sábado, 17 de marzo de 2018

INTERPRETAN SEGÚN LES PARECE Y CONVIENE

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Jn 7,40-53
Todo en torno a la figura de Jesús se desarrolla en medio de confusión e ignorancia. Unos, porque no saben bien lo que dicen las Escrituras, y otros porque creen que Jesús es el verdadero Cristo. Y se forma un debate a favor y en contra, y algunos quisieron detenerle, pero nadie le echó mano. El lío estaba formado y la disensión situaba al Señor como debate y signo de contradicción entre los hombres. Ya lo había profetizado Simeón -Lc 2, 34- a María cuando fue presentado en el templo.

¿Qué decía Jesús, porque sus Palabras cosechaban asombro y admiración? A nadie dejaba indiferente hasta el punto que muchos quedaban impresionado de oírlo hablar. La respuesta de los guardias, que pretendían detener al Señor, centra la cuestión y nos muestra la fuerza de las palabras de Cristo: «Jamás un hombre ha hablado como habla ese hombre» (Jn 7,46).

Y esa reacción sólo se tiene cuando lo que se oye te toca el corazón y descubres que es la verdad. Esa Verdad que también está inscrita dentro de ti y al oírla quedas identificado con ella. Porque, tú sabes lo que es bueno, lo que es justo, y lo que tiene sentido común y conviene a la comunidad. Todos sabemos cuando mentimos, o cuando hacemos algo que realmente no está bien. Y, al parecer, por todo lo que se deduce en el Evangelio, las Palabras de Jesús, no sólo son hermosas, sino que hablan en Verdad.

Porque es la Verdad la que te hace libre de tus esclavitudes, de tus mentiras, de tus egoísmos, de todo aquello que te somete y te encadena. Y, realmente, Jesús es la Verdad, es el Camino y la Vida, y sus Palabras producen ese efecto en aquellos que le oyen y abren las puertas de sus corazones para dejarse liberar por ellas.

 Pero, también, es signo de contradicción en aquellos que se cierran a la verdad, a la caridad y misericordia; aquellos que esconden la justicia para otros y la falsean para beneficiarse. Ahí también encontraremos nosotros, los cristianos, la misma piedra de la contradicción, porque no actuamos como lo hace el mundo, sino buscando la justicia, la paz y la verdad injertados en Cristo.

viernes, 16 de marzo de 2018

LE PERSEGUÍAN Y QUERÍAN MATARLE

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Jn 7,1-2.10.14.25-30

Estaba decidido, Jesús les molestaba. La única alternativa era quitarlo del medio, y esa fue la decisión que tomaron. También nosotros entramos en ese papel. No cometamos el error de vernos fuera de esta confrontación con Jesús porque estamos lejos en el tiempo. También nosotros estamos ahí, y lo estamos porque también ponemos en tela de juicio la identidad de Jesús.

Encontrar nuestro momento es de vital importancia. Dar respuesta a lo que significa Jesús para ti es la clave del encuentro con Él. Nos formamos muchos prejuicios y hay muchos malentendidos que tomamos de otros y hasta dentro de la misma Iglesia. Cada cual bebe donde quiere y no donde debe. Se hace necesario ir a la Fuente, la Palabra, y beber en ella la identidad de Jesús, el Señor.

Y hay que ir bien acompañado, porque nos perdemos, entendemos mal y nos confundimos. Es entonces cuando descubrimos la gran misión e importancia de la Iglesia. La Santa Madre Iglesia, que, a pesar de las dificultades y luchas interiores, está guiada por el Espíritu Santo y nos sostiene en el camino de la verdad. Por otro lado, hay que ser paciente y perseverar y, sobre todo tener fe. Pues, entonces, ¿qué es la fe?

La fe la necesitamos para esos momentos de confusión, de no entender muchas cosas y llenarnos de prejuicios y malentendidos. De mucho ruido y poco silencio. Hay que creer y confiar en el Pastor, pues sin Pastor el rebaño se dispersa y se pierde. Ese es el mérito de la fe y que sin ella no podremos salvarnos. Hay que darle un voto de confianza al Señor, porque, también hay muchas razones que así lo sugieren. Es el enviado del Padre, nos lo dice Juan en el Jordán, y el Padre nos lo presenta como el Predilecto. Y nos manda a escucharle y hacer lo que nos dice.

Nos lo revelan las Escrituras y sus obras y milagros, y nos lo dice nuestro corazón, que adormilado por el pecado y la acción del demonio se ciega y se confunde. Pero, a pesar de ello, experimentamos deseos de amar y nos sentimos infelices cuando nos vemos impotente para hacerlo. Necesitamos al Señor para poder amar y ser felices.

jueves, 15 de marzo de 2018

EL PADRE, EL MAYOR GARANTE

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Jn 5,31-47
No podía ser de otra manera. Para un testimonio divino, una Persona divina. Es el Padre quien da testimonio de su Hijo y lo envía a revelarnos su Amor. Ya en el Jordán, el Padre presenta a su Hijo y nos manda a que le escuchemos. No viene Jesús por su cuenta, sino que las obras que hace mandadas por su Padre son las que dan testimonio de Él.

No resulta cuando escuchemso a alguien hablando bien de él. Nos resulta sospechos y muy poco humilde. Inmediatamente nos viene al pensamiento, ¿qué va a decir de sí mismo? Por eso, Jesús, deja claro que su testimonio viene del Padre: Si yo diera testimonio de mí mismo, mi testimonio no sería válido. Otro es el que da testimonio de mí, y yo sé que es válido el testimonio que da de mí. Vosotros mandasteis enviados donde Juan, y él dio testimonio de la verdad. No es que yo busque testimonio de un hombre, sino que digo esto para que os salvéis.

El garante de Jesús es el Padre, porque todo lo hace en y por el Padre. Ha sido enviado por el Padre y todas sus obras dan testimonio de Él. No hay vuelta de hoja, pero, erre que erre, el hombre sigue incrédulo y obstinado, cegado por las luces caudcas de este mundo que no le dejan ver esa felicidad que busca y que él mismo esconde en su interior. Porque, dentro de ti está la fuente viva de amor de la que brota esa felicidad que tanto ansías y buscas, pero, cegado por las luces de este mundo te impides ver claro donde está tu tesoro.

Todo lo que nos sucede es absurdo, porque leemos las escrituras y no nos damos cuenta que hablan del Señor, de Jesús que es el Rostro de Dios. Las últimas frases del Evangelio de hoy son muy claras y nos vendría bien reflexionarlas y tratar de darle respuesta en nuestras vidas: «Yo he venido en nombre de mi Padre, y no me recibís; si otro viene en su propio nombre, a ése le recibiréis. ¿Cómo podéis creer vosotros, que aceptáis gloria unos de otros, y no buscáis la gloria que viene del único Dios? No penséis que os voy a acusar yo delante del Padre. Vuestro acusador es Moisés, en quién habéis puesto vuestra esperanza. Porque, si creyerais a Moisés, me creeríais a mí, porque él escribió de mí. Pero, si no creéis en sus escritos, ¿cómo vais a creer en mis palabras?».

miércoles, 14 de marzo de 2018

JESÚS SE IGUALA AL PADRE

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El Evangelio de hoy es fuerte y decisorio para que los judíos entren a condenar a Jesús. Jesús y el Padre son uno, eso es lo que viene a decir: «En verdad, en verdad os digo: el Hijo no puede hacer nada por su cuenta, sino lo que ve hacer al Padre: lo que hace Él, eso también lo hace igualmente el Hijo. Porque el Padre quiere al Hijo y le muestra todo lo que Él hace. Y le mostrará obras aún mayores...

Nos habla Jesús de la Resurrección: Porque, como el Padre resucita a los muertos y les da la vida, así también el Hijo da la vida a los que quiere. Conectado con el Evangelio de ayer, aquel hombre había pasado treinta y ocho años junto a agua de la piscina. ¿No nos estará también a nosotros pasando eso? ¿Cuánto tiempo pasamos poniendo el centro de nuestra vida en cosas mundanas que no terminan de arreglarnos nada?

Este Evangelio no necesita mucho comentario, sino mucha reflexión: Porque el Padre no juzga a nadie; sino que todo juicio lo ha entregado al Hijo, para que todos honren al Hijo...

Es cuestión de preguntarse, ¿qué realmente buscas en la vida? ¿Todavía estás ciego? ¿No crees que el Señor nos resucitará, tal y como Él Resucitó? Por eso, decía que este Evangelio es para reflexionarlo y darle una respuesta, porque no hay nada que decir: crees o no crees. Y si quieres vivir en plenitud de gozo y alegría eterna, cree en el Señor. No hay otra oferta en este mundo.

Dejamos este espacio para que tú añadas tu respuesta o lo que piensas...

martes, 13 de marzo de 2018

OBSESIONADOS CON LA LEY

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¿Qué es lo que hacemos? Miramos para la ley y los cumplimientos, ¿y las personas? ¿Acaso es la Ley, sus normas y cumplimientos más importantes que las personas? Nuestra obsesión nos pierde, y la causa subyace en la falta de encuentro y silencio. Tendríamos que pararnos para vernos y encontrarnos, nosotros y el Señor. ¿Qué nos dice el Señor? ¿Nos habla de que primero es la Ley y lo Profetas y luego el hombre? ¿Qué nos está pasando?

Posiblemente el ruido de este mundo no nos deja pensar. En ese sentido decía que nos hace falta pensar. En cierta ocasión, hace ya años, tenía un problema y descubrí que tenía que buscar espacios de silencio para ordenar mis ideas. Posiblemente, eso sea también lo que nos está faltando ahora. ¿Qué había en aquella piscina para dar la curación? ¿No suena eso a algo establecido y, quizás manipulado? Es posible que ayudara a desentumecer el cuerpo y que sus aguas tuviesen unas características medicinales, pero la curación del alma no se nos quita con un baño en la piscina.

Y es esa la curación que buscamos, la que nos salva eternamente. Y sólo la podemos encontrar, encontrando a Jesús. Él es el Camino, la Verdad y la Vida y, no importa el tiempo, está siempre pendiente de ti y de mí. Nos aguarda y nos tiende su Mano de salvación. Él busca tu salvación fuera de la Ley y los Profetas, el Antiguo Testamento, porque, Él es la nueva Alianza, el Amén del Padre, la Plenitud de la Alianza Eterna que Dios ha hecho con su pueblo.

Tratemos de buscar al Señor en el fondo de nuestro silencio, porque sólo en la brisa suave y el silencio. que nos disipa las tinieblas, podemos encontrarnos con el Señor. No lo busquemos en el ajetreo de la piscina, de los tumultos, de los ruidos y los acontecimientos extraordinarios, porque, Él, sólo se encuentra en el silencio, que se fragua en la humildad y en la pobreza de nuestros corazones. Todo lo verdadero y bueno nace y se encuentra en la sencillez y en la Verdad, y viene sin hacer ruido, como brota el amor de una madre y nace el sol cada mañana.

lunes, 12 de marzo de 2018

TAMBIÉN EN LA DISTANCIA PODEMOS CONVERTIRNOS

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Jn 4,43-54
El Evangelio de hoy nos anima y da sentido a nuestra relación internauta, porque, a pesar de nuestra distancia podemos compartir y fortalecernos en la fe. Jesús no se mueve de Galilea y cura al hijo del funcionario real enfermo en Cafarnaúm. Es decir, significamos que la distancia no es impedimento para que la Gracia del Señor actúe. Así, también actúa en nosotros, a pesar de la distancia que nos separa.

Pero, previamente necesitamos creer en Jesús. La fe es indispensable, tal fue la de aquel funcionario que, invitado por Jesús emprendió el regreso a su casa creyendo que su hijo estaba ya curado. Y así fue, próximo a su casa salieron sus siervos a comunicarles que su hijo estaba mejor. Él preguntó a qué hora había mejorado, y comprobó que había sido a la hora séptima, la misma a la que Jesús le había dicho que regresara, pues hijo ya estaba curado.

Ahora, podemos hacernos muchas preguntas, porque también nosotros somos curados a cada momento. Nuestra conversión se realiza a cada instante, porque el Espíritu Santo, enviado a asistirnos y auxiliarnos está en nosotros y realizando el milagro de convertir nuestro duro corazón de pierda, en un corazón de carne. Un corazón confiado y abandonado en su Manos, para transformarlo en un corazón lleno de fe y confianza. 

En esta confianza, ¿podemos nosotros también regresar a casa confiados en que el Señor sana nuestro corazón y nos convierte? ¿Se lo pedimos con la fe que lo hizo el funcionario real? ¿O, por el contrario, necesitamos que el Señor esté presente? Creemos que también nosotros, por la Gracia y la acción del Espíritu Santo, podemos fortalecernos, asistirnos, animarnos, alegrarnos y hasta convertirnos con nuestro diario compartir? ¿Pensamos y creemos que, a pesar de las distancias, podemos evangelizar y evangelizarnos creciendo en conversión?

Pues, si así lo creemos, tal y como ocurrió en Galilea con el hijo de aquel funcionario real que yacía enfermo en Cafarnaúm, creamos también que el Señor, el mismo Señor que hizo aquel milagro a distancia, puede también hoy darnos la fe a distancia por medio de cualquier persona que Él decida. Sólo nos falta confiar y tener fe en Él.

domingo, 11 de marzo de 2018

UN DIOS QUE NOS AMA

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Jn 3,14-21
Hoy se plantea la presencia de Dios de otra forma, pero antiguamente se nos mostraba a un Dios justiciero e implacable. Digo esto porque en mi niñez se nos mostraba a un Dios que castigaba a los malos y premiaba a los buenos. Un Dios que nos miraba apuntando todo lo que hacíamos mal. Posiblemente, era la época de la enseñanza con castigo y con látigo y la religión no era una excepción.

Sin embargo, no ha sido esa la intención de mostrarnos a Dios de la Iglesia. Posiblemente, el Espíritu Santo ha ido guiando y purificando a la Iglesia para mostrarnos a un Dios amor. Un Dios que nos ama sin pedirnos nada a cambio. Un Dios que simplemente envía a su Hijo para revelarnos que Él sólo nos quiere amar. Y eso hace Jesús, amarnos sin exigirnos nada. Hagas lo que hagas, Jesús te ama y da su Vida por ti.

Y eso debe ayudarnos a descubrir el amor y la misericordia de Dios. No me salvo por todo lo bueno que haga. Mis obras no me valen para nada.¿Ves bien lo que escribo? Mis obras no valen para nada. A ver si me voy a creer que me voy a salvar por mis obras. Hasta ahí podía llegar mi soberbia y suficiencia. ¿Creo que por mis obras me voy a salvar? No, nada de eso.

Me salvo por mi fe. La fe es la que me salva, lo dice claramente Jesús en el Evangelio de hoy: En aquel tiempo, Jesús dijo a Nicodemo: «Como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así tiene que ser levantado el Hijo del hombre, para que todo el que crea tenga por Él vida eterna. Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que...

Es la fe la que me dará Vida Eterna. Claro, es de sentido común saber que esa fe dará frutos, y esos frutos serán mis obras. Eso es otra cosa. Es decir, mis buenas obras son productos y consecuencia de mi fe. No me salvan ellas, sino mi fe. La fe en Jesús de Nazaret, que ha sido enviado, no para juzgarme ni condenarme, sino para salvarme. Jesús simplemente me ama, a pesar de toda mi resistencia y desprecio. Meditemos, porque así también, por la Gracia de Dios, también tenemos que amar nosotros.