viernes, 29 de julio de 2016

FUNDAMENTO DE NUESTRA FE



La Resurrección es el fundamente de nuestra fe. Sin esa promesa y esperanza, nuestra fe no tendría consistencias ni sentido. Hoy, Jesús, Nos deja muy claro esa buena Noticia de Salvación: "Yo soy la Resurrección y la Vida: el que cree en Mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en Mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto? Ella le contestó: "Sí, Señor,, yo creo que Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo".

Y de esa manera, Jesús, nos interpela por nuestra fe. Sabe de nuestras debilidades y nuestras flaquezas y para reforzar y apuntalar nuestra fe nos lo demuestra con la Resurrección de su amigo Lázaro. Quiere y desea que nos demos cuenta que sólo Dios tiene poder para dar la vida y con esa intención devuelve la vida a Lázaro.

Y nosotros, los de esta época gozamos de más privilegios todavía. Porque tenemos muchos más testimonios y milagros de Jesús que nos cuentan sus apóstoles y lo continua la Iglesia. Pero, sobre todo, está el más importante y fundamento de nuestra fe. "Su propia Resurrección", que nos da todo el crédito necesario para creer en Él. Porque todo se ha cumplido en Jesús hasta llegar a su propia Resurrección. Nada ha fallado y todo lo profetizado ha tenido debido cumplimiento. Por lo tanto, se puede creer y fiar de quien en Él se ha cumplido todo.

Por el contrario, tenemos la barrera del tiempo en su distancia, que nos aleja siglo de los hechos ocurrido, y nos invita a pensar que todo ha sido cuentos y sueños. Igual sucedió en muchos de sus contemporáneos que recelaron y fueron incrédulos de sus Obras y Palabras.

Pidamos tener nosotros esa confianza que se manifiesta en Marta y María, que creyeron y depositaron en Jesús, y, como ellas, abandonémonos en sus Manos, confiados que volveremos a la vida para gozar junto a Padre eternamente.

jueves, 28 de julio de 2016

EL MOMENTO DE LA CRIBA

(Mt 13,47-53)

La pregunta de nuestra vida es: ¿Dónde estaré en el momento último de mi vida? Estaré entre los elegidos por Dios o entre los desechados? Porque hoy la Palabra de Jesús nos lo deja muy claro: «También es semejante el Reino de los Cielos a una red que se echa en el mar y recoge peces de todas clases; y cuando está llena, la sacan a la orilla, se sientan, y recogen en cestos los buenos y tiran los malos. Así sucederá al fin del mundo: saldrán los ángeles, separarán a los malos de entre los justos y los echarán en el horno de fuego; allí será el llanto y el rechinar de dientes. ¿Habéis entendido todo esto?»

De lo que deducimos claramente que el Infierno existe y puede que nos esté esperando según decidamos nosotros elegir uno u otro camino. Y que habrá elección entre buenos y malos. Lo que deja claro también que hay una moral y una conducta que si es contraria a la Voluntad de Dios será mala y nos condenará a ser apartado y elegidos como de los malos. Supongo que difícilmente se podrá decir más claro. El Señor ha disipado todas nuestras dudas y lo ha dejado claro y alcance de todos.

También nos pone otro ejemplo que nos invita a limpiar nuestra vida desechando todo lo que constituye al hombre viejo, para convertirlo en hombre nuevo. Y nos lo dice así: «Así, todo escriba que se ha hecho discípulo del Reino de los Cielos es semejante al dueño de una casa que saca de sus arcas lo nuevo y lo viejo».

Y es que cuando experimentamos el encuentro con el Señor, lo primero que hacemos es organizar nuestra vida y ponerla en orden poco a poco. Entonces vamos apartando todo lo viejo, lo caduco, lo que se queda en este mundo, para poner en el primer plano de nuestra vida lo nuevo, lo que perdura y tiene valor infinito en el Cielo. Las obras que derivan del fruto del amor.

miércoles, 27 de julio de 2016

EL HALLAZGO DE UN TESORO

(Mt 13,44-46)

No se encuentra un tesoro todos los días, y cuando tienes la suerte de encontrarlo, lo lógico es celebrarlo. Pero, aquí no hablamos ni se trata de un tesoro cualquiera, se trata de ese Tesoro que todos buscamos y queremos, aunque muchos lo hagan inconscientemente. Me refiero al Tesoro de la Vida Eterna. Ese Tesoro que todos tenemos plantado en nuestro corazón y que desde que tenemos uso de razón empezamos a buscarlo.

No cabe ninguna duda que la vida es el don más preciado que tenemos. Debemos de dar gracias a Dios cada día al levantarnos, porque eso significa que estamos vivos y que podemos hacerlo. Pero también sabemos que esa vida se termina, y desearíamos que no fuese así. Ese deseo que experimentamos en lo más profundo de nuestro corazón es la huella de Dios que nos interpela y nos dice que estamos llamados a la Vida Eterna. Ese es el único y verdadero Tesoro que interesa descubrir y creer.

No es una quimera porque es lo que sentimos y queremos. Pero, principalmente es lo que Jesucristo, el Hijo de Dios, nos ha prometido y nos lo ha demostrado con su Resurrección. Él ha Resucitado y nos ha dado la prueba verdadera de que puede hacerlo. Y nos ha dicho que volverá para que los que hayamos muerto  y creamos, Resucitemos con y en Él. ¿Te parece eso un gran Tesoro?

Y cuando descubrimos esa promesa y verdad, y experimentamos la Grandeza de Dios en nosotros en y por la acción del Espíritu Santo, no es de extrañar que empecemos a vender todo lo que tenemos para adquirir ese Inmenso y Gran Tesoro que es el Reino de Dios. Porque todo lo demás queda descubierto como basura y nimiedades que no puede compararse con el Reino de Dios. 

Danos, Señor, la capacidad de discernir y de distinguir el verdadero Tesoro que se esconde en tus Palabras y Promesas. Danos la sabiduría de saber, valga la redundancia, dónde buscarlo y, encontrado, supeditar todo a Él.

martes, 26 de julio de 2016

EL DIABLO ESTÁ AL ACECHO


(Mt 13,36-43)

Hay muchas personas que niegan la existencia del diablo y ponen en su lugar las inclinaciones hacia el mal de nuestra naturaleza pecadora. Supongo que el Señor nos aclararía eso y no dejaría que nos confundiésemos, pues es Él quien precisamente lo nombra bastantes veces en su Vida.

Precisamente, hoy, en el Evangelio, Jesús nos pone a prueba contra el acecho y poder del demonio. El Príncipe del mundo, el campo donde viven las buenas semillas, nos acecha para no dejarnos crecer en la bondad sino llevarnos al mal y que a la hora de la ciega seamos arrastrado al horno de fuego. Es decir, condenados y privados eternamente de la presencia de Dios.

El diablo es el sembrador de la cizaña, de la mala semilla, que arrastra al mal y siembra campos de muerte. Su campo de operaciones es el mundo, donde reina a sus anchas y tiene todo su poder. Sus tentaciones son difíciles de rechazar porque el hombre está contaminado y es débil. Por eso necesitamos la Vida de la Gracia. Sin ella quedaríamos a merced del poder del demonio.

Para mantenernos fieles y perseverantes en este campo del mundo donde, junto con las buenas semillas hay también cizañas, necesitamos estar muy unidos al Señor y en Manos del Espíritu Santo. Así seremos fuertes e invencibles. Cristo y yo mayoría aplastante. 

Y esa es la necesidad que tenemos de estar unidos y apoyados, por los sacramentos, en la Iglesia. Para que el demonio, Príncipe del mal, no nos someta y nos aparte del buen camino. Pidamos esa Gracia al Señor y hagamos todo el esfuerzo de nuestra parte para estar siempre injertado en el Él.

lunes, 25 de julio de 2016

SIN CRUZ SE DESDIBUJA LA RUTA DEL CAMINO

(Mt 20,20-28)

La Cruz, nuestra propia Cruz sirve de brújula y orientación en el camino de nuestra vida. Ella, la Cruz, nos va marcando y afirmando el sentido y la ruta por donde debemos de ir dando pasos. Si desaparece la Cruz, nos quedamos en blanco, desorientados y perdidos.

La Cruz nos orienta, porque cuando la adversidad se hace presente se pone a prueba nuestra longanimidad y la prueba de nuestro amor. Porque sin Cruz el camino se vuelve cómodo, ancho y espacioso, y todo entra con facilidad. Es la puerta ancha de la que también nos hablará el Señor.

El amor se prueba en la adversidad. O dicho de otro modo, sin pruebas adversas que exijan sacrificios y renuncias difícilmente se descubrirá el verdadero amor. Porque en la abundancia, comodidad y buenos tiempos todo es favorable para amar, y eso invita al amor fácil, al amor interesado, al amor que practicamos todos sin excepciones. Sin embargo, a la hora de proponernos servir, todo cambia de color y el camino se vuelve cuesta y exige humildad, renuncia, sacrificio y dolor. Es la Cruz que hace su presencia y marca el verdadero camino de salvación.

Jesús los llamó y dijo: «Sabéis que los jefes de las naciones las dominan como señores absolutos, y los grandes las oprimen con su poder. No ha de ser así entre vosotros, sino que el que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros, será vuestro esclavo; de la misma manera que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos».

Y desde entonces esa es nuestra Cruz, el servicio y la entrega, de manera especial, a los más pobres y desfavorecidos. No es pequeña, sino grande nuestra Cruz, y no podemos cargarla nosotros solos. Lo haremos si vamos descansados y apoyados en el Señor. Porque Él así lo ha hecho y nos ha dado ejemplo. Jesús va por delante enseñándonos el camino y ayudándonos a recorrerlo.

domingo, 24 de julio de 2016

LA NECESIDAD DE INSISTIR

(Lc 11,1-13)

La insistencia esconde esperanza, porque el que insiste, aunque crea que poco o nada va a conseguir, descubre fe y esperanza que algo se consiga. Jesús nos lo dice hoy en el Evangelio: Pedid y Dios os dará, buscad y encontraréis, llamad a la puerta y se os abrirá. Porque el que pide, recibe; el que busca, encuentra y al que llama a la puerta, se le abre.

La enseñanza de Jesús a orar es sencilla y simple, y al alcance de todos. Son pocas palabras, pero que resumen la Voluntad de Dios: « Cuando oréis, decid: ‘Padre, santificado sea tu nombre. Venga tu reino. Danos cada día el pan que necesitamos. Perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos todos los que nos han ofendido. Y no nos expongas a la tentación’».

Santificar el Nombre del Señor, el Dios que nos salva por amor es lo propio y lo que procede. Y desear que venga su Reino a nosotros, porque lo que Él quiere para nosotros es la plena felicidad y gozo eterno, es lo que tenemos que pedir y buscar. Pero necesitamos que nos abra los ojos, porque nuestra humanidad pecadora nos ciega y nos somete. Estamos perdidos si no levantamos nuestra mirada a Dios, porque la felicidad que el mundo nos ofrece es mentira, está vacía y es hueca. Detrás no hay nada sino muerte.

¿Y cómo vamos a pedir perdón para nuestros pecados si nosotros no perdonamos a quienes nos ofenden? Es lógico y de sentido común que en la medida que nosotros seamos capaces de perdonar a quienes nos ofenden, también a nosotros nos perdone nuestro Padre Dios. Y, por supuesto, quien anda con y entre basuras, termina sucio y hecho una basura. Por eso, le pedimos, como nos enseña Jesús, a nuestro Padre Dios que no nos exponga a la tentación.

Nuesra forma de orar es tal y como vivimos. Oramos según vivimos, porque la oración es relación con el Padre, y esa relación conforma nuestra forma de vivir y actuar. Santificando al Padre, pidiéndole nuestras necesidades materiales y espirituales, perdonando como Él nos perdona y suplicándole que no nos exponga a las tentaciones.

sábado, 23 de julio de 2016

LA VERDADERA VID

Jn 15, 1-8

A veces nos preguntamos por qué tenemos que ir a misa, rezar y hasta comulgar. Nos parece más como una obligación y sometimiento. Nos parece, y así, a veces, lo interpretamos como privarnos de nuestra libertad. Sobre todo cuando no nos apetece o tenemos que obligarnos.

Sí, pretendemos, siguiendo nuestros impulsos, hacer lo que nos apetece y seguir la ley de nuestras propias inclinaciones naturales. Pensamos que eso es ser libre. 

Las Palabras de Jesús en el Evangelio de hoy nos sacan de dudas, y nos muestran el camino y la necesidad ineludible que tenemos de injertarnos en el Señor. Y es que sin Él no podemos dar un paso salvífico. Él es la Vid y su Padre el Viñador. Y nosotros los sarmientos, que necesitamos de la Vid para subsistir y llegar a dar frutos.

«Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el viñador. Todo sarmiento que en mí no da fruto, lo corta, y todo el que da fruto, lo limpia, para que dé más fruto. Vosotros estáis ya limpios gracias a la Palabra que os he anunciado. Permaneced en mí, como yo en vosotros. Lo mismo que el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid; así tampoco vosotros si no permanecéis en mí. 

Por eso necesitamos estar y hablar con Él; por eso necesitamos visitarle, intimar, permanecer y vivir. Y, por eso, necesitamos alimentarnos de su Cuerpo y su Sangre, para no desfallecer y vencer al mundo. Sólo no podemos dar frutos, al menos frutos buenos y de Vida gozosa y Eterna. Necesitamos la Vida de la Gracia, para que nuestros frutos sean verdaderamente buenos. Y eso nos exigirá una lucha constante contra el mundo y sus tentaciones.

Permanecer en el Señor exige esfuerzo y lucha, pero, sobre todo, oración, presencia y fe. Oración constante, cada día, que acreciente nuestra amistad, fortaleza y presencia en nosotros. Presencia, a cada instante, que nos haga vivir y respirar a su ritmo y Voluntad. Y fe que derrama toda nuestra confianza y esperanza en su Palabra.