| Lc 9, 57-62 |
El entusiasmo lo puede todo. Cuando el viento es favorable, la ilusión crece, las fuerzas parecen no tener límite, el camino se recorre con firmeza y la compasión enciende los corazones…
Pero las cosas cambian… y todo empieza a verse de otra forma. Aparecen dificultades, contradicciones, obstáculos… Y las fuerzas fallan y el camino se detiene.
¿Qué nos pasa? ¿Acaso el objetivo no es el mismo? ¿Es que ya no tenemos esperanzas y la promesa de la resurrección se ha borrado y deja de cumplirse? ¿O es que empieza nuestra fe a titubear?
Se hizo un silencio. Pedro se levantó y dijo:
—Cuando cambian las cosas, olvidamos que el horizonte sigue siendo el mismo. Cambian las circunstancias, cambian nuestras fuerzas, aparecen dificultades…, pero sigue valiendo la pena seguir caminando.
Entonces Manuel dijo:
—El horizonte no es diferente al del principio. Seguimos llamados a vivir en la esperanza de la resurrección. Dios, nuestro Padre, sigue esperándonos.
Y sin pérdida de tiempo, sacó la Biblia y, abriéndola por Lucas 9, 57-62, leyó:
—En aquel tiempo, mientras Jesús y sus discípulos iban de camino, le dijo uno: «Te seguiré adondequiera que vayas». Jesús le respondió: «Las zorras tienen madrigueras, y los pájaros del cielo nidos, pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza».
A otro le dijo: «Sígueme». Él respondió: «Señor, déjame primero ir a enterrar a mi padre». Le contestó: «Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el reino de Dios».
Otro le dijo: «Te seguiré, Señor. Pero déjame primero despedirme de los de mi casa». Jesús le contestó: «Nadie que pone la mano en el arado y mira hacia atrás vale para el reino de Dios».
También nosotros conocemos esos momentos en los que la cruz se hace pesada. Por eso necesitamos al Espíritu Santo, que viene a fortalecernos cuando decaen nuestras fuerzas para resistir los embates del camino y seguiremos adelante.
No olvides que nunca estás solo ni desasistido. El que busca encuentra, el que pide recibe y al que llama se le abre.
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