martes, 3 de julio de 2018

HAY MUCHOS TOMÁS EN LA VIÑA DEL SEÑOR

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Lo de Tomás es algo muy común y que ocurre en muchos lugares y personas. Nos cuesta mucho reconocer algo que no hemos visto. Incluso, cuando nos habla alguien que sus palabras nos merecen crédito, nos cuesta reconocerlas. Sobre todo, cuando de lo que se trata es algo que no cabe en nuestra cabeza, tal es el caso que nos ocupa, la Resurrección del Señor.

No sólo Tomás, sino todos los apóstoles estaban escépticos y desconfiados. No porque no dieran crédito a las Palabras de Jesús, sino porque eso no lo podían entender. Ni tampoco nosotros. Si creemos es porque nos fiamos y nos abandonamos en el Señor, pero no porque lo entendamos. Luego, es muy normal la reacción de Tomás, aunque él conocía al Señor y había presenciado sus obras y tenía ahora el testimonio de sus compañeros. Por lo tanto, no tenía muchas excusas Tomás para no creer. Había más razones que dudas para confiar en el Señor.

Sin embargo, Tomás duda y se cierra a creer. Llegados a este punto conviene mirar para nosotros y preguntarnos también, ¿por qué no creemos? ¿No tenemos el testimonio de los apóstoles derramados en los Evangelios? ¿No tenemos el testimonio de la Iglesia, que continúa la misión de Jesús? ¿Es qué quiero provocar a Jesús exigiéndole verle para creer? Eso es precisamente la sin razón de Tomás. Él conoce a Jesús y ha visto sus obras y escuchado su Palabra, y sus compañeros le reafirman que ha estado con ellos. ¿Qué le ocurre a Tomás?

Supongo que lo mismos que a todos nosotros. El misterio de la fe nos sobrepasa y sólo podemos aceptarla fiándonos de la Palabra del Señor. Tomás tuvo el privilegio de que Jesús aceptara su reto, pero dejó bien claro que aquellos que creyeran si ver serán bienaventurados. Y eso es todavía mejor, porque somos bienaventurados los que, a pesar de nuestras dudas, nos esforzamos en confiar y ponernos en sus Manos -Jn 20, 29-.

lunes, 2 de julio de 2018

¿QUÉ ASPIRACIÓN HAY DENTRO DE NOSOTROS?

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Mt 8,18-22
Son muy pocos los que se paran y hacen un alto en camino de sus vidas para pensar a dónde se dirigen. Pocos que tratan de reflexionar que camino tomar, y menos los que son capaces de descubrir lo que buscan. Por otro lado, todos tratamos de satisfacer nuestros egoísmos dando riendas sueltas a nuestros intereses y satisfacciones. Muchos sin saber lo que buscan se afanan en vivir bien, placenteramente y felizmente.

Todos, consciente e inconscientemente buscamos la felicidad. La diferencia es que no sabemos donde buscarla, o que creemos que en este mundo la podemos encontrar, y creamos nuestros propios dioses: Internet, móvil, viajes, trabajo, riquezas, poder...etc. Y experimentamos que eso no nos llena plenamente quedándonos vacíos, huecos e insatisfecho. La vida se nos va consumiendo y esa felicidad tan ansiada no llega. Es más, nuestro cuerpo, que también ha ocupado una parte importante de esa felicidad que nos hemos fabricado, se hace viejo y se empieza a romper.

Seguir a Jesús no es simplemente querer y tener voluntad, sino ponerse en sus Manos y abrirse a la Gracia del Espíritu Santo para recibir toda la Gracia necesaria para el desprendimiento de todo aquello que entorpece nuestra vida y posterga a Jesús. Ello nos exige poner nuestra mirada en el Señor dejando todo lo demás en un plano secundario. Y eso es superior a nuestras fuerzas. Sólo injertados en el Espíritu Santo podremos soportar el camino tras los pasos de Jesús.

Jesús nos lo ha dicho muy claro: «Las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo nidos; pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza». Otro de los discípulos le dijo: «Señor, déjame ir primero a enterrar a mi padre». Dícele Jesús: «Sígueme, y deja que los muertos entierren a sus muertos».

domingo, 1 de julio de 2018

EN EL FILO DE LA DUDA

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Mc 5,21-43
En muchos momentos de nuestra vida dudamos. Dudamos incluso de nosotros mismos y de nuestras fuerzas y nos quedamos desorientado y sin rumbo. Incapaces de seguir adelante y de buscarle sentido a nuestra vida. ¿Qué nos ocurre? En estos casos podemos abandonar y quedarnos hundidos en nuestra propia misera como veletas al viento, o reaccionar y ser capaces de levantarnos.

En nuestro camino caeremos muchas veces. Somos débiles y pecadores, y seremos víctimas muchas veces de nuestros propios pecados. Pero, lo importante es que podemos y debemos levantarnos y nunca detenernos. Ejemplos de eso nos vienen dos hoy en el Evangelio. Una, aquella mujer enferma de flujos de sangre, que habiéndolo perdido todo e incluso empeorando creyó que si lograba tocar el manto de Jesús se curaría. Y lo buscó hasta conseguirlo. Su fe tuvo premio. 

El segundo fue aquel jefe de sinagoga que recurrió a Jesús, habiendo oído hablar de Él, para que curara a su hija. E incluso persistió hasta habiendo recibido la noticia de que su hija ya había muerto. Tanto en uno como en otro hay un denominador común, la persistencia, la constancia y, sobre todo, la fe. Creo que es en esa actitud y esperanza con la que hay que mirar y leer este episodio evangélico. ¿Soy yo también constante, persistente y confiado en el poder del Señor? ¿Creo que Jesús puede salvarme, no sólo de algún apuro o muerte terrenal, sino darme la verdadera salvación para la eternidad?

sábado, 30 de junio de 2018

LA FE HACE MILAGROS

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Mt 8, 5-17
Si tuvieras fe como un granito de... -Mt 17, 20-  todo sería diferente. Aquel centurión la tuvo y Jesús, el Señor, no pudo resistirse. Es más, quedó admirado de esa gran fe del centurión lo que le llevó a decir: "En verdad os digo que en Israel no he encontrado en nadie tanta fe".

Sin embargo, no es fácil tener esa fe. Entre otras cosas porque no depende de nosotros. La fe es un don de Dios, y como tal podemos pedirla y esperar a que el Señor, que nos conoce y sabe lo que vive en lo más profundo de nuestro ser, nos la conceda. No tratemos de juzgar ni tratar de entender al Señor, porque no podremos. Tratemos de confiar y de esperar pacientemente. Si no nos viene la fe será porque el Señor así lo cree y, posiblemente, porque no estamos preparados.

Cuántas veces se nos presentan ocasiones para servir, para evangelizar o para cualquier otra cosa, y no damos el paso para comprometernos. Cuántas veces nos reclaman y no piden nuestra colaboración y tratamos de escabullirnos y despistarnos. Y, quizás, por otras cosas superfluas y de poca importancia. Más relacionadas con el disfrute y egoísmo propio.  ¿Y queremos la fe? ¿Qué haríamos si Dios nos la concediese? ¿Le responderíamos? ¿Has pensado que, quizás, te hayan pedido algo y te has echado atrás?

Supongo que la fe nos vendrá cuando experimentamos que estamos dispuesto a entregarnos a una tarea y confiamos que, por la Gracia de Dios, saldrá adelante. Y persistimos, somos perseverantes hasta que sale. Claro, algo bueno y que es para beneficio de otros. Así ocurrió con aquel centurión, creyó que Jesús podía curar a su siervo y se lo pidió. Y creyó que lo podía hacer desde el lugar que estaba. En ese momento su fe quedaba al descubierto, pues quería la curación de su siervo y le pedía a Jesús que lo hiciese desde la distancia. No se consideraba digno de que, siendo pagano, entrase en su casa. Su pensamiento estaba al descubierto y bien intencionado. 

Seamos constante, persistentes e insistentes. No desfallezcamos y pidamos con perseverancia que nuestro Padre Dios nos dé la fe. Pero, pongamos también todo nuestro esfuerzo en abrirnos a la acción del Espíritu Santo, para que transforme nuestra mente y nuestro corazón hasta el punto de crecer en la fe y confianza en el Señor.

viernes, 29 de junio de 2018

TÚ, SEÑOR, ERES EL MESÍAS QUE YO ESPERO

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Mt 16,13-19
De esa confesión arranca todo. Eso supone fe, una fe pedida y regalada por el Señor, porque, nosotros mismos, nos será imposible. La fe es un don de Dios y tendremos que pedirla, abrirnos a ella y esperar.  Dios es inmensamente justo y nos dará lo mejor, pero quiere que de alguna manera nos lo ganemos. Para eso nos ha creado libres y nos ha dado unos talentos que tendremos que poner a rendir y dar frutos. 

Dios espera que confiemos en su Palabra. Para ello nos ha dado razones, ha realizado obras y milagros que nos demuestran que habla en verdad y es el enviado del Padre. Nos quiere salvar, pero necesita que le creamos y que tengamos plena confianza en Él y, sobre todo, tengamos paciencia y esperemos a cuando Él lo quiera.

Pero, ante esta pregunta, como sucedió con los apóstoles, ¿qué pensamos del Señor? ¿Quién pensamos que es? Experimentamos dudas, tentaciones y deseos de abandonar y regresar a nuestro mundo. La cruz, mi cruz, pesa bastante en muchos momentos, pero siempre, por la Gracia de Dios, acabo preguntándome, como Pedro -Jn 6, 68- ¿a quién iré? Tú tienes palabras de vida eterna.

Y es, Señor, que no me fío de otro ni de otros. El mundo no me merece confianza, y si creo en él es por Ti, Señor. En Ti me apoyo para creer en el hombre, que Tú has creado y amas con locura, hasta el punto de entregar a tu propio Hijo a una muerte de Cruz. Son, los hombres, tus hijos también, aunque no te reconozcan y te rechacen, y me mandas a amarlos como Tú los amas. Para eso, Señor, me has infundido la Gracia del Espíritu Santo en la hora de mi bautizo y me has configurado sacerdote, profeta y rey.

Sí, yo también quiero seguirte junto a Pedro, centro de tu Iglesia, y a todos los demás. unidos en la Iglesia. Quiero seguirte apoyado en Ti, la roca firme que nos sostiene y nos das la fe, para vencer en la lucha de cada día contra el mundo, demonio y carne.

jueves, 28 de junio de 2018

¿SOBRE ROCA O ARENA?

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(Mt 7,21-29
Los evangelios de estos días nos descubren la verdadera realidad. Quizás estamos instalados en una serie de buenas prácticas e incluso obras, pero que forman casi parte de nuestras vidas y que nos sirven como justificación de nuestra buena conducta. No quiero decir que no se hagan y que realmente sean buenas obras, sino que puede ocurrir que creamos que con eso ya tenemos para justificar nuestra entrada en el Cielo.

Y hoy, el Señor, pone el dedo en la llaga para decirnos que no podemos quedarnos ni dormirnos en una serie de prácticas y buenas obras programadas e instalarnos en un ritmo de vida cómoda y tranquila. La lucha es constante y las tempestades no cesan, y nuestro camino es camino de mejorar, de avanzar, de crecer y perfeccionarnos. El mundo nos tienta y nos seduce para que nos quedemos en la mediocridad y no nos entregamos totalmente. Y no nos es posible estar en el mundo y, por otro lado, seguir a Jesús.

Seguir a Jesús es olvidarnos del mundo y ponerlo a Él como nuestra máxima prioridad. Eso supone que las cosas del mundo, aún siendo necesarias, las tenemos que poner en segundo lugar y priorizar nuestro servicio y seguimiento al Señor en el cumplimiento de su Voluntad, que conocemos cual es. Eso significa construir sobre roca firme, para que las tempestades de nuestra vida no nos hagan zozobrar y derrumbarnos. La batalla es constante y dependerá de estar apoyado en Jesús y cercano a Él en cada instante de nuestra vida para no ser destruido por las tempestades que nos llegan del mundo.

Si esto nos ocurre debemos reconocer y saber que hemos apoyado nuestra fe en banalidades de este mundo, donde la polilla y la herrumbre roen y destruyen y nuestra fe se viene abajo. 

miércoles, 27 de junio de 2018

COHERENCIA DE VIDA


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Mt 7,15-20
A veces confundimos la piedad con el seguimiento a Jesús. Y es una lástima, porque la piedad tiene sentido cuando va coherentemente sincronizada con la vida. Si no hay relación entre la vida y la piedad todo huele a falso y podrido. Se miente cuando se reza y pide una cosa y se vive y hace otra. El problema es que hay personas que no entienden esa relación y su vida camina separada de su piedad. O al contrario, sus obras no tienen relación con el Señor y las hacen para su misma gloria.

No se contagia el mensaje de Jesús, o se contagia mal cuando no hay relación con el Señor. Esa intimidad con Jesús es fundamental, porque es la Savia que nos alimenta para dar buenos frutos. Si esa relación falta nos falta el riego y la Gracia para dar buenos frutos. Sin estar conectados con Dios nuestros frutos no pueden ser buenos. Necesitamos apoyarnos en la piedad para, por la Gracia de Dios, obtener todo lo necesario para dar buenos frutos.

Tu vida está al descubierto por tus obras, porque lo que haces es lo que se ve y queda, y lo que también habla y deja al descubierto tu fe, de tus intenciones y de tu amor. Tus obras descubren las buenas o malas intenciones de tu corazón y contagian o escandalizan a los que están cerca de ti y te ven. Por eso son muy importantes. Y esas obras están sostenidas y fortalecidas por tu piedad. 

Es entonces cuando tu piedad y relación con Dios empieza a tener verdadero sentido. Cuando esto no es así, tu vida es una farsa y más que ayudar y animar a otros, les escandaliza. Tratemos de ser coherentes y de adecuar nuestra vida a nuestras obras según la Palabra de Dios.