nos lo hayamos inventado, sino porque sale de la promesa que nos hace Jesús en su Ascensión - Jn 16, 7-8 -, y porque nos los apóstoles nos lo corroboran hoy: «Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús, a quien vosotros matasteis, colgándolo de un madero. La diestra de Dios lo exaltó, haciéndolo jefe y salvador, para otorgarle a Israel la conversión con el perdón de los pecados. Testigos de esto somos nosotros y el Espíritu Santo, que Dios da a los que le obedecen.» (Hch 4,33; 5,12.27-33; 12.2: El rey Herodes hizo pasar a cuchillo a Santiago.)

No se puede decir nada más, sino que dio su vida por Jesús. Con eso está dicho todo. Y, tras él, todos los demás y muchos y muchos más. Ahora mismo están muriendo muchos creyentes en Jesús en algún lugar del mundo perseguido por la fe en el Señor. Son muchos los mártires que entregan su vida por tener primero en su corazón los mandatos del Señor que los de los hombres. Y está es la realidad que muchos no quieren entender, Jesús está vivo, y el Espíritu Santo enviado por el Padre da testimonio del Él en y cada uno de los creyentes que se abren a su acción.

La gran diferencia, que se hace irresistible, es la del amor. Y se ama no por lo que se diga, sino por lo que se hace. Y ese hacer consiste en buscar el bien de todas las personas. No se trata de regalar nada, sino de ayudar a levantarse, a caminar con dignidad y a dar sentido a la vida. Cada uno tiene su cometido y tendrá que poner sus esfuerzos de cada día para avanzar hacia el Señor. No se trata de dar pan, sino de enseñar a buscarlo y tenerlo para todos los días. Lo importante, no es dar un pescado, sino facilitar una caña y enseñar a pescar. Y para eso se necesita esfuerzo, paciencia y mucha colaboración del que quiere aprender.

Estamos para servir y no para ser servido. Ese es el ultimátum que Jesús da a los hermanos, hijos de Zebedo, como resumen de su mensaje. Y que nos implica a todos nosotros también:  «Sabéis que los jefes de las naciones las dominan como señores absolutos, y los grandes las oprimen con su poder. No ha de ser así entre vosotros, sino que el que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros, será vuestro esclavo; de la misma manera que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos».

lunes, 24 de julio de 2017

EXIGENCIAS Y MILAGROS

(Mt 12,38-42)
El hombre exige pruebas y milagros para abrirse a la fe. Pero, más que llevado por su inquietud, por razones de poder. El hombre teme que Jesús les quite poder. Observan que la gente le sigue y se rinden a su Palabra y Obras. Y eso les enfurece y desespera. Tratan de desacreditarlo, y es por eso por lo que le piden que haga algún prodigio que les deslumbre y les convenza.

No deja de ser una contradicción exigir pruebas para responder con la fe. La fe no pide ni exige pruebas, pues su esencia es precisamente el fiarse y abandonarse en aquel que cree. Y cuando la tienes, la fe desaparece. Pues, delante del Señor no te hace falta. Ya lo estás viendo. Conocemos al Señor Jesús por la historia, y también por el testimonio de sus apóstoles derramado en la Sagrada Escritura. Fueron muchos los que presenciaron su Muerte, y, sus apóstoles, su Resurrección. Fundamento de nuestra fe.

Quizás nos ocurre como a aquellos escribas y fariseos. Admitir la Resurrección de Jesús nos invita al cambio de vida y a la conversión. Y eso nos complica la vida. Cuando se piensa que el amor es procurarse bienestar y satisfacción para uno mismo, se está en el polo opuesto, y lo que se hace es vivir en el egoísmo y para uno mismo. Luego, en cuanto se exige renuncia y sacrificio, el amor falseado desaparece y se desenmascara.

Entonces, tratamos de justificarnos y de levantar barreras que nos impiden creer. Utilizamos el filtro de la razón y ponemos nuestra condición humana, débil y frágil, para justificar nuestros pecados y no dar el brazo a torcer. Pensamos que, por nosotros mismos podemos amar, y no descubrimos que sólo en el Señor podemos llegar a ser capaces de vencernos y darnos en amor.

Jesús ya ha dicho todo en la Cruz. Nos ha redimido y perdonado, y en consecuencia, salvados. No habrá más señales ni prodigios. Todo ha sido consumado. Ahora depende de ti, de abrirte a su Palabra y a su Amor. Ha entregado la Vida por ti, para cambiarte la tuya por una Vida en plenitud eternamente.