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domingo, 29 de diciembre de 2024

ENRAIZADOS EN UNA FAMILIA

No aparecemos por arte de magia, ni tampoco por el impulso de un deseo. Nacemos por amor. Ese ha sido el deseo de nuestro nacimiento. Dios nos ha creado por amor, y, por amor, venimos a este mundo. Y, sea como sea, nuestros primeros pasos y años transcurre en una familia.

Así sucedió con Jesús, el Hijo de Dios. Vino a este mundo, encarnado en naturaleza humana, y por la acción del Espíritu Santo, en el seno de María. Su Madre. Y José fue elegido como su padre adoptivo. En esa sencilla y humilde familia, Jesús pasó sus primeros años.

Y, llegada ya su momento, visitó el Templo, la casa de su Padre, y allí empezó a dar sus primeros pasos respecto a su misión evangelizadora del anuncio de la Buena Noticia para la que su Padre le había enviado.

Y ante la supuesta pérdida que, su Madre María y su padre adoptivo José, habían pensado, Jesús, una vez encontrado en el Templo, y ante la pregunta de María: «Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? Mira, tu padre y yo, angustiados, te andábamos buscando», les responde: «Y ¿por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre?» Pero ellos no comprendieron la respuesta que les dio.

Quizás a nosotros, hoy, después de tantos siglos nos ocurra algo parecido. En nuestro caso ni siquiera muchos lo buscamos, y otros no le escuchamos ni tampoco guardamos, como María, lo que no entendemos en nuestro corazón.

domingo, 3 de octubre de 2021

COMO NIÑOS

Mc 10,2-16

Juventud, divino tesoro. Nuestra experiencia nos dice que los niños son limpios, puros, soñadores e ilusionados y cargados de buenas intenciones. Tienen buenos principios, son solidarios, compasivos y buenos. Inocentes e indefensos y se protegen en sus padres. Son criaturas de Dios que en la medida que crecen y maduran no lo hacen de acuerdo con la Voluntad de Dios. Tendríamos que preguntarnos, ¿qué sucede en ese paso de niño a joven, y de joven a adulto?

Es evidente que algo ocurre dentro de nosotros que nos hace mal y nos desvía de la ruta que tenemos sellada en nuestros corazones. Posiblemente, junto a la buena semilla sembrada en nuestros corazones, crece la mala hierba - el pecado -  que el demonio ha sembrado. Y nuestro crecer y madurar se ve amenazado y tentado por esa mala hierba que nos ahoga, nos arrastra y nos transforma.

El cansancio del camino, el polvo que nos incomoda, la rutina de siempre lo mismo y la indiferencia que se va apoderando de nuestra alma terminan por agotar y paralizar nuestras inquietudes e ilusiones que traíamos desde nuestra infancia y juventud, y nos retiramos a descansar en las seducciones de este mundo. Abrimos la puerta ancha y pasamos a caminar de forma más despreocupada e indiferente a la presencia de Dios en nosotros. Y, en consecuencia, nuestro corazón se endurece y se individualiza egoístamente.

Con un corazón  endurecido e irreconciliable la semilla del divorcio hace presencia. El fruto del amor se ha podrido y buscamos, no el amor ágape, sino el placer, el gozo y nuestras propias satisfacciones. No se busca el compartir y la unidad, sino la propia satisfacción individual. Y nace esa soledad contraria a la propia esencia del ser humano, que es unidad, compartir, amor. Porque, desde el principio el hombre y la mujer fueron creados para unirse y amarse y, en consecuencia, procrearse. La familia, la célula de la sociedad. Y esa familia, de donde nace la sociedad,  necesita compromiso y unidad.