lunes, 1 de julio de 2019

DENTRO DE NUESTROS CORAZONES ESTÁS TÚ, SEÑOR

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Todos los hombres y mujeres de este mundo buscan al Señor. Es posible que muchos no lo sepan ni, incluso, lo crean, pero esa es la realidad. Porque, buscar la felicidad, los bienes materiales y también los espirituales y, sobre todo, la vida eterna es buscar al Señor, pues, sabemos que el mundo no nos lo podrá dar aunque sigamos erre que erre. Nuestra experiencia nos descubre que en el mundo no se encuentra la felicidad, ni estando cargado de dinero y poder.

El hombre y la mujer sensato buscan a Dios consciente de que sólo en Él podrán encontrar eso que tan ardientemente buscan. Por eso, muchos al oír a Jesús le siguen y se amontonan ante Él. El Evangelio de hoy nos habla de uno de esos momentos: viéndose Jesús rodeado de la muchedumbre, mandó pasar a la otra orilla. Y un escriba se acercó y le dijo: «Maestro, te seguiré adondequiera que vayas». Dícele Jesús: «Las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo nidos; pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza». Otro de los discípulos le dijo: «Señor, déjame ir primero a enterrar a mi padre». Dícele Jesús: «Sígueme, y deja que los muertos entierren a sus muertos».

La gente persigue a Jesús, la gente inquieta que buscan la vida, la verdadera vida, porque la de este mundo no es verdadera. Es simplemente un puente para alcanzar la otra. Un puente que tendremos que recorrer y atravesar cumpliendo y viviendo en su Palabra. Por eso, hoy, un escriba le dijo que le seguiría adondequiera que vaya, y otro discípulo le dijo que le dejara primero enterrar a su padre. 

A ambos Jesús le responde que lo primero es Él. Jesús propone un seguimiento incondicional, pero prioritario, tal y como Él nos ama incondicionalmente. No quiere medias tinta ni distracciones, pero quiere una entrega a su Palabra dándole prioridad en nuestras vidas. Una prioridad que puede concretarse de muchas formas en ese camino que tenemos que atravesar. Un camino que no tiene descanso ni lugar para reclinar la cabeza y cuyo finalidad es alcanzar el verdadero descanso reclinado junto a Jesús y abrazados a su Cruz.

domingo, 30 de junio de 2019

SEGUIR A JESÚS EXIGE COMPROMISO

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Lc 9,51-62
No se puede seguir a Jesús de cualquier manera, ni tampoco según nuestros pareceres o formas de ver las cosas. Observamos que los discípulos van cambiando de actitud e incluso sus maneras de pensar no coinciden con la de Jesús. Ellos estaban dispuestos a reprender con venganza a aquellos habitantes de la aldea de Samaría que no dieron posada a Jesús porque iba a Jerusalén. Y Jesús aprovecha para enseñarles que no es bueno responder al mal con el mal, sino todo lo contrario.

Una actitud que debemos tener en adelante en cuenta. El mal no se combate con el mal, sino, según nuestro Señor Jesús, devolviendo bien. Bien a cambio de mal. Por lo tanto, el creyente que quiere seguir a Jesús seriamente sabe que ante el enemigo debe responder con bien y no con la misma moneda del mal. La pregunta ahora es, ¿estoy dispuesto? No cabe otra alternativa. Es Palabra de nuestro Señor Jesús.

Y en el camino vamos descubriendo más cosas. No podemos buscar la comodidad, el bienestar que nos impida comprometernos con la verdad y la justicia. Nos perseguirán, nos incordiarán y no podremos reclinar nuestra cabeza y descansar hasta que llegue el momento de compartir nuestra muerte con el Señor. Entonces vendrá el definitivo descanso junto al Señor. Será cuando, como Él inclinó su cabeza en la Cruz y descansó -Jn 19, 30-, también nosotros reclinaremos nuestra cabeza en Él para descansar. Hasta ese momento nuestra lucha será constante y cada día.

Tampoco podemos distraer nuestra mirada lejos del Señor, porque nos perderemos y nos distraeremos hasta el punto de perder el paso y ritmo del Señor. Tendremos que estar firmes y pendientes del Señor para seguir su mismo ritmo sin perderle de vista. Las cosas del mundo nos despistan, nos entretienen y nos crean hábitos que nos instalan y nos alejan del servicio por amor. 

Y menos volver la mirada atrás, al pasado y a las cosas del mundo. Eso te impedirá vivir la Palabra y ser libre para darle verdadero cumplimiento en tu vida. No podemos estar pendiente del Señor con la mirada infectada de todo lo que queda atrás y nos ata. Perdemos nuestra libertad y nuestra capacidad de seguir libremente al Señor.

sábado, 29 de junio de 2019

EN EL CAMINO DE LA IGLESIA DE NUESTRO SEÑOR

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Mt 16,13-19
En la Iglesia tenemos que tener una cosa muy clara, seguimos a Jesús y anunciamos a Jesús. Él es el fundador de la Iglesia y el centro de la misma. Él es el Señor, el mismo que Pedro, asistido y movido por el Espíritu Santo confesó como el Cristo, el Hijo de Dios Vivo, y del que recibió el poder de ser la piedra donde el Señor edificaría su Iglesia.

Pedro recibió del Señor el poder de perdonar los pecados y la promesa de que el poder del infierno no prevalecerá contra la Iglesia. Y eso fortalece nuestra esperanza y nos anima a caminar cada día anunciando y proclamando que el Señor es el Hijo de Dios que, enviado por el Padre, ha venido a liberarnos de la esclavitud del pecado. Esto debe estar impreso en nuestros corazones a fuego y tenerlo muy claro. El Señor vive y está en y con nosotros.

Con Pedro y los demás discípulos, concretamente los apóstoles se inicia el peregrinar de la Iglesia asistidos por el Espíritu Santo. Es Pentecostés la salida, por decirlo de alguna manera, oficial de la Iglesia, que, precisamente, lo que hace es anunciar la Muerte y Resurrección de nuestro Señor Jesús, el Hijo de Dios Vivo que, tomando Naturaleza humana ha venido a morar entre nosotros y, entregando su vida, nos salva de la condenación rescatándonos para gloria de nuestro Padre Dios.

No perdamos de vista esta Iglesia que, fundada por el Señor, arranca desde Pedro y los apóstoles. No perdamos de vista esta Iglesia que, a lo largo de los siglos, va ya por el XXI, sigue firme a pesar de los pecados y caídas de sus miembros, pero, levantados por la Gracia del Espíritu Santo y el Sacramento de la reconciliación. Es esta la Iglesia, nuestra Iglesia y nuestra Madre, que nos cuida, nos protege y nos reune como hijos de un mismo Padre.

viernes, 28 de junio de 2019

APRENDER A SER OVEJA

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Lc 15,3-7
El término de la palabra oveja no significa, en sentido peyorativo, obedecer a ciega sino todo lo contrario, ir de la mano de quien le lleva por buen camino y obedece su voz y su guia. Aquel que sabe que lo que le ofrece su Pastor es lo mejor y lo que más le conviene. Ser oveja en la confianza que el Pastor le guía hacia abundantes  y buenos pastos. Ser oveja confiada en los cuidados y orientaciones de su Buen Pastor.

No es fácil comportarse como oveja y obedecer, sobre todo, si no se tiene la suficiente confianza en el pastor. Se necesita fiarse y abandonarse en las manos de ese buen pastor. Y no todos los pastores son dignos y merecedores de confianza. Ese es el problema que se nos plantea en el mundo en que vivimos. Siempre estaremos a merced de las directrices y orientaciones que nos den los pastores que encontramos en el camino de nuestras vidas. Y esos pastores son limitados y cometen errores.

Sin embargo, hay un Buen Pastor que nunca nos fallará y que siempre estará pendiente de nuestra llamada y de nuestros cuidados. Ese es el Buen Pastor que nunca debe faltar y al que siempre debemos y podemos recurrir. Es el único Pastor que verdaderamente nos quiere, nos cuida y da su Vida por nosotros.  Es ese el Buen Pastor al que debemos de obedecer y del que nunca debemos separarnos.

Ese es el Buen Pastor en el que debemos poner toda nuestra confianza y obediencia, porque su Palabra y su Camino son de Vida Eterna. Considerarme oveja perdida y desorientada me da la oportunidad de estar atento y vigilante a la voz del Buen Pastor y estar presto a su obediencia. Es esa la reflexión a la que el Evangelio de hoy nos llama, a ver cual es nuestra situación de oveja. Oveja perdida que no se deja encontrar por su Pastor, u oveja que, oyendo la voz de su Pastor responde y se deja rescatar y salvar por Él.

jueves, 27 de junio de 2019

PODEMOS ESTAR ENGAÑADOS

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Mt 7,21-29
No es cuestión de cumplir sino de vivir en la Voluntad del Señor. Por lo tanto, no se trata de amar, sino de amar como el Señor nos ha enseñado, con su Vida, Ejemplos y Obras. Porque, podemos hacer muchas cosas que estén bien, pero, quizás, no como quiere el Señor. Porque, podemos amar como creemos que debemos amar, pero no como el Señor quiere que amemos. Porque, todo lo que hagamos si no es hecho según la Voluntad del Señor y abandonados en sus Manos, es obra nuestra. Y nuestras obras son obras de hombres. Hombres imperfectos y humanos que se equivocan y meten la pata. Sólo Dios hace las cosas bien hechas, perfectas y para nuestro bien.

Por lo tanto, se trata de ponernos en sus Manos. ¿Y qué es ponernos en sus Manos? Simplemente, tener voluntad humana de querer y vivir en su Voluntad y dejarle hacer por medio de su Espíritu. Ese Espíritu Santo enviado por su Padre para asistirnos y auxiliarnos en nuestro ser y obrar. Nosotros no tenemos ni sabiduría ni capacidad para actuar bien, pero el Señor sí. Él es todopoderoso y hace todo bien. No necesita que nosotros hagamos nada en nuestro nombre y según nuestras fuerzas, que también nos las ha dado Él. 

Necesita sólo nuestra voluntad y que, confiado en Él, nos pongamos en sus Manos. Entonces se hará todo según Él y veremos como nuestro interior se ilumina, se regocija y se inunda de gozo y alegría incluso en nuestras cruces y adversidades. Experimentaremos ese gozo y descanso de poder reclinar nuestra cabeza en nuestra propia cruz apoyado en el Señor. Porque, es ahí donde se esconde nuestra felicidad, nuestra esperanza y nuestro gozo de Resurrección. 

Sólo, en la experiencia de asumir nuestras cruces, como lo hizo Jesús por y para nuestra salvación, descubriremos y experimentaremos el gozo, la paz y la alegría de esa Vida Nueva que esperamos alcanzar en el Reino de Dios nuestro Padre.

miércoles, 26 de junio de 2019

ÁRBOL BUENO, FRUTOS BUENOS

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Un buen árbol se caracteriza porque no puede dar frutos malos sino todo lo contrario, buenos frutos. De la misma manera, un árbol dañado o herido no puede sino dar frutos dañados o estropeados. Es decir, no buenos sino malos y enfermos. Lo que llamamos vulgarmente frutos podridos.

¿De qué tipo de árbol seré yo? Esa es la pregunta que suscita en mi la lectura de este Evangelio. Y esa es la reflexión que, a la luz del Espíritu Santo debo interiorizar y meditar desde lo más profundo de mi corazón. Señor, te experimento y te tengo tan cerca que temo no estar a la altura de lo que Tú esperas de mí. Me siento pecador e indigno de tanto privilegio y quiero al menos ser árbol que no dé frutos malos sino buenos.

Me experimento pecador, pobre e impotente. Siento no corresponder con las expectativas de ser tu hijo, y menos con las de mis otros hermanos, porque todos los tienes y son tus hijos. Señor, riega mi vida con el agua de tu Amor para que pueda dar esos buenos frutos que Tú esperas de mí. Y en eso pongo todas mis fuerzas, aunque siempre me parezcan pocas. 

Confieso que me siento limitado y lejos de corresponder a todo lo que me das, Señor, y sólo quiero estar a tu lado y obedecer según tu Voluntad. Dame, Señor, luz para poder ser árbol bueno y dar buenos frutos.

martes, 25 de junio de 2019

TODOS SOMOS HIJOS DE DIOS

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Mt 7,6.12-14
Siempre me ha llamado la atención el hecho de que Dios nos quiere a todos. Y en ese todos están incluidos los terroristas, los asesinos, los delincuentes y todos aquellos que hacen mucho mal. Dios es Padre y como buen Padre los quiere a todos y se ha dado en su Hijo Jesucristo para redención de todos. Por lo tanto, si nosotros decimos que amamos a Dios tenemos también que amar a sus hijos, entre los que estamos incluidos todos. Los referidos anteriormente. Por lo tanto, la cosa está meridianamente clara y no hay discusión.

Otra cosa será si estamos dispuestos o no. Otra cosa será si podemos hacerlo o no. Otra cosa será qué camino queremos seguir, y ahí podemos descubrir la grandeza de Juan el Bautista, que no le fue nada fácil seguir el camino que el Señor le había señalado. Por lo tanto, la misión que el Señor nos ha encomendado a todos es esa:  amarnos los unos a los otros como Él nos amó.

Por lo tanto, si no quieres ser criticado, no critiques; si no quieres ser despreciados, no desprecies a nadie; si no quieres ser tratado con indiferencia, no trates a nadie con indiferencia; si no quieres ser herido, no hieras a nadie; si quieres ser amado, ama a todos. La misión y el camino está bien claro, ahora hace falta ponerle manos a la obra. ¿Cómo lo ves? ¿Difícil? Claro, lo bueno, gozoso e importantísimo tiene que costar, pues nada de gran valor se consigue fácilmente. Y hablamos de lo máximo, la Vida Eterna en plenitud.

La cosa es seria, porque no hay otro puente ni otro camino. Para llegar a Dios hay que seguir a Jesús, su Hijo, y el camino que Él nos ha trazado es ese, la puerta estrecha. Nos lo dijo muy claro: Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida, y no sólo con palabras sino con hechos y obras hasta el extremo de dar su Vida por cada uno de nosotros, buenos o malos. Murió por todos. 

Confieso que al mismo tiempo que escribo esta humilde reflexión me siento más entre los malos que los buenos e impotente de poder cumplir esta misión del Señor, pero, también lo confieso y lo creo, con la fuerza del Espíritu de Dios, que nos lo ha enviado para ayudarnos podemos transformar nuestros corazones de piedras en corazones suaves, compasivos y misericordiosos como el de Jesús.